Lo que descubrí sola bajo la ducha caliente
Hace un tiempo que no escribía nada por aquí. La vida se me llenó de trabajo, de horarios, de pantallas, y un día me di cuenta de que llevaba semanas sin dedicarme un solo minuto a mí. Hoy quiero contarles algo que me pasó ayer, todavía con la piel caliente al recordarlo.
Me llamo Carla, aunque ese no es del todo mi nombre. Soy bajita, mido apenas un metro y medio, pero tengo curvas que llaman la atención: caderas anchas, donde una mano se sostiene sin esfuerzo, buenas nalgas y unos pechos medianos que responden a la mínima caricia. Tengo la piel morena y el pelo largo y ondulado, casi hasta la cintura. Les cuento esto porque necesito que me imaginen mientras leen.
Trabajo desde casa. Esa modalidad tiene cosas buenas y cosas peligrosas, y una de las peligrosas es que mi cama está a tres pasos de mi escritorio. Esa tarde estaba terminando los últimos pendientes, respondiendo correos con el cuerpo agotado de tantas horas sentada, cuando empecé a sentir algo distinto. No era cansancio. Era una tibieza que me subía despacio desde el vientre, una presión sorda entre las piernas que no me dejaba concentrarme.
Releí el mismo correo tres veces sin entender una palabra. Mi mente estaba en otro lado. Apreté los muslos uno contra el otro debajo del escritorio y sentí cómo esa presión crecía en vez de calmarse. Termina y vete a la ducha, me dije. Cerré la laptop antes de tiempo. Total, lo que faltaba podía esperar a mañana.
Me levanté, me quité la ropa frente al espejo del baño y me miré un momento. No suelo hacerlo, pero esa tarde me detuve a observarme: los pezones ya estaban duros, erguidos, como si supieran lo que venía antes que yo. Abrí la llave del agua y esperé a que saliera bien caliente, como me gusta, casi al límite de lo que puedo soportar.
Entré bajo el chorro y al principio fue solo eso: agua tibia corriéndome por la espalda, por la nuca, aflojando los músculos tensos de todo el día. Tomé la esponja, le puse jabón y empecé a pasarla por los brazos, por el cuello, sin ninguna intención. Hasta que la pasé por mis pechos.
Fue como una corriente eléctrica. El roce de la esponja sobre los pezones me arrancó un escalofrío que viajó directo hasta el centro de mi cuerpo, entre las piernas, donde la presión llevaba horas esperando. Me quedé quieta un segundo, sorprendida de mi propia reacción. Volví a pasarla, esta vez más despacio, y el escalofrío regresó multiplicado.
Dejé caer la esponja. Ya no la necesitaba.
Empecé a masajearme los pechos con las manos, lento, sintiendo el peso de cada uno en la palma. Los apreté, los estrujé suave, jugué con los pezones entre los dedos. Tiré un poco de ellos, los pellizqué con cuidado, imaginando que era otra boca la que los apretaba, la que los mordía. El agua caliente seguía cayéndome encima, resbalando entre mis pechos, bajando por el vientre, y cada gota parecía parte de la caricia.
***
Cerré los ojos y me dejé llevar. Una de mis manos empezó a bajar sola, recorriéndome el estómago, demorándose en el ombligo, descendiendo hasta donde el calor era insoportable. Separé un poco las piernas, arqueé las caderas hacia adelante y mis dedos encontraron el clítoris.
Lo rocé apenas y solté un suspiro que rebotó contra los azulejos. Empecé despacio, dibujando círculos lentos, sintiendo cómo todo el cuerpo se me tensaba con cada movimiento. Cambié el ritmo: pequeños golpecitos, después círculos otra vez, jugando conmigo misma como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me estaba estremeciendo entera, las piernas me temblaban un poco y tuve que apoyar la espalda contra la pared fría para sostenerme.
Y entonces lo sentí con claridad: necesitaba algo dentro. No me alcanzaba con la caricia, quería sentirme llena. Mis caderas se movían solas, hacia adelante y atrás, buscando un cuerpo que no estaba ahí, imaginando que alguien me sostenía contra los azulejos y me embestía sin piedad.
Bajé la mano un poco más y me introduje un dedo. Me retorcí de placer apenas entró. Estaba tan mojada, y no solo por el agua, que se deslizó sin ninguna resistencia. Lo moví despacio, hacia adentro y hacia afuera, y con la otra mano seguí trabajando mis pechos, sin descuidarlos. Agregué un segundo dedo y la sensación creció, pero seguía sin ser suficiente. Mis dedos eran demasiado finos para lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Mientras tanto, mi cabeza se llenó de imágenes. Me imaginé a un hombre sin rostro arrodillado detrás de mí, sus manos grandes recorriéndome las caderas, su aliento caliente en mi nuca. Me imaginé su voz al oído, diciéndome lo mojada que estaba, ordenándome que no me detuviera. Esa fantasía me hizo apretar los dedos con más fuerza, mover las caderas con más hambre. El vapor de la ducha lo envolvía todo y yo ya no distinguía dónde terminaba el agua y dónde empezaba mi propio sudor.
Abrí los ojos y miré alrededor, buscando algo, cualquier cosa. Sobre la repisa había un cepillo de mango largo y liso. La forma era casi perfecta, gruesa y firme, justo lo que necesitaba. Lo tomé, lo enjuagué bajo el chorro un momento y volví a apoyarme contra la pared.
Lo acerqué despacio, lo froté contra mi clítoris primero, mojándolo, y después lo fui metiendo poco a poco. No tuve que esforzarme: entró hondo de una sola vez, hasta el fondo, y apenas pude contener el grito que se me escapó. Por fin esa sensación de estar llena, de tener algo ocupando todo mi interior. Me quedé inmóvil unos segundos, acostumbrándome, sintiéndolo palpitar dentro de mí.
Y después empecé.
***
Un vaivén lento al principio, sacándolo casi por completo para volver a hundirlo entero. Cada embestida me arrancaba un gemido que ya no intentaba controlar. Estaba sola en casa, podía gritar todo lo que quisiera, y vaya que lo hice. Gemía como si de verdad tuviera a alguien encima, alguien que me cogiera con ganas, que me sostuviera las caderas y no me dejara escapar.
El agua caliente seguía cayendo sobre mi cuerpo, sobre mis pechos, sobre mi mano que no dejaba de moverse. Aceleré el ritmo y las piernas empezaron a fallarme de verdad. Sentí que no iba a poder sostenerme de pie mucho más, así que me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentada en el piso de la ducha, con el agua cayéndome sobre la cabeza y los hombros.
Ahí estaba yo. Sentada en el suelo, con las piernas bien abiertas, una caliente con un cepillo metido hasta el fondo y la cara desencajada de placer. Si alguien me hubiera visto, me habría muerto de vergüenza. Pero esa imagen, lejos de frenarme, me encendió todavía más.
Desde esa posición tenía mucho más control. Empecé a meter y sacar el mango cada vez más rápido, con fuerza, mientras la otra mano volvía al clítoris, dibujando círculos al mismo ritmo frenético. La combinación me volvió loca. Eché la cabeza hacia atrás, el agua me golpeaba la garganta y yo no paraba de gemir, de jadear, de decir cosas que ni yo entendía.
Sentía que algo se acumulaba dentro de mí, una tensión que crecía y crecía, apretándome el vientre, tensándome cada músculo. Estaba cerca, muy cerca. No me detuve. Al contrario, aceleré todavía más, ignorando el ardor en la muñeca, persiguiendo esa sensación con desesperación.
Y entonces explotó.
***
El orgasmo me sacudió de pies a cabeza. Fue una de esas corridas que llegan desde muy adentro, que te dejan sin aire y te hacen temblar entera. Sentí mi sexo palpitar con fuerza alrededor del mango, contrayéndose en oleadas que no se detenían. Grité, creo, o tal vez solo gemí muy fuerte, ya no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es la intensidad, esa manera en que el placer me recorrió cada centímetro de la piel.
Saqué el cepillo despacio, con cuidado, porque todo seguía demasiado sensible. Me llevé los dedos hacia abajo y sentí mi propia corrida, tibia y abundante, mezclándose con el agua. Me acaricié con suavidad, alargando los últimos coletazos de placer, hasta que poco a poco la sensación fue cediendo y mi respiración volvió a la normalidad.
Me quedé un rato más sentada en el piso, con las piernas todavía flojas, dejando que el agua caliente me terminara de relajar. Me sentía liviana, vacía y plena al mismo tiempo, con esa paz rara que llega después de un buen orgasmo. Pensé que ojalá todas mis jornadas de trabajo terminaran así.
Cuando por fin junté fuerzas, me levanté, tomé de nuevo la esponja y me lavé bien el cuerpo, con calma, disfrutando todavía del cosquilleo que me quedaba. Cerré la llave, salí de la ducha y me envolví en una toalla mirándome otra vez en el espejo, esta vez con una sonrisa que no me podía borrar.
***
Espero que les haya gustado mi pequeña confesión. La verdad es que mientras escribo esto vuelvo a sentir esa tibieza subiendo, y no sé si terminaré el día sin repetir la dosis. Hay algo en contarlo, en imaginar que alguien me lee y se excita conmigo, que me enciende casi tanto como vivirlo.
Acepto comentarios, ya saben. Me gusta leer lo que les provoca. Y les mando un beso enorme, donde más les guste recibirlo. Les deseo mucho placer y muy buenas corridas, tanto en compañía como en esa hermosa soledad bajo el agua caliente que tan bien conozco ahora.