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Relatos Ardientes

Lo que descubrí mirando a mi esposa por la cámara

Me llamo Tomás, tengo cuarenta años y siempre fui curioso. No de esa curiosidad que se queda en el pensamiento, sino de la que empuja a moverse. Hace dieciséis años me casé con Lucía y, aunque la quiero más que a cualquier cosa en este mundo, hubo algo en nuestra cama que tardó mucho en destrabarse. Ella venía de una familia donde nadie hablaba de sexo, donde tocarse era pecado y donde el placer era una palabra que solo se usaba para hablar de postres.

Lucía tiene treinta y cuatro años. Cuatro embarazos no le borraron lo que la naturaleza le regaló: una cintura todavía marcada, unos pechos generosos con pezones grandes y oscuros que se le ponen duros con cualquier corriente de aire, y unas caderas que arrancan miradas en la calle aunque ella jure que no se da cuenta. Lo que más me gusta de ella es que no se ve. Camina por la casa con el pelo recogido y los anteojos torcidos y no sospecha el efecto que tiene sobre cualquiera que pase a su lado.

Durante años intenté empujarla, con paciencia, hacia el terreno que yo quería compartir. Le regalaba libros. Primero novelas románticas con escenas tibias, después relatos más explícitos, y al final antologías eróticas que ella aceptaba con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Los leía a escondidas, como si una monja pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la cocina y descubrirla en falta.

Una tarde de invierno la encontré dormida con el iPad apoyado en el pecho. La pantalla seguía encendida en una página llena de párrafos largos. Le saqué el dispositivo con cuidado para no despertarla y miré la última línea que había leído. Era una escena de una mujer sola en su casa, sin marido, sin hijos, frente al espejo. Me quedé mirándola respirar y pensé que algo se había roto, por dentro, en silencio. Algo bueno.

Pasaron meses. Le pregunté una noche, después de hacer el amor, si alguna vez se había tocado a solas. Me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.

—Nunca —me dijo—. Y no sé si podría.

—¿Por qué no?

—Porque no sabría qué hacer —susurró, y se tapó la cara con la almohada.

Esa respuesta me persiguió durante semanas.

Quería verla descubrirse. Quería ver lo que ningún hombre, ni siquiera yo, había visto: a mi propia esposa entendiendo su cuerpo por primera vez. Era una fantasía mezquina, lo sé. Pero era la mía y no me la podía sacar de la cabeza.

***

La casa es grande. Demasiado grande, dicen mis suegros cada vez que vienen. Tres pisos, cuatro habitaciones, dos patios. Hacía tiempo que la alarma vieja venía dando problemas y la empresa de seguridad me había mandado un presupuesto para renovar todo el sistema. Cámaras nuevas, sensores de movimiento, sirena, una aplicación en el teléfono para ver todo en tiempo real desde donde estuviera. La excusa perfecta.

Le dije a Lucía que iba a pedir la instalación esa semana. Asintió sin levantar la vista del cuaderno donde anotaba los horarios de los chicos. Le mostré el plano que el técnico me había dejado: cámaras en el living, en el patio, en el garaje, en el pasillo del primer piso, en la entrada. Aprobó cada punto con un gesto. No le mostré la última. La que iba a quedar disimulada dentro de un detector de humo, en el techo del dormitorio, mirando justo hacia la cama.

—¿No es demasiado? —preguntó cuando el técnico se fue, después de seis horas de obra.

—Lo justo —le respondí, y le besé la frente.

Esa noche, cuando ella ya dormía, me encerré en el baño y abrí la aplicación. La pantalla del teléfono mostró el dormitorio en blanco y negro, con tanta nitidez que se notaba el dibujo del bordado de la sábana. Mi mujer respiraba acostada de costado, con una pierna fuera de las mantas. La cámara era buena. Demasiado buena.

***

Tuve que esperar casi tres semanas. El ritmo de la casa no daba tregua: chicos, almuerzos, médicos, reuniones de colegio, cumpleaños ajenos. Pero llegó el día. Un martes de junio, los cuatro chicos salieron temprano y Lucía se quedó sola en casa. Yo entré a la oficina a las nueve, cerré la puerta con llave y le pedí a mi asistente que no me pasara llamadas durante dos horas. Le dije que tenía una reunión por video con un cliente difícil. No mentí del todo.

Abrí la aplicación. La pantalla me mostró el dormitorio vacío. La cama estaba sin hacer, las cortinas a medio correr, un rayo de sol cayendo en diagonal sobre las almohadas. Esperé. Pasaron diez minutos. Después quince. Empecé a pensar que no iba a pasar nada, que ella iba a meterse en la cocina o a salir a hacer las compras como cualquier otro día. Y entonces apareció.

Entró con el iPad en una mano y una taza humeante en la otra. Llevaba puesto el pijama de algodón color crema que yo le había regalado para su cumpleaños, dos piezas, holgado y suave. Cerró la puerta detrás de ella, aunque no había nadie más en la casa. Ese detalle me hizo apretar los dientes contra los nudillos. Estaba preparándose para algo. Lo sabía.

Encendió la calefacción, dejó la taza sobre la mesa de luz, se acomodó contra las almohadas y abrió el iPad. Apoyó el dispositivo contra un cojín en posición vertical, para tener las manos libres. Yo ya sabía lo que estaba a punto de leer. Esa misma mañana, mientras ella se duchaba, había espiado el historial: un relato largo, anónimo, de una mujer que descubría su cuerpo en la mediana edad. Había marcado el archivo dos noches atrás.

Empezó a leer. Yo, en mi oficina a quince kilómetros, contuve la respiración como si cualquier ruido pudiera delatarme a través de la pantalla.

***

Al principio no hizo nada. Solo leía, con la mirada quieta y los labios entreabiertos. A ratos se mordía el labio inferior. Después de un rato largo, llevó una mano al pecho y se acarició por encima de la tela, lento, como si estuviera comprobando algo. Después la otra. Después las dos a la vez.

Sus pezones se marcaron contra el algodón. La cámara, con su lente cenital, mostraba todo con una nitidez que me resultaba casi imposible de soportar. Apoyé el codo en el escritorio y me sostuve la cabeza con la mano. Ella no sabía que la estaba mirando. Ella creía que el universo entero la ignoraba en ese instante. Y por eso, justamente, lo que iba a hacer iba a ser verdadero.

Se desabotonó el pijama de arriba sin terminar de quitárselo. Cuando me quise dar cuenta, le quedaba la tela abierta a los costados, con los pechos al aire y los faldones cayéndole por los flancos. Se los miró ella primero, casi con sorpresa, como si fuera la primera vez que se los veía de verdad. Después empezó a tocarlos. Suave. Como quien aprende un instrumento.

Yo me solté el cinturón. Lo hice sin pensar. La oficina estaba cerrada, el teléfono en silencio, y ella, en la pantalla, recorría sus pezones con las yemas de los dedos. Cada vez que pasaba el pulgar por encima, los hombros se le encogían un instante, como si una corriente le subiera por la espalda hasta el cuello.

***

Pasaron diez minutos. O quince. Perdí la cuenta. Lucía empujó la sábana con los pies hasta dejarla amontonada al final de la cama. Después se bajó el pantalón del pijama. Lo hizo con un movimiento decidido, como si hubiera tomado una decisión que llevaba demasiado tiempo postergada. Quedó desnuda de la cintura para abajo. Solo conservaba el pijama de arriba, abierto, colgándole de los hombros.

Volvió a mirar el iPad. Volvió a leer. Esta vez, mientras leía, una mano le bajó por el vientre, despacio, hasta detenerse entre las piernas. No la metió de golpe. Se quedó ahí, apoyada, como si estuviera midiendo si tenía permiso. Y después, muy lentamente, empezó a moverse.

Era la primera vez que veía a mi esposa tocarse. Después de tantos años de cama compartida, después de cuatro hijos, después de mil noches con la luz apagada y el mismo ritual de siempre, ahí estaba ella sola, descubriéndose. Su mano se movía en círculos pequeños sobre el clítoris. La cabeza se le iba hacia atrás cada tanto. Los pies se le tensaban contra el colchón.

Llevó los dedos a la boca y los humedeció. Volvió a bajar la mano. Esta vez se acarició más rápido. La otra subió a un pecho y le apretó el pezón con dos dedos, fuerte. La oí gemir. No fue un gemido teatral, de los que se hacen para alguien. Fue un sonido bajo, casi disculpándose, como si tuviera miedo de despertar a un fantasma que llevaba años durmiendo dentro de ella.

***

Yo estaba al borde. Tenía la mano en mí y los ojos pegados a la pantalla. La veía a ella, sola, descubrir lo que yo durante años había intentado regalarle sin saber cómo. Le bastaba con un par de dedos y un libro para llegar a un lugar al que yo, con todo mi cuerpo encima del suyo, no siempre podía llevarla.

Aceleró. La mano sobre el clítoris empezó a moverse con un ritmo distinto, más rápido, más insistente. Las piernas se le abrieron más. Curvó la espalda. Soltó el iPad, que cayó al costado de la cama sin que ella le prestara atención, y agarró la almohada con la mano libre. Cerró los ojos. Apretó los labios. Y cuando creí que ya no podía sostenerlo más, abrió la boca y dejó salir un gemido largo, un quejido que le venía del estómago, y se quedó quieta, temblando, con la mano todavía apretada entre los muslos.

Yo terminé al mismo tiempo. Sin teatralidad, sin pensarlo. Apoyé la frente contra el escritorio y respiré como si hubiera corrido una maratón. Tardé un buen rato en levantar la cabeza.

***

Cuando volví a mirar la pantalla, ella estaba acostada de costado, con la mejilla sobre la almohada y la mano todavía entre las piernas, quieta ahora. Tenía los ojos abiertos, mirando el techo. No sonreía. Tampoco lloraba. Era una expresión que no le había visto nunca, una mezcla de descubrimiento y de pequeña tristeza, como si acabara de enterarse de algo importante que le habían escondido durante demasiado tiempo.

Se quedó así un rato largo. Después se levantó, se vistió, hizo la cama con cuidado, recogió la taza, y bajó a la cocina como cualquier otro martes.

Esa noche, durante la cena, no me dijo nada. Yo tampoco. Pero cuando los chicos se fueron a dormir y nos quedamos solos en la mesa de la cocina, ella me miró por encima del borde de su copa de vino y dijo, casi sin voz:

—Hoy estuve sola toda la mañana.

—Lo sé —dije.

Levantó una ceja, despacio. No le aclaré nada más. Tampoco hizo falta.

Le tomé la mano por encima de la mesa y subimos juntos al dormitorio. La cámara del techo seguía ahí, escondida en el detector de humo, parpadeando en silencio sobre nuestras cabezas. Los dos sabíamos, sin habernos puesto de acuerdo con palabras, que esa noche íbamos a darle algo nuevo para grabar.

Pero esa parte la cuento otro día.

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Comentarios (5)

ClaudioMdq

Que relato!!! me enganche desde el primer parrafo, increible

LucasBsAs

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber cómo termina todo entre ellos. La tension que genera es impresionante.

RodrigoTuc

Muy bien escrito, se siente real. Espero la segunda parte

PabloSF_77

me hizo acordar a una situacion parecida que vivi, uno nunca sabe del todo lo que pasa en su propia casa jaja. Buen relato

NochesDePampa

y despues??? como seguia la historia jajaja me dejaste con la intriga total

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