Aquella caja negra encima del armario lo cambió todo
Solo había pasado una hora desde que se sentó frente a los apuntes y los ojos ya empezaban a cerrársele. Esto es un horror, qué pesadez. Sin darse cuenta abandonó el estudio por completo y su mente se fue a decenas de cosas sin importancia. Cuando reaccionó, había perdido media hora entera mirando la pared.
Carla, céntrate. Si es que es imposible, no puedo con esto.
—¡Me aburro! —gritó al aire, como si alguien fuese a contestarle.
El silencio era lo único que rondaba en el piso. A veces era estupendo; otras, llegaba a agobiar. La soledad la hacía pensar en mil cosas que no venían a cuento, y si no conseguía controlarlo, los estudios se resentirían. Tenía que cambiar el chip cuanto antes.
Se levantó del escritorio y salió de la habitación en dirección a la cocina. Sabía perfectamente que estaba sola, y sin embargo caminaba casi de puntillas, en silencio, notando en sus pies descalzos el frescor que despedían las baldosas. Era como cuando, de niña, cruzaba el césped del jardín de sus abuelos. Aquella sensación seguía siendo maravillosa.
Al entrar en la cocina fue directa a la nevera y cogió la botella de agua. Giró la cabeza hacia el armario, donde estaban los vasos, pero lo pensó un segundo y decidió ser una chica maleducada por una vez. Nadie iba a decirle nada por beber del gollete. Sus compañeras de piso jamás se enterarían; sería un secreto que se llevaría a la tumba. Aquel pensamiento tonto la hizo sonreír mientras bebía, el agua se le escapó por la comisura de los labios y eso la llevó a reír más, hasta sufrir un ataque de tos que desparramó agua por todas partes.
Tosía y reía al mismo tiempo, mirando el desastre que había montado. El suelo estaba encharcado, sus pies en mitad del charco, la camiseta empapada a la altura del pecho y parte del pantalón también mojado. Notaba el frescor del agua por casi todo el cuerpo, así que se dio prisa en fregarlo todo y volvió a su habitación a cambiarse de ropa.
Al quitarse la camiseta descubrió que hasta el sujetador se le había calado por buena parte, así que también fue al cesto. Se quedó mirando su cuerpo semidesnudo frente al espejo. Hacía bastante tiempo que no estaba demasiado conforme con lo que veía, pero aquel día en concreto se gustaba. La piel se le erizó y los pezones se le pusieron ligeramente duros.
Un escalofrío la devolvió al mundo y dejó de observarse. Abrió el armario, cogió la primera camiseta que alcanzó la mano y se la puso deprisa. Era algo más pequeña que la anterior, seguramente de hacía varios años, y cuando cerró la puerta y el espejo le devolvió de nuevo su imagen, vio que se le seguían marcando los pezones bajo la tela.
La situación le hizo gracia, más que por la camiseta vieja del instituto, por no haberse acordado de ponerse antes otro sujetador. Tanto estudio me está haciendo perder la cabeza, pensó, conteniendo las ganas de echarse a reír otra vez.
Aquel pensamiento le recordó que debía volver a los apuntes. Se dejó caer en la cama con desgana; no le apetecía nada ponerse a estudiar. Y al levantar la vista hacia lo alto del armario divisó una caja negra. No recordaba haberla dejado ahí; desde luego no era el mejor sitio para guardarla.
De golpe, aquel día regresó a su mente. Fue el regalo de cumpleaños que le hicieron sus antiguas compañeras de piso. Sonrió al recordar lo locas que estaban y los buenos ratos que compartieron juntas. Y aquel regalo en concreto…
Se levantó de un salto y se puso de puntillas para alcanzar la caja y volver con ella a la cama. El corazón se le empezó a acelerar, se estaba poniendo nerviosa, las manos le sudaban. Y aunque no había nadie mirándola, notó cómo las mejillas se le encendían poco a poco.
Rememoró aquella tarde en la cafetería. Ella estaba a punto de levantarse para empezar a despedirse cuando Marta sacó una bolsa rosa con el regalo que le habían comprado entre todas.
—Chicas… no teníais que comprarme nada —dijo emocionada.
—Venga, déjate de tonterías y ábrelo ya —le contestó Marta con una sonrisa de oreja a oreja.
No le quedó otra que sacarlo rápido de la bolsa, arrancar el papel de regalo y abrir aquella caja negra que tenía entre las manos. Y lo que había dentro la dejó perpleja.
—Ya os vale, chicas… —Carla intentaba hacerse cada vez más pequeña, desaparecer de aquella situación, pero lo único que conseguía era enrojecer por segundos.
—Bueno, enséñalo ya, ¿no? —gritó alguna de ellas desde el otro lado de la mesa.
—Y deberías probarlo, no sea que venga defectuoso… —las chicas seguían con sus bromas—. O que te quede pequeño…
Carla estaba tan colorada que parecía una cría. Suspiró, miró a sus amigas y se decidió a abrir la caja del todo para pasar el mal rato cuanto antes. Sacó el regalo y lo dejó sobre la mesa. Las risas y las bromas crecieron, llamando la atención de prácticamente toda la cafetería.
Allí estaba aquel consolador de un tamaño más que considerable. Si era una réplica fiel, el modelo del molde tenía que merecer la pena. Y las bromas no paraban.
—Solo puedo deciros una cosa: muchas gracias, chicas —dijo Carla riendo—. Lo voy a disfrutar a vuestra salud…
Sin duda fue una tarde para recordar siempre. Su mente volvió al presente y abrió la caja para mirar de nuevo aquel viejo regalo. Un portazo la hizo cerrarla tan rápido como pudo y meterla debajo de la cama. Se quedó en silencio un buen rato hasta darse cuenta de que el ruido venía del piso de enfrente. Vaya susto.
Aún con el corazón acelerado, se agachó a recuperar la caja, y esta vez no tardó tanto en abrirla y tomar el regalo con la mano. La sorprendió el tacto que tenía; no se parecía en nada a otros objetos de plástico que conocía. Lo giró, lo zarandeó, lo recorrió con los dedos, palpando sus relieves, sus curvas, su longitud. Al fin y al cabo era su juguete, y con los juguetes solo se puede hacer una cosa, aunque a ella nunca le hubieran ido demasiado esos juegos. Sin embargo, en aquel momento le atraía. Le atraía demasiado.
Se sentía como una adolescente. Empezaba a sudar por la excitación que la invadía, incluso le parecía estar temblando. Un escalofrío le recorrió la espalda y el juguete se le escapó de las manos. Se quedó mirándolo sobre la cama. Observaba su color, su tamaño, su forma. Imaginaba qué clase de hombre podría tener algo así entre las piernas. Fuerte y grande tendría que ser, sin duda.
Los pezones seguían duros, pero ya no era por el frío de antes. Tenía un nudo en el estómago y el pubis le ardía. Se dejó caer hacia atrás en la cama, cerró los ojos y empezó a fantasear con el chico perfecto.
Sostenía el consolador en la mano izquierda mientras deslizaba la derecha por dentro del pantalón e iniciaba una serie de caricias por encima de las braguitas negras con el borde rojo que tanto le gustaban. Pronto las notó humedecerse por el roce, y eso la llevó a apretar con fuerza la mano izquierda, aún aferrada al juguete, contra su pecho.
El ritmo y la presión de las caricias fueron aumentando poco a poco, hundiendo parte de la tela entre sus pliegues. El juguete, empujado por su propia mano, se había colocado entre sus pechos, apuntando hacia su boca, pero ella seguía con los ojos cerrados, dedicando toda la atención a su sexo, apretando los dientes mientras el roce ardiente de la ropa interior la excitaba más y más, hasta llegar de forma irremediable a un primer orgasmo que se apagó entre gemidos sutiles.
Casi sin pensarlo soltó el juguete de plástico, que ni se movió, atrapado entre sus pechos. Recogió los tobillos hacia el trasero y levantó las caderas para que sus manos, ahora libres, deslizaran el pantalón y las braguitas y se los sacara por abajo. Las manos rehicieron el camino acariciando con suavidad su piel todavía encendida, hasta llegar al escondrijo donde la esperaba el clítoris para volver a ponerla al rojo vivo. Su respiración hacía que el consolador subiera y bajara, acompasado.
Posó las caderas de nuevo sobre la cama y dirigió la mano en busca del juguete que la aguardaba entre sus pechos. Lo asió con decisión y lo deslizó despacio por el vientre, esquivando el ombligo, zigzagueando, acercándolo a su pubis hasta dejarlo a la entrada. El solo contacto con sus labios la hizo estremecer. Frotó el consolador contra todo su sexo para lubricarlo bien y creyó que no aguantaría el segundo orgasmo ni un instante más.
Paró un momento para alargar el placer un poco más, pero enseguida retomó el juego. El juguete estaba brillante y resbaladizo. Lo cogió con fuerza, lo situó frente a su sexo ya dispuesto a recibirlo y, con suavidad, empezó a empujar la punta contra su entrada. Poco a poco fue entrando entero.
Lo sacó, volvió a meterlo, una y otra vez, más lento, más rápido, sintiendo cómo el placer la inundaba en lo más hondo de su ser. Así estuvo un buen rato, hasta que un nuevo orgasmo la hizo temblar entera, la dejó exhausta, rendida sobre las sábanas. El consolador cayó al suelo y ella quedó sumida en un sueño profundo y relajado.
El estudio, después de todo, había sido bastante fructífero aquel día.