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Relatos Ardientes

La foto que no debí abrir aquella noche

¿Una foto de qué? Ni de broma. Ni loca iba a hacerme una foto así para mandársela a él. Lo escribí rápido, casi golpeando la pantalla, y me quedé mirando el móvil como si fuera a contestarme con una disculpa.

Pero ¿qué se habrá creído este? Solo faltaba que me sacara una foto íntima y la viera circulando por ahí, pasando de teléfono en teléfono. No. Definitivamente no.

Aunque, por otro lado… ¿qué podría pasar? Total, sería solo una parte de mi cuerpo, sin mi cara. Hay millones rodando por internet, anónimas, perdidas entre tantas otras. Nadie sabría que era yo. No. Decididamente no me hacía gracia. En absoluto.

El zumbido de nuevo. A ver ahora qué quiere. Como insistiera, me iba a enfadar de verdad. Daniel y yo nos conocíamos desde hacía meses, siempre tan correcto, tan medido. Jamás habría imaginado que me escribiría algo así.

Pero, pero, pero… madre mía. Abrí el mensaje sin pensar y ahí estaba. Pero si esto es su… Madre de Dios. La borro, no pienso tener esto en el teléfono. Joder, vaya regalo se carga el muchacho debajo de esa ropa tan formal.

«Que sí, que la he visto», le respondí. «Que no, que no me ha hecho ninguna gracia. Ya la borré. ¿Cómo se te ocurre? Para ya, no sigas. Y menos aún se te vuelva a ocurrir mandarme otra. Me estoy cabreando de verdad.»

Otra vez el zumbido. Qué pesado. A ver ahora. ¿Para qué le habré dado mi número? Me iba a arruinar la noche entera. «Que no, que yo no me hago fotos así. Si sigues, te bloqueo.»

Y lo cierto es que aquella imagen no se me iba de la cabeza. Joder, me estaba calentando con la tontería. Sería imbécil. Tenía que cortar aquello cuanto antes. Mañana hablaría con él seriamente, le dejaría las cosas claras de una vez.

Pareció calmarse. No insistió más. Se disculpó, pidió perdón, dijo que se había dejado llevar. Bueno, mejor así. «Hasta mañana», escribí, y dejé el teléfono sobre la mesilla.

***

Pero yo seguía dándole vueltas a aquella foto en la oscuridad de mi habitación. La voy a recuperar. Solo un segundo, solo para confirmar lo ridícula que era. Abrí la galería, busqué entre los mensajes. Sí, esta era. Joder. Vaya tela. Creo que nunca había visto algo parecido, ni siquiera de cerca.

Amplié todo lo que pude. La miré de mil formas, girando el teléfono, acercando los dedos sobre la pantalla. Sentí cómo me humedecía. Bajé la mano por debajo de las sábanas, aparté la cinturilla del pijama y sí, estaba empapada. En la pantalla, aquella cosa seguía desafiándome, gruesa y dura, como si supiera lo que estaba provocando.

Era la primera vez que recibía algo así. Con lo serio y lo formal que me parecía Daniel, con esa camisa siempre planchada y esa manera tan correcta de hablar. Vaya cosa escondía debajo. Mis dedos empezaron a buscar mi propia humedad mientras no podía apartar los ojos del móvil. Mi respiración se fue acelerando sin que yo se lo pidiera.

Pensando en ello me di cuenta de algo: nunca, en todos estos años, se me había ocurrido hacerme una foto así. ¿Y si lo intento? Solo para ver. Nadie tiene que enterarse.

Bajé el pijama y, con él, la ropa interior. Allí estaba, húmedo, hinchado, ansioso de que siguiera acariciándolo en lugar de andar haciendo tonterías. Pero pude más yo. Levanté la cámara, abrí las piernas y disparé tres o cuatro fotos a ciegas.

Así que esto es lo mío. Me reí sola en la penumbra. Le hacía falta una depilación urgente, pensé, y pasé a la siguiente. Oye, pues no estaba nada mal. A ver si con más luz. El flash destelló varias veces. Miré. Vaya. Mucho mejor. Se apreciaba cada detalle, hasta el brillo de mi humedad reflejando la luz.

¿Y en otra postura? A ver de rodillas. De nuevo el flash, y allí estaba yo, expuesta, abierta, calentándome a solas mirando mi propio sexo por primera vez convertido en imagen. Debo de haberme vuelto loca.

***

¿Y si grababa un vídeo mientras me tocaba? ¿Dónde dejé el trípode? Ah, en el armario, detrás de las cajas. Lo monté a los pies de la cama, calculando el ángulo. Comprobé el encuadre, le di a grabar. Me abrí de piernas asegurándome de quedar bien centrada y empecé a acariciarme.

Abrí los labios con dos dedos, dejando todo el interior al descubierto. El clítoris sobresalía lo justo para verse bien. Estaba ardiendo. Mis dedos recorrían el contorno entero mientras me imaginaba aquella cosa de la foto entrando en mí, abriéndome despacio. Sería un placer sentirla en la boca. Mmm. Qué delicia.

Me olvidé de que estaba siendo grabada. Subí la parte de arriba del pijama y apreté mis pezones entre los dedos. Me encanta sentirlos endurecerse, esa sensación distinta a la del clítoris pero igual de placentera. Los pellizqué hasta que se me escapó un gemido.

Volví al pubis. Estaba tan mojado que los dedos resbalaban solos, sin esfuerzo, sin necesidad de nada más. Abrí aún más las piernas. Hundí la punta de un dedo mientras torturaba el clítoris con el pulgar. Sentí una sacudida recorrerme entera. Si fuera aquella cosa la que me penetrara… tiene que ser tremendo. Dura, larga, gruesa.

Mi respiración se agitaba por momentos. Aceleré las manos. Un temblor ligero me subió por los muslos y ahondé un poco más; ahora eran dos los dedos que entraban y salían. Ojalá fuera él. Ojalá fuera lo que vi en la pantalla.

Levanté las caderas para empujar el pubis hacia arriba, buscando el ángulo, buscando más. Me agité, temblando sin control. En mi cabeza, aquel trozo de carne me invadía entera, se apoderaba de mi vientre, de mi boca, llegaba hasta el fondo.

Estallé apretando las piernas una contra otra, mis muslos atrapando mis propios dedos, que ya no se atrevían a hundirse más. Solo presionaban apenas el clítoris mientras me retorcía sobre el colchón, mordiéndome el labio para no gritar.

Tardé en recuperar el aliento. ¡Coño, el móvil! Como pude, detuve la grabación. ¿Qué habrá salido? Le di al play con el corazón disparado.

Ahí estaba yo. Bueno, una parte de mí. Me veía a mí misma masturbándome, mis dedos afanándose, mi sexo brillante y empapado, las piernas abriéndose, el cuerpo agitándose en pequeñas convulsiones. Por primera vez en la vida hacía algo así. Y, lo más perturbador de todo, me gustaba lo que veía.

***

¿Y si le mando una foto? Para, para. ¿Estás loca? ¿Y por qué no? No se ve la cara, ni un lunar, ni nada que pudiera delatarme. No, ni de broma. Déjalo ya. Pero… ¿por qué no? Total, acababa de masturbarme imaginándome lo suyo. No sería justo que él no pudiera hacer lo mismo con una foto mía…

Madre mía, debía de estar perdiendo la cabeza. Abrí la conversación. Allí seguía su último mensaje, su disculpa educada. ¿Se la mando? Adjuntar archivo. Esta no, esta tampoco… esta. Madre mía. Enviando.

Apagué la pantalla de golpe y la dejé bocabajo sobre la sábana. El corazón me latía en las sienes. Estás loca, tía. Estás como una cabra.

Vibró. Contestó. ¿Lo abro? Por Dios. ¿Corazones? ¿Un «gracias» en forma de gif? Vale. Le había gustado. Ya tenía una imagen para desahogarse. ¿Lo estará haciendo ahora mismo? No me atrevía a contestar. Seguro que estaba ahí, en su cama, mirándola, con la mano en marcha. Me dio vergüenza solo de pensarlo, y a la vez me encendió un poco más.

Otro zumbido. «Mil gracias, me encanta.» Piropos, emoticonos, palabras encadenadas. ¿Y no me mandas tú una foto, a ver lo que estás haciendo con ella?, escribí antes de poder arrepentirme.

Esperé. Allí estaba. Joder, vaya cosa tenía el muchacho. No la abarcaba con la mano. Otra foto, esta con más luz, con la cabeza brillante y tensa. ¿Será posible que me esté calentando otra vez? Y la respuesta, vergonzosa, era que sí. ¿Y si le mando el vídeo? Lo pensé un segundo. Me moría de vergüenza. Lo envié igual.

Estaba húmeda de nuevo. No podía ser, pero lo estaba. El teléfono parecía haber cobrado vida propia: vibraba enloquecido entre mis dedos. Lo abrí. No supe ni contar cuántas fotos llegaron. Y un vídeo. Lo abrí también.

Allí estaba él. Su mano subía y bajaba, firme, decidida. Lo escuchaba gemir bajito al otro lado de la grabación. No pude evitar tocarme otra vez. Se veía enorme, imposible. Apreté la mano contra mi sexo. Sus testículos se movían arrastrados por el ritmo de su mano, hinchados, y yo imaginaba todo lo que guardaban. Sentí una contracción entre las piernas y se me escapó un gemido.

Aquella cosa seguía cabeceando en la pantalla. Tuve que apoyar el teléfono en la almohada para que dejara de temblar y poder verlo claro. Su mano aceleraba; la mía también. Lo vi tensarse, vi cómo tiraba de la piel hacia abajo y la sostenía justo cuando todo estalló. El semen le manchó el vientre y resbaló entre sus dedos. Un gemido largo, y temblé yo también.

Me contraje de placer. El móvil se me escapó de la mano y rebotó sobre el colchón. Dios. Me corrí dos veces seguidas, una detrás de otra, sin apenas pausa entre ellas.

Cuando me recuperé, busqué la pantalla a tientas sobre la almohada. «Muchas gracias, ha sido un regalo enorme. Prometo borrarlo todo, no te preocupes. Besos, y mil gracias otra vez.»

Sonreí en la oscuridad, todavía con la respiración entrecortada. «Por favor, bórralo todo de verdad», escribí. «Mañana hablamos. Buenas noches.»

Mañana hablamos. Aunque, mientras dejaba el teléfono y cerraba los ojos, ya sabía perfectamente de qué iba a hablar. Y no era precisamente de borrar nada.

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Comentarios (5)

Marcos86

increible, me dejo sin palabras. Hay que leerlo dos veces para apreciarlo bien

Elena_rdz

Por favor continuacion!!! me quede con mucho por descubrir

LectorDelSur

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo, esa sensacion de saber que estas haciendo algo que no deberias y no poder parar de todas formas... muy bien capturado, de verdad

Romina_noc

El titulo ya te atrapa desde el principio. Bien escrito, de los mejores que lei en esta categoria

Sergio_nw

se nota que quien escribio esto sabe de lo que habla, o lo vivio o lo imagino muy bien. felicitaciones

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