La fantasía que me obligaba a compartir a mi mujer
Hay un deseo que no sé nombrar del todo, pero que reconozco apenas aparece. Empieza siempre igual: con lo que siento por ella. Y eso es lo primero que conviene aclarar, porque sin esa parte nada de lo demás funciona.
Ella tiene que provocarte ternura con morbo. Tiene que parecerte hermosa, hasta el punto de despertarte la libido entera, pero no hermosa para los demás: hermosa para ti. Una belleza que te ablande, que te dé ganas de cuidarla. Así, cuando llega el resto, te resulta más fácil perdonarle las cosas que hace.
¿Su actitud? La de una mujer que sabe exactamente lo que quiere. Experimentada, segura, capaz de pedirle al amante lo que le gusta sin pudor. A ti, en cambio, siempre te habla con dulzura, aunque te esté diciendo una barbaridad. Podría soltarte la frase más cruel del mundo envuelta en miel, y tú la recibirías agradecido. Su lado provocador lo descubres de rebote, mientras lo dirige hacia otro.
Los hombres que entran en esto tienen que gustarle a ella, no a ti. Altos, de cuerpo trabajado, con una resistencia que tú nunca tuviste. Hombres que te hagan sentir que te superan, que se mueven con ella mejor de lo que tú jamás lograste. Y su forma de tratarte forma parte del juego: apenas notan que existes. Te miran de reojo, como quien revisa de dónde viene un ruido, y vuelven a ella. No te dan órdenes ni te dirigen la palabra. Para ellos eres un mueble. Toda su atención es para tu mujer.
Y eso, por algún motivo que no entiendo, es justo lo que me enciende.
***
La primera fantasía es la más doméstica. La que más se parece a algo que podría pasar de verdad.
Has invitado a un conocido suyo a casa. Se tratan como dos novios que llevan demasiado tiempo sin verse. Se besan en el salón, se desvisten despacio, y tú los miras desde tu rincón del sofá. Después se encierran en la habitación y dejan la puerta entornada, lo justo para que el sonido se escape. Ahí está la gracia: no en ver, sino en imaginar. En quedarte quieto, escuchando los jadeos amortiguados que cruzan la pared, reconstruyendo en tu cabeza lo que pasa al otro lado.
Cuando los gemidos de él se vuelven más roncos, ella te llama. Entras y la encuentras en el borde de la cama, con las piernas abiertas, mientras él termina dentro de ella. Tu mujer te mira como quien mira a un niño al que le tiene cariño, y te dice:
—Mi amor, ¿vas a la farmacia a comprarme la pastilla del día después? —él se separa de ella y se sienta a recuperar el aire—. Saca el dinero de mi cartera. Sí, ese.
Ella no toma anticonceptivos; dice que le alteran el cuerpo, y su cuerpo es sagrado. Tomas el dinero con la erección atrapada en los pantalones. Ella sale al pasillo, desnuda, y te lo pide otra vez, casi suplicando.
—Ve, por favor. Te esperamos, no te preocupes.
Luego la ves entrar al baño con una toalla en la mano. Y lo más cruel no es lo que viste, sino lo que vas a perderte. Porque ahora sales a la calle, a plena tarde, con el corazón retumbándote en el pecho, sabiendo que cualquier cosa puede pasar mientras no estés. La farmacia no queda lejos —quince minutos, ida y vuelta—, pero esos quince minutos se llenan de imágenes que tú mismo fabricas.
Vuelves. Abres la puerta. Y desde el recibidor escuchas un sonido húmedo y rítmico que llega del baño con esa acústica rara de los azulejos. Te habían dicho que esperarían. Avanzas despacio, y con cada paso te crece tanto la respiración como todo lo demás. Empujas la puerta entornada y los ves contra la pared de la ducha, los dos de espaldas a ti, a punto de terminar otra vez.
—¿Mi… amor? —alcanzas a decir.
Giran la cabeza. Él te mira un par de segundos y aparta la vista, como si solo hubiera querido confirmar de dónde venía el ruido. Ella, con cara de súplica, te habla sin que él se detenga.
—Bebé, ¿ya trajiste lo que te pedí? —le muestras la bolsita—. Ay, qué bueno… es que nos vinimos a duchar nada más, pero se volvió a poner así y le dije que lo guardara dentro. Creo que me va a llenar otra vez. Me quiere embarazar a toda costa, mi amor.
Cuando él al fin la suelta, ella se acerca a ti, agotada, toma la bolsita y te besa la mejilla.
—Menos mal que estás tú para cuidarme.
Y se va. Y tú, en ese instante, tienes unas ganas tan brutales de terminar que crees que vas a estallar. Pero no lo haces. Porque sabes lo que pasa después: en cuanto te corres, todo cambia. Lo que ahora te parece sexy y vertiginoso se vuelve vulgar, vacío, ajeno. Como si despertaras de golpe en un lugar al que no perteneces.
***
La segunda fantasía empieza en una discoteca. Falda negra, blusa roja. Otra de las cosas que ella hace bien es bailar, y bailar de esa forma que vacía las cabezas de los hombres alrededor. Los más guapos la ven moverse y lo único que quieren es empujarte para ocupar tu lugar detrás de ella. A lo largo de la noche, ella elegirá a uno. Solo a uno.
—Mi amor, ¿me traes una cerveza? Tengo sed —te pide, abanicándose con la mano.
Y otra vez te toca apartarte, dejar de mirarla, perder el poco control que tenías. Es siempre así: en cuanto dejas de verla, tu cabeza se llena de imágenes peores que cualquier realidad. Pero te vas igual, porque ella te lo pidió con esa voz.
La barra está llena. Tardas. No es tan simple como la farmacia. La espera incluso te baja un poco la calentura, hasta que empiezas a contar las canciones que pasaron. ¿Cinco, seis? ¿Y por qué te parece que la música se vuelve más obscena con cada una? Cuando por fin tienes la cerveza fría y te abres paso de vuelta, la encuentras apoyando las caderas contra un tipo de rostro extasiado, con las manos de él clavadas en su cintura desnuda. No iba a elegir solo a uno, pensabas. Pero alrededor de ella se ha formado un muro de hombres.
Ella tenía la mirada perdida, la de una mujer que disfruta. Apenas te ve, se ilumina y se acerca.
—Mi amor, ¡por fin! Estaba muerta de sed.
Se bebe la cerveza casi de un trago y te deja lo poco que queda. Tomas, porque el alcohol te suelta. Nunca aguantaste mucho; un par de sorbos seguidos y ya estás mareado, risueño, blando. Y ese estado, sumado al morbo que ella te provoca, te convierte en alguien que solo quiere mirar y sufrir.
Unos chicos se ríen de ti a un costado, pero no hay tiempo para eso, porque la protagonista no necesita esforzarse para acaparar la atención. Sabe leer el ambiente, sabe cuándo las cosas se calientan demasiado. Por eso elige —al fin elige—, toma a su hombre de la mano y se lo lleva.
Y aquí empieza de verdad la fantasía. Lo anterior solo era el calentamiento. Él la conduce a un coche en el aparcamiento y, dentro, la hace suya en el asiento trasero. Lo tuyo es quedarte cerca, recibir el ruido amortiguado, ver cómo el automóvil se mueve respondiendo a lo que pasa adentro, poniendo a prueba la suspensión. Escuchas los gemidos de él, su urgencia, y entiendes lo que tu mujer despierta en hombres así: las ganas de fundirse con ella, de no parar.
Puedes entrar un momento si quieres. Nadie trabó las puertas. Te sientas adelante, en el asiento del copiloto. Aguantas unos segundos. No llegas al minuto, porque el aire es irrespirable, los jadeos demasiado fuertes, las palabras demasiado crudas, y el calor te hace sudar. Es asfixiante. Sales. Y, justo a tiempo, escuchas desde fuera el final: el grito ronco, la victoria, y después la calma, esa quietud lenta que llega cuando todo termina.
La frutilla del postre es verla bajar del coche, acomodarse el pelo, bajarse un poco la falda para quedar decente. Detrás sale él, con la cara larga, disimulando, como si no acabara de gemir como un animal. Ella camina hacia ti con una sonrisa enorme.
—Vamos, mi amor —te dice, con la alegría de quien acaba de reencontrarte.
***
Hay otra versión, más onírica, más cercana al sueño que a lo posible.
Como ella baila tan bien —y eso incluye mover las caderas hasta el suelo y todo lo demás—, la fantasía consiste en armar una fiesta en el apartamento. Las luces blancas de siempre se cambian por luces de colores en movimiento, como en un local nocturno. Ella vestida de fiesta: falda negra ajustada que le marca la silueta, blusa de terciopelo roja que parece formal hasta que se sueltan dos botones y aparece la lencería debajo. Invitas a cinco hombres. Tipos que te caen mal, claro, que te miran con desprecio, pero que no puedes negar que resultan atractivos para una mujer con tanto magnetismo como la tuya.
Música de fiesta, ritmo cargado, la clase de canciones hechas para esto. Ella en el centro, moviéndose con orgullo, y los cinco alrededor mirándola como bobos, siguiéndole apenas el compás. Va pasando por cada uno, repartiendo un poco de atención por turnos. Y esta fantasía no tiene final, a propósito. La idea es excitarte con la imagen de ella encendiendo a cinco hombres a la vez, y detenerte justo ahí. Porque calentar a cinco tipos con ganas no es algo que termine tranquilo, y tú no quieres saber qué pasaría después. No quieres ni imaginarlo. Así que finges demencia y das por terminada la noche en el baile, antes de que la cabeza te lleve a donde no soporta ir.
***
La última es la más extrema. La del vestido blanco.
Llega un punto en que la amas tanto que el sentido común deja de aplicar, y entonces quieres casarte con ella. Será una ceremonia simbólica —de devotos no tenéis nada— y económica tampoco la necesita, porque podría vivir sin ti perfectamente. La boda tiene, en realidad, un fin puramente ritual: manchar algo solemne con todo lo que viene del otro mundo, el del deseo sin reglas.
Y ahí está el gusto: verla a ella, la mujer de todas tus fantasías, con un vestido blanco de novia. Pero no uno cualquiera: uno lleno de detalles que insinúan más de lo que esconden. La fiesta formal transcurre disimulando, sonriendo a parientes y conocidos, hasta que, de madrugada, los invitados se van y solo quedáis tú, ella y los «cómplices».
Te dicen lo que se le dice a todo recién casado: ve a la habitación, ve a por tu noche. Pero lo que nadie sabe es que tu noche va a ser un bautismo. Una iniciación a un tipo de vida que viene con esa mujer imposible: el olor ajeno, el sudor de otros cuerpos, las demandas que tú solo jamás podrás cumplir. Podrás rogar, podrás soñar con quedarte únicamente con su lado tierno, ese con el que tan bien congeniaste. Pero te toca aprender el equilibrio. Tu mujer es como un animal de luna llena: la mayoría de las noches será todo lo que siempre quisiste, y de vez en cuando se transformará en algo que pide más manos de las que tú tienes.
Subes al pasillo del hotel y, antes de llegar, oyes que la fiesta no terminó. Hay música y voces dentro. Abres la puerta y ahí está ella, con su vestido impecable, sentada en la cama, riendo, una copa de champán en la mano. Y alrededor, cinco hombres de traje, cada uno con su copa, esperando. Llevan horas esperando.
—Al fin llegaste —dice ella, y ambos sabéis por qué tardaste tanto.
Ya no hace falta seguir fingiendo la charla formal. Empiezan a acercarse con otra intención, invadiendo su espacio, susurrándole cosas al oído mientras le rozan los brazos, los hombros, el cuello. Manos que le rodean la cintura, labios que bajan despacio. Ella cierra los ojos un momento y luego los abre, te busca a ti.
—Ven, dame un beso, mi marido —te dice, mientras uno de ellos no le suelta el cuello.
Te acercas y la besas. Sus labios saben a champán. Lo que ella te está diciendo con ese beso es que esta vez vas a ser parte de lo que pase, aunque sea una parte mínima, repartida entre tantos.
—Mi amor, estés listo o no, esto tiene que empezar. Ya no puedo seguir reteniéndolos por tu sensibilidad. Es momento de soltarlos.
Con el corazón en la garganta, asientes. Y suena el sonido de los cinturones cediendo. Esta ya no es solo tu novia provocadora: es tu esposa, la mujer con la que podrías formar una familia, aunque las caras de los hombres en el cuarto sugieran que la familia, si llegara, no sería del todo tuya.
Uno le aprieta la entrepierna y otro le toma un pecho, y ella gime fuerte, exagerado, como anunciando a todos que ahí está. Los cinco se encienden de golpe. Empiezan por los besos, pero lo que sigue no es suave: el vestido que tanto te gustó termina en el suelo, arrancado, y cuando aparece la lencería blanca debajo, la urgencia de ellos se multiplica. Ella, que ama esto, mira la escena con la cara de un niño frente a una mesa de postres.
Bájate el pantalón, intenta seguir la corriente aunque vayas a otro ritmo. Ella gira despacio para que todos la vean.
—Uff, qué hermosura hay aquí atrás… —dice uno, antes de que otro se atreva con una palmada que la hace soltar un quejido.
La empujan a la cama y se le tiran encima los cinco a la vez. Tu mujer desaparece de tu vista bajo ellos. Agitado, asustado, excitado, solo piensas: ¿estará bien? Pero por los gemidos que se filtran entre el estruendo entiendes que sí, que la están tomando por turnos, uno tras otro.
No queda más que hacer fila. Mirar cómo el segundo la toma por detrás, cómo el tercero la gira, y esperar tu turno al final, cuando te toque a ti llegar después de todos. Es una sensación extraña, ajena, con el olor pesado de los demás en el aire. Pero ella te está mirando con una sonrisa distinta de las que les regaló a ellos: a los otros los miraba con la boca abierta, mordiéndose el labio; a ti te mira con cariño, porque tú eres su hombre.
¿Vas a terminar? Porque si lo haces, todo esto se va a desmoronar en un segundo y vas a sentir lo de siempre: el vacío, la vergüenza, las ganas de no haber estado nunca ahí. ¿Y si te aguantas? ¿Si esperas, conteniéndote, hasta que por fin os quedéis los dos solos en esa cama? Piénsalo. Tal vez lo disfrutes mejor más tarde que ahora.