Mi novia no sabía que yo soñaba con compartirla
Me llamo Damián y supongo que esta es la clase de cosa que uno solo se atreve a escribir cuando sabe que nadie lo va a relacionar con su nombre real. Soy de esos tipos que las chicas describen como «el mejor amigo»: blanco, de ojos claros, con unos kilos de más y una sonrisa que cae bien pero que nunca dispara nada. Nunca fui el guapo del grupo. Y, para terminar el retrato, tampoco la naturaleza fue generosa conmigo donde más le importa a un hombre: tengo la polla corta, gordita, de esas que ni erectas impresionan a nadie. Lo digo sin vueltas porque todo lo que sigue empieza justamente ahí, en esa inseguridad que me acompañó desde siempre.
Mi novia se llama Renata. Llevábamos tres años juntos cuando ocurrió lo que voy a contar. Ella es, sencillamente, una de esas mujeres que hacen girar la cabeza en la calle. Alta, de piel muy pálida, ojos castaños y un pelo oscuro larguísimo que le llegaba a la cintura. Practicaba deporte desde niña, así que tenía un cuerpo firme, atlético, con unas piernas y una espalda que cualquiera envidiaría, y un culo redondo, duro, que se le marcaba en cualquier pantalón que se pusiera.
Si alguien se pregunta cómo un tipo como yo terminó de novio de una chica así, la respuesta es aburrida: nos conocíamos desde la infancia. Nuestras familias eran amigas, veraneábamos en los mismos lugares, y lo que de niños era un juego se transformó en la adolescencia en algo más serio. Nos confesamos lo que sentíamos una tarde de lluvia, casi sin mirarnos, y desde entonces no nos separamos.
Veníamos de un país que atravesaba una crisis larga, de esas que no se terminan nunca, pero nuestras familias estaban acomodadas y nos protegían de casi todo. Cuando terminamos el colegio, nuestros padres decidieron mandarnos a estudiar afuera, a una universidad grande en otro continente. Y, para nuestra sorpresa, acordaron alquilarnos un departamento para los dos. La excusa fue la seguridad y la comodidad.
A mí la noticia me puso eufórico por una razón muy concreta: pensé que por fin tendríamos intimidad de sobra, que por fin podría follármela cuando se me diera la gana, sin padres detrás de la puerta. En casa de nuestros padres casi nunca estábamos solos, y la idea de vivir juntos, sin nadie vigilando, me parecía el principio de algo perfecto. Qué poco imaginaba lo que en realidad nos esperaba.
***
Antes del viaje hubo un detalle que cambió a Renata más de lo que yo podía prever. Ella siempre se acomplejó por tener las tetas muy pequeñas. Era el único punto de su cuerpo que no le gustaba, y lo mencionaba más seguido de lo que cualquiera supondría. Como regalo por terminar el colegio, les pidió a sus padres una operación de aumento. Su argumento fue que empezar la vida adulta sin ese complejo a cuestas era casi una necesidad.
Discutieron bastante, pero al final cedieron. Yo la acompañé a varias consultas con la cirujana, escuché conversaciones interminables sobre medidas y materiales que no entendía, y la apoyé en todo. En el fondo, lo confieso, también me imaginaba con esas tetas nuevas en la cara, chupándoselas mientras me la follaba. La operación salió bien y la recuperación fue lenta, así que durante semanas no pudimos coger. Yo esperaba paciente, como un buen novio, cascándomela a solas cada noche pensando en el estreno.
La fiesta de despedida fue en casa de sus padres. Renata apareció con un vestido azul oscuro ajustadísimo, y cuando la vi de espaldas, conversando con unos primos, me quedé sin aire. Después se dio vuelta y entendí por qué todos la miraban. El escote dejaba ver dos tetas nuevas, redondas, altas, que empujaban la tela hacia adelante como si tuvieran vida propia. Ella notó mi cara y se acercó sonriendo.
—¿Y? ¿Qué te parecen? —preguntó en voz baja, mordiéndose el labio.
—Estás increíble —le dije, y era verdad—. La cirujana hizo un trabajo perfecto. Se te van a caer los primos si sigues mostrándolas así.
—Todavía me estoy acostumbrando —contestó—. No puedo dormir boca abajo y la recuperación es lenta, pero ya casi no duele. Y quiero que las estrenes vos, baby.
La besé y volvimos con los invitados. Hubo música, juegos, demasiado vino. A medianoche, cuando la casa empezó a vaciarse, me escabullí con ella hasta su cuarto, como tantas otras veces. Nos besamos en su cama y ella me pidió que la ayudara con el vestido. Cuando por fin lo dejó caer y se dio vuelta, sentí que el corazón se me iba a salir. Estaba en tanga, con el sujetador negro empujando esas tetas nuevas hasta hacerlas explotar, y la piel blanca marcada por la tela.
—Con cuidado —murmuró cuando acerqué la mano—. Todavía estoy sensible.
Le desabroché el sujetador con dedos torpes y las tetas cayeron apenas, firmes, con los pezones rosados endureciéndose delante de mí. Le pasé la lengua por uno, muy despacio, y ella soltó un gemido bajo que me puso la polla dura en un segundo. Chupé el otro, con cuidado de no apretar, y le mordí apenas el pezón; Renata me clavó las uñas en la nuca. Bajé por su vientre plano, le arranqué la tanga con los dientes y encontré su coño ya húmedo, depilado, brillando entre las piernas. Le pasé la lengua de arriba abajo, muy despacio, y ella arqueó la espalda.
—Dios, Damián, hacía tanto que no… —jadeó, agarrándome del pelo.
Le abrí los labios con los dedos y me hundí de lleno en su coño con la boca, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua adentro, mientras ella se retorcía en la cama y ahogaba los gemidos contra la almohada para que no la escucharan sus padres. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando ese punto que la volvía loca, y en pocos minutos se corrió con un temblor largo que le sacudió las piernas.
Me subí encima. Ella me agarró la polla con la mano y me la guio, la punta resbaló entre sus labios mojados y me la clavé de un tirón. Renata gimió y me apretó las nalgas con los talones para que entrara hasta el fondo, aunque los dos sabíamos que con mi tamaño no había mucho fondo que buscar. Empecé a moverme despacio, mirándole las tetas nuevas que apenas se movían con las embestidas, y ella me susurraba al oído que hacía demasiado que no cogíamos, que la follara, que no parara. Duré poco. La verdad es que siempre duraba poco. Me corrí adentro con dos o tres estocadas torpes y me quedé encima de ella, agitado, mientras Renata me acariciaba la espalda y me decía que me quería. Nunca habíamos estado con nadie más. Éramos, hasta donde yo sabía, dolorosamente fieles.
***
El viaje fue largo, y mientras el avión cruzaba el océano yo fantaseaba con la vida que nos esperaba. Imaginaba mañanas perezosas, tardes de estudio y noches enteras cogiendo hasta caer rendidos. Cuando llegamos al departamento, sin embargo, descubrí el primer chiste cruel de nuestros padres: no era el nido de amor que yo había imaginado, sino un lugar con dos habitaciones separadas y dos camas individuales. Habían pensado en todo para que la convivencia no se nos fuera de las manos.
Me reí por dentro. Como si una pared fuera a frenarnos. Pero, mirándolo en perspectiva, esa distribución terminó siendo un símbolo de lo que vino después: dos vidas que, sin que yo lo notara, empezaron a separarse en silencio.
La universidad era enorme y deslumbrante. Tenía canchas para cada deporte imaginable, piscina, salas de estudio que parecían bibliotecas de película. El primer día nos pasearon por las instalaciones y, al terminar, cada uno se fue a su facultad. Yo estudiaría ingeniería; Renata, psicología. Nos despedimos con un beso en medio del patio, rodeados de cientos de caras nuevas.
Las primeras semanas fueron de pura adaptación. El idioma, el ritmo, la forma distinta de enseñar. Yo me metí en grupos de estudio para no quedarme atrás. Ella, fiel a su costumbre, se anotó en el equipo de vóley de la universidad. Y ahí, sin que ninguno lo dijera en voz alta, empezó a abrirse una grieta. Nos veíamos cada vez menos. Yo volvía agotado de mis clases; ella, exhausta de los entrenamientos. Coincidíamos de noche, sin energía ni para hablar.
Nuestra vida sexual, que al llegar había sido intensa, se fue apagando hasta volverse casi inexistente. Al principio cogíamos cada dos o tres días; después, una vez por semana; después, casi nunca. Cuando lo hacíamos era rápido, ella medio dormida, yo terminando en tres minutos y pidiendo perdón. No por falta de amor, me decía yo. Solo era cansancio. Una etapa. Ya pasaría.
***
Una tarde fui a ver un partido suyo. Jugó bárbaro, como siempre. Al terminar, mientras yo bajaba de las gradas, la vi conversando en un costado de la cancha con un muchacho que me cortó la respiración por motivos muy distintos a los habituales. Era altísimo, pasaba el metro noventa, de espaldas anchas y un físico que solo se consigue entrenando todos los días de la vida. Un atleta de pies a cabeza. Y encima era negro, con esos brazos gruesos y esa mandíbula cuadrada que hacen que las chicas se pongan tontas sin querer. Renata reía con él de una manera que no le veía hacía tiempo, echando la cabeza para atrás, tocándose el pelo. Le miré el bulto sin querer, marcado bajo el pantalón corto de básquet, y sentí un pinchazo en el estómago que no supe qué era.
No me presenté. Me quedé mirando desde lejos, con una sensación rara en el pecho que entonces no supe nombrar.
Esa noche, en el departamento, saqué el tema como quien no quiere la cosa.
—Oye, te vi hablando con un chico después del partido. ¿Quién es?
—Se llama Marcus —respondió sin levantar la vista del plato—. Juega en el equipo de básquet de la universidad.
—Se nota que es deportista —dije—. Por el físico, digo.
—Sí, dicen que un equipo profesional lo quiere fichar apenas se gradúe —siguió ella, animándose—. Y encima es buenísimo en lo suyo. Me está ayudando con un par de materias que no entiendo, historia sobre todo. Es muy buena onda.
—Deberías presentármelo un día —contesté, fingiendo una tranquilidad que no sentía.
—Claro, baby. Ahora ven a comer que se enfría.
Cambiamos de tema, pero algo se me quedó atravesado. No eran celos comunes. No pensaba que Renata me fuera a engañar; confiaba en ella ciegamente. Era otra cosa, más incómoda y más mía: la comparación. Marcus era todo lo que yo nunca había podido ser. Alto, fuerte, brillante en un deporte, admirado por todos. Y con seguridad tenía una polla del tamaño de mi antebrazo, pensé sin querer, y el pinchazo se me volvió más profundo. Yo, en cambio, había probado mil disciplinas de chico y en todas había fracasado, hasta resignarme a los libros. Verlo a él, tan cerca de ella, fue como mirarme en un espejo cruel.
***
Las semanas siguientes nos alejaron todavía más. Ella entre clases y entrenamientos; yo entre exámenes y trabajos prácticos. Nuestros encuentros se volvieron tan escasos que el deseo, sin un lugar donde ir, empezó a buscar otras salidas. Cuando la necesidad me ganaba, recurría a lo de siempre: me encerraba en mi cuarto, abría el portátil y me la cascaba mirando videos con el volumen bajo para que ella no me escuchara del otro lado de la pared.
Nunca había sido un gran consumidor de porno. Pero en esos meses de soledad compartida —porque dormíamos bajo el mismo techo y aun así estábamos solos— me fui hundiendo en una rutina nocturna. Empezaba mirando cualquier cosa, dos rubias, una morena chupando pollas, lo típico, y me venía en cuatro minutos sobre el vientre. Y una de esas noches, navegando sin rumbo, caí en una categoría que no había explorado nunca: la de los hombres que fantasean con ver a su pareja follando con otro. Cornudos, los llamaban. Cucks.
Al principio me pareció absurdo. ¿Quién querría ver a su chica montándose a otro tipo? Pero algo en esos videos me retenía. Un maridito flaco, sentado en una silla, mirando cómo un negro enorme, con una polla del doble del tamaño que la suya, le partía a la esposa en la cama. Ella gimiendo como nunca gemía con él. Ella corriéndose a gritos, colgada del cuello del otro, mientras el marido se cascaba en un rincón. Se me puso durísima. Me corrí en menos de dos minutos, con la mano tapándome la boca para no gritar, y después me quedé mirando el techo con una vergüenza rarísima. No eran las imágenes lo que me atrapaba, sino el nudo emocional: la mezcla de humillación y excitación, de entrega y celos, esa contradicción imposible de sostener y, sin embargo, tan intensa. Empecé a leer relatos en lugar de mirar videos. Confesiones de tipos como yo, inseguros, con la polla chica, enamorados de mujeres que les quedaban grandes y que terminaban abriéndose de piernas para un tipo mejor dotado.
Y entonces, sin proponérmelo, empecé a poner caras a esas historias. La chica de los relatos dejó de ser una desconocida. Era Renata, con sus tetas nuevas, su culo redondo, su pelo largo cayéndole en la cara. Y el otro, el hombre que ella miraba con deseo, el que se la clavaba hasta el fondo, tenía la altura, la piel oscura y la sonrisa de Marcus.
Me odié por ello. Era mi novia, la mujer que amaba desde la infancia, la única con la que había estado. Imaginarla con las piernas abiertas para otro debería haberme dado asco, rabia, cualquier cosa menos lo que me daba. Pero la verdad, la verdad que callé durante meses y que recién ahora me animo a escribir, es que esas fantasías se volvieron el único lugar donde mi deseo seguía vivo. Solo se me paraba la polla si pensaba en Marcus rompiéndosela a ella.
Por las noches, mientras ella dormía agotada en su cuarto del otro lado de la pared, yo me quedaba despierto, cascándomela despacio, construyendo escenas en mi cabeza. Renata riendo con él como reía esa tarde en la cancha. Renata dejándose besar en el cuello por él, en la puerta del gimnasio. Renata de rodillas en nuestro living, con la boca abierta y esa polla negra enorme entrando y saliendo entre sus labios, hilos de saliva colgándole del mentón. Renata boca abajo en mi propia cama, con el culo levantado, mientras Marcus la agarraba del pelo y se la metía hasta las bolas, y ella gritaba mi nombre pidiendo perdón mientras se corría en su polla. Y yo en algún rincón de esa imagen, mirando, con la polla chica en la mano, partido entre el dolor y una excitación que no entendía.
Cuando me corría, siempre me corría muchísimo. Chorros largos, calientes, sobre el vientre, sobre la mano, a veces hasta el pecho. Después venía el silencio, la culpa, y la pared que me separaba de ella parecía de repente muy fina.
Nunca tuve el valor de contárselo. ¿Cómo se le dice algo así a la persona que amas? ¿Cómo le confiesas que tu fantasía más oscura la tiene a ella de protagonista, con las piernas abiertas para su nuevo amigo, mientras vos te la cascás mirando? Me lo guardé, lo alimenté en secreto, y dejé que creciera dentro de mí como una sombra.
***
No sé en qué momento exacto una fantasía deja de ser un juego inofensivo de la mente y empieza a empujar hacia algo real. Solo sé que, noche tras noche, esa idea fue ocupando más espacio. Y que cada vez que veía a Renata revisar el teléfono y sonreír, o mencionar de pasada el nombre de Marcus, sentía esa punzada confusa, mitad miedo, mitad la polla parándose sin permiso dentro del pantalón.
Esta es la confesión que llevo callando. La escribo sin saber bien por qué, quizá para sacármela de adentro, quizá porque ponerla en palabras es la única forma que tengo de mirarla de frente. Lo que pasó después —si es que pasó algo— es otra historia, y todavía no estoy seguro de poder contarla.
Por ahora me quedo acá, en el umbral. En esas noches en que mi novia dormía a unos metros, ajena por completo a la fantasía que su mejor inseguridad había despertado en mí, y en las que yo me venía en silencio pensando en la polla de otro entrando en su coño.





