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Relatos Ardientes

La diosa del inframundo posó solo para mí

Damián llevaba doce años fotografiando cuerpos y creía haberlo visto todo. Modelos que lloraban entre toma y toma, modelos que se dormían, modelos que cobraban y se iban sin mirarlo a los ojos. Por eso, cuando la agencia le mandó a una tal Selene para una serie de retratos «de inspiración mitológica», pensó que sería una jornada más: tres horas de luces, un par de cambios de vestuario y a casa.

No sabía que esa tarde iba a arruinarse para siempre.

Ella entró en el estudio sin saludar, como si el lugar le perteneciera. Era alta, de piel pálida y un pelo cobrizo que le caía en ondas sobre la espalda. Dejó el bolso en una silla, paseó la mirada por los focos y el fondo negro que Damián había montado, y solo entonces se dignó a hablar.

—¿Dónde me cambio?

—Detrás del biombo. Cuando estés lista, empezamos por la túnica.

Salió envuelta en una tela color lila, un peplo de telas largas que le dejaba un hombro al aire. Se sentó en el trono negro que él había alquilado para la ocasión y, sin que nadie se lo pidiera, adoptó una pose. Una mano lánguida sobre el reposabrazos, la cabeza ligeramente ladeada, los labios entreabiertos.

Damián levantó la cámara y se quedó quieto.

Había algo en ella que no encajaba con las modelos a las que estaba acostumbrado. No posaba para gustar. Posaba para reinar. Tenía la boca manchada de un rojo profundo, como de granada, y los ojos fijos en un punto perdido de la pared, más cansados que serenos, como si cargara una pena antigua que nadie le había preguntado.

—Inclínate un poco hacia adelante —dijo él, y la voz le salió más baja de lo que pretendía.

Ella obedeció. El peplo se abrió un dedo más sobre su pecho.

El clic de la cámara llenó el estudio. El flash brilló y, por una fracción de segundo, iluminó la curva de sus tetas bajo la tela.

—Así —murmuró Damián—. Justo así.

Trabajaron media hora con la túnica. Él daba indicaciones técnicas, ella las cumplía con una precisión que casi resultaba insolente. No había sonrisas, no había charla incómoda. Solo el disparador, el flash y la respiración de ambos.

***

—Cambiemos —dijo ella, y se levantó antes de que él respondiera.

Volvió del biombo con menos ropa. Mucha menos. Se había soltado por completo el pelo y ahora los mechones cobrizos le caían sobre los hombros como dos ríos, cubriéndole apenas los pezones. Llevaba un manto gris pequeño, casi un trapo, anudado sobre la cadera. Nada más.

Damián tragó saliva.

—¿Está bien así? —preguntó ella, recostada de lado sobre una tarima cubierta de terciopelo, con una pierna flexionada de modo que el manto gris le cubría el coño por puro milagro.

—Está… —Damián buscó la palabra y no la encontró— …perfecto.

Parecía una ninfa. Toda su vestimenta era el pelo, esa blusa natural que le inventaba la naturaleza, y el resto era piel desnuda y luz. Apoyada sobre el muslo, lo miraba con una calma que a él le ponía nervioso.

Disparó. Disparó otra vez. Se obligó a mirar la pantalla, los histogramas, la exposición. Cualquier cosa antes que admitir lo que estaba sintiendo.

Soy un profesional. Esto es trabajo. Es solo un cuerpo, he fotografiado cientos.

Pero no era solo un cuerpo. Era ella mirándolo desde la tarima como si fuera una diosa del inframundo que se hubiera dignado a bajar al estudio, y él, pobre mortal con una cámara, sintió que le robaba el alma con cada toma. Por un instante absurdo soñó con ser otro, con ser un rey de las sombras que la llevara a su cama y la follara hasta hacerla su reina.

Pero soy solo un hombre.

Y como tal, notó la polla dura tensando el pantalón y rezó para que ella no se diera cuenta.

***

—La siguiente es la más importante —anunció Selene—. La desnuda.

No fue una pregunta. Se quitó el manto gris con un movimiento perezoso y lo dejó caer al suelo. Después tomó un velo de gasa plateada, casi transparente, y se lo echó por encima de los hombros. No cubría nada. Solo añadía un brillo, una promesa.

Se recogió el pelo hacia atrás con las dos manos, los brazos levantados a ambos lados como una figura de templo, como una Ishtar tallada en piedra. Erguida frente a él, miró directamente al objetivo.

—¿Se ven bien? —preguntó, y por primera vez había una pizca de duda en su voz—. Los pezones, digo. ¿Son bonitos?

Damián bajó la cámara despacio.

—Son perfectos —dijo, y esta vez no estaba hablando de la foto.

La observó sin el filtro de la lente. El surco firme que separaba sus dos tetas. El vientre tenso. El ombligo pequeño y redondo. Los trazos que bajaban desde la cadera hasta el pubis rasurado, donde un lunar diminuto descansaba como un detalle dibujado a propósito, y más abajo los labios del coño se marcaban limpios, apenas entreabiertos. Era, sencillamente, un sueño que se había materializado en su estudio sin avisar.

Levantó otra vez la cámara, casi como un escudo, y siguió disparando.

—Hay un problema —dijo él de repente, y se incorporó del taburete, muerto de deseo y de vergüenza por estarlo.

—¿Cuál?

—A lo largo del muslo… no, el otro —señaló—. Tienes un tatuaje. Un rosal. Para la serie mitológica desentona. Las diosas antiguas no se tatuaban rosas.

Selene bajó la vista hacia su propia pierna y sonrió por primera vez en toda la tarde.

—Yo creo que queda bien con todo lo demás —dijo, acariciándose el dibujo con la yema del dedo—. Es casi alegórico, mi rosa. ¿Por qué crees que vine con la boca manchada de granada?

—No lo sé. ¿Por la foto?

—Para estar más follable —dijo ella sin pudor—. Como diciendo que lo sensual puede habitar incluso entre la muerte y el silencio. Que mi tatuaje sea también un presagio. —Hizo una pausa y lo miró fijo—. O dime tú, fotógrafo: ¿por qué me desnudaste?

Damián abrió la boca y no encontró respuesta.

***

Ella terminó de hablar y, muy lentamente, abrió las piernas.

Bajo el lunar coqueto, bajo el rosal dibujado, se abrió paso la verdadera flor. El coño de Selene apareció ante él en toda su crudeza: los labios internos hinchados, brillantes, ya empapados, el clítoris asomando entre ellos como una perla oscura. El estudio se llenó de golpe con un olor salino, denso, el olor inconfundible de una hembra que quiere que se la follen. Damián sintió que el aire le faltaba y que la polla le latía dentro del pantalón con cada pulso del corazón.

—Sigue tomando fotos —dijo Selene, aunque ya no era una modelo dando órdenes. Era otra cosa.

Volvió a sentarse en el trono negro, esta vez con las rodillas separadas de par en par, ofreciéndole el sexo abierto como una fruta partida. Empezó a recorrerse el cuerpo con las manos. Se acarició la silueta, el costado, la curva de las tetas. Se pellizcó un pezón entre dos dedos, lo estiró, lo retorció hasta dejarlo tieso y rojo, y dejó escapar el aire por la nariz. Bajó la otra mano por el vientre, despacio, dibujando con las uñas el mismo camino que la cámara había recorrido un rato antes, y se abrió los labios del coño con dos dedos en uve, mostrándose entera.

Él disparó. No por trabajo ya. Disparó porque era lo único que sabía hacer con las manos cuando le temblaban.

—Fotógrafo —dijo ella, sin dejar de tocarse—, fuiste responsable mientras pudiste. Fuiste profesional todo el tiempo que aguantaste. Pero esto te superó. Lo sé. Lo sabes tú también. Mírame la polla parada que tienes ahí dentro y no me mientas.

Selene apoyó la nuca en el respaldo del trono y se llevó dos dedos a la boca, los humedeció con la lengua sin dejar de mirarlo, chupándolos hondo como si fueran otra cosa, y volvió a bajarlos entre las piernas. Cuando los hundió en su coño arqueó apenas la espalda y soltó un suspiro grave que retumbó en el estudio vacío. Los sacó brillantes, encharcados, y con la yema del corazón empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, cada vez más rápidos, hasta que la respiración se le rompió en jadeos cortos.

—Ven —dijo.

Damián dejó la cámara sobre el taburete. La correa se enredó y la cámara osciló colgando, olvidada, mientras él daba dos pasos hacia el trono como un hombre que camina hacia algo que sabe que no debería tocar.

—Ante una diosa —murmuró ella—, un hombre se arrodilla.

Y él se arrodilló. Sobre el suelo frío del estudio, entre los focos apagados y el fondo negro, se arrodilló frente a ella. Selene le tomó la cabeza con una mano, sin prisa, con la autoridad de quien está acostumbrada a ser obedecida, y lo atrajo hacia sí.

—Toma mis caderas —ordenó—. Desde abajo. Suave. Y bebe.

Damián deslizó las manos bajo sus nalgas, la levantó apenas del asiento del trono y hundió la boca entre sus muslos. La lengua se le fue directa al clítoris y ella pegó un respingo. Recorrió los labios lentamente, arriba y abajo, chupándolos uno por uno, mamando el sabor a sal, a algo metálico y vivo, al desierto y a la granada que le manchaba los labios. Después clavó la lengua adentro del coño, tan hondo como pudo, y la movió como si follara con ella. Selene enredó los dedos en su pelo y lo apretó contra sí, marcando el ritmo, la presión, el ángulo, dirigiendo cada movimiento como había dirigido cada pose.

—Así —jadeó—. Justo así. Igual que me decías tú antes. Chúpame el clítoris, fotógrafo, chúpamelo fuerte.

Damián obedeció. Cerró los labios alrededor de la perla hinchada y la succionó, la lamió a puntadas rápidas, mientras subía dos dedos al coño empapado y los metía hasta el fondo. Los curvaba adentro buscando ese punto blando, hinchado, y Selene empezó a arquearse en el trono, a jadear con la boca abierta, a mover las caderas contra su cara, refregándose el coño en su boca sin ningún pudor. Le montaba la cara. Le follaba la boca.

—Más dedos —gimió—. Mete otro. Ábreme.

Él metió tres. El coño de Selene chapoteaba obscenamente cada vez que los sacaba y los volvía a hundir, y el ruido llenaba el estudio junto con los jadeos de ella. Damián levantó los ojos sin despegar la boca del clítoris y la vio: la diosa desnuda echada hacia atrás, las tetas subiendo y bajando con la respiración, los pezones tiesos, la boca abierta pidiendo más. Se le sacudía el vientre en pequeñas contracciones.

—Voy a correrme —avisó ella con la voz rota—. Voy a correrme en tu boca. Trágame, fotógrafo. Tráguame todo.

El flash de la cámara olvidada se disparó solo una última vez, vaya uno a saber por qué, y los dejó congelados un instante en blanco: la reina sobre el trono con la cabeza echada hacia atrás, y el mortal de rodillas, perdido entre sus piernas, con la lengua enterrada en el único río que importaba.

Selene se estremeció contra su boca, le clavó los talones en la espalda y dejó escapar un grito largo que se apagó en el silencio acolchado del estudio. El coño se le apretó espasmódicamente alrededor de los dedos de Damián y una corrida caliente le mojó los labios, la barbilla, el cuello. Él siguió lamiendo, bebiéndosela como le habían ordenado, arrancándole cada temblor hasta que ella tuvo que apartarle la cabeza con las dos manos, riéndose entrecortadamente, demasiado sensible para aguantar más.

Después le soltó el pelo, lo miró desde arriba con los ojos otra vez calmos, otra vez de diosa, y sonrió al ver la cara empapada, la boca brillante de su corrida.

—Buena sesión —dijo—. Mándame las fotos.

Se vistió sin prisa, recogió el bolso y se fue tal como había llegado, sin saludar. Damián se quedó arrodillado en mitad del estudio, con la polla todavía dura tensando el pantalón y el sabor de ella en la boca, con la certeza de que no volvería a fotografiar a nadie sin pensar en esa tarde. Esa noche, al revisar las tomas en la pantalla, encontró el último disparo accidental: ella en el trono, él de rodillas, los dos atrapados en una foto que nunca podría enseñar a nadie.

La guardó igual. Algunas diosas se quedan a vivir en la memoria, aunque solo hayan pasado por el estudio una tarde.

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Comentarios(9)

Fantask99

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

RojoNocturno

Por favor seguí esto, quedé con muchas ganas de saber qué pasó después. Se hizo cortísimo

ViajeroOscuro

Me gustó mucho el ambiente que creaste, ese cambio de dinamica en la sesión fue brillante. Muy bien logrado

Claudio_BA

Esto es una historia real? Se siente muy vivido, demasiado detallado para ser pura fantasia jaja. Felicitaciones de todas formas

luciab_reads

Me recordó una situacion parecida que me contaron hace años, esa tension previa es lo mejor de todo. Muy buen relato

Selene_R

La diosa del inframundo... el titulo ya me atrapó y el relato no defraudó. Sigue escribiendo!

TomásP_BA

excelente, mas de esto por favor

PabloViento

Muy bien escrito, se nota imaginacion y buen manejo del suspenso. Espero que publiques mas seguido, saludos

Yayo_Sur

La escena inicial con la camara es lo que mas me llamo la atencion, muy cinematografica. Buen trabajo

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