La pared fina que nos volvió cómplices con los vecinos
Hace unos meses se mudó al piso de encima una pareja bastante más joven que nosotros, con dos niñas pequeñas que apenas levantaban un palmo del suelo. Los dos eran atractivos a su manera. Él, casi tan alto como yo, tenía esa pinta algo ruda que dan los hombres con barba larga pero bien cuidada y un cuerpo delgado que se notaba trabajado en algún gimnasio. Ella era menuda, muy estilizada, con unos pechos pequeños y firmes que contrastaban con un trasero generoso, como pudimos comprobar la primera vez que coincidimos en la piscina del edificio.
Lucía y yo llevábamos años hablando de probar cosas distintas. La fantasía de compartir habitación con otra pareja había sido durante meses nuestro tema favorito de almohada, ese hilo que tirábamos cada vez que necesitábamos un empujón extra. Mirábamos a los vecinos siempre con ese filtro encima, evaluando, imaginando.
Pero ellos no parecían el tipo de gente con la que se entablan conversaciones largas. Cada vez que coincidíamos en el ascensor o en el portal saludaban con una sonrisa breve, un «hola» de tres letras y la mirada en el suelo. Tomás —ese era el nombre que ponía en su buzón— apenas cruzaba dos palabras seguidas. Mariana, su mujer, era todavía más reservada. Aceptaban un comentario sobre el tiempo, devolvían un gesto cortés y se bajaban en su planta sin más.
—Son tímidos —decía Lucía cada vez—. O nos odian.
—No nos odian. Son así.
—Lástima. Ella tiene un culo de campeonato.
Esa frase, dicha con la naturalidad con la que ella decía cualquier cosa, era el resumen perfecto de mi mujer. Lucía no se mordía la lengua dentro de casa, jamás. Fuera era una profesional impecable, contenida, casi sobria. Pero en cuanto cerrábamos la puerta, pasaba a otro idioma.
Y ese idioma, con paredes de papel, iba a meternos en problemas.
***
Era un jueves de mediados de octubre. Habíamos cenado tarde, abierto una botella de vino que nos sobraba y nos habíamos metido en la cama con la idea de ver una serie. Lucía llevaba una camiseta vieja mía y nada más debajo; yo, calzoncillos. La pantalla del televisor reproducía algo que ya ninguno de los dos seguía. Estábamos en esa zona blanda en la que el sueño y las ganas se pelean por turno.
Los primeros ruidos llegaron alrededor de la una. Un golpe seco contra la pared, otro, otro más. Después un crujido inconfundible: el de un colchón de muelles cuando alguien se mueve sobre él con intención.
—¿Estás oyendo lo que yo estoy oyendo? —preguntó Lucía bajando el volumen.
Asentí en silencio.
El ritmo de los golpes se ordenó enseguida. No eran movimientos al azar. Era un compás claro, sostenido, con esa cadencia que solo tiene una cosa. Y por encima de los muelles, un jadeo masculino apagado, contenido, como quien intenta no despertar a las niñas.
—Joder —murmuró Lucía—. Las paredes son de cartón.
—De papel. De papel directamente.
Nos miramos. La luz azulada de la pantalla nos pintaba la cara con un tono raro, casi cómplice. Mi mujer apagó el televisor de un manotazo y se quedó mirando el techo como si pudiera ver a través.
—Están follando justo encima de nuestra cabeza —dijo, más para sí misma que para mí.
—Eso parece.
—Y se les oye fatal.
—Bendito sea el constructor.
Ella soltó una risita, pero no se rio del todo. Los ojos se le habían puesto otros. Yo conocía esa mirada. La había visto en el coche cuando hablábamos en voz baja de cosas que no haríamos en público, en la cama cuando le susurraba al oído escenarios imposibles, en cualquier conversación que empezara con un «imagínate que…».
Sin decir nada, Lucía pasó la mano por encima de la sábana y la apoyó sobre mi calzoncillo. Yo ya estaba duro. Ella lo notó y sonrió de medio lado.
—Mira tú qué casualidad —susurró.
—No me digas que tú no.
—Yo también, idiota.
***
Lo siguiente fue rápido y al mismo tiempo eterno. Lucía se deslizó hacia abajo por la cama, me bajó la ropa y se metió mi polla en la boca con esa hambre suya que no admite preámbulos. Yo me dejé caer hacia atrás un segundo, cerré los ojos, escuché el ritmo de arriba acompasarse con el de su lengua, y todo encajó como un mecanismo perfecto.
—Imagínatelos —murmuré—. Imagínatelos justo arriba haciendo lo mismo.
Ella no contestó porque tenía la boca ocupada, pero el ritmo se le aceleró un poco. Le acaricié la nuca, le aparté el pelo de la cara y me incorporé para girarla. Quería su sexo y su culo. Los quería los dos a la vez, pegados a mí, con el sonido de los vecinos como banda sonora.
La coloqué en posición de sesenta y nueve. Su muslo me rozó la oreja, su perfume — ese gel de baño suyo de almendra que conocía de memoria— me llenó la cabeza. Empecé por el clítoris con la punta de la lengua, despacio, dibujando círculos pequeños, sintiendo cómo se le contraía cada músculo del muslo cada vez que acertaba el ángulo.
Lucía es muy expresiva. Demasiado para una pared de papel. Empezó a darme indicaciones en voz alta, con esa naturalidad tan suya:
—Sí, mi amor, justo ahí, lámeme despacio. Métele la lengua, anda, que me encanta tu lengua dentro. Ahora sube, sube al culo, sí, dale, no pares.
Yo obedecía sin abrir la boca, dejándome arrastrar por el ritmo. De fondo, el cabecero del piso de arriba seguía repicando contra el suelo. Tomás respiraba ya con menos cuidado. Y entonces, de pronto, pasó.
Mariana habló.
O mejor dicho: Mariana gritó.
—¡Sí, así, mi vida, métemela toda, pártame en dos, que me muero!
***
Lucía levantó la cabeza de golpe y me miró con los ojos como platos. Se le había escapado una carcajada silenciosa, una de esas que se aguantan apretando los labios. Yo tampoco daba crédito. Hasta hacía un minuto, esa mujer no era capaz ni de pedir un café en el ascensor sin titubear. Y de pronto chillaba como si la estuvieran descuartizando.
—Nos están oyendo —susurró Lucía.
—Los estamos oyendo.
—Los dos. A la vez.
—Sí.
Hubo un segundo de silencio entre nosotros, una pausa pequeñísima, como si esperásemos confirmación oficial de algo. La confirmación llegó en forma de otro grito de ella desde arriba, todavía más alto, casi teatral. Y el cabecero golpeando con más fuerza. Y un jadeo de él, ahora sin contención.
—¿Cortamos? —pregunté, sabiendo perfectamente cuál sería la respuesta.
—Ni de coña —dijo Lucía—. Coge el consolador.
***
El cajón de la mesilla guardaba un consolador con estimulador de clítoris que ella había pedido por internet hacía un par de meses y que usábamos cuando queríamos jugar a llenarla del todo. Se lo pasé. Se lo lubricó con saliva y lo encendió en su nivel medio. La vibración apenas se oía, pero ella reaccionó como si la hubieran pinchado: arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo, intencionado, alto.
Se puso a cuatro patas en el centro de la cama y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, los ojos brillantes.
—El culo —dijo—. Métemela en el culo, despacio.
Me coloqué detrás de ella. La preparé con los dedos, con paciencia, untándole el lubricante que guardaba al lado del consolador. Lucía iba metiéndose el aparato por delante mientras yo le abría camino por detrás. La oía respirar profundo, controlando, y cuando sintió que podía me lo pidió con una sola palabra:
—Ahora.
Entré despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo a abrirse. La sensación de su cuerpo cediendo a mi alrededor me cortó la respiración. Cuando terminé de hundirme, ella ya tenía el consolador dentro hasta el fondo, vibrando contra ese hueso que la ponía a mil. Empezamos a movernos a la vez, los dos buscando un ritmo común.
Y Lucía, fiel a su naturaleza, decidió narrarlo todo.
—Andrés, así, dale, cómo me gusta, los dos agujeros llenos, los dos a la vez, no te imaginas cómo lo siento, mi amor, no pares, no pares, no pares.
Yo tampoco aguantaba el silencio. Le contestaba al oído, en voz alta también, sin medirme:
—Estás increíble así, no sabes lo que veo desde aquí, todo tuyo, todo lleno.
De arriba, los muelles seguían marcando un compás cada vez más rápido. Los gritos de Mariana habían bajado de volumen un instante, como si se estuviera concentrando para escuchar. Hubo unos segundos de extraña quietud mientras Lucía y yo seguíamos a lo nuestro. Y entonces, justo en el momento en que mi mujer levantaba la cabeza para soltar un «¡me la quiero por el culo siempre así, mi amor!», la voz de la vecina respondió desde el techo, clara como si estuviera al lado:
—¡Yo también la quiero en el culo!
***
Lucía se mordió el labio para no echarse a reír. Yo casi me caigo de la cama. Era oficial: estábamos manteniendo una conversación de cuatro voces a través de un techo de pladur. Ellos nos oían. Nosotros los oíamos. Y a ninguno de los cuatro le importaba ya disimular.
Esa constatación, lejos de cortarnos, fue como echar gasolina al fuego. Empecé a embestir más fuerte, marcando el ritmo, sintiendo cómo Lucía empujaba hacia atrás para encontrarme. El consolador zumbaba. Su voz se rompía en pedazos pequeños cada vez que el aparato cambiaba de intensidad.
Arriba, Tomás había soltado un primer gemido masculino completo, sin filtros. La cama de ellos crujía como si fuera a partirse. Mariana volvía a gritar palabras enteras que entendíamos perfectamente.
—Se van a correr —jadeó Lucía—. Se van a correr y nosotros también.
—A la vez, mi amor. Vamos a la vez.
Lucía echó la espalda hacia atrás, casi pegada a mi pecho, todavía empalada por los dos lados. Le pasé una mano por el cuello, otra por la cintura. La besé en la sien, en la oreja, le mordí el lóbulo. Sentí cómo se tensaba entera, como un arco a punto de soltarse.
Ella se vino primero. Un grito largo, sin vergüenza, que salió por la ventana abierta y subió por el patio interior rebotando en cada balcón. Yo aguanté dos embestidas más y me dejé ir detrás. Tomás llegó casi al mismo tiempo, eso lo escuchamos. Mariana se le adelantó por una décima.
Los cuatro, en el mismo minuto, en dos camas separadas por veinte centímetros de hormigón.
***
Nos quedamos un rato así, abrazados, con la luz de la mesilla de noche apenas encendida y la respiración volviendo despacio a la normalidad. Por encima, el silencio era casi tan elocuente como los ruidos de antes.
—Bendita competencia —dijo Lucía con la voz tomada.
—Habrá que invitarlos a cenar.
Soltó una risa floja, agotada, contenta. Apoyó la mejilla en mi pecho y se quedó dormida en menos de cinco minutos. Yo tardé un poco más. No paraba de pensar en cómo iba a ser la próxima vez que coincidiéramos los cuatro en el portal.
***
La respuesta llegó al día siguiente, mucho antes de lo que yo hubiera querido.
Bajábamos al gimnasio del edificio sobre las diez de la mañana. Lucía con las mallas, yo con la sudadera de los sábados. Llamamos al ascensor, se abrió la puerta y allí estaban ellos. Mariana al fondo, con la coleta alta y el chándal puesto. Tomás delante, con una bolsa de deporte al hombro. Las dos niñas no estaban; supongo que en el colegio.
Los cuatro nos miramos un segundo en silencio. Un segundo larguísimo. Después, sin que mediara una sola palabra, todos sonreímos a la vez. Una sonrisa pequeña, sin dientes, casi tímida. Una sonrisa que decía «te oí, me oíste, sí, todo».
Bajamos cuatro plantas sin hablar. Cuando se abrió la puerta del portal, Tomás dejó pasar a las mujeres primero, como un caballero. Cruzamos el rellano. Justo antes de separarnos, él se giró un milímetro y soltó la primera frase larga que le habíamos oído nunca:
—Por cierto, esta semana descansamos los dos. Por si os apetece tomar algo.
—Nos apetece —contestó Lucía sin pestañear—. ¿Cenamos en casa el sábado?
—Perfecto —dijo Mariana.
Y se fueron hacia su coche, agarrados de la mano, sin volver la vista atrás.
Lucía esperó a que doblaran la esquina para mirarme. Tenía esa sonrisa de gato que solo le sale cuando sabe exactamente lo que va a pasar.
—Pues parece que el sábado tenemos plan —dijo.
—Eso parece.
—¿Pongo sábanas limpias?
—Pon dos juegos.
Y nos metimos en el gimnasio, yo todavía sin creerme del todo lo que acababa de pasar, ella ya pensando en el menú.