El peluche de mi ex se volvió mi juguete favorito
Nunca fui de las que se emocionan con un peluche. Siempre me parecieron un regalo cómodo, el que eliges cuando no se te ocurre nada mejor. Y esa idea se me quedó grabada todavía más cuando Bruno, mi ex, me regaló uno enorme de una película que yo amaba desde niña. Tres meses después hizo las maletas y se fue de la ciudad sin demasiadas explicaciones.
Pensé en tirarlo. Lo tuve en la mano, sobre el cubo de la basura, decidida. Pero el peluche no tenía la culpa de nada. Así que terminé devolviéndolo a su lugar, encima de la mesita de noche, y dejé que juntara polvo mientras yo seguía con mi vida.
Ese fin de semana mis padres tuvieron que viajar por un asunto familiar. Me ofrecieron llevarme, pero puse de excusa la universidad. La verdad es que la familia de mi padre nunca me cayó bien, y la idea de tener la casa entera para mí sola me parecía mucho más apetecible que dos días de sonrisas falsas.
En cuanto el coche desapareció al final de la calle, supe exactamente cómo iba a consentirme. Cerré con llave, bajé las persianas a media altura para que entrara solo una luz dorada de media tarde y apagué el móvil de cualquiera que pudiera interrumpirme. La casa entera era mía. Cada habitación, cada superficie, cada silencio.
Hay algo en el saberse completamente sola que me enciende más que cualquier caricia. Nadie va a tocar el timbre. Nadie va a subir las escaleras. Puedo gemir tan fuerte como quiera y el único testigo serán las paredes.
***
Cuando estoy sola y con ganas de tocarme, me gusta vestirme para la ocasión. No es solo meter los dedos y ya. Es todo un ritual. Saqué del cajón una camiseta corta de color rosa, fina como un papel, y me la puse sin nada debajo. Apenas me cubría los pechos y dejaba el resto al aire: el trasero, el sexo, todo expuesto a la temperatura de la casa vacía.
Me encanta andar así por cada rincón. Restregarme contra lo que se me cruce. Sentarme en el sofá del salón y mover las caderas despacio, sabiendo que dejo una pequeña marca húmeda en la tela. Ir a la cocina y subirme a la encimera solo para sentir el frío del mármol contra el clítoris, esa corriente que me eriza entera. Apoyar los pezones en superficies heladas hasta que se ponen duros y me arrancan un escalofrío.
Me detuve frente al espejo del pasillo y me miré un buen rato. La camiseta se me había subido un poco más de un lado y el rosa contrastaba con mi piel encendida. Giré las caderas, me mordí el labio y me reí sola de lo descarada que estaba siendo. Me gusta esa versión mía, la que solo aparece cuando no hay nadie que la juzgue.
No hay nada como estar sola en casa.
Pasé un dedo por mi sexo, despacio, comprobando cuánto me había mojado solo con el ritual. Mucho. Demasiado para seguir jugando a hacerme la difícil conmigo misma.
Después de dar dos o tres vueltas, ya mojada y con la respiración agitada, subí a mi cuarto a elegir con qué iba a jugar. Miré la almohada y me la imaginé entre las piernas, mi sexo frotándose contra ella, la funda manchándose poco a poco. Solo de pensarlo se me escapó un gemido. Pero esa tarde tenía ganas de algo distinto, de algo nuevo.
Y entonces lo vi. Ahí, en la esquina de la mesita, mirándome con sus ojos de costura.
El peluche de Bruno.
***
Había visto vídeos de chicas masturbándose con sus peluches, pero nunca me había llamado la atención de verdad. Hasta ese momento. Y sí, lo confieso: nosotras vemos mucho más porno lésbico de lo que ustedes creen, seamos del gusto que seamos. Será porque entre mujeres sabemos exactamente dónde está el punto que importa. Las chicas que me leen me entienden perfecto.
Buena hora, pensé, para ponerle por fin un uso decente a este regalo.
Tomé el peluche y lo coloqué en el borde de la cama, boca arriba, con la cabeza colgando hacia abajo y la nariz apuntando justo a mi entrepierna. Me acerqué de pie, abrí un poco las piernas y dejé que ese hocico frío rozara mi clítoris.
El primer contacto fue eléctrico. Empecé a frotarme de arriba abajo, lento, sujetándolo de las patas traseras para que no se resbalara. Sentía cómo la nariz se abría paso entre mis labios y se apoyaba justo donde yo quería. ¿Por qué no lo había intentado antes?
Paré unos segundos solo para reacomodarlo. Lo puse en el centro de la cama y me senté directamente sobre su cara. Empecé a moverme en círculos, despacio, dejándome llevar. No pude evitar acordarme del buen sexo oral que me daba Bruno cuando todavía estábamos juntos, lo único que de verdad echaba de menos de él.
—Ahhh, sí, dame con la lengua —susurré a la nada, cabalgando el rostro de mi nuevo juguete—. No pares, no pares de comerme.
Sentí que el orgasmo se acercaba demasiado rápido, así que bajé el ritmo. Quería que durara. Me moví más lento, en círculos lentos y profundos, sintiendo cómo mi humedad empapaba la tela suave del peluche.
Cerré los ojos y dejé que la memoria hiciera el resto. Las manos de Bruno en mis muslos, abriéndome. Su barba raspándome la cara interna de las piernas. La paciencia con la que se quedaba ahí abajo durante minutos eternos, como si no tuviera nada mejor que hacer en el mundo. Era un cretino para casi todo, pero en eso nunca falló.
El muñeco no tenía barba ni lengua, claro. Pero tenía la forma justa, esa nariz firme que se hundía donde yo la guiaba, y mi imaginación se encargó del resto. Apreté los muslos a sus lados y me mecí, dejando que cada vaivén dibujara un poco más de presión exactamente donde la necesitaba.
***
Estiré la mano y agarré el móvil de la mesita. Busqué porno lésbico, como siempre, y abrí uno de mis favoritos. No parece fingido ni exagerado como tantos otros, y eso lo hace cien veces más caliente. Dos chicas: una desnuda, con un cuerpo de infarto, y la otra todavía vestida con un top diminuto y un short que le marcaba un culo que daban ganas de morder.
Adelanté el vídeo un par de minutos mientras me mecía un poco más rápido sobre la carita del muñeco.
—Ahí, justo ahí, más fuerte —murmuré, mordiéndome el labio.
En la pantalla, la chica vestida empezó a comerse el sexo de su novia. Le abrió las piernas con las dos manos, dándome una vista perfecta, y le succionó el clítoris mientras le metía dos dedos. Los pechos de la otra se movían al ritmo exacto de cada embestida.
Cuánto quisiera ser yo la del vídeo.
La chica que recibía todo el placer empezó a retorcerse y a apartarse sin querer, desbordada. Y entonces llegó mi parte favorita: la del top la sujetó de las rodillas y la arrastró de vuelta a su boca, a donde pertenecía. Más dedos, más fuerza, más lengua.
Me dejé caer de cara contra el colchón. Apoyé el móvil de lado para seguir mirando, levanté el trasero y me metí dos dedos en el sexo. Embestida tras embestida, mis pechos se sacudían contra la sábana, y por un instante pude imaginar a mi ex chupándomelos como tanto le gustaba.
Acerqué el muñeco a mis pezones y los froté contra él. Lo sentía todo a la vez: la gota de sudor bajándome por la espalda hasta colarse entre las nalgas, mis dedos abriéndome por dentro, los gemidos de las chicas saliendo del altavoz. Saqué los dedos despacio.
***
Volví a concentrarme en la pantalla y me incorporé un poco para frotarme otra vez contra la naricita del peluche. Una y otra vez, sin pausa.
—Sí, así, más fuerte —me oí decir, con la voz quebrada.
Tenía las piernas acalambradas en esa postura imposible, pero no me importaba lo más mínimo. Subía y bajaba, profundo, buscando el ángulo exacto. Una vez más, arriba; otra, abajo. Conté casi sin darme cuenta: una, dos, tres veces el mismo movimiento, más rápido cada vez, hasta que el cuerpo entero se me tensó como una cuerda.
Y entonces llegó. Me sacudí sobre el muñeco con una sonrisa estúpida en la cara, aceptando ese orgasmo tan merecido, dejándome ir entera hasta la última oleada.
Me quedé un rato tirada en la cama, recuperando el aliento, con el peluche empapado a un lado y el móvil todavía reproduciendo al volumen mínimo. Tenía el pelo pegado a la frente y el corazón golpeándome las costillas. Sonreí al techo, todavía con los músculos temblando, sintiéndome la persona más libre del planeta.
Estiré la mano y agarré al muñeco por una pata. Lo miré de cerca, con su carita húmeda y un poco ridícula, y solté una carcajada. Pensar que ese mismo objeto llevaba meses juntando polvo, condenado a ser un mal recuerdo, y que de repente se había convertido en lo mejor que Bruno había dejado en esta casa.
***
Resulta que un peluche sí puede ser un buen regalo, después de todo. Si Bruno ya no está para hacerme disfrutar, al menos tuvo el detalle de dejarme un reemplazo más que decente antes de irse. Quién lo diría.
Cuando mis padres volvieron el domingo por la tarde, el peluche estaba otra vez sobre la mesita de noche, recién lavado y secándose junto a la ventana, mirándome con esos mismos ojos de costura. Solo que esta vez yo le devolví la mirada con algo parecido al cariño.
Y pensé que, quizá, el próximo fin de semana que me quedara sola, ese viejo regalo y yo tendríamos mucho de qué seguir hablando.