El deseo que me asalta antes de cada ducha
Hay un ritual que repito casi todas las tardes, justo antes de meterme a la ducha, y que jamás le he contado a nadie. No es algo que planee. Sucede sin más, como si el cuerpo supiera la hora y empezara a pedir lo suyo. Cierro la puerta del baño, dejo correr un hilo de agua para tapar cualquier ruido, y me quedo a solas con esa parte de mí que solo aparece cuando no hay nadie mirando.
Vivo sola desde hace un par de años, en un departamento pequeño con un baño que da a un patio interior. Nadie me apura, nadie golpea la puerta. Esa libertad fue lo que me enseñó a tomarme mi tiempo. Antes lo hacía rápido, casi con culpa, como quien roba un placer prestado. Ahora no. Ahora me lo gano despacio.
Aquella tarde llegué del trabajo con la piel tirante de cansancio y una tensión que no era exactamente sueño. La conozco bien. Es esa inquietud que se instala abajo del ombligo y no se va con un vaso de agua ni con el café. Dejé las llaves en la mesa, me saqué los zapatos en el pasillo y, mientras caminaba hacia el baño, ya sabía cómo iba a terminar la cosa.
Casi nunca uso bragas. Es una costumbre que adopté sin pensarlo demasiado y que terminó volviéndose parte de quién soy. Me gusta la sensación de la tela del vestido rozándome directamente, el aire que sube por las piernas cuando me siento, ese recordatorio constante de que estoy disponible para mí misma a cualquier hora. Esa tarde, al levantarme la falda frente al espejo, comprobé lo que ya sospechaba: estaba mojada desde mucho antes de tocarme.
Me desnudé sin prisa. Doblé la ropa sobre la tapa del inodoro, más por darme tiempo que por orden, y me miré un momento en el espejo empañado a medias. Me gusta verme antes de empezar. Reconocerme. La respiración un poco más rápida, los pezones ya endurecidos, esa expresión que solo conozco yo.
En el segundo cajón, debajo de las toallas, guardo mi colección. No es enorme, pero es mía y la cuido como otros cuidan una vajilla heredada. Esa tarde elegí mi favorito: un consolador grueso, de cabeza ancha, de esos que imponen apenas los ves. La primera vez que lo usé me dio un poco de respeto. Ahora sé manejarlo. Sé exactamente cuánto puedo, cuánto me falta, y cuánto vale la pena insistir.
***
Me senté en el borde de la bañera, con la espalda apoyada en los azulejos fríos y los pies sobre el piso. Ese contraste de temperaturas siempre me pone la piel de gallina. Empecé como empiezo siempre, sin apuro, con dos dedos paseándome por encima, sintiendo lo resbaladiza que ya estaba. No tenía que esforzarme. Mi cuerpo había hecho la mitad del trabajo solo, durante todo el día, con cada pensamiento que dejé pasar sin atender.
Tomé el consolador y lo apoyé contra mí, solo la punta, presionando apenas. Me gusta esa primera resistencia, ese instante en que el cuerpo decide si abrirse o no. Lo moví en círculos, untándolo con lo mío, dejando que la humedad hiciera de invitación. Cuando finalmente entró, lo hizo de a poco, ganándose cada centímetro, y yo solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Despacio. Tengo toda la tarde.
Lo dejé dentro un buen rato, casi quieto, solo sintiéndolo, dejando que el cuerpo se acostumbrara a su tamaño. Cada tanto lo movía apenas, un vaivén mínimo, lo justo para no perder la tensión. No quería llegar todavía. Quería que durara, estirar ese momento en que todo es promesa y nada está resuelto.
Fue ahí cuando la idea apareció, la misma que vuelve cada vez que estoy así de excitada y sola. Quería más. Quería sentirme completa de las dos maneras a la vez, llena por todos lados, sin lugar para nada que no fuera placer.
Retiré el consolador un momento y busqué el lubricante que siempre tengo a mano en el estante de abajo. Me puse una cantidad generosa en la punta de los dedos y empecé a prepararme por detrás, con paciencia, con un solo dedo al principio, trazando círculos lentos hasta que dejé de tensarme. El anito es terco, hay que convencerlo, no se le puede apurar. Lo sé porque las veces que no tuve paciencia, lo pagué caro.
Sumé un segundo dedo cuando sentí que el primero entraba sin queja. La sensación es distinta, más intensa, más prohibida de algún modo, aunque no haya nadie a quien rendirle cuentas. Tal vez por eso me gusta tanto. Por lo que tiene de mío y de nadie más.
***
Cuando estuve lista, llené el consolador de lubricante hasta que brilló entero y lo llevé hacia atrás. La cabeza ancha presionó y por un segundo pensé que no iba a ceder. Respiré hondo, aflojé todo lo que pude, y empujé con calma. La primera vez siempre arde un poco, ese ardor que después se vuelve otra cosa, que se transforma en una plenitud que me deja sin palabras.
Lo dejé ahí, apenas la cabeza adentro, sin moverme, esperando a que el cuerpo dejara de protestar y empezara a pedir. No tardó. Nunca tarda cuando le doy lo que necesita: tiempo. Fui hundiéndolo de a poco, milímetro a milímetro, hasta que sentí que ya no había distancia entre el placer y la incomodidad, que las dos se habían fundido en la misma sensación caliente.
Y entonces lo dejé adentro, quieto, y dirigí toda mi atención al frente.
Necesitaba algo más. Lo necesitaba al mismo tiempo, en los dos lugares, sin tregua. Sobre el lavabo había dejado un frasco alargado, de esos cilíndricos y firmes, frío al tacto, del tamaño justo. No fue la primera vez que lo usé para esto, y no me da vergüenza admitirlo. Una aprende a mirar las cosas comunes con otros ojos cuando vive sola y conoce su propio cuerpo. Lo limpié, lo cubrí de lubricante, y lo llevé despacio hacia delante.
Entró con facilidad. Estaba tan mojada que casi no opuso resistencia, y de pronto me encontré llena por los dos lados a la vez, sintiendo cómo uno presionaba contra el otro a través de esa pared finísima que los separa. Es una sensación que no se parece a ninguna otra. Como si el cuerpo entero se quedara sin aire, como si cada terminación nerviosa se hubiera puesto de acuerdo para gritar al mismo tiempo.
Así. Exactamente así.
Me quedé inmóvil unos segundos, abrumada, dejando que la doble plenitud me recorriera entera. Después empecé a moverlos. Primero uno, después el otro, alternando, buscando el ritmo en que se complementaban sin estorbarse. Cuando uno entraba, el otro retrocedía un poco; cuando lo hundía, el de atrás se acomodaba. Encontrar ese vaivén cruzado me llevó práctica, pero una vez que lo tenés, el cuerpo lo recuerda solo.
***
Fui cambiando de posición a medida que la cosa subía. Me deslicé hasta quedar acostada dentro de la bañera vacía, con las rodillas abiertas y los talones apoyados en el borde. Desde ahí tenía mejor ángulo, más control, y la frialdad de la superficie contra la espalda sumaba a todo lo demás. La respiración se me había vuelto entrecortada, ruidosa, y agradecí el sonido del agua corriendo que tapaba mis propios jadeos.
Aceleré. Ya no había lugar para la paciencia que me había impuesto al principio. El cuerpo había tomado el mando y yo solo lo seguía, moviendo las dos manos con una coordinación que no sabía que tenía, sintiendo cómo cada embate por delante se respondía con uno por detrás. El placer se concentraba en un punto cada vez más pequeño y más caliente, como si todo mi mundo se hubiera reducido a esa zona entre mis piernas.
Cerré los ojos. Vi formas, colores, retazos de pensamientos que ni siquiera eran imágenes claras, solo deseo en estado puro. Subí los dedos de una mano un instante para tocarme arriba, ese botón que lo precipita todo, y con la otra seguí empujando atrás sin parar. Era demasiado. Era exactamente lo que buscaba.
El orgasmo me llegó como una ola que no avisa. Empezó en el centro y se desbordó hacia todas partes, hasta los dedos de los pies, hasta el cuero cabelludo. Me arqueé contra el fondo de la bañera, mordiéndome el labio para no gritar, sintiendo cómo el cuerpo se contraía una y otra vez alrededor de los dos, apretándolos, reteniéndolos, como si quisiera quedárselos para siempre.
Duró más de lo que duran normalmente. Esa es la ventaja de tomarse el tiempo, de prepararse, de llegar al borde y demorarse en él hasta que el cuerpo no aguanta más. Cuando uno se entrega así de completa, la recompensa no se parece en nada al alivio rápido de los días apurados.
***
Me quedé tendida un rato largo, recuperando el aire, con los dos todavía dentro y una sonrisa tonta que no podía borrarme. Después fui retirándolos con cuidado, primero el de adelante, después el de atrás, despacio para no romper el hechizo del todo. Por detrás me quedó esa sensación particular, ese leve dolor agradable que es como una firma de lo que acaba de pasar, un recordatorio físico que iba a acompañarme el resto de la noche.
Antes de meterme finalmente a la ducha, me puse un pequeño tapón para que el anito no se cerrara del todo de golpe; aprendí que ayuda a que la molestia sea mínima al día siguiente. Detalles que una descubre con la práctica, conociéndose, prestando atención a lo que el cuerpo agradece y a lo que no.
Dejé que el agua tibia me cayera encima un buen rato, lavando el lubricante, el sudor y el resto del día. Me sentía liviana, vaciada en el mejor sentido, en paz conmigo misma de un modo que pocas cosas me dan. No necesito a nadie para llegar ahí. Esa es, quizá, mi mayor libertad.
Lo escribo ahora, días después, y descubro que con solo recordarlo el cuerpo vuelve a despertar. La inquietud regresa abajo del ombligo, esa misma de siempre, y miro el reloj y pienso que falta poco para mi próxima ducha. Hay rituales que una no abandona. Hay placeres que se vuelven costumbre y, lejos de gastarse, se afilan con cada repetición.
Quizá esta tarde pruebe algo nuevo.
Quizá no. Quizá repita exactamente lo mismo, porque hay cosas que no necesitan mejorarse, solo volver a vivirse. Lo único seguro es que esa puerta se va a cerrar otra vez, que el agua va a correr para tapar el ruido, y que voy a quedarme a solas con la única persona que sabe darme exactamente lo que quiero, cuando lo quiero y como lo quiero. Yo misma.