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Relatos Ardientes

La fantasía que te escribí a las dos de la madrugada

Son las dos de la madrugada y no consigo dormir. Llevo media hora dando vueltas en la cama, con la sábana enredada en las piernas y una idea fija que no me deja en paz. Así que hago lo único que sé que va a calmarme: agarro el teléfono, abro nuestro chat y empiezo a escribirte. No te voy a llamar. No quiero tu voz todavía. Quiero que leas esto mañana, en el tren, rodeado de gente, y que no puedas borrarte de la cabeza ni una sola palabra.

Imagina que estoy frente a ti, de pie en mitad de la habitación, sin nada encima. Imagina mis pechos, mis caderas anchas, la curva de la espalda bajando hasta donde sabes que más te gusta. Imagina que no digo nada, que solo te miro y espero. Y tú ahí parado, con la respiración un poco más rápida de lo normal, sin saber por dónde empezar, como si tuvieras todo el tiempo del mundo y a la vez ninguno.

Yo sé que esa indecisión te dura poco. Siempre te dura poco. Te conozco esa mirada, la de cuando estás decidiendo por dónde vas a empezar a deshacerme. Es la misma mirada que pones antes de hacer algo que sabes que me va a gustar y que no me vas a dejar olvidar. Y a mí se me seca la boca solo de imaginarla, aquí, sola, a oscuras, con el teléfono iluminándome la cara.

Imagina que das un paso, me agarras del pelo —de esa mata larga que tanto te gusta enredarte en el puño— y me obligas a arrodillarme delante de ti, despacio, sin prisa, marcándome el camino hacia abajo con un solo gesto. No hace falta que hables. Yo entiendo perfectamente lo que quieres. Abro la boca antes de que me lo pidas.

Imagina cómo marcas el ritmo tú, no yo. Tu mano en mi nuca, tu pulso decidiendo cuánto, hasta dónde, cuándo respiro. Me quedo sin aire un instante y me gusta. Me gusta esa pizca de pánico que dura un segundo y se transforma en otra cosa. Me gusta mirarte hacia arriba y encontrarte concentrado, serio, con la mandíbula apretada, como si yo fuera lo único que existe en este mundo a las dos de la madrugada.

***

Cuando te cansas de eso —o cuando te das cuenta de que si sigues vas a terminar antes de tiempo y no quieres— me sueltas el pelo y me empujas hacia atrás. Imagina que caigo sobre la cama, de espaldas, riéndome un poco, todavía recuperando el aliento. Y tú te subes encima, pero no vas directo a lo que crees que quiero. Vas más lento. Vas a torturarme.

Imagina tu boca en mis pechos. La forma en que los aprietas con las dos manos, en que hundes la cara entre ellos como si quisieras desaparecer ahí. Los muerdes. No con suavidad. Lo justo para que se me escape un sonido que no controlo. Chupas, aprietas, vuelves a morder, hasta que los dejas rojos, duros, ardiendo. Y yo arqueo la espalda buscándote, pidiéndote más sin decir una palabra, porque sé que si te lo pido en voz alta vas a hacer justo lo contrario solo para verme desesperar.

No me hagas esperar tanto, pienso. Pero no lo digo. No te doy el gusto.

Imagina que bajas. Que dejas un rastro de besos por mi vientre, por la cadera, por la cara interna del muslo. Que llegas justo donde te necesito y te detienes. Besas alrededor. Todo alrededor. Menos donde arde. Me rozas con el aliento, con los labios, con la barba, y cada centímetro que no tocas me vuelve más loca que el anterior.

Para entonces ya estoy empapada. Tanto que lo notas, tanto que cuando por fin me tocas con la lengua se te escapa un gemido bajo, casi de sorpresa, como si no esperaras encontrarme así. Pero sí lo esperabas. Sabes perfectamente el efecto que tienes.

Imagina que me agarro de las sábanas. Que las retuerzo entre los dedos porque necesito sujetarme a algo, porque el mundo se reduce a tu boca y a tu lengua y al ritmo lento, paciente, deliberado con el que me llevas justo al borde para retenerme ahí. Las cobijas se me empapan debajo. No me importa. Nada me importa salvo que no pares, y por supuesto, vas a parar.

***

Imagina que metes un dedo mientras tu boca sigue trabajando, lenta, insistente, encontrando exactamente el punto que me hace temblar. Después un segundo dedo. Curvas la mano hacia arriba y presionas, y yo cierro los ojos y se me escapa el nombre de Dios y el tuyo en la misma frase. Un tercero. Y para cuando entra el cuarto ya no sé si estoy respirando o si llevo un rato olvidándome de hacerlo.

Estoy al borde. Tú lo sabes. Lo notas en cómo se me tensa todo, en cómo se me cierran las piernas alrededor de tu cabeza sin que yo lo decida. Estoy a punto de explotar y entonces haces lo que mejor sabes hacer: parar justo antes.

Imagina que me das la vuelta de un tirón, sin preguntar, sin previo aviso. Que me pones de rodillas, con la cara contra la almohada y el resto en alto, ofrecida. Yo creo que sé lo que viene. Creo que vas a entrar por donde te estuve preparando todo este rato. Y justo cuando bajo la guardia, justo cuando me relajo esperándote ahí, me la metes en el culo de un solo golpe controlado y se me corta la respiración por completo.

Imagina ese instante. El segundo exacto en que mi cuerpo entiende que se equivocó de predicción. La sorpresa, el ardor, el placer turbio mezclándose hasta que ya no sé distinguir uno del otro. No me da tiempo a quejarme. Solo a aceptarlo. Solo a abrir más las piernas y bajar más la espalda y dejarte hacer.

***

Imagina que me agarras del pelo otra vez mientras me embistes. Que me tiras de él para arquearme, para que levante la cara de la almohada, para escucharme. Que me das una nalgada y luego otra, dejándome la piel caliente y marcada, y que cada golpe me arranca un sonido que ni yo reconozco como mío. Vas duro. Vas sin pedir permiso, porque ya me lo diste todo cuando me puse así para ti.

Sigues hasta que no puedes más. Hasta que te vacías dentro de mí con un gruñido ronco y te quedas un momento ahí, quieto, con la frente apoyada en mi espalda, recuperándote. Y yo siento todo tu peso encima y pienso que podría quedarme así para siempre.

Pero todavía no terminé. Yo aún no llegué, y tú lo sabes, y por eso no me dejas escapar.

***

Imagina que nos dejamos caer de lado en la cama, jadeando, las piernas enredadas, las manos sin dejar de buscarse. Que te acaricio sin pensar y que, poco a poco, sin avisar, vuelvo a sentirte despertar contra mi muslo. Te miro. Tú me miras. Y los dos sabemos cómo termina esto.

Imagina que esta vez tomo yo el control. Que me subo encima, que te apoyo las manos en el pecho y empiezo a moverme despacio, a mi ritmo, mirándote a los ojos para no perderme ni una de tus reacciones. Imagina cómo se te entrecierran los ojos, cómo me agarras de las caderas para guiarme, cómo intentas marcar el paso y yo no te dejo. Esta parte es mía. Me la gané.

Te cabalgo hasta que ya no aguanto la postura, hasta que el placer me vuelve líquidas las piernas y caigo sobre ti deshecha, temblando, mordiéndote el hombro para no gritar y despertar a media ciudad. El orgasmo me llega largo, sostenido, de esos que dejan zumbando.

Y justo ahí, cuando me crees rendida, vuelves a tomar el mando. Me das la vuelta, te pones encima y empiezas a penetrarme fuerte, hondo, mientras amasas mis pechos con las dos manos. Yo todavía estoy sensible del orgasmo anterior y cada embestida es casi demasiado, casi insoportable, casi perfecta.

—¿Dónde quieres que acabe? —me preguntas con la voz rota.

—En mi boca —te digo sin dudarlo.

***

Imagina que sales de mí en el último segundo, que te incorporas y que yo me deslizo hacia abajo justo a tiempo. Que apenas rozas mis labios cuando te dejas ir, y que lo recibo todo, sin perder nada, mirándote desde abajo con esos ojos que sabes que te desarman. Cuando terminas, te limpio despacio con la lengua, y lo que cae lo recojo con los dedos y me lo llevo a la boca sin apartar la vista de la tuya.

Te dejas caer en la cama, vencido, con el brazo sobre los ojos y el pecho subiendo y bajando. Imagina que me acurruco a tu lado un momento, solo para sentir tu calor, antes de que la realidad vuelva a meterse entre nosotros.

Porque esto es una fantasía, ¿lo entiendes? Esto es lo que pasa en mi cabeza a las dos de la madrugada cuando no estás. Mañana te despertarás en tu casa y yo en la mía, y este mensaje será lo único que quede de esta noche.

Pero quiero que sepas una cosa. Quiero que la leas dos veces. Quiero que pienses en ella en el tren, en la oficina, en mitad de una reunión aburrida, y que se te seque la boca recordándola. Quiero que sepas que soy tuya cada vez que cierro los ojos así, y que muy pronto, antes de lo que crees, vas a saber de mí.

Ahora apago el teléfono. Buenas noches. Y que duermas tan mal como me has dejado a mí.

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Comentarios (6)

RubenMdq

tremendo!!! me encanto

MatiasC_Lec

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bueno

LectorNocturno

Lo lei a las dos de la madrugada tambien, que casualidad jajaja. Muy identificado con ese estado de insomnio que te lleva a escribir cosas que de dia no te animarias

ClaudioBsAs

Corto pero intenso, asi me gustan. Muy buen relato

VivianaC_91

Se siente muy intimo y real. De esos que te quedas pensando un rato despues de terminar de leer, no se si me explico. Genial

NellyR77

Hay continuacion? porque asi no puede quedar jaja

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