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Relatos Ardientes

La noche que descubrí mi cuerpo yo sola

Todo empezó por una escena de televisión que no debería haberme afectado tanto. Era una de esas telenovelas de sobremesa, de las que mi madre dejaba puestas mientras planchaba, pero esa tarde el guion se había vuelto más atrevido de lo habitual. Un chico acorralaba contra la pared a una mujer rubia, le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza y la empujaba con todo el cuerpo. La cámara se quedaba en su cara, en cómo ella entreabría los labios y dejaba escapar un gemido que sonaba demasiado real para una novela de tarde.

No sé qué me pasó. Sentí un tirón entre las piernas y, sin pensarlo, las apreté una contra la otra. Fue peor. Una contracción tibia, suave, completamente nueva, me recorrió por dentro y me dejó las mejillas ardiendo. Miré de reojo a mi madre, que seguía con la plancha, ajena a que su hija acababa de descubrir algo en mitad del salón.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Ayudé en lo que me pidió, recogí la cocina, puse la mesa. Pero la escena no se me iba de la cabeza. Volvía sola, en los momentos más tontos: mientras enjuagaba un plato, mientras subía las escaleras. Y cada vez que volvía, ese tirón regresaba con ella.

Vivía con mis padres, sin hermanos, en una casa donde mi cuarto era el único lugar realmente mío. Tenía veintiún años y estaba en mi segundo año de carrera, pero en cosas como esta seguía siendo una completa novata. Nunca me había tocado. Nunca había sentido curiosidad suficiente, o quizá nunca me había atrevido. Esa noche fue distinta.

Pasaban de las ocho cuando terminé los deberes y subí a mi habitación. Cerré la puerta, me senté en la cama y cogí el teléfono sin saber muy bien qué buscaba. Abrí el navegador. La pantalla en blanco me miraba como si esperara una decisión.

¿Y si lo hago? Solo mirar. Nada más.

Había oído a las chicas de la facultad hablar de cierta página, de esas que todo el mundo conoce y nadie admite usar. Tecleé el nombre con el corazón latiéndome más fuerte de lo que quería reconocer. Todavía no había cargado nada y ya sentía la entrepierna palpitar, una expectación cálida instalándose entre mis piernas. ¿Qué iba a encontrar? ¿Sería como lo había imaginado? ¿Sería rico?

***

La página se abrió en una cuadrícula interminable de miniaturas. Había tanto que ver que me quedé bloqueada, incapaz de elegir. Entonces volvió a mi cabeza la escena de la tarde: la pared, las muñecas sujetas, ese gemido. Escribí en el buscador lo primero que se me ocurrió para reproducir aquella imagen y le di a buscar. Aparecieron decenas de resultados. Elegí el primero, casi sin mirarlo, solo para no seguir dudando.

El vídeo empezaba tranquilo. Una pareja charlaba en un sofá, demasiado cerca, con esa tensión de quien sabe lo que va a pasar. Después llegaron los besos, lentos al principio, luego más hambrientos. Él la subió a horcajadas sobre sus piernas y empezó a recorrerla con las manos como si no tuviera tiempo que perder. Yo lo miraba sin parpadear, con el teléfono apoyado en las rodillas y una sensación creciendo en el bajo vientre.

Él le bajó la blusa y se la quitó. Bajó la boca por su cuello, por sus pechos, y el sonido húmedo que hacía al chuparlos me provocó una punzada exacta entre las piernas, como si una parte de mí hubiera respondido por su cuenta. La chica echó la cabeza hacia atrás. Yo apreté los muslos de nuevo, esta vez a propósito.

Cuando él la tumbó en el sofá, se arrodilló y le abrió las piernas, ya no pude quedarme quieta. El calor me había subido hasta la cara. Me quité el pantalón del pijama de un tirón y me quedé solo con la ropa interior, sentada al borde de la cama, con la pantalla iluminándome en la penumbra del cuarto.

En el vídeo, él hundía la cara entre las piernas de ella y lamía de abajo arriba. Mi cuerpo entendió lo que estaba viendo antes que mi cabeza. Quería sentir eso. Quería una boca ahí. Llevé la mano hasta la tela de mis bragas y empecé a acariciarme por encima, despacio, sin saber muy bien qué hacía. Nunca me había tocado, pero el simple roce de mis propios dedos por encima del algodón mandó un cosquilleo tibio que me hizo contener la respiración.

***

En la pantalla, él había cambiado la boca por los dedos y acariciaba la parte de arriba, justo donde la chica empezaba a moverse sola. Mis manos quisieron copiar el gesto. Me quité la última prenda y me quedé desnuda de cintura para abajo. Al apartarla noté que estaba húmeda, mucho más de lo que esperaba, y fue entonces cuando comprendí de verdad lo encendida que estaba.

Pasé los dedos desde abajo hacia arriba, recorriendo cada pliegue por primera vez, descubriendo una textura y una sensibilidad que no conocía de mí misma. Al llegar a la entrada, un suspiro se me escapó solo y cerré los ojos. Los gemidos de la chica del vídeo se volvían más fuertes, y cada uno de ellos parecía tirar de un hilo invisible que terminaba justo entre mis piernas.

Quiero más. Quiero saber hasta dónde llega esto.

Sentada no estaba cómoda, así que me dejé caer de espaldas sobre la cama. Abrí las piernas todo lo que pude, llevé los dedos a la boca para humedecerlos y volví a empezar el recorrido, ahora más segura. Pero mi cuerpo pedía algo concreto. Subí un poco, buscando ese punto del que tanto había oído hablar y que nunca había localizado. No sabía exactamente cómo era ni dónde estaba.

Y entonces lo encontré.

Un placer afilado me atravesó en cuanto las yemas rozaron ese lugar pequeño y palpitante. «Aquí está», pensé, casi con orgullo, como quien resuelve un misterio que llevaba toda la vida delante. Concentré toda mi atención ahí. Empecé a frotar en círculos, suave, y noté cómo se calentaba bajo mis dedos, cómo cada vuelta encendía una corriente que se extendía por todo mi cuerpo.

En el vídeo se oía ya el choque de los cuerpos y la voz de ella pidiendo más. Eso me prendió todavía más. «Ah… mm…», dejé escapar sin querer, sorprendida del sonido de mi propia voz. Sentí un ardor delicioso, una necesidad de seguir que no tenía nada que ver con la razón.

***

Cambié de técnica casi por instinto. Usé solo un dedo, el del corazón, y froté más rápido y con más fuerza. La sensación se disparó. Un calor espeso me subía desde el centro hasta el pecho, una presión que crecía y crecía sin descargarse. Me giré de lado sin dejar de moverme. «Ayy», gemí cuando apreté un poco más, y mis pies se cerraron buscando apoyo en el colchón.

Mis gemidos empezaron a llenar la habitación. Por un segundo pensé en mis padres, al otro lado del pasillo, pero ni siquiera eso me detuvo. Solo quería más de lo que estaba sintiendo. Abrí los ojos y vi en la pantalla a la chica cabalgando a horcajadas, moviéndose en círculos, y algo en esa imagen me dio una idea.

Dejé los dedos. Cogí dos almohadas, las apilé en el centro de la cama y me monté encima, a horcajadas, igual que ella. La tela rozó justo donde lo necesitaba y solté un gemido más largo, más hondo. Me dejé llevar. Empecé a moverme adelante y atrás, luego en círculos, primero hacia un lado y después hacia el otro, descubriendo en cada vaivén un ángulo nuevo de placer.

El roce era distinto a los dedos, más amplio, más envolvente. Apoyé las manos en la cama y me incliné para apretar mejor. Empecé a brincar despacio, imaginando que algo entraba y salía de mí, marcando un ritmo que mi cuerpo parecía conocer aunque yo nunca lo hubiera hecho. Los gemidos del vídeo y los míos se mezclaban en la penumbra.

Me moví más rápido. Sentí la sangre agolpándose en mis mejillas, el ardor concentrándose en un solo punto, la presión llegando a un límite que no sabía que existía. Y de pronto todo estalló. Un gemido largo, intenso, incontrolable, salió de mi garganta mientras una ola me recorría entera. Los pies se me doblaron hacia abajo, los dedos se me agarrotaron contra la sábana y, por un instante, dejé de pensar por completo.

Después, una calma absoluta. Una paz tibia que se extendió por cada músculo mientras me quedaba quieta sobre las almohadas, respirando hondo, con el pelo pegado a la frente.

Me había corrido. Había tenido mi primer orgasmo, yo sola, y había sido mucho mejor de lo que cualquier escena de televisión me había hecho imaginar.

***

Me dejé caer de lado sobre la cama y me quedé un rato así, mirando el techo, con una sonrisa boba que no podía controlar. El teléfono seguía reproduciendo el vídeo, pero ya no lo necesitaba. Lo paré. Me limpié con calma, recogí el pijama del suelo y me lo puse despacio, todavía con el cuerpo blando y la respiración lenta.

Pensé en aquella escena de la tarde, en el tirón que había sentido en el salón sin entender qué era. Ahora lo sabía. Y saberlo lo cambiaba todo. Mi propio cuerpo había dejado de ser un territorio desconocido para convertirse en algo mío, en un lugar al que podía volver siempre que quisiera.

Me metí bajo las sábanas, cogí el mando del pequeño televisor de mi cuarto y puse una película cualquiera para acompañar el sueño. Pero antes de cerrar los ojos, ya sabía que esa no sería la última vez. Quizá más tarde, si no me duermo, vuelva a intentarlo. Y la sola idea me hizo sonreír otra vez en la oscuridad.

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Comentarios (5)

Clara_2019

excelente!!! quede con ganas de mas

Valentina_Rz

Por favor que haya una segunda parte, deja todo a medias y uno se queda con esa sensacion jaja

LauraCba_87

Me recordo a cuando yo tambien descubri cosas de mi misma estando sola 😂 muy bien contado, se siente genuino

NocheReader

Muy honesto el relato, se agradece ese tipo de escritura sin exageraciones. Seguí subiendo

Sofi_lectora

Me gusto mucho como lo narraste, sin ser burdo ni exagerado. Esa mezcla de curiosidad y nervios del principio es perfecta, muy real. Espero leer mas tuyo pronto

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