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Relatos Ardientes

Lo que vi en el cuarto de mi hermana lo cambió todo

Su cadera aceleró el movimiento que un momento antes había sido lento y circular. Yo estaba completamente perdido en ella, en el calor húmedo que nos unía, en la forma en que su peso me presionaba contra el colchón. Bajó el ritmo apenas para acercar la cara a la mía y besarme con la boca abierta.

El sabor del vino tinto me llegó desde su lengua, y nuestros jadeos se mezclaron en ese beso largo que no parecía querer terminar.

—Me sigues calentando como la primera vez —me dijo al oído, con la respiración entrecortada—. Vas a matarme.

El vaivén se volvió desesperado hasta que un temblor la recorrió entera. La sentí cerrarse alrededor de mí, exprimirme, y me hundí en ella todo lo que pude antes de dejarme ir. Apreté la cara contra su clavícula y le mordí el hombro mientras se me escapaban los últimos espasmos.

Poco a poco la respiración se nos fue calmando. Seguimos abrazados, todavía unidos, mientras yo perdía dureza despacio dentro de ella. Irene no se movió. Dejó que el calor de nuestros cuerpos siguiera siendo compañía mientras el sudor empezaba a enfriarse en la piel.

—Te amo —dejé escapar, abrazándola más fuerte.

—Lo sé… —respondió.

Una lágrima se desprendió de uno de sus ojos y me mojó la mejilla. Un sollozo le rompió el silencio. No supe cómo consolarla. No dije nada: solo la besé.

En ese instante, el llanto del bebé nos devolvió a la realidad. Los dos suspiramos a la vez, resignados a que dormirlo de nuevo no iba a ser fácil.

—Me toca a mí —le dije.

Ella se bajó y se cubrió con la sábana, dándose vuelta para que yo no le viera la cara. Me senté un segundo en el borde de la cama, recogí el bóxer del piso y me lo puse antes de ir a la habitación de al lado.

Allí estaba la personita que más quería en el mundo. Lo quería incluso más que a ella, porque era el resultado de todo lo que habíamos compartido: años de amor, de miedo, de alegrías y desilusiones. Al levantarlo en brazos, el llanto murió de golpe y el brillo de sus ojos me arrancó una sonrisa. Se me hinchó el pecho y a mí también se me humedeció la vista. Lo mecí casi media hora, hasta que volvió a dormirse.

Eran las cuatro de la madrugada cuando regresé al cuarto. Irene ya no lloraba y mostraba una paz que nunca dejaba ver despierta. Cuando estaba consciente, sus ojos solo sabían expresar dos cosas: excitación cuando hacíamos el amor, y tristeza cuando vivíamos el resto de nuestra vida.

No la molesté. Me acerqué a la ventana que daba al balcón y, al abrirla, entró el rumor de Viña del Mar a esa hora muerta. El aire salado del Pacífico me golpeó la cara y la vista me reconfortó. Me apoyé en la baranda, encendí un cigarrillo y dejé que la memoria me arrastrara hacia atrás, a la última década.

Al principio todo había sido fácil. Éramos dos chiquilines que habían jugado con el morbo creyendo que sería algo pasajero. Pero cuando la cosa empezó a complicarse, nos vimos acorralados por las mentiras que habíamos levantado para proteger lo que, sin darnos cuenta, ya habíamos construido. Fuimos perdiendo a la gente que queríamos, uno por uno, hasta que la angustia y la soledad nos obligaron a desaparecer.

Simplemente nos fuimos al fin del mundo. Chile se convirtió en nuestro refugio, el lugar donde uno se borra del mapa y empieza de cero. Con el tiempo perdimos a propósito el acento para encajar mejor. Una vez superado eso, armamos una vida: trabajos decentes, amistades nuevas y una calma relativa para criar a nuestro hijo. Siempre, eso sí, perseguidos por el fantasma de lo que dejamos atrás.

A pesar de nuestros pecados, el destino nos regaló una criatura sana. Cuando el médico nos confirmó el embarazo, lo primero que sentimos fue pánico. La opción más sensata parecía interrumpirlo, por el riesgo que cargaba un bebé de dos hermanos: nuestra sangre compartida era una bomba de tiempo. Pero Irene no pudo ni contemplarlo. La apoyé sin discutir y encaramos unos meses turbios y difíciles. El primer año de Lucas fue un desfile de especialistas que, uno tras otro, fueron descartando los problemas que más temíamos.

Irene quedó marcada igual. No lo malinterpreten: su amor por nosotros era incondicional. Pero el embarazo la asustó tanto que terminé haciéndome la vasectomía para jurarle que jamás volveríamos a pasar por eso. Ella había sufrido más que nadie todo lo nuestro, aunque esa parte de la historia la entenderán más adelante.

Volví a la cama y le di un beso en la frente a mi hermana. Me acosté a su lado con la esperanza de dormir, aunque lo dudaba. En una hora tenía que levantarme para ir a trabajar.

***

Diez años antes.

Se podría decir que todo empezó por un error. Estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado.

La tarde había sido agotadora. Tener contabilidad de dos a cinco, con treinta y cinco grados y un aula repleta de estudiantes, no tenía nada de divertido. Pero la cosa no pintaba tan mal: esa noche jugábamos un partido clave de un torneo y, si ganábamos, quedábamos a dos puntos del líder. Lo esperábamos hacía tres semanas, desde que el equipo del Instituto Comercial número siete había dejado escapar una victoria que parecía servida. El último de la tabla no tenía un solo punto; nuestros próximos rivales, puntaje perfecto.

Sobre el papel iba a ser una goleada. Los invictos arrancaron ganando 1 a 0 a los tres minutos y dominaron casi todo el encuentro. Pero, por más que acosaron el arco contrario, no pudieron liquidarlo. A cinco del final, un rebote mal resuelto terminó en los pies del único delantero del equipo de abajo, que con la velocidad de sus piernas dejó al arquero sin reacción y la mandó por encima de su cabeza.

Desde ese gol, el último de la tabla se transformó. Apretó, presionó y consiguió un tiro libre que el mismo delantero convirtió de cabeza, al palo izquierdo. El partido terminó empatado. El puntero, que ganó sus dos siguientes encuentros por la mínima y a pura agonía, nos sacó tres puntos de ventaja. Por eso esa tarde era nuestra oportunidad de alcanzarlos.

Pero las clases todavía no terminaban, y la profesora Marta no daba la menor señal de cansancio. Siempre igual: parecía que nunca se agotaba. Y parecía dispuesta a arruinarnos el fin de semana.

—Bueno, chicos —dijo—. Como ya sabrán, se acerca la semana de exámenes del primer trimestre, y parte de su nota final es desarrollar una estrategia de reestructuración de deuda para una empresa privada. Tienen dos semanas para prepararlo y presentarlo.

Un coro de suspiros recorrió el aula. Marta carraspeó para retomar el control antes de que nos perdiéramos en la queja.

—Van a agruparse de a cuatro: dos chicas y dos chicos, sin excepción —atajó antes de que protestáramos—. En la plataforma están los casos. Son diez archivos, así que tienen de dónde elegir. El lunes quiero que me traigan el enfoque que van a tomar, basándose en las cuatro estrategias que vimos.

Sonó el timbre y me acerqué a mi hermana. En casa éramos seis. Carla, la mayor, que en esa época tenía veintidós; Esteban, de veinticuatro; y los mellizos, Irene y yo, de diecinueve. No nos parecíamos demasiado, pero teníamos los mismos ojos y el mismo color de pelo. Carla y Esteban vivían en un departamento en la capital, a dos horas de casa. Nuestros padres casi nunca estaban: sus trabajos los obligaban a viajar y pasaban semanas enteras afuera. Nos habían criado niñeras hasta hacía un par de años, cuando les dijimos que ya podíamos arreglarnos solos. Aceptaron a cambio de contratar a alguien que viniera a limpiar tres veces por semana.

En fin, me acerqué a Irene.

—¿Hacemos el trabajo juntos?

—Sí, como siempre —me dijo mientras salíamos, haciéndoles una seña a sus amigas para que la esperaran—. Pero si invitas a alguno de tus amigos, que sea uno que no se haga el vago.

—Tranquila. Capaz le digo a Bruno —respondí para calmarla—. ¿Y vos a quién vas a invitar?

Miró hacia el final del pasillo, donde estaban sus amigas, y lo pensó un segundo.

—A Sofía o a Valeria.

Eran las dos más cercanas de su grupo, y eran un par de bombones. Sofía era rubia, de ojos claros, con curvas firmes y bien marcadas; las nalgas le resaltaban gracias al vóley que jugaba, aunque el pecho no le destacara demasiado. Valeria, en cambio, era morena, con los senos más grandes que Sofía, el trasero menos llamativo, pero unas piernas largas y una cintura que daba la sensación de que podías rodearla con las dos manos.

Irene me miró de reojo y no dijo nada. Me había pillado varias veces observando a sus amigas, y sin embargo nunca había soltado una palabra. Al principio, cuando empecé a mirarlas así, torcía el gesto con disgusto. Pero con el tiempo dejó de reprochármelo. No sé si le daba lo mismo o si decidió ignorarlo, pero nunca más me mostró incomodidad.

—Entonces yo le digo a uno de los muchachos…

—¿No habías dicho Bruno? —me cuestionó.

—Sí, aunque todavía no lo decido —respondí distraído, mirando otra vez al fondo del pasillo.

—Que no sea de los babosos… —dijo ella, observándome con algo parecido a la lástima.

Tenía razón: varios eran insoportables. Más de uno se le había lanzado a mi hermana, y ella jamás había demostrado el menor interés. La miré con cara de escéptico.

—Ya veré. Hoy tengo partido, llego para la cena.

—Bien, te espero y pedimos una pizza. Nos vemos —dijo, alejándose hacia sus amigas.

***

Alcancé a los muchachos y fuimos a tomar algo antes del partido. Estábamos entre nerviosos y ansiosos por lo que venía; era una oportunidad que no podíamos desperdiciar. La esperábamos hacía meses. Pero el encuentro se suspendió por problemas con la iluminación de la cancha, lo que nos atrasaba la fecha como mínimo una semana. Cerca de las siete, cada uno enfiló para su casa.

Aproveché para preguntarle a Bruno si se sumaba al trabajo práctico, pero ya tenía grupo y se lamentó de que no le hubiera avisado antes. Tuve que buscar a otro. El mejor candidato resultó ser Nicolás, que aceptó encantado. Encima era de los pocos que nunca se le había insinuado a mi hermana; siempre había sido respetuoso.

Llegué a casa a las siete y media y la encontré en silencio, lo que me pareció raro. Normalmente, a esa hora, Irene estaba con el celular o viendo alguna serie. No le di mayor importancia: pensé que estaría en el baño o encerrada en su pieza.

Pero, mientras subía la escalera, empecé a escuchar un sonido extraño que venía del fondo del pasillo. Parecían quejidos. Instintivamente caminé sin hacer ruido, evitando cualquier crujido. Todavía me pregunto qué me llevó a actuar así, y no encuentro respuesta. Al llegar arriba, vi que la puerta de su habitación estaba entreabierta y que un hilo de luz tibia se filtraba al pasillo. Los quejidos salían de ahí.

Y, definitivamente, no eran quejidos. Eran gemidos. Inconfundiblemente sexuales.

No pude evitarlo. La curiosidad pudo más que yo y me acerqué despacio a mirar.

Encontré a mi hermana sobre la cama, completamente desnuda, y la luz suave dibujaba una figura digna de admirar. Nos habíamos visto sin ropa de chicos, pero eso era cosa de años atrás, cuando todavía no estábamos formados. Y, sin ninguna duda, Irene se había formado demasiado bien.

Su cuerpo había cambiado, las curvas se le habían asentado de una manera hermosa. Por primera vez la vi como mujer y no como mi hermana. Y me atrajo como tal. Deseé poder recorrer ese cuerpo con las manos.

Tenía la espalda apenas arqueada, lo que le levantaba los senos y dejaba los pezones erectos apuntando al techo. Su mano izquierda desaparecía entre los muslos y se movía con un ritmo constante. La piel le brillaba por el sudor, y eso la volvía todavía más apetecible. Lo único que pensé, con una claridad casi absurda, fue en el deseo de probar ese sudor.

Tenía la boca abierta y, lo admito, se me hizo agua. Pero ese no era el problema. El problema estaba más abajo: la entrepierna se me había endurecido hasta doler. Sin pensarlo, llevé la mano sobre el pantalón y empecé a masajearme despacio, dejándome llevar por esa sensación que no debía sentir.

—Aaah, sí, por favor… —gemía ella, cada vez más rápido a medida que aceleraba la mano entre los muslos.

La otra mano retorcía las sábanas y arqueaba la espalda un poco más con cada segundo. Yo seguía de pie, con una erección que pedía salir, a cinco metros de mi hermana que, por cómo gemía, estaba a punto de acabar. No deberías estar viendo esto. No deberías sentir esto. Y, sin embargo, no me moví.

Justo cuando ella alcanzaba el borde, estirando un último gemido, y yo estaba al filo de terminar dentro del bóxer arrastrado por el morbo de la situación, en el momento más excitante de mi vida hasta ese instante, sonó mi celular.

Lo primero que hice fue buscarlo desesperado en el bolsillo, mientras vibraba de manera estridente y rompía la tensión. Cuando por fin logré cortar la llamada —jamás supe de quién era— levanté la vista y me topé con la mirada de mi hermana. Respiraba agitada y tenía una expresión partida entre el susto y la excitación que me pareció, contra toda lógica, divina. Estaba para comérsela a besos.

Lo único que hice fue darme vuelta y salir corriendo a mi habitación.

Esa noche no dormí. Y, aunque entonces no lo sabía, esa fue la primera grieta por donde se nos coló todo lo que vendría después.

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Comentarios (5)

TabuReader23

De los mejores que lei aca en mucho tiempo. Tremendo final!

NocheYLetras

Por favor continualo, quede con ganas de saber qué pasó después. Muy enganchante.

Carlos_MdQ

Me atrapó desde el primer parrafo. Ese momento de darse cuenta de algo que ya no podés ignorar está muy bien narrado.

DiegoMzX

Buenisimo!!! Seguí escribiendo que tenes talento

MaiteR_03

Que forma de describir esa tension... me dejó pensando todo el dia jaja

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