El sueño en que mi cuerpo se volvió el de una mujer
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
El espejo del camerino le devolvía a una mujer que no reconocía. En unos minutos, decenas de extraños la verían desnuda. Y aun así, decidió cruzar la cortina.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Nunca se había masturbado en el trabajo. Pero esa mañana, con el celular lleno de imágenes de su vecina y la puerta sin traba, descubrió cuánto la excitaba el riesgo.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Rubén llenó la cafetera mientras, al otro lado de la ventana, nuestras mujeres dejaban de disimular. Ninguno de los dos apartó la mirada, y entonces su mano encontró la mía.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
La mirada de Marcos me atravesó como no lo había hecho nadie en años. Esa tarde, sola en el baño del trabajo, supe que necesitaba más.