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Relatos Ardientes

Esta noche quiero verte tocarte frente al espejo

Sé que vas a escuchar este mensaje justo cuando llegues a casa, con los zapatos todavía puestos y el cansancio del día encima. Por eso lo grabé despacio, para que lo oigas en la cama, con los auriculares y la luz apagada. Estamos lejos esta semana, Mara, pero eso no significa que te deje en paz. Al contrario.

Primero, pon esa canción. La que sabes. La que pusimos aquella noche en mi departamento, cuando bailaste para mí sin que yo te lo pidiera. La que te hace mover las caderas sola, aunque no quieras. Ponla en repetición y súbele el volumen hasta que la sientas en el pecho.

Ahora levántate. Quiero que te imagines que estoy sentada en el sillón, frente a ti, con una copa en la mano y los ojos clavados en cada movimiento tuyo. No me mires con vergüenza. Mírame como me miraste esa noche, con esa media sonrisa que me vuelve loca.

Empieza a desnudarte. Despacio. No tengas prisa, tenemos toda la noche y nadie más que nosotras. Bájate los tirantes de la blusa primero, uno y después el otro. Deja que la tela resbale sola. Mueve las caderas al ritmo de la música mientras lo haces, como si yo te estuviera guiando con las manos en tu cintura.

—Así, exactamente así —te diría si estuviera ahí—. Qué bien bailas cuando crees que nadie te juzga.

Quítate la falda. La ropa interior déjala para el final, no me la quites todavía. Quiero verte caminar en ropa interior por la habitación, sabiendo que me tienes mirando. Camina hacia el espejo grande, el del pasillo, el que tiene el marco que tanto te gusta. Enciende solo la lámpara de la mesita, la luz tibia, no la del techo. Quiero sombras suaves sobre tu piel.

Ahora sí, termina de desnudarte frente al cristal. Lentamente. Mírate. No me mires a mí esta vez, mírate tú. A los ojos. Sé que te cuesta sostenerte la mirada, siempre apartas la vista cuando hablo de esto, pero hoy no. Hoy te quedas ahí, frente a tu propio reflejo, hasta que entiendas lo que yo veo cuando te miro.

Pásate la lengua por los labios. Despacio. Otra vez. Si quieres que yo te toque algún día como mereces, primero tienes que querer tocarte tú. Tienes que desearte. Mírate la boca, el cuello, la línea de los hombros. Recorre con la vista todo lo que durante el día escondes bajo la ropa formal de la oficina.

Siéntate frente al espejo, en el suelo o en esa banqueta baja, como prefieras, pero con las piernas abiertas. No te encojas. Ábrete para tu reflejo. Quiero que te veas entera. Que veas lo que me hace temblar las manos cada vez que pienso en ti.

Llévate los dedos a la boca y humedécelos. El índice y el medio, juntos. Sin morbo todavía, solo mójatelos bien con la lengua. Después súbelos despacio por el centro del pecho, dejando un rastro frío que se evapora. Cuando llegues a los pezones, gíralos entre los dedos. Pellízcalos apenas, lo justo para que el pinchazo te recorra la espalda.

—Más fuerte —te diría al oído—. Conozco hasta dónde aguantas.

Amasa tus pechos con las dos manos, sin ternura, como te gusta a ti aunque nunca lo admitas en voz alta. Vuelve a mojarte los dedos y repite, mientras la música sigue sonando y tus caderas, sin que lo decidas, empiezan a buscar algo de fricción contra la banqueta.

Date la vuelta ahora. De espaldas al espejo. Ponte en cuatro y acerca el cuerpo todo lo que puedas al cristal frío. Quiero que sientas ese frío en la piel caliente, ese contraste que te eriza. Apoya la mejilla en el suelo si te ayuda, y arquea la espalda. Sé que en esa posición te sientes expuesta, y de eso se trata. De que te expongas para mí aunque yo no esté.

Roza tu reflejo. Restriégate apenas contra el vidrio, despacio, con esos movimientos lentos de las caderas que tan bien se te dan. Pásate la mano por la espalda baja, bájala más. No tengas prisa, ya te lo dije. Cada vez que escuches mi voz pidiéndotelo, hazlo un segundo más lento de lo que querrías.

Quédate así un momento. Respira hondo y siente cómo el cristal te devuelve el calor que tú misma le diste. Me gustaría poder verte desde atrás ahora mismo, la curva de la espalda, la nuca despejada, los dedos apretando el borde de la banqueta. Cada centímetro tuyo me parece una invitación, aunque tú creas que no tienes nada de especial. Te equivocas, y esta noche vas a comprobarlo tú sola.

Acuérdate de la primera vez que dormimos juntas, cuando no sabías dónde poner las manos y yo te las guié. Esta noche eres tú quien se guía, pero con mi voz dictándote cada paso. Es casi lo mismo, ¿no crees? Es como si mis dedos fueran los tuyos, como si mi boca dijera lo que tú no te atreves a pensar en voz alta.

***

Vuelve a sentarte de frente. Las piernas bien abiertas otra vez, los talones apoyados, las rodillas cayendo hacia los lados. Mírate los ojos en el espejo. Ahí está esa intensidad que me enganchó la primera vez, la que tienes cuando dejas de fingir que esto no te enciende.

Mójate de nuevo los dedos, pero esta vez con ganas. Métetelos en la boca como si fueran míos. Lámelos despacio, gírales la lengua alrededor, chúpalos hasta el nudillo. Quiero que mientras lo haces gimas. Sí, en voz alta, aunque te dé pena, aunque pienses que el vecino puede oírte. Gime mientras te chupas los dedos y mírate hacerlo en el reflejo.

—Más alto —te diría—. Quiero escucharte desde aquí.

¿Ya sientes la humedad entre las piernas? ¿Notas cómo todo ahí abajo empieza a pedir atención, cómo se te tensa el vientre? Apuesto a que sí. Te conozco. Sé que con tres frases ya estás lista, aunque presumas de paciencia.

Esos dedos que acabas de empapar de saliva, llévalos despacio entre tus piernas. No directamente al centro, no todavía. Recórrete entera primero, de arriba abajo, con la palma plana, haciendo un poco de presión cada vez que bajas. Sepárate con dos dedos y deja el clítoris al descubierto, frente al espejo, para que tú misma lo veas. Mira lo que estás a punto de hacerte.

Empieza a frotarte ahí, en círculos lentos. Sin apuro. Quiero que sientas cómo el placer sube de a poco, no que te lances a buscarlo. Mantén el ritmo de la música. Mantén los ojos en tu reflejo. Si los cierras, vas a perderte lo mejor: la cara que pones cuando empiezas a soltarte.

Sigue moviendo el clítoris con una mano y, con la otra, baja un poco más. Acerca dos dedos a la entrada. Solo la punta primero. Métela y sácala, jugando, sin profundidad. Despacio, te dije, despacio. Disfruta esa frontera, ese instante en que tu cuerpo pide más y tú se lo niegas un momento más.

Ahora sí, entra. Despacio al principio. A medida que vas tomando ritmo, ve más adentro. Quiero imaginarte escuchando tus propios sonidos, el de tus dedos entrando, el de tu respiración rompiéndose. Mira cómo tu cuerpo te responde en el espejo, cómo se te tensa el vientre, cómo se te abre la boca sola.

—Qué rico se siente, ¿verdad? —te susurraría pegada a tu cuello—. Y todavía no llegué yo.

Esta noche eres mía, aunque me tengas lejos. Di mi nombre. Dilo en voz alta entre los gemidos, como si yo estuviera ahí para escucharlo. Renata. Otra vez. Quiero ser lo único que pase por tu cabeza mientras te das placer frente a ese espejo.

Mueve los dedos por dentro, busca ese punto que conoces, ese que te hace arquear la espalda sin querer. Cuando lo encuentres, no lo sueltes. Presiona ahí mientras tu otra mano sigue trabajando el clítoris. Sí, los dos a la vez. Sé que puedes, te he visto.

Si te cabe otro dedo, mételo. Despacio, sin lastimarte nunca. Siéntete llena. Imagina que soy yo la que está detrás de ti, la que mueve esa mano, la que te muerde el hombro mientras te miro en el reflejo. Imagina mi boca bajando por tu espalda, mi lengua donde ahora están tus dedos.

***

Acelera ahora. Deja de contenerte. La paciencia ya cumplió su trabajo, ahora toca soltar todo. Móntate sobre tu propia mano, busca la fricción, mueve las caderas como si me cabalgaras a mí. Que el espejo te devuelva la imagen de una mujer que se desea, que no se avergüenza de lo que quiere.

Piensa en mí. En mi boca abierta contra la tuya. En mis piernas enredándose con las tuyas, en el roce de las dos buscándonos al mismo tiempo, sin saber dónde termina una y empieza la otra. Piensa en cómo te lamería entera cuando termines, sin dejarte respirar, hasta que me supliques que pare.

Vamos, mi amor. Déjate ir. Quiero imaginar el momento exacto en que todo el cuerpo se te tensa y después se rompe, el temblor en los muslos, el gemido que se te escapa sin permiso. Córrete pensando en mí. Córrete como si yo estuviera ahí para recibirlo todo.

Y cuando acabes, no te muevas enseguida. Quédate ahí, frente al espejo, con la respiración todavía agitada y la piel brillante. Mírate. Esa que ves temblando es la mujer que me trae loca. Memoriza esa cara, porque es la que pienso ver en persona la próxima vez que nos encontremos.

Daría lo que fuera por haberte escuchado en vivo, por ver tu reflejo mojado y agitado, por estar ahí para terminar yo lo que tú empezaste. Me dejas encendida con solo imaginarlo.

Mañana me cuentas todo. Cada detalle. Qué sentiste, en qué momento dijiste mi nombre, cuánto duraste resistiendo antes de obedecerme. Y después de contármelo, te prometo que voy a contarte yo lo que haré contigo cuando por fin te tenga de verdad entre mis brazos. No vas a poder dormir.

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Comentarios (5)

NocheRoja_21

dios, que relato. de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Mariela_curiosa

La tension que se arma desde el principio es increible. Muy bien escrito, se nota el cuidado en cada detalle.

Rodrigo_Cba

leyendo esto a las 2am... mala decision jajaj

Sandra_GBA

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace un tiempo. No podia parar de leer, se siente muy real todo.

FelipeNqn

Por favor seguí con mas, quede con ganas de saber como termina la noche. Esperando ansioso!!

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