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Relatos Ardientes

Me toqué en el consultorio durante el turno de noche

Trabajo en una clínica privada, en el área de enfermería, y desde hace años me toca rotar entre turnos de ocho horas. El de la noche es el que más me cuesta y el que más me gusta a la vez. Cuesta por el cansancio, por las horas muertas que se estiran hasta el amanecer. Y gusta porque, cuando todo se calma, el edificio entero parece pertenecerme solo a mí.

Esa madrugada me había tocado con Renata, una compañera con la que me llevo bien y que tiene la virtud de no hablar de más. El comienzo fue un caos. Entradas, controles, una urgencia tras otra. Íbamos de un lado al otro sin sentarnos ni un segundo, y cuando por fin dieron las dos de la mañana, el pasillo quedó en silencio.

—Me voy a recostar un rato en la camilla del tres —le avisé, apoyándome en el mostrador—. Estoy muerta. Si pasa algo, me gritás.

—Andá tranquila —me dijo ella sin levantar la vista de la computadora—. Acá no se mueve una mosca.

El consultorio tres estaba vacío a esa hora, como casi todos. Cerré la puerta detrás de mí, aunque no eché llave, y apagué la luz grande. Quedó encendida apenas una lámpara de pie en un rincón, esa luz tibia y baja que invita a cerrar los ojos. Me saqué los zapatos, me acomodé el ambo y me tiré en la camilla con un suspiro largo. El colchón fino crujió bajo mi peso.

Saqué el teléfono más por costumbre que por ganas. Quería distraerme cinco minutos antes de dejarme caer en una siesta corta. Empecé a deslizar el dedo por mis redes, sin prestar demasiada atención, hasta que una imagen me frenó en seco.

Era un dibujo. Un ilustrador que no conocía había publicado una escena tan explícita que me quedé mirándola sin pestañear. Una mujer joven, arrodillada y desnuda, con los pechos grandes y las piernas abiertas. Detrás, un hombre la sujetaba del cuello con una mano mientras con la otra le apretaba un pecho. El trazo era preciso, casi obsesivo en los detalles. Cada línea parecía pensada para provocar.

Me quedé embobada más tiempo del que quería admitir. Y entonces algo se movió por dentro, ese tirón bajo del vientre que reconozco enseguida.

Quiero ser esa chica.

El pensamiento me cruzó solo, sin permiso. No la quería como espectadora. La quería como protagonista. Quería sentir esa mano cerrándose en mi cuello, esa otra apretándome, esa entrega absoluta a alguien que decidiera por mí durante un rato.

Entré al perfil del artista casi sin pensarlo. Había decenas de publicaciones del mismo estilo, una detrás de la otra. Algunas más sugerentes, otras directamente explícitas. Y por suerte, al ser dibujos, ninguna tenía la censura que arruina las fotos. Todo estaba a la vista, sin pixeles ni recortes.

Fui pasando una por una. En una de ellas, una mujer aparecía penetrada por una verga enorme, dibujada con un detalle tal —las venas marcadas, la piel tensa— que sentí el impulso absurdo de pasarle la lengua a la pantalla. Me reí sola de mi propia reacción, pero la risa se me cortó rápido. Ya no era gracioso. Ya estaba metida del todo.

Estoy acostumbrada al porno. Veo videos, veo fotos eróticas, y por supuesto me calientan. Pero nunca me había pasado de excitarme tanto con simples dibujos. Había algo en dejar que mi cabeza completara lo que faltaba, en imaginarme el peso de ese cuerpo, el sonido, el aliento en mi nuca. La fantasía hacía la mitad del trabajo y la hacía mejor que cualquier cámara.

Me di cuenta de que respiraba distinto. Más corto, más superficial. El uniforme, que un rato antes me parecía áspero y molesto, ahora se me pegaba a la piel de otra manera, y cada vez que cambiaba de imagen sentía cómo la tela me rozaba los pezones endurecidos. Bajé el brillo de la pantalla, no sé bien para qué. Nadie iba a entrar. O eso quería creer.

Pasé el pulgar por la pantalla casi con ternura, como si pudiera tocar lo que veía. Pensé en cuánto tiempo llevaba sin que alguien me tocara así, sin prisa, prestando atención a cada reacción de mi cuerpo. Demasiado. Y esa idea, la del abandono, la de no tener a nadie esa noche, me apretó el deseo todavía más fuerte.

Sentí la humedad antes de tocarme. Esa sensación inconfundible, el calor concentrándose entre las piernas, la ropa interior empezando a ceder. Me removí en la camilla, apreté los muslos uno contra el otro, y por un segundo intenté convencerme de que podía aguantar.

No iba a masturbarme en el trabajo. Eso me dije. Esa era la regla que me había puesto sin necesidad de decirla en voz alta.

Llevé la mano a la pelvis y empecé a frotarme apenas, por encima del pantalón del ambo. La idea era calmar las ganas, soltar un poco de presión y volver a guardar el teléfono. Solo un roce para sacarme la idea de la cabeza.

Por supuesto que no funcionó. Nunca funciona así.

A los pocos minutos de frotarme me di cuenta de que la tela ya estaba húmeda también. La presión, lejos de bajar, había crecido. Cada movimiento de mi propia mano me recordaba lo lejos que estaba de querer parar. Miré la puerta de reojo. Cerrada, pero sin llave. Cualquiera podía empujarla.

Esa idea, que debería haberme frenado, fue lo que terminó de empujarme.

Sin perder más tiempo, metí la mano dentro del pantalón, por debajo de la ropa interior. El primer contacto directo me arrancó un escalofrío que me subió por la columna. Estaba empapada, mucho más de lo que pensaba. Pasé dos dedos a lo largo, despacio, sintiendo cómo resbalaban, y tuve que apretar los labios para no hacer ruido.

Subí hasta el clítoris y lo presioné con el pulgar mientras hundía los dedos. Quise quedarme callada. De verdad lo intenté. Pero el gemido se me escapó igual, bajo y ronco, y el corazón se me disparó del susto. Me quedé inmóvil un segundo, escuchando. Nada. Solo el zumbido lejano de una máquina y el silencio del pasillo.

Entonces empecé a moverme en serio. Metía y sacaba los dedos con un ritmo cada vez más rápido, retorciéndome sobre la camilla, con la otra mano agarrada al borde del colchón. Mordía el aire, contenía la respiración, soltaba el gemido más bajo que podía. La sola posibilidad de que Renata caminara hasta acá, o de que algún médico de guardia pasara por delante de la puerta, me tenía con los nervios de punta. Y esa tensión, en lugar de cortarme, me prendía más.

Cerré los ojos y volví al dibujo. Me imaginé la mano en mi cuello, los dedos que no eran los míos, la voz grave diciéndome al oído lo que tenía que hacer. La fantasía se mezcló con la realidad de mi propia mano hasta que dejé de distinguir una de la otra.

Seguí así un buen rato, al borde, alargándolo a propósito. Sentía el orgasmo acercarse y lo frenaba, lo dejaba retroceder, lo volvía a buscar. No sé bien por qué, en uno de esos momentos, decidí cambiar de posición.

Me bajé de la camilla con las piernas temblando y me apoyé contra el escritorio del consultorio. Abrí un poco más las piernas, encontré un equilibrio y fui directo al clítoris. Sin rodeos. Sin paciencia.

Presioné los dedos justo ahí, en ese punto exacto que me vuelve loca, ese que conozco mejor que nadie. Los moví en círculos pequeños y firmes, exactamente como me gusta, y supe enseguida que no iba a aguantar mucho más. El placer se concentró, subió, se hizo insoportable.

El orgasmo me golpeó de golpe. Tuve que taparme la boca con la otra mano para ahogar el grito que se me venía. Las piernas se me aflojaron y me sostuve del escritorio mientras el temblor me recorría entera, oleada tras oleada, los dedos todavía apretados contra mí.

Cuando por fin pude abrir los ojos, sentí la humedad bajándome por la cara interna de los muslos. Me quedé un momento doblada sobre el escritorio, jadeando, esperando a que el cuerpo me obedeciera de nuevo.

Me tomé unos minutos para normalizar la respiración. Me acomodé el ambo, me pasé las manos por el pelo, me miré en el reflejo oscuro de la ventana para asegurarme de que nada me delatara. La ropa interior empapada me rozaba con cada movimiento, y mi sexo todavía sensible, latiendo apenas por todo lo que acababa de hacerle, se sentía increíble.

Volví a sentir la tela mojada pegada a la piel y casi me dieron ganas de empezar de nuevo. Me habría quedado ahí toda la noche si hubiera podido. Pero el deber llamaba, y la guardia no terminaba sola.

Me calcé los zapatos, respiré hondo una última vez y abrí la puerta. El pasillo seguía vacío, la luz blanca de los tubos zumbando como si nada hubiera pasado.

—¿Descansaste? —me preguntó Renata cuando llegué al mostrador, sin levantar la vista.

—Algo —dije, y sentí el calor subiéndome a la cara—. Lo suficiente.

Ella asintió, ajena a todo. Yo me senté a su lado, agarré una planilla y fingí concentrarme. Pero por dentro seguía sonriendo, con un secreto nuevo guardado bajo el ambo, ya pensando en cuánto faltaba para la próxima noche tranquila.

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Comentarios (5)

CeciNoc

Dios mio, que situacion!! Me dejo sin palabras

PatriciaQR

Me recordo a cuando trabajaba turnos de noche hace años, esa mezcla de nervios y silencio es muy real jaja. Muy bien escrito

NocheSolitaria45

Me encanto como jugaste con la tension del momento. Ojalá haya segunda parte!

LectorCurioso

Justo cuando se ponia bueno termino... por favor continua con esto!

MiriamNqn

Que tension tan bien narrada, no pude dejar de leer. Felicitaciones!

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