Solo iba a cuidar al niño de los vecinos esa noche
A los dieciocho años recién cumplidos cargaba con dos certezas igual de incómodas: una calentura crónica que no se apagaba con nada y la sospecha de que iba a llegar al final del verano sin haber tocado a nadie. No estaba mal del todo. Alto, delgado, moreno por el sol del jardín, depilado por costumbre y con hombros decentes de tanto correr. Pero seguía sin haberme comido un colín.
En el adosado de al lado se mudó por marzo una pareja joven con un niño de tres años, Carolina y Damián. Ella diseñadora gráfica, él entrenador en un gimnasio del centro. Les caí bien desde el primer fin de semana, cuando ayudé a Damián a bajar unas cajas del trastero y al crío le hice reír haciendo el ganso con un balón. Al poco empezaron a contratarme para que me quedara con él cuando ellos salían. Decían que el niño me prefería a las chicas de la agencia. A mí me daba igual la razón; me venía bien el dinero y no me costaba nada.
Era un verano sin planes, con el móvil pegado a la palma y poca cosa más. En su casa repasaba apuntes, leía algo en el sofá o me ponía vídeos con los auriculares mientras el niño dormía. Cuando salían tarde, me dejaban quedarme en el cuarto contiguo al del crío, en una cama nido enorme con un sillón al lado y una lamparita encendida. Volvían a las dos, a las tres, a veces más tarde. A veces yo ya estaba dormido.
Una de aquellas noches de finales de julio salieron a una cena de aniversario y se arreglaron de un modo que me dejó tonto al verlos cruzar el descansillo. Carolina llevaba un vestido corto color crema, con un escote en uve que le bajaba hasta el ombligo, y el pelo recogido a un lado con dos mechones sueltos enmarcándole la cara. Damián, una camisa blanca de lino fina, abierta hasta el segundo botón, y un pantalón que se le ajustaba a los muslos en cada paso. Olía a colonia cara desde el otro lado del pasillo.
—¡Qué guapos os habéis puesto! —les solté antes de pensarlo.
—Bah, esto no es nada —contestó él, y le dio una palmada cariñosa en el culo a su mujer.
Ella se rió y se fue a por las llaves. Me quedé tres segundos mirando cómo el vestido se le pegaba a los muslos al andar.
Sobre las dos y media me despertó el ruido del coche en la entrada. Iba a apagar la lámpara cuando los oí cruzar el jardín entre risas. Asomé la cabeza por la ventana del cuarto. No fue por curiosidad sana: ya estaba duro antes de mirar.
Estaban besándose contra el cerezo. Damián le había metido la mano por debajo del vestido y se le veía la línea del muslo cada vez que ella se ponía de puntillas. Carolina le abrió la camisa, le tiró del cuello con la otra mano y le mordió la base de la mandíbula. Pensaban que dormía. Pensaban que no había testigos. Me toqué por encima del pantalón sin decidirlo.
Subieron las escaleras intentando hacer poco ruido y haciendo más del necesario. Cuando pasaron por delante de mi puerta entornada, me dejé caer en el sillón y cerré los ojos. Oí la respiración de Carolina en el umbral, una risa contenida, y a Damián tirando de ella hacia el dormitorio.
No esperé a que dejasen de oírme. Me levanté, abrí mi puerta dos dedos más y comprobé que ellos habían dejado la suya abierta del todo. Daba la sensación de que no se acordaban siquiera de que existíamos ni el niño ni yo.
Carolina estaba apoyada en la pared, los antebrazos pegados al papel pintado, el culo levantado y los tacones aún puestos. Damián, de rodillas detrás, le bajaba un tanga negro por los muslos con la lentitud de quien no tiene prisa. Cuando se lo sacó por los pies, se lo llevó a la nariz y respiró hondo, sin teatro, como quien hace algo que ha hecho mil veces. Yo me apoyé en el marco para no caerme.
Le metió la lengua justo donde acababa la falda. Ella echó la cabeza atrás y dijo algo que no oí del todo. Él se bajó el pantalón con una mano, sin separar la boca de su mujer. Era flexible, era atlético, era exactamente lo que yo no era todavía. Me saqué la polla sin pensar.
Me corrí antes que ellos. No pude evitarlo. Se me escapó un trallazo en el suelo del pasillo, justo en el filo de la alfombra, y me mordí el puño para no soltar ningún ruido. Ellos siguieron, ajenos. Damián se levantó, la agarró por la cadera y empezó a empujar contra ella con un ritmo seco y rápido. Carolina se llevó una mano a la boca. Tardaron poco. Cuando él se vino, los dos jadeaban como si hubieran subido la cuesta en bici.
Me eché un paso atrás, cerré la puerta dos dedos y me quedé quieto.
***
A los pocos minutos oí pasos en el pasillo. Carolina, descalza, bajaba a la cocina. Por la rendija la vi pararse delante de la mancha del suelo, agacharse, tocarla con el índice y olerse el dedo. Sonrió. No se molestó en limpiar nada. Siguió bajando.
Me hice una bola en el sillón con la manta sobre las piernas y los ojos casi cerrados. Damián entró al cuarto del niño en calzoncillos, ajustó la mantita del crío y echó un vistazo. Después se acercó a mí y me cubrió hasta el cuello con una manta ligera. Lo tenía a un palmo de la cara. Le veía las pestañas, los pezones pequeños y oscuros, una vena en el cuello que aún latía rápido. Si abro los ojos ahora, me lanzo, pensé. No los abrí.
Cuando ella subió de vuelta venía desnuda. Había dejado el vestido en el cuarto de la lavadora. Pasó por delante de mi puerta y dio un giro lento, como si supiera exactamente dónde estaba la rendija. Damián la esperaba en el pasillo. La agarró por la cintura, le pegó la boca a la oreja y le dijo algo que la hizo reír.
Sentí que dejaban la puerta de mi cuarto totalmente abierta, no entornada. Esta vez fue a propósito.
—¿Vas a seguir mirando o te vas a unir? —dijo Carolina, sin girarse del todo.
La manta resbaló al suelo. Damián también se giró, sonriendo, con la mano levantada hacia mí. No supe contestar. Me levanté como si me tirasen de un hilo y los seguí por el pasillo.
Me fui sacando la camiseta antes de cruzar el umbral. Las bermudas cayeron solas en cuanto él me soltó el botón. Debajo no llevaba nada. Mi polla saltó otra vez dura, como si lo de la puerta no hubiera ocurrido nunca.
Se pusieron uno a cada lado y empezaron sin decir nada, como si lo tuvieran ensayado. Ella me besó el cuello y me pellizcó un pezón. Él me agarró la nuca y me giró la cara para meterme la lengua. Era la primera vez que besaba a alguien. No se lo dije. Me dejé hacer y aprendí en el acto.
Me empujaron a la cama con las dos manos a la vez. Caí boca arriba y ellos se subieron de rodillas, uno por cada flanco. Me recorrieron entero. La boca de Carolina iba bajando por mi pecho, la de Damián por mi vientre. Cada centímetro de piel se me activaba como si nadie hubiera tocado nada antes.
—Tranquilo —dijo ella cuando intenté alargar la mano hacia su muslo—. Tenemos toda la noche para que tú nos explores. Ahora déjate.
Me llegaron a los pies. Cada uno me cogió uno y se puso a chupar los dedos como si fueran piruletas. Yo no sabía que aquello existía. No sabía que iba a gustarme tanto.
Damián me sujetó los tobillos y me levantó el culo del colchón. Carolina se metió entre mis piernas y antes de que pudiera entender qué venía, me clavó la lengua en el ano. Apreté los puños en la sábana y se me escapó un gemido tan alto que estuve seguro de que se oía desde la calle. No paró. Subió por la raja hasta los huevos, mojándomelos enteros, y volvió a bajar. Me metió dos dedos sin avisar y empezó a moverlos despacio.
Damián se arrodilló por encima de mi cabeza, con la polla justo a la altura de mi boca. La dejó ahí, sin empujar, esperando. Saqué la lengua y le pasé por los huevos, lentos, con miedo. Él se llevó mi pie a la boca y se puso a chuparme un dedo para no gritar. Aquello se descontroló enseguida. Les avisé en un susurro:
—Si seguís así, me corro ya.
Se pararon a la vez. Carolina se subió encima de mí en cuanto Damián me bajó la espalda al colchón. Apoyó las manos en mi pecho y se la metió ella misma, despacio, como si me midiera por dentro. No tenía nada con lo que comparar aquello, pero supe que tenía que pasar muchas veces más. Damián se sentó sobre mi cara, su culo justo encima de mi boca. Me dijo en voz baja:
—Devuélveselo a ella.
Le abrí las nalgas con las manos y me puse a comerle el culo como si lo hubiera hecho desde siempre. No tenía referencia, solo la memoria reciente de lo que ella me había hecho a mí. Por encima oía sus bocas chocando, el ruido de la saliva, alguna risa cortada por un gemido. Notaba gotas tibias caerme en el vientre, las suyas, y aquello me llevó al final más rápido de lo que pensaba.
Me corrí dentro de Carolina, sujetando con las dos manos el culo de Damián para que no me ahogara. Ella se vino justo después, con mi polla aún dentro, ya perdiendo dureza. Damián se bajó de mi cara y se rió bajito mirando el techo, como quien no se cree algo.
Quedaba él. Y yo sabía perfectamente dónde quería venirse.
***
Cambiamos posturas. Ahora era Carolina la que me sujetaba los tobillos y me levantaba lo justo para dejarle a él una postura cómoda. Ella se sentó sobre mi boca para que le diera otra vuelta, esta vez sin prisa. Sacó un bote pequeño de algún sitio que no vi y untó a su marido con la mano, sin dejar de moverse encima de mí.
—Avisa si te molesta —dijo él, apoyando el glande.
Me molestó dos segundos. Después dejó de molestar. Empecé soplando contra los labios de Carolina, aguantando, y cuando él entró del todo me puse a comerle el coño a ella en serio, con la lengua atenta, con los dedos en sus muslos. Sentía a Damián moverse despacio al principio y luego soltarse del todo. Quiero que se corra dentro, pensé, y la idea me sorprendió a mí mismo. No me corrí. No habría podido. Pero sentí cada empuje como si llevase ahí horas.
Cuando salió, mi polla volvía a estar dura. Carolina se bajó de mi cara y los dos se miraron sin hablar. Decidieron en silencio que no querían desperdiciarla.
Se pusieron uno a cada lado de mi cadera, dejando los culos hacia mi cabeza. Mientras uno me chupaba los huevos, el otro se metía el glande en la boca, y al rato cambiaban. Aproveché para acariciarlos por detrás, deslizando los pulgares despacio. Cuando me corrí esta vez, sus lenguas se repartieron lo que salió y se besaron con todo encima de mi vientre.
—Eh —protesté, sin fuerza ya—. Que yo también quiero.
Se giraron y compartimos lo que quedaba en un beso a tres que duró lo que duró. Después se tumbaron, cada uno a un lado, con la cabeza en mi hombro y el brazo cruzado sobre el mío. No dijimos nada. El niño nos despertó unas horas más tarde y a Damián le tocó levantarse.
Carolina me dejó dormir media hora más. Cuando bajé a desayunar ya estaba vestida y con el pelo recogido como si no hubiera pasado nada. Damián me sirvió un café y me preguntó si quería tostada. Hablamos del calor, de la piscina del barrio, de un perro que ladraba todas las noches dos casas más allá. El niño me tiraba de la camiseta para que le hiciera un avión con la cuchara.
Repetimos lo de aquella noche varias veces aquel verano. A veces se sumaba alguien, un amigo suyo, una amiga mía, gente dispuesta a pasarlo bien sin pedirle explicaciones a nadie. No éramos pareja ni la pretendíamos ser. Aprendí a besar de verdad, a tocar sin miedo y a no fingir lo que no sentía. Y cada vez que pasaba por delante de su jardín y veía la luz de la cocina encendida, sabía que esa noche el niño volvería a dormir en su cuarto con la mantita bien puesta y yo en el sillón de al lado, fingiendo leer hasta que oyera el coche en la entrada.