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Relatos Ardientes

La fantasía que me atreví a probar estando ebrio

Hola, ¿cómo están? Hace mucho que no me siento a escribir nada por aquí. La verdad es que mi vida se volvió un caos en los últimos meses, entre el trabajo, una mudanza y un par de desilusiones que prefiero no contar. Pero esta noche estoy un poco ebrio, con una copa de más y la casa para mí solo, y se me dio por confesarles algo que hice hace unos días. Algo que, de hecho, estoy repitiendo ahora mismo mientras tecleo con una mano y me toco con la otra.

Tengo que aclarar de entrada que escribo así, medio borracho, porque sobrio nunca me animaría. El alcohol me suelta la lengua y, sobre todo, me suelta las manos. Cuando estoy lúcido pienso demasiado, me juzgo, me da vergüenza. Pero a esta hora, con la botella ya mediada sobre la mesa de noche, lo único que me importa es el calor que tengo entre las piernas y las ganas de contárselo a alguien.

Empiezo por mi fantasía recurrente, la que vuelve cada vez que me encierro a complacerme. Casi siempre me imagino con dos hombres a la vez. Uno detrás de mí, penetrándome despacio, marcándome el ritmo con las manos en mis caderas. El otro de pie frente a mi cara, dejándome hacerle sexo oral sin prisa. A veces los dos me ofrecen sus vergas al mismo tiempo y yo voy y vengo de una a la otra, chupando, lamiendo, deseando que ambos terminen y me llenen la boca al mismo tiempo.

Sé que es una fantasía y que probablemente nunca se cumpla tal cual. He estado con un chico, sí, hace un tiempo. Tenía un buen cuerpo y un pene más que decente, pero era tremendamente inmaduro para el sexo. Iba apurado, no leía las señales, terminaba antes de que yo apenas empezara a disfrutar. Me dejó con un sabor a poco, nunca mejor dicho. Desde entonces me refugié en mi propia mano y en mi propia boca, que para algunas cosas resultan más confiables que cualquier amante torpe.

***

Y aquí viene lo que de verdad quería contarles. Hace unos días estaba en la misma situación que ahora: solo, encendido, navegando entre videos en el teléfono. De pronto me crucé con uno donde un tipo se chupaba su propio pene. Así, sin ayuda de nadie, doblado sobre sí mismo, con la naturalidad de quien lo hace todos los días.

Qué envidia, pensé. Qué suerte tienen los que pueden.

Siempre tuve esa fantasía, la de probarme a mí mismo, la de saborear mi propio glande sin depender de nadie. Pero nunca lo había intentado en serio. Esa noche, con el alcohol corriéndome por las venas y la vergüenza dormida, me dije que era el momento perfecto para experimentar.

Empecé por lo convencional. Me senté en el borde de la cama y me incliné hacia adelante, doblando la espalda todo lo que pude, estirando el cuello como si con voluntad bastara. Lo máximo que conseguí fue rozar la punta con la lengua. Un contacto mínimo, apenas un instante, lo justo para sentir el sabor de mi propio glande antes de que la espalda me obligara a rendirme.

Debo confesar también, ya que estamos en confianza, que la tengo bastante generosa. Ronda los dieciocho centímetros y es de buen grosor, lo cual debería ser una ventaja, pero para esta acrobacia en particular es casi un estorbo. Mientras más larga, más cerca de la boca, pensaba yo. La realidad es que el problema no es el pene, sino lo rígida que tengo la columna.

Ese roce fugaz no me bastó. Me quedé con las ganas, con el sabor instalado en la punta de la lengua y la frustración de no poder más. Así que decidí cambiar de estrategia.

***

Me recosté de espaldas sobre el colchón y apoyé los pies contra la pared, junto al respaldo de la cama. Fui subiendo las piernas, dejándolas caer poco a poco por encima de mi cabeza, como en una vela invertida, hasta que mi propio cuerpo quedó doblado sobre sí mismo. Quería acercar la verga a mi boca por la fuerza de la gravedad, dejar que cayera hacia mis labios.

El resultado fue casi el mismo. Conseguí pasar la lengua un poco más por la punta, lamer el glande con algo más de insistencia, sentir esa primera gota salada que se asoma cuando uno está muy excitado. Pero de ahí no pasé. Mi cuerpo, simplemente, no da para más, y a la segunda vez que casi me caigo de lado entendí que la autofelación completa no era para mí.

Lejos de desanimarme, esa postura me dejó en una posición deliciosa. Doblado de esa manera, con las piernas sobre la cabeza, mi entrada quedaba completamente expuesta al aire de la habitación. La sentía abrirse y cerrarse al ritmo de mi respiración agitada.

Me llevé dos dedos a la boca, los humedecí bien con saliva, y los bajé despacio hasta encontrar mi ano. Entraron sin esfuerzo, casi pidiéndolo. La excitación me tenía tan dispuesto que no hubo ninguna resistencia, solo un cosquilleo cálido que me subió por la espalda y me arrancó un gemido contra mi voluntad.

Y entonces armé la escena perfecta. Con una mano me movía los dedos dentro, lento, buscando ese punto que me hace ver luces. Con la otra me masturbaba el tronco, apretando justo donde sé que más me gusta. Y la boca la mantenía entreabierta, justo debajo de la punta, esperando.

Esta vez sí, me prometí. Esta vez voy a recibir todo en la lengua.

***

Tengo que explicarles algo que me pasa, porque quizás alguno se sienta identificado. A mí me calienta muchísimo la idea de tener semen en la boca. Mientras me masturbo, fantasear con eso me lleva al borde en cuestión de minutos. Imagino la textura, el calor, el sabor espeso llenándome la lengua, y me pongo como loco.

El problema es que ese deseo se evapora justo en el momento del orgasmo. Es como si dos personas distintas habitaran en mí: la que fantasea antes y la que se arrepiente después. En el instante exacto en que termino, las ganas desaparecen de golpe y me quedo mirando el techo, preguntándome por qué tanto entusiasmo.

A veces envidio a las mujeres y esa capacidad suya de encadenar un orgasmo tras otro sin pausa. Si yo tuviera ese don, juro que todas las noches me iría a dormir con la boca llena de mi propio sabor. Pero nosotros somos de un solo tiro y, después, a dormir.

Esa noche, sin embargo, estaba decidido a vencer al arrepentimiento. Quería llegar al final con la boca abierta y aguantar el impulso de cerrarla.

Mientras me penetraba con los dedos y me acariciaba, la fantasía de los dos hombres volvió con toda su fuerza. Imaginé que uno de ellos era el dueño de la verga que tenía frotándose contra mi entrada, y que el otro era el que estaba a punto de descargarse en mi cara. Mezclé la fantasía con la realidad de mi propio cuerpo doblado, y la combinación fue demoledora.

Sentí la oleada subir desde la base, ese hormigueo inconfundible que avanza sin pedir permiso. Apreté los dedos contra ese punto interior, aceleré la mano y abrí la boca todo lo que pude.

El orgasmo me sacudió entero. Y esta vez, por primera vez, acerté. Los primeros chorros cayeron justo donde los quería, sobre la lengua, tibios y espesos, llenándome la boca de mí mismo. El resto me salpicó la mejilla y la barbilla, pero lo importante había aterrizado en el blanco.

***

No voy a mentirles: no soy un gran fanático de mi propio sabor. Es fuerte, un poco amargo, nada que provoque escribir poesía. Pero después de tanto esfuerzo, no iba a desperdiciar semejante trofeo. Me lo tragué entero, despacio, saboreando la victoria más que el sabor, con una sonrisa estúpida en la cara y las piernas temblando todavía contra la pared.

Bajé las piernas con cuidado, me dejé caer de costado sobre el colchón y me quedé un buen rato así, recuperando el aliento, sintiendo el corazón latirme en las sienes. Una mezcla rara de satisfacción y de ese arrepentimiento puntual que siempre llega después. Pero esa noche el arrepentimiento duró poco. Me había salido con la mía, y eso valía cada contorsión.

Ahora que termino de contarles todo esto, con la copa ya vacía y el teclado pegajoso, les confieso que voy a intentar repetir la hazaña en cuanto cierre estas líneas. La diferencia es que esta vez ya sé el ángulo exacto, la cantidad justa de saliva, el momento preciso para abrir la boca. La práctica hace al maestro, dicen.

Antes de despedirme, me gustaría preguntarles algo. ¿Alguno de ustedes ha intentado algo parecido? ¿Conocen otras posturas, otros trucos para llegar a probarse uno mismo? Estoy con muchas ganas de seguir explorando nuevas formas de complacerme cuando estoy solo, y cualquier idea es bienvenida. Mi cuerpo y yo se los agradeceríamos de corazón.

Voy a tratar de mantenerlos al tanto de mis experimentos, ahora que volví a escribir. Quizás la próxima vez les cuente otra de mis manías nocturnas, de esas que solo confieso cuando el alcohol me da el valor que me falta de día.

Los quiero mucho. Cuídense, tóquense sin culpa y no le tengan miedo a sus propias fantasías.

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Comentarios (5)

Sebas92

jajaja el arranque me mató, qué manera de atrapar al lector desde el primer párrafo!!!

cande_90

Por favor una segunda parte!! me quedé con ganas de mas

MarceloFC

Me encanta cuando alguien escribe con esa honestidad, se siente real sin ser exagerado. Buen relato

GabrielMDQ

excelente!!! de lo mejor que lei esta semana sin dudas

RubenL_78

la parte del alcohol me hizo acordar a cuando uno se relaja y se anima a cosas que de otro modo no haría. Muy bien escrito y sin excesos. Seguí así!

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