Lo que confesamos esa noche con el fernet
Era el tipo de noche que no existe en invierno: calor pegajoso, la ciudad en silencio y la casa entera para nosotras. Los viejos de Vale se habían ido al campo ese fin de semana y ella aprovechó para organizar una de esas juntadas que siempre terminan en confesiones.
Llegamos de a una. Yo fui primera, con una bolsa de papas fritas y dos botellas de fernet. Romi llegó con pizza. Nadia apareció vestida como si fuera a una fiesta: vestido corto, escote pronunciado, ese tipo de actitud que ya avisa que la noche va a ir para algún lado. Caro fue la última, con champagne barato y caramelos, porque era Caro y siempre hacía esas cosas.
Nos acomodamos en el living: almohadones en el piso, la tele puesta sin volumen, una playlist de los noventa sonando bajito. Armamos los vasos, abrimos las pizzas y empezamos con lo de siempre: chismes del trabajo, dramas de ex, el típico repaso de quién estaba saliendo con quién.
Después de una hora y dos vasos cada una, Nadia se recostó en el sillón, miró el techo y dijo sin preámbulos:
—Chicas, ¿podemos hablar de algo menos aburrido? Porque yo ya sé cómo termina la historia de Rodrigo y su novia nueva y honestamente me importa cada vez menos.
—¿De qué querés hablar? —preguntó Romi, mordiendo una porción de pizza.
—De fantasías —dijo Nadia, girando la cabeza para mirarnos a todas—. Las que no le contarían a nadie. Esas.
El silencio duró exactamente tres segundos. Después todas hablamos al mismo tiempo: alguna dijo que sí, otra que no, Caro se tapó la cara con un almohadón. Al final llegamos a un acuerdo: las que querían contaban. Las que no, escuchaban.
Nadie quiso ser la primera. Todas nos miramos en círculo hasta que las miradas terminaron en Nadia, que ya tenía esa sonrisa de quien está esperando exactamente eso.
—Yo arranco —dijo, y se incorporó un poco, cruzando las piernas sobre el sillón.
***
La fantasía de Nadia era un salón de gimnasio vacío. De noche, después de que todos se van. Veinte tipos sin nombre ni cara, solo cuerpos y presencia. Ella en el centro, en cuatro sobre una colchoneta, sin ropa.
—Uno después de otro —explicó con voz baja, casi como si describiera algo que estaba viendo en ese momento—. Sin parar. Me cogen el culo sin preguntarme nada, sin preliminares. Uno termina y ya está el siguiente. No me importa quiénes son. No quiero saberlo. Solo quiero sentir que no para nunca.
Romi soltó una carcajada incómoda y se tapó la boca. Caro no dijo nada: tenía los ojos grandes y miraba el piso. Nadia siguió un poco más, con detalles que hicieron que el aire del living se pusiera más pesado. Cuando terminó, nadie habló por un momento largo.
Después el turno cayó sobre Vale, que había sido la que propuso el juego. Vale se mordió el labio, miró su vaso y suspiró.
—La mía es una boludez —dijo.
—Contá —le dije yo.
—Un glory hole. Un agujero en una pared, tipo baño viejo de estación. Sin saber quién está del otro lado. Solo... lo que aparece y ya.
Todas nos miramos.
—¿Y eso es todo? —preguntó Romi.
—No —admitió Vale, y empezó a contar el resto con voz cada vez más baja y los ojos clavados en el vaso.
La versión larga era mucho más detallada que la introducción. Vale se arrodillaba en el piso frío, sin ver nada del otro lado, y chupaba lo que llegara. Sin condiciones. Uno después de otro, tragando todo. Le excitaba exactamente eso: la falta de control, la anonimidad total, no saber nada del tipo que estaba a centímetros de ella separado por una pared.
Cuando terminó, Caro la miró con una mezcla de horror y fascinación.
—Vos que decías que eras la más tranquila del grupo —dijo.
—Soy tranquila en la vida real —respondió Vale, sonriendo—. En la cabeza soy otra persona.
***
A Caro le costó más. Era la más reservada, la que siempre escuchaba sin dar demasiado de sí misma. Pero el fernet y la presión del grupo hicieron lo suyo.
—La mía es con un profesor —dijo al final, en voz baja.
Todas nos inclinamos hacia adelante al mismo tiempo.
—No es para nada guapo —aclaró enseguida—. Tiene cuarenta y pico, la ropa siempre arrugada, anteojos de marco grueso. Pero cuando habla... hay una seguridad en él que me descoloca. Una vez lo vi explicar una teoría de memoria, sin notas, sin dudar ni un segundo, y yo pensé cosas que no debería haber pensado en ese momento.
En la fantasía de Caro, el aula quedaba vacía. Él le pedía que se quedara a revisar un trabajo. Su voz cambiaba. Le ordenaba que cerrara la puerta con llave. Ella decía que no, que no era apropiado, que se tenía que ir... pero sus piernas no la llevaban a ningún lado.
—Me sienta en el escritorio —siguió Caro, con la voz cada vez más ronca—. Se para frente a mí. Me dice lo que quiere que haga. Yo le digo que nunca lo hice, que no, que por favor... y lo hago igual. No sé por qué. En la fantasía no quiero, pero tampoco quiero irme. Él me coje la boca despacio, me dice «así, nena, tragala toda», y yo lloro un poco, de vergüenza y de morbo, pero no paro.
Dijo todo eso sin levantar la vista del vaso. Cuando terminó, Nadia fue la única que aplaudió lento.
—Sumisión de la buena —dijo—. Sin violencia, pero con autoridad total.
—Exacto —reconoció Caro—. Me excita la idea de que alguien me ordene. Que no haya opción.
—¿Te masturbás pensando en él? —preguntó Romi, directa como siempre.
—Más de lo que me gustaría admitir —contestó Caro, y soltó una carcajada que a todas nos alivió la tensión.
***
Romi fue la siguiente, y empezó con un descargo de «esto es una estupidez» que ninguna le creyó.
—No me juzguen —dijo, levantando las manos—. Es solo una fantasía. Yo sé que en la práctica no existe.
—Dale —le dije.
—Un tipo con una pija descomunal. Tipo veinticinco, veintiocho centímetros. Gruesa. De esas que ves y te preguntás cómo se sostiene solo.
Nadia soltó una carcajada:
—¡Eso no es un hombre, es una construcción!
—¡Te dije que no me juzguen!
Romi describió la escena: un cuarto de hotel, penumbra, un tipo que se bajaba el pantalón y ahí estaba eso. Ella de rodillas intentando empezar por el principio, sin lograrlo del todo. Él empujando igual. Después en la cama, en cuatro, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro, su cuerpo abriéndose de una manera que nunca había experimentado.
—El bulto en la panza —dijo en un momento, y eso hizo que Caro se tapara los oídos riendo—. En la fantasía te ves el bulto cada vez que empuja. No sé, eso me vuelve loca. Me coge fuerte, profundo, cambia de posición, me da vuelta y va por el anal. Sin casi lubricante. Me duele rico, me quema, pido más. Al final me llena el culo y yo me toco el clítoris hasta acabar otra vez solo con la sensación.
—¿Tuviste alguna vez cerca de eso? —preguntó Vale.
—Una vez, con uno de unos veintidós. Tardé tres días en caminar normal.
—¿Y lo volverías a hacer? —preguntó Nadia.
—Ahora mismo —dijo Romi sin dudarlo, y todas nos reímos al mismo tiempo.
***
Cuando el turno me llegó a mí, el living llevaba un rato en ese estado de calor eléctrico que genera hablar de cosas que normalmente no se dicen. Las luces apagadas, una vela prendida, el fernet casi terminado.
—Dale, Sofía —dijo Nadia señalándome—. Vos sos la anfitriona. No te escapás.
Me tapé la cara con las manos un segundo. Después las bajé.
—La mía es un poco distinta —dije—. No es una situación concreta. Es más... una idea.
—¿Qué idea? —preguntó Caro.
—El escándalo.
Las cuatro me miraron sin entender del todo.
—En el secundario grabé un video. Casero. Yo con mi novio de ese momento. Bastante... gráfico. Nunca lo vio nadie más que nosotros dos. Pero siempre fantasié con lo contrario: que se filtrara. Que llegara al grupo de WhatsApp del colegio. Que todo el mundo lo viera.
Silencio.
—No porque me guste que me vean —aclaré—. Sino por el contraste. Porque yo siempre fui la que parecía seria, la que sacaba buenas notas, la que los papás de las amigas querían de ejemplo. Y en ese video no era ninguna de esas cosas. Me excita la idea de que alguien que me conoce así, de pronto, vea una versión completamente distinta.
—La máscara que se cae —dijo Caro en voz baja.
—Exacto. Que pasen por el pasillo y piensen «¿la Sofía esa? ¿La que parecía tan seria?» y sepan que no, que detrás de eso había otra persona.
Romi me miró con cara de «nunca te hubiera imaginado diciendo eso».
—Eso tiene mucho más morbo de lo que parece —dijo.
—Lo sé —respondí.
Nadia sonrió sin decir nada, y eso fue peor que cualquier comentario.
***
Esa noche dormimos todas en el departamento de Vale. Pusimos el colchón inflable en el piso del cuarto grande y nos tiramos en desorden: yo en el medio, Romi y Vale de un lado, Nadia y Caro del otro. Hablamos todavía un rato en la oscuridad, cada vez con voz más baja, hasta que los silencios entre una frase y otra se fueron haciendo más largos.
No pasó nada más. Nadie se tocó, nadie insinuó nada, nadie cruzó ninguna línea. Solo calor de cuerpos cercanos, el sonido del ventilador en el techo y las respiraciones calmándose de a poco.
Pero yo tardé en dormir.
Me quedé quieta mirando el techo, con el corazón todavía un poco agitado. Pensé en lo que había dicho, en lo que habían dicho las otras. En todo lo que normalmente guardamos sin contarle a nadie, y en por qué esa noche había sido distinta.
Cuando por fin me quedé dormida, soñé.
En el sueño estaba en mi cuarto de cuando era chica. La cama angosta, el escritorio lleno de papeles, la ventana con la persiana a medio bajar. Y él estaba ahí, el chico del video, aunque en el sueño era más alto y me miraba diferente.
Me arrodillé frente a él y le empecé a hacer lo que había aprendido a hacer con el tiempo: despacio, sin apuro, mirándolo de vez en cuando. Él me agarraba el pelo con una mano, no fuerte, solo lo suficiente. Yo babeaba más de lo normal y eso no me importaba. Después me levantó, me acostó en la cama y entró despacio, mirándome a los ojos, sin apuro. Por un momento todo fue exactamente como yo quería que fuera.
Pero en algún momento miré el espejo del ropero, ese espejo largo que siempre estuvo ahí desde que era chica, y la que estaba en la cama no era yo.
Era mi madre.
Tenía su cuerpo, su pelo, esa manera de moverse que yo conocía de haberla visto toda la vida. Y él seguía igual, sin saber o sin importarle.
Me desperté de golpe.
El cuarto de Vale, el colchón inflable, el ventilador. Las otras cuatro dormidas a mi alrededor. Las persianas dejaban entrar una línea delgada de luz gris: el amanecer todavía lejos.
Me quedé quieta sin moverme. El corazón rápido, la ropa interior húmeda, una mezcla de sensaciones que no tenía nombre claro: excitación, vergüenza, algo que se parecía a la culpa pero no era exactamente eso.
Esto no se lo cuento a nadie.
Durante mi adolescencia tuve muchísimos complejos con mi mamá. Ella era hermosa de un modo que yo no llegaba a entender entonces, y yo era apenas una chica bonita que todavía no sabía qué hacer con eso. Lo del sueño no era nuevo. Había aparecido antes, en otras versiones, siempre dejándome con esa mezcla rara de morbo y culpa que no tenía con ninguna otra cosa.
***
Al día siguiente hicimos lo que siempre se hace después de una noche así: fingimos que era un sábado cualquiera.
Desayunamos café con medialunas, vimos un rato de televisión, hablamos de cosas sin importancia. Nadie mencionó las fantasías. Nadie mencionó nada. Solo comentarios inocentes como «anoche nos pasamos con el fernet» o «qué lindo dormir todas juntas, deberíamos repetirlo». Y así, entre chismes livianos y mates, la mañana se fue diluyendo en normalidad.
Pero cuando Caro se fue y nos abrazamos en la puerta, me apretó un poco más de lo normal. Y cuando Nadia se despidió con un beso en la mejilla, me susurró muy bajito: «La tuya fue la mejor.»
Yo no supe qué contestar. Solo sonreí y dije chau.
Hay cosas que se cuentan una vez y después se guardan para siempre. Esa noche lo entendí. Y también entendí que entre nosotras algo había cambiado, aunque nadie lo nombrara nunca. Las cinco sabíamos demasiado. Y eso, de alguna manera, nos acercaba más que cualquier otra cosa.