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Relatos Ardientes

Lo que imaginé en el metro me siguió hasta casa

Me llamo Lucía y todavía me cuesta creer que esta sea mi vida ahora. Hace tres semanas dormía en mi cuarto de siempre, en la casa de mis padres, en una ciudad donde conocía cada esquina. Hoy salgo de la facultad sola, con la mochila al hombro, y me espera un trayecto en metro que tengo que aprender a llenar con algo. Nuevas caras, nuevas calles, nuevas compañeras de piso con las que compartir una nevera diminuta. Hay una mezcla rara dentro de mí: independencia y vértigo a partes iguales.

Acabo de terminar una de mis primeras clases del semestre y camino hacia la estación pensando en tonterías. En el profesor que habla demasiado rápido. En la chica que se sentó a mi lado y me prestó un bolígrafo. En el chico de la última fila que no dejó de mirarme. Hace demasiado que no me dedico un rato a mí misma.

Y es verdad. Entre la mudanza, el papeleo y los nervios, ni siquiera he tenido tiempo de cerrar la puerta de mi cuarto con calma. Esta mañana, respirando ese aire cargado del aula llena, me descubrí imaginando cosas que no debería imaginar en clase. Pensé en cómo sería que uno de esos chicos seguros de sí mismos, altos, de hombros anchos, me arrinconara contra una pared. Confieso que me humedecí un poco mientras frotaba los muslos por debajo del pupitre, fingiendo tomar apuntes.

Llego al torno, paso mi tarjeta y bajo por las escaleras mecánicas hacia el andén. El aire caliente del túnel me revuelve el pelo. Miro las pantallas: dos minutos para el próximo tren. Dos minutos que se me hacen eternos porque sigo con la cabeza en el mismo sitio, en esa fantasía a medio cocer que arrastro desde la mañana.

El metro llega con un chirrido y un golpe de viento. Las puertas se abren y la marea de gente me empuja hacia dentro antes de que pueda decidir nada. A esta hora el vagón va hasta los topes: estudiantes que vuelven a casa, oficinistas que entran al turno de tarde, alguien con bolsas del supermercado. Apenas alcanzo una de las barras y me agarro fuerte.

Detrás de mí se colocan dos chicos jóvenes, también universitarios por la pinta, con sus carpetas bajo el brazo. El tren arranca con una sacudida y todos nos vamos hacia atrás. Entonces lo noto. Sin pretenderlo, el cuerpo de uno de ellos queda pegado al mío, y siento contra mi espalda algo que no deja lugar a dudas. Está duro. Y está duro por mí, por el roce involuntario de su cadera contra la mía.

Debería incomodarme. En lugar de eso, algo se enciende en mi estómago y baja más abajo. No me aparto. Me digo a mí misma que es el vaivén del vagón, que no hay espacio, que es inevitable. Pero la verdad es que me gusta provocar esa reacción sin hacer nada, solo por estar ahí, de espaldas, con la barra fría apretada en el puño.

Y la barra, fría y cilíndrica bajo mis dedos, no ayuda. La aprieto un poco más de lo necesario, deslizo la mano sin querer, y mi mente hace el resto. Podría ser otra cosa la que tengo agarrada. El pensamiento me llega de golpe, descarado, y noto cómo me arden las mejillas mientras miro al frente fingiendo leer un anuncio de seguros médicos.

El chico de mi espalda no se mueve, no dice nada, no intenta nada. Es eso lo que me pone, justamente: que ninguno de los dos reconozca lo que está pasando. Dos desconocidos compartiendo un secreto durante cuatro estaciones. Me imagino girándome, mirándolo a los ojos, cogiéndolo de la mano y bajándome con él en la siguiente parada. Llevándolo a mi piso. Cerrando la puerta.

Lo imagino todo en cuestión de segundos, como una película acelerada. Besarlo en el pasillo antes de llegar al cuarto. Notar su lengua, su respiración entrecortada. Bajar la mano por su pecho hasta su cinturón. Sentir cómo se le corta el aliento cuando lo desabrocho. Nunca lo he hecho de verdad, pero lo he ensayado mil veces en mi cabeza.

Soy virgen, y eso solo hace que la fantasía me queme más. Imagino su peso sobre mí, sus manos abriéndome las piernas con cuidado, su boca recorriéndome despacio antes de cualquier otra cosa. Imagino el momento exacto en que dejaría de ser una idea para convertirse en algo real, ese instante en que sentiría por primera vez lo que tantas veces he buscado sola, de noche, con la mano y la imaginación.

El frenazo me devuelve al mundo. Una voz metálica anuncia mi parada y tardo un segundo de más en reaccionar. Joder, es aquí, tengo que bajarme. Suelto la barra con torpeza, me abro paso entre la gente y salgo al andén justo antes de que las puertas se cierren. No me giro a mirar al chico. Prefiero quedarme con la versión que he construido en mi cabeza.

***

Camino hacia el piso notándome húmeda con cada paso, y el simple roce de la tela al andar me mantiene encendida. Me cruzo con vecinos que no conozco, sonrío por inercia, marco el código del portal. El ascensor tarda una eternidad y me miro en el espejo: las mejillas coloradas, los ojos brillantes, esa cara que se me pone cuando solo pienso en una cosa.

Abro la puerta del piso y oigo voces en la cocina. Carla e Inés discuten sobre quién compró el último cartón de leche; Marta está tirada en el sofá con el portátil; Sofía ni levanta la vista del teléfono.

—¡Hola, Lucía! ¿Qué tal la clase? —pregunta Carla desde la cocina.

—Bien, bien, un poco larga —contesto sin pararme—. Voy a darme una ducha y a estudiar un rato.

No voy a estudiar nada, claro. Llego a mi cuarto y echo el pestillo con un gesto que ya empieza a ser costumbre. Es lo único realmente mío en este piso compartido: estos cuatro metros cuadrados, esta cama estrecha, esta puerta que puedo cerrar.

Enciendo el portátil con las manos impacientes. Mientras arranca, me deshago de la ropa con la prisa que me pide el cuerpo. Fuera los tirantes, fuera el sujetador, que cae sobre la silla. Me desabrocho el cinturón, dejo caer los vaqueros cortos y me quedo en ropa interior, sentada en el borde de la cama. Abro una ventana de incógnito en el navegador y respiro hondo. Es la hora de regalarme un poco de placer.

Con una mano voy acariciándome el cuerpo mientras la otra busca algo que mirar. Me paso los dedos por el cuello, por el pecho, por los pezones ya duros. Bajo hasta la tela fina de la ropa interior y la noto empapada antes incluso de tocarme de verdad. No dejo de pensar en el chico del metro, en lo que me excita haberlo puesto así sin proponérmelo. Busco los auriculares en el cajón, los enchufo y me los pongo para que ningún sonido salga de este cuarto.

Encuentro el vídeo: una pareja, ella de rodillas, él de pie. El actor tiene algo en la mandíbula que me recuerda al desconocido del vagón, y eso basta para que mi imaginación se enganche. Me dejo caer de espaldas sobre el colchón, separo las piernas y meto la mano por debajo de la tela.

Cierro los ojos y dejo de mirar la pantalla. Ya no la necesito; el vídeo es solo un fondo, un latido. Lo que veo es lo que invento. Soy yo la que está de rodillas. Soy yo la que tiene delante a un hombre que me mira como si fuera lo único que existe en la habitación. Pídemelo, pienso. Pídeme que no pare.

Imagino su voz ronca diciéndome que lo haga despacio, que disfrute. Imagino el peso de su mano en mi nuca, sin forzar, solo guiando. Me muerdo el labio mientras dos dedos resbalan sobre mí, sobre lo hinchada que estoy, sobre el flujo denso y abundante que delata cuánto llevo aguantándome desde la mañana. Tengo el clítoris a punto de estallar y apenas lo he rozado.

En mi cabeza ya no es el actor, ni el chico del metro. Es una mezcla de todos los hombres a los que he querido y de ninguno en concreto. Es la idea de ser deseada, de provocar, de tener el control y perderlo a la vez. Quiero que la primera vez sea así de intensa, pienso, aunque sea solo en mi cabeza, aunque sea solo mi mano.

Acelero el movimiento. La otra mano me agarra el pecho, me pellizca, me arquea la espalda contra el colchón. La respiración se me vuelve corta y rápida, y tengo que apretar los labios para no hacer ruido, para que las chicas de la cocina no oigan nada. El sonido húmedo de mi propia mano me delata, viciosa, urgente.

Me recorre un relámpago de calor desde la nuca hasta los muslos. Estoy llegando y lo sé, lo siento subir como una ola que no se puede parar. Sigo, sigo, sigo. Los dedos me tiemblan, se me vuelven torpes, pero no me detengo. En la pantalla, con los auriculares puestos, el vídeo llega a su final y yo dejo que ese empujón visual me arrastre.

El orgasmo me pilla con la boca abierta y un gemido ahogado contra la almohada. Tiemblo entera, las piernas se me cierran solas sobre la mano, y me quedo así unos segundos, rígida, suspendida, hasta que el temblor empieza a soltarse poco a poco. Estoy empapada de sudor y de mí misma, y me río sin hacer ruido, sorprendida de lo rápido que ha sido.

Me quedo tumbada, recuperando el aliento, con el portátil todavía encendido a un lado y la respiración volviendo despacio a su sitio. Me paso una mano por la frente, aparto el pelo pegado y dejo que el cuerpo se enfríe. Por la ventana entra el ruido de la calle, las bocinas, alguien que ríe abajo. Una ciudad enorme y desconocida que de repente no me da tanto miedo.

Pienso en el chico del metro, que ni siquiera sabe que existe esta versión de la tarde. Pienso en mañana, en la próxima clase, en el próximo trayecto lleno de gente y de posibilidades. A lo mejor esta vida nueva no está tan mal. Me estiro en la cama con una sonrisa floja, satisfecha, y decido que ha sido una buena mañana. Probablemente el resto del día también lo sea.

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Comentarios (6)

natacha_93

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

ClaudioPam

El metro nunca me va a parecer lo mismo jaja

Lector_GBA

Me recordo a una vez que me pase algo parecido en el subte, esa sensacion de tension con un desconocido... lo capturaste perfecto.

Valentina_BS

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Se hizo cortisimo!

tato_22

jajaja el final me mato. Bien jugado

RobertoSF_76

Muy bien escrito, la tension se siente desde el principio. Lo que mas me gusto es como describis ese momento entre lo que pasa y lo que imaginamos, ese juego mental esta buenisimo. Espero leer mas.

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