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Relatos Ardientes

Lo que me llevé de la sexshop cambió mis noches solas

Hay una clase de soledad que no duele de día. Aparece de noche, cuando la casa está en silencio y la cabeza empieza a llenarse de cosas que una creía olvidadas. A mí me llega siempre igual: un sonido, una imagen, el recuerdo nítido de manos que ya no están. Las folladas buenas, las que se quedan grabadas, vuelven justo cuando no tengo a nadie cerca para repetirlas.

Soy de estatura media, de caderas anchas y pecho redondo, de esos cuerpos que se notan cuando una camina. Me gusta el sexo en casi todas sus formas, y eso, vivir sola, es a la vez una bendición y una condena. Bendición porque hago lo que quiero. Condena porque a las dos de la mañana lo que quiero suele necesitar otro cuerpo.

Esas noches el deseo no me deja en paz. Me pasa en la ducha, con el agua caliente bajándome por la espalda, y me pasa en la cama, mirando el techo. La libido me sube y me empuja a pensar en escenas concretas: una boca en mi cuello, unas manos abriéndome los muslos, el peso de alguien encima. Quiero estar ahí otra vez. Y no estoy.

Hay una en particular que vuelve más que las otras. Un hombre al que apenas conocí, una sola noche, que me tuvo contra la pared del recibidor sin darme tiempo ni a quitarme los zapatos. Recuerdo sus manos grandes, la forma en que me sujetó la cara mientras me besaba, el roce áspero de su barba en mi cuello. No fue romántico ni delicado, y por eso mismo no lo olvido. A veces, de madrugada, reconstruyo cada segundo de esa noche como quien repasa una película que ya sabe cómo termina, solo por el placer de volver a verla.

Durante meses, mis dedos fueron todo el consuelo que tuve. Servían para apagar el incendio, pero nunca para apagarlo del todo. Me dejaban a mitad de camino, con el cuerpo satisfecho a medias y la cabeza pidiendo más. Hasta que una tarde, volviendo a casa, pasé por delante de la tienda.

***

Era una sexshop en la que ya había entrado antes. La conocía por los lubricantes, los aceites, la lencería que me había comprado para nadie en particular. Esa tarde, sin embargo, me detuve en la puerta con una idea distinta dándome vueltas. Pensé en mis noches solas, en la excitación que no encontraba salida, y entré casi sin decidirlo, como si los pies hubieran resuelto por mí.

El local olía a vainilla y a goma nueva. Había poca gente, una pareja riéndose en el rincón de la lencería y un hombre solo mirando revistas. Fui directa hacia la zona que esa tarde me interesaba, la pared del fondo, donde se amontonaban las formas y los tamaños. Nunca me había parado a mirarlos en serio. Esta vez sí.

Había de todo. Colores imposibles, texturas raras, algunos tan grandes que daban más miedo que ganas. Los recorrí con la mirada despacio, tomándome mi tiempo, como quien elige algo importante. Y lo era. No buscaba un capricho de colores. Buscaba algo que se pareciera de verdad a lo que extrañaba.

Lo encontré en el segundo estante. El más realista de todos, con un peso y una forma que prometían algo. Lo sostuve un momento entre las manos, lo giré, lo evalué sin pudor. Este. No necesité pensarlo más.

Me lo imaginé antes de comprarlo. Me imaginé llegando a casa, abriendo la bolsa, sintiéndolo de verdad por primera vez. Esa anticipación, la de saber lo que viene y todavía no tenerlo, es a veces mejor que el final. Caminé por el pasillo con el corazón un poco acelerado, no de vergüenza, sino de ganas puras.

Cuando me di la vuelta, el vendedor me estaba mirando. No la mercancía: a mí. Tenía esa mirada de hombre que repasa a una mujer de arriba abajo y calcula, una mirada que conozco bien y que esa tarde, lejos de molestarme, me gustó. Quizá esperaba que eligiera algo modesto, discreto, una cosita de principiante. Le sostuve los ojos y caminé hacia la caja con mi elección en la mano, sin esconderla.

—¿Algo más? —preguntó, y la voz le salió un poco rara.

—Con esto basta —contesté.

Pasó el código de barras, dijo el precio, y al darme el cambio noté que se le subían los colores a la cara. El hombre se sonrojó. Me llevé mi bolsa y salí a la calle con una sonrisa que no me cabía en la boca, sintiéndome la mujer más descarada de la ciudad.

***

Desde aquella tarde, mis dedos dejaron de ser el premio de consolación. Tenían un relevo, y uno bueno.

Esa primera noche no esperé a que fuera tarde. Cerré las cortinas, encendí una luz baja y me desnudé despacio, dejando la ropa caer al suelo sin orden. Saqué también el aceite del cajón, el mismo de siempre, y me tendí en la cama con todo el tiempo del mundo por delante. Abrí las piernas sin prisa. Por una vez, nadie me apuraba.

Empecé por la piel. Me eché aceite en las manos y las pasé por los muslos, por el vientre, subiendo hasta los pechos. Me los amasé despacio, sintiendo cómo el calor se iba juntando ahí, y jugué con los pezones hasta que se pusieron duros entre mis dedos. La respiración se me fue acelerando casi sin darme cuenta, más corta, más agitada.

Con la otra mano bajé. Recorrí los labios con la yema de los dedos, abriéndome paso, hasta encontrar el clítoris y dibujar sobre él pequeños círculos lentos. Estaba mojada antes de empezar de verdad. Sentía el latido ahí abajo, esa pulsación insistente que pedía algo más que dedos, algo más firme, algo que llenara.

Solté un momento los pechos y agarré el juguete de la mesilla. Cerré los ojos. Me lo llevé a la boca como si tuviera a alguien delante, lo lamí, lo chupé, lo recorrí con la lengua de arriba abajo. En mi cabeza había una voz grave pidiéndome más, una mano en mi nuca marcándome el ritmo, y yo obedecía encantada, dándole la mejor mamada de mi vida a un hombre que no existía y que en ese instante me parecía más real que ninguno.

Cuando lo tuve listo lo bajé entre mis piernas. Pasé la punta por el clítoris, de arriba abajo, untándola en lo mojada que estaba, y dejé que la sola promesa me hiciera arquear un poco la espalda. Después empecé a meterlo. Despacio, milímetro a milímetro, sintiendo cómo cedía mi cuerpo, cómo se abría para recibirlo. La primera embestida lenta me arrancó un gemido que llenó el cuarto vacío.

A partir de ahí ya no hubo paciencia. Aceleré el ritmo con una mano mientras con la otra me frotaba el clítoris en círculos cada vez más rápidos. La cama crujía un poco, mi respiración se volvió jadeo, y los gemidos me salían sin que pudiera ni quisiera contenerlos. Esa imagen —la espalda encorvada, el sudor fino en la frente, las piernas temblando— es la que define mis noches a solas. Nadie la ve. Es solo mía.

El orgasmo me llegó como una ola que arrastra todo a su paso. Me dejó tensa unos segundos, con el aire trabado en el pecho, y después me soltó de golpe, vaciándome de esa pulsación que tanto me molestaba. Me quedé quieta, respirando hondo, con el juguete todavía dentro y una calma deliciosa instalándose en cada músculo.

***

Esa fue la primera de muchas. Desde entonces lo tengo siempre cerca. Lo dejo en el cajón de la mesilla, a un brazo de distancia, para esas madrugadas en las que me despierto con ganas y no me apetece esperar a mañana.

Pero donde más me gusta es en la ducha. Hay algo en el agua cayendo, en el vapor que empaña los azulejos, que lo vuelve todo más resbaladizo y más intenso. Me apoyo de espaldas en la pared fría, abro un poco las piernas y dejo que el chorro caliente me recorra mientras me preparo. La piel mojada responde distinto, más sensible, y cada caricia se siente el doble. Ahí no hay sábanas ni almohada que amortigüen nada: solo mi cuerpo, el azulejo y el ruido del agua tapando mis gemidos.

En esas duchas me tomo mi tiempo. Me apoyo el juguete entre los muslos, lo deslizo despacio con el agua haciéndolo todo más fácil, y me dejo ir contra la pared hasta que las rodillas me flaquean. Más de una vez he tenido que sentarme en el suelo de la bañera después, riéndome sola, con el agua todavía cayéndome encima y el cuerpo deshecho de la mejor manera posible.

Aprendí también para qué sirve un buen lubricante junto a un juguete realista. Cuando el cuerpo me pide algo distinto, cuando quiero placer por detrás y no hay una verga de verdad cerca que me lo dé, los dos hacen un equipo perfecto. Una gota generosa, paciencia, y la misma fantasía de siempre tomando otra forma.

Sigo extrañando las manos ajenas, los cuerpos que se quedan grabados, las folladas que vuelven de madrugada. Eso no se reemplaza, y tampoco quiero que se reemplace. Pero ya no me agarran a mitad de camino, con las ganas colgando y los dedos rindiéndose. Ahora, en mis noches solas, tengo por fin la compañía que necesitaba. Una que nunca dice que no, que nunca se va, y que cada vez que la busco me deja exactamente donde quería estar.

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Comentarios (5)

Romi_nocturna

jajaja el vendedor sonrojado me mató!! tremendo detalle, así empieza lo mejor

Ceci_GBA

Que bien escrito, se siente natural y sin forzar nada. Me encantó mucho como lo contaste, se agradece que no sea burdo.

PatriL_88

Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte!! 😭

SofíaMdq

Me recordo a la primera vez que entre a una sexshop, sali mas colorada que el vendedor jaja. Muy bueno el relato, me atrapó desde el principio.

Juanchi_77

Buenisimo!!! seguí publicando así

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