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Relatos Ardientes

El juguete transparente que probé frente al espejo

Tengo la suerte, o quizá la maña, de poder conseguir a casi cualquier hombre que se me antoje. Y sin embargo, cuando de verdad quiero perderme en mí misma, no hay nadie que lo haga mejor que yo. Me gusta tocarme con tiempo, sin prisa, escuchándome. Y desde hace un par de meses descubrí que también me gusta seguir afinando otra cosa: mi boca.

Por eso, una tarde de domingo, me decidí a comprar un juguete. No quería el clásico color carne, esos que imitan la piel y nunca terminan de convencerme. Me llamaban más la atención unos transparentes que había visto en una tienda del centro. Me parecían más limpios, casi como de cristal líquido. Elegí uno de dieciocho centímetros, lo guardé en el cajón de la mesita y esperé el momento justo para estrenarlo.

El momento llegó el martes siguiente. Mi compañera de piso, Renata, se había ido a casa de su novio y no volvería hasta el día después. Tenía el departamento entero para mí, las cortinas a medio correr y una luz dorada de media tarde colándose por la ventana. Perfecto.

Me metí en mi cuarto y cerré la puerta aunque no hubiera nadie. Hay algo en el gesto de cerrar que me prende, como si guardara un secreto incluso de las paredes.

Me gusta imaginar que me lo están haciendo en el momento, que hay alguien mirándome desde la sombra. Así que no me arreglé de más. Me quedé con una blusa fina y un short muy corto, de esos que se suben solos y dejan a la vista la mitad de las nalgas. Nada de ropa interior. Quería sentir el aire.

***

Pegué el juguete con la ventosa contra el espejo de cuerpo entero que tengo junto al armario. Lo apreté hasta que quedó firme, transparente y absurdo, esperándome a la altura justa. Me reí sola. Mira en lo que te has convertido, pensé, y la idea, en lugar de darme vergüenza, me caldeó por dentro.

Empecé despacio. Una mano por encima de la blusa, dibujando círculos sobre el pezón que ya empezaba a marcarse. La otra bajando por el vientre, rozando apenas el borde del short. No tenía prisa. Quería llegar caliente, no apurada.

Cuando sentí que el calor empezaba a juntarse abajo, me arrodillé frente al espejo. Antes me había pintado los labios de un rojo intenso, brillante, el que solo uso para salir. Lo había hecho a propósito.

Acerqué la boca al juguete y lo besé. Un beso lento, de los que se dan en serio. Cuando me retiré, vi la marca perfecta de mis labios en lo transparente. Volví a besarlo, más abajo, dejando un rastro rojo por todo el largo. Me gustaba verme hacerlo, verme de perfil en el reflejo, con los ojos entrecerrados y la blusa empezando a resbalar por un hombro.

Pasé la lengua por toda la extensión, de abajo hacia arriba, como quien lame algo que se derrite. Despacio. Cerré los ojos un momento para concentrarme solo en la textura, en el frío del material que de a poco se iba entibiando con mi saliva.

Luego abrí la boca y metí apenas la punta. La masajeé con la lengua, arriba y abajo, dándole vueltas como a un caramelo. Me detenía a mirarme. Me gustaba el contraste del rojo del labial corriéndose contra lo transparente, esa especie de prueba física de lo que estaba haciendo.

***

De un momento a otro lo metí más. Comprobé que me entraba una buena parte sin esfuerzo, y eso me dio un orgullo tonto, casi infantil. Eché la cabeza hacia atrás y vi el juguete marcado: la línea de labial roja señalando exactamente hasta dónde había llegado. Quería pasar de esa línea.

Junté saliva y escupí directo sobre el juguete, dejándolo todo resbaloso, brillante. Ese gesto, no sé por qué, siempre me enciende más que ninguna otra cosa. Lo volví a meter, esta vez empujando un poco más, hasta que sentí la arcada. Lo saqué de golpe para tomar aire, jadeando, con un hilo de saliva colgando de la barbilla.

El labial ya se me había corrido. El maquillaje de los ojos también empezaba a bajarme por las mejillas con la humedad. Me miré así, deshecha, y en lugar de incomodarme me pareció lo más caliente del mundo. Esa no era yo de todos los días. Esa era otra, una que solo aparece cuando cierro la puerta.

Estaba ya empapada entre las piernas, lo notaba sin necesidad de tocarme. Me hice una coleta rápida para quitarme el pelo de la cara y me propuse algo: metérmelo todo, hasta el fondo, sin parar.

Respiré hondo y empujé la cabeza hacia adelante con las manos apoyadas en mis propios muslos. Sentí cómo cada centímetro entraba, cómo se acomodaba, cómo cedía mi garganta. Fue una sensación rarísima y deliciosa a la vez, saber que todo eso cabía en mí. Me quedé un segundo así, quieta, con los ojos llorosos y el pulso golpeándome en las sienes.

Después empecé a moverme. Adelante y atrás, cada vez más rápido, más fuerte. El suelo de madera frente al espejo se iba llenando de saliva, un desastre brillante que yo misma estaba provocando y que, lejos de darme asco, me empujaba a seguir.

***

Cuando ya no aguantaba la posición, me puse de pie. Me quité la blusa por la cabeza y la tiré a un rincón. El short cayó solo, ayudado por dos dedos. Me quedé desnuda frente al espejo, mirándome de arriba abajo, el cuerpo enrojecido por el calor y la respiración agitada.

El juguete seguía pegado al espejo, brillando con toda mi saliva. Me giré, me abrí un poco las nalgas con una mano y, doblándome apenas las rodillas, lo busqué con la cadera. Cuando la punta entró, todo mojado por mi boca, se me escapó un gemido largo que no esperaba.

Esa era la sensación que andaba buscando. Lo había preparado yo, con mi propia boca, y ahora me lo estaba metiendo entera. Empecé a darme sentones contra el espejo, primero suaves para acostumbrarme, después cada vez más profundos, más duros. La madera crujía bajo mis pies. El espejo vibraba con cada golpe de cadera y por un instante me preocupó que la ventosa cediera o que el cristal se rajara.

Pero ya no era yo la que decidía. Estaba demasiado caliente para frenar. Me apoyé con una mano en el marco del espejo y con la otra empecé a masajearme el clítoris mientras seguía empujándome hacia atrás. Cerré los ojos. Lo único que existía eran esos dieciocho centímetros entrando y saliendo, y mi propia mano dándome lo que me faltaba.

***

Con la mano libre me solté un par de nalgadas. Fuertes, sonoras, de las que dejan la piel ardiendo. Me miré la marca roja en el reflejo y me gustó. Me llevé la misma mano al cuello y me apreté un poco, sin pasarme, lo justo para sentir el latido. Y empecé a hablarme, en voz baja primero y después no tanto, diciéndome cosas que jamás repetiría delante de nadie. Me llamé sucia. Me llamé cosas peores. Y cada palabra me hundía más en ese estado donde ya no pienso, solo siento.

Me arrepentí, fugazmente, de no haber comprado dos juguetes. Uno para abajo y otro para la boca, para estar llena por los dos lados al mismo tiempo. Lo anoté mentalmente para la próxima. La próxima compro dos.

Los gemidos ya no los podía contener. Salían solos, agudos, entrecortados, rebotando en las paredes del cuarto vacío. Si Renata hubiera estado en casa, me habría escuchado desde el pasillo. La idea, en lugar de detenerme, me empujó todavía más.

Sentí que estaba cerca. Ese cosquilleo que empieza en los muslos y sube, esa tensión que se acumula y avisa. No quería terminar de pie, contra el espejo. Quería verme.

***

Despegué el juguete de la ventosa con un tirón seco y me dejé caer sobre la alfombra, boca arriba, con las piernas abiertas de par en par. Desde ahí podía verme en el espejo inclinado: el cuerpo entero, brillante de sudor, y mi propia mano guiando el juguete de vuelta a su sitio.

Lo metí y lo saqué, midiendo, controlando el ritmo, observándome en el reflejo como si fuera otra persona la que estaba haciendo todo eso. Me fascinaba esa doble visión: ser la que lo vivía y la que lo miraba al mismo tiempo.

Cuando sentí que el final ya no se iba a dejar esperar, dejé de medir. Aumenté a toda velocidad, sin pausa, los dedos de la otra mano frotándome el clítoris en círculos rápidos. El cuarto entero pareció estrecharse alrededor de mí.

El orgasmo me sacudió de una manera que ni yo misma esperaba. Fue largo, fuerte, casi violento. Las piernas me temblaron solas, sin que pudiera detenerlas, y un sonido ronco se me escapó de la garganta. Me quedé ahí, tirada en la alfombra, con el juguete todavía dentro y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.

Tardé un rato largo en moverme. Cuando por fin lo saqué con cuidado y abrí los ojos del todo, me encontré con mi propio reflejo: el maquillaje corrido, el pelo pegado a la frente, una sonrisa boba en la cara. El piso era un desastre. El espejo estaba marcado de labial y de saliva. Y yo me sentía completamente, deliciosamente saciada.

Me reí sola otra vez. Definitivamente, la próxima compro dos.

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Comentarios (6)

Meli_Lee

increible!!! hace mucho no leia algo tan bueno en esta categoria

CarmenValdes

Por favor continuá con más relatos así. Me dejó con ganas de más, muy bien escrito!

Facundo_03

me recordó a algo que viví hace un tiempo jaja, esas experiencias en solitario a veces son las mejores sin duda

SabrinaC_MZA

Que bien escrito, se nota que lo viviste de verdad. Me gusto muchisimo, gracias por compartirlo

MirnaVidal

Hay segunda parte? jajaja quedé con muchas ganas de saber más, muy entretenido

narrador87

el detalle del espejo le da algo especial al relato, muy buen recurso. Se disfruta mucho

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