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Relatos Ardientes

Mis dos amantes: una confesión sin filtros

Tengo veintinueve años, vivo en una ciudad mediana de la costa y desde hace poco más de un año mantengo una doble vida que nadie sospecha. Mi novia cree que las noches que llego tarde son por horarios extra en el laboratorio. Mis amigos creen que sigo siendo el chico tímido que apenas mira a las chicas en las fiestas. Nadie sabe que abro aplicaciones que no debería, que respondo perfiles de hombres que no debería, y que cuando cierro la puerta del baño para contestar un mensaje, no estoy hablando con ningún compañero del trabajo.

Esta es la confesión de los dos últimos amantes que tuve. Dos hombres distintos, dos cuerpos opuestos, dos formas de tocarme que todavía recuerdo cuando me quedo solo. Cambio sus nombres por respeto y, sobre todo, por miedo. Los llamaré Andrés y Octavio.

A Andrés lo conocí por una red de citas a finales del verano pasado. La primera foto que vi era de su torso reflejado en el espejo del gimnasio: un abdomen marcado, brazos largos, esa pose de quien sabe perfectamente cuánto vale su cuerpo y no tiene problema en mostrarlo. Cuando me preguntó la edad, mentí en dos años. Cuando me preguntó qué buscaba, también mentí. Le dije que solo quería conversar.

—Conversar es aburrido —escribió—. ¿Querés que te cuente lo que me imagino haciéndote?

Le dije que sí.

***

Lo que más me sorprendió de Andrés fue que, siendo tan grande y tan trabajado, su pene no era ninguna exageración. Casi me alivió descubrirlo. Otros hombres con los que me había cruzado antes se enorgullecían de medidas absurdas que terminaban siendo más un problema que un placer; con él pude relajarme desde el primer beso. Su tamaño me entraba sin dolor, sin miedo, sin esa sensación de estar peleándome con mi propio cuerpo.

Tuvimos cinco encuentros. Cada uno mejor que el anterior. Andrés besaba como si fuera a quedarse a vivir dentro de mi boca: largo, paciente, mordiendo apenas el labio inferior antes de abrirme con la lengua. Le gustaba meterme un dedo despacio mientras me besaba, justo cuando creía que se iba a apartar, y verme cerrar los ojos. Decía que esa cara —la mía, perdida, mordiéndome el puño— era lo que más le calentaba del mundo.

Era el único de mis amantes que se animaba a echar dos polvos seguidos. Los otros, después de venirse una vez, se desplomaban y empezaban a buscar la ropa. Andrés, en cambio, se acostaba boca arriba diez minutos, me pedía agua y volvía a empezar. Esos diez minutos los aprovechaba para chuparlo desde abajo, lentamente, sin prisa, hasta que volvía a ponerse duro entre mis labios. Como su pene no era enorme, podía bajarlo hasta la garganta sin asfixiarme. Más de una vez se vino así, y sentir esa descarga tibia bajándome por dentro me dejaba flotando, encendido, sin venirme yo todavía.

Para el segundo polvo cambiábamos de postura. Él se tumbaba boca arriba y yo me sentaba sobre él, pero al revés, dándole la espalda. De frente no podía: sus muslos eran tan gruesos que no me dejaban moverme con libertad. Así, al revés, podía apoyarme en sus rodillas, controlar el ritmo, mirarlo por encima del hombro y descubrirlo a él perdido, mordiéndose el labio, agarrándome la cintura con esas manos enormes.

Cuando ya estaba sudado y un poco adolorido, él se venía dentro de mí con preservativo. Sentía la presión, la pulsación, esa especie de ola que recorría su cuerpo y terminaba en el mío. Y mientras todavía estaba dentro, yo soltaba mi propio chorro sobre las sábanas. Era como si una corriente nos cruzara a los dos al mismo tiempo.

Después, en silencio, fumábamos uno solo. Andrés era casado y trabajaba demasiadas horas. Nunca podíamos quedarnos a dormir. Aun así, todavía le escribo. Todavía pienso en él cuando estoy solo en el coche y suena alguna de las canciones que escuchábamos en su auto antes de subir al departamento prestado de un amigo suyo.

***

A Octavio lo conocí distinto. No por una aplicación, sino por un foro viejo donde a veces me meto a leer experiencias ajenas. Me escribió un privado bien redactado, sin emoticones, sin fotos abruptas, presentándose como quien se presenta en una reunión de trabajo. Tenía cuarenta y siete años, estaba de paso por mi ciudad por un congreso de tres días y quería compañía esa noche. Adjuntaba dos fotos: una de cara, otra de cuerpo entero. Era barrigón, con los hombros anchos, los brazos gruesos por años de gimnasio mal hecho, y unas piernas robustas que se le notaban incluso debajo del pantalón.

No era el tipo de hombre que yo solía buscar. Y precisamente por eso me dio morbo aceptar.

Quedamos en un motel del norte de la ciudad. Cuando entré a la habitación, él ya estaba esperando, sentado en el borde de la cama, sin sacarse los zapatos, todavía con la camisa abotonada. Me miró de arriba abajo sin decir nada y, después de un silencio que se hizo eterno, se levantó y vino directo hacia mi boca.

Nunca me besaron así. Ni siquiera las mujeres con las que había estado de adolescente, ni la novia que tenía entonces. Octavio besaba con los labios húmedos, calientes, jugando con la lengua sin invadirla, mordisqueando, soltando, volviendo. En menos de dos minutos yo estaba duro, mareado, agarrándome a la solapa de su camisa para no perder el equilibrio.

—Tranquilo —me susurró al oído—. Tenemos toda la noche.

Esa frase me desarmó.

Andrés siempre venía con prisa, siempre con un ojo en el reloj. Octavio, en cambio, parecía dispuesto a quedarse hasta que el sol entrara por la ventana del motel. Me bajó el pantalón y el bóxer despacio, sin dejar de besarme. Después se desvistió él, sin pudor por su panza, sin pudor por nada. Su pene tampoco era grande, pero tenía algo que me atraía: era ancho, oscuro, con un ritmo propio cuando empezó a latir contra mi mano. Me arrodillé sin que me lo pidiera y se lo puse en la boca. Esa primera bocanada —el sabor de un hombre nuevo, el peso, el calor— me hizo cerrar los ojos como un crío.

—Vení —me dijo después de un rato—. Quiero probarte yo también.

Nos pusimos en sesenta y nueve. Mi pene era más grande que el suyo y él lo disfrutó sin disimular: chupaba con ganas, a veces se reía bajito, a veces gruñía. Yo, mientras tanto, aprendía a leerlo: cuándo apretar más, cuándo aflojar, cuándo sacarlo de la boca y subir besando hasta su ombligo.

Lo que vino después todavía me da vergüenza contarlo en voz alta. Octavio me dio vuelta, me hizo poner de rodillas y me lamió el ano durante lo que me parecieron horas. Es lo que más me gusta del mundo: una lengua tibia, paciente, jugando con esa zona donde tantos hombres pasan rápido sin entender. Él se tomó su tiempo. Cuando ya no podía más, cuando me temblaban las piernas, sentí algo que no me esperaba: se incorporó, escupió un poco de saliva en la mano, se la untó en la verga y empezó a metérmela. Sin preservativo. Sin avisar.

Por primera vez en mi vida no dije nada. No lo paré.

Siempre, siempre, había exigido condón. Pero esa noche, con esa boca todavía dejándome la lengua impresa entre las nalgas, simplemente lo dejé entrar. Tal vez fue una irresponsabilidad. Probablemente lo fue. Pero también fue uno de los momentos más intensos que recuerdo: sentir cómo me empujaba despacio, abriéndome solo con su saliva, y a la vez besándome la nuca y susurrándome cosas que ni recuerdo bien.

Estuvimos así un rato larguísimo. Después me llevó al baño. Abrió la ducha, me empujó contra los azulejos y me la volvió a meter ahí, con el agua cayéndonos encima. Se enjabonó las manos, me las pasó por la espalda, por las nalgas, por los muslos. A veces se salía, me daba vuelta, me besaba en la boca con los labios mojados, me hacía chupársela otra vez, me la metía de nuevo. Llegó un momento en que me empezó a doler, así que lo enjuagué con la ducha y volví a usar la boca. Después me levantó contra los azulejos —yo no sabía que un hombre con esa panza tenía tanta fuerza— y me la metió otra vez, sosteniéndome del muslo, abriéndome bien.

Pensé que se venía dentro. Yo, en mi cabeza, lo deseaba. Siempre quise sentir esa descarga ahí, sin barrera, sin nada. Pero algún miedo viejo me sigue impidiendo pedirlo en voz alta. Octavio se salió en el último momento y terminó sobre mis nalgas, con un quejido grave que retumbó en los azulejos del baño.

Quedé empapado de agua, jabón y de él. Nos duchamos juntos, en silencio, con esa especie de risa floja que aparece después de algo intenso. Me secó la espalda con la toalla del motel como si me conociera de toda la vida.

***

Al día siguiente me invitó a desayunar. Hablamos de su trabajo, del mío, de los hijos que tenía y de los hijos que yo no quería tener. Hablamos como dos adultos cualquiera, no como dos hombres que se acababan de coger en una ducha. A la noche siguiente repetimos. Esa segunda vez fue diferente: más calmada, menos de descubrimiento, más de reencuentro. Como si lleváramos años haciéndolo.

Al tercer día se fue. No me prometió nada y yo tampoco le pedí nada. Hace dos semanas le escribí solo para saber cómo estaba; me contestó tarde, con cariño, pero ya estaba en otra ciudad, en otro hotel, probablemente con otro chico esperándolo en otro motel. Ojalá vuelva. Ojalá no.

Andrés sigue en mi misma ciudad, casado, ocupado, escaso. Octavio anda por el continente, lejos. Yo sigo con mi novia, con mi rutina, con mi laboratorio y mis horarios mentirosos.

A veces me pregunto qué clase de hombre soy: el del día, que sonríe en la mesa familiar, o el de la noche, que se deja meter en una ducha por un señor que apenas conoce. La respuesta más honesta que tengo es que soy los dos. Y, por ahora, todavía no estoy listo para elegir.

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