La ducha donde descubrí cómo me gusta tocarme
Mi horario en la facultad había quedado hecho un desastre. Una clase suelta por la mañana y después, de una de la tarde hasta las seis, con el cuerpo pegado a la silla intentando prestar algo de atención. Aquel día en particular fue agotador, de esos en los que llegas a casa con la cabeza embotada y el único deseo de meterte bajo el agua caliente. Así que en cuanto terminó la última clase, me prometí una ducha larga para soltar la tensión.
Mis padres seguían en el trabajo, pero no sabía a qué hora volverían, y eso me ponía nerviosa. Me daba un poco de vergüenza imaginar que entraran justo cuando yo estuviera gimiendo bajo el chorro. Sin pensarlo demasiado, cerré la puerta del baño y eché el pestillo. Hacía semanas que andaba enganchada a una página de relatos que había encontrado por casualidad en internet. Debo confesar que los que más me encienden son los de masturbación anal. Nunca lo había probado, pero solo imaginarme explorando ese rincón prohibido me hacía apretar los muslos.
Hay algo que debería aclarar antes de seguir. Jamás me había metido más de un dedo en el coño. Me daba miedo que doliera, supongo, esa idea tonta que una arrastra desde adolescente. En cambio con mi clítoris sí había aprendido a jugar bien, demasiado bien, hasta conocer cada presión y cada ritmo que me llevaba al borde. Por ahora me bastaba con eso. Aunque esa noche, con el cansancio acumulado y el morbo del relato todavía dándome vueltas, algo me decía que iba a atreverme a más.
No soy delgada ni gorda, estoy en ese punto medio que me gusta. Tengo unos pechos grandes que a veces me fastidian, pero que sé que vuelven locos a los hombres, y a más de una chica también. Cintura marcada, un buen culo, piernas firmes. Los vaqueros me quedan de infarto y lo sé. Estoy a gusto con mi cuerpo, y precisamente por eso me encanta explorarlo, descubrir qué me gusta sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Empecé a desnudarme despacio frente al espejo. Primero la camiseta, después el sujetador. Me encanta quedarme ahí parada y agarrarme los pechos con fuerza, sentir su peso en mis manos. Luego bajé los vaqueros, y antes de quitarme la ropa interior hice lo de siempre: tiré de la tela hacia arriba para que se ajustara contra mi sexo. La sensación es deliciosa, y en el espejo veía cómo crecía una mancha húmeda en el algodón.
Ya desnuda, jugué con mis pezones, de un marrón claro. No me gusta tirar de ellos; prefiero rozarlos apenas por encima, casi sin tocarlos. Con eso basta para que se endurezcan al instante y manden una corriente directa hasta abajo. Me llevé el pecho derecho a la boca, sin llegar del todo al pezón, solo para lamerlo y dejarme una marca tenue. En el reflejo, esa imagen me pareció preciosa.
Me recordé a mí misma que tenía que apurarme si no quería que mis padres me arruinaran la noche. Me metí bajo la ducha, abrí el grifo y dejé que el agua caliente me cayera encima. Me pasé el jabón por todo el cuerpo, sin prisa, deteniéndome más de lo necesario en el cuello, entre los pechos, en la cara interna de los muslos. Cuando estuve limpia, empezó la verdadera diversión.
El vapor llenaba el baño y los azulejos se cubrían de una capa fina de vaho. Me gusta ese momento, cuando el mundo de afuera desaparece detrás de la cortina y solo quedo yo, el agua y lo que me apetezca hacer conmigo. Cerré los ojos un instante y dejé que el relato volviera a mi cabeza: aquella voz contando, con todo lujo de detalle, cómo se atrevía a más cada vez. Sentí la piel de gallina pese al calor.
Pegué los pechos contra la pared fría de azulejos. El contraste entre el agua tibia y la baldosa helada bastó para que los pezones se me pusieran duros otra vez. Pero quería sentir algo más, calor en otro sitio, en ese lugar que el relato me había metido en la cabeza. Me arrodillé primero y luego me dejé caer de espaldas sobre el suelo de la ducha. Estaba frío, lo justo para erizarme la piel, aunque sabía que en un minuto estaría ardiendo.
Me coloqué de manera que, al abrir las piernas, el chorro cayera directo sobre mi sexo. Justo ahí. La presión del agua golpeando mi clítoris me arrancó un suspiro.
—Ahhh —dije bajito, conteniéndome.
Era delicioso, pero no suficiente. Busqué con la mirada algo redondo con lo que frotarme. La barra de jabón. Empecé acariciándome los labios con los dedos, masajeando el clítoris de arriba abajo, despacio, y después de lado a lado. Así, lento, sí, justo así. Tomé la barra de jabón y la pasé en círculos sobre mi clítoris. La sensación era buena, resbaladiza, pero otra vez se quedaba corta. Mi cuerpo pedía algo que entrara, que llenara.
Entonces vi mi maquinilla de afeitar, apoyada en el borde. Tenía la cuchilla protegida con la tapa, así que el extremo del mango quedaba libre y liso. Perfecto. La unté de jabón y empecé a meterla y sacarla del coño. Primero suave, despacio, dándome tiempo a acostumbrarme. No dolía. Al contrario.
De a poco pasé a un mete y saca más decidido. Sentía cómo mis pechos rebotaban con cada embestida; son tan grandes que se mecían al compás de mi mano. Amo mis pechos, sobre todo en momentos así, cuando todo el cuerpo se vuelve una sola cosa. Notaba que estaba empapada, y no solo por el agua. Saqué un segundo el mango, me hundí los dedos hasta el fondo y me los llevé a la boca para probarme. Dulce. Por algo en la facultad me llaman Bombón, y esa noche, sola en mi propio baño, entendí mejor que nunca por qué el apodo me quedaba tan bien.
La posición empezaba a cansarme y la espalda me pedía un cambio. Me di la vuelta despacio y me puse a cuatro patas, apoyando los antebrazos en el suelo de la ducha. El chorro del agua me caía ahora sobre la espalda baja y bajaba en hilos tibios entre las nalgas, una caricia constante que no controlaba y que justamente por eso me ponía más. Esa tibieza recorriéndome justo ahí me devolvió de golpe la fantasía del relato, la imagen exacta que llevaba semanas guardándome.
Me tomé un segundo para respirar y para escucharme. No había nadie, no había prisa real, solo yo decidiendo hasta dónde quería llegar. Tomé la maquinilla y, con muchísimo cuidado, apoyé el mango contra mi ano. Solo la punta, apenas un poco. Imagino que me la están metiendo de verdad, despacio, que alguien me observa y disfruta.
Mientras tanto, con la mano derecha me busqué el coño. Mi dedo favorito es el anular, no sé bien por qué. Lo metía y lo sacaba rápido, sin parar, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado. Sí, así, falta poco, fóllame, métemela, hazme tuya como quieras. Las palabras me salían en la cabeza sin permiso, como si las dijera otra persona dentro de mí.
Sumé el dedo índice. Dos dedos saliendo y entrando, lubricados por todo lo que mi cuerpo producía, y el mango apenas hundido detrás, marcando un ritmo distinto. La doble sensación me desbordó. Sentí cómo todo se tensaba, cómo el placer subía desde abajo y se concentraba hasta el punto de no poder contenerlo más.
El orgasmo me sacudió entera. Dejé caer el cuerpo hacia adelante, con la frente apoyada en el suelo de la ducha, temblando, jadeando, exhausta. El agua seguía cayendo sobre mi espalda como si nada hubiera pasado, indiferente a lo que acababa de descubrir de mí misma.
Me quedé así un rato, recuperando el aliento, con una sonrisa estúpida en la cara. Vaya forma de premiarme después de una jornada eterna de clases. Había llegado al baño solo buscando relajarme, y terminé cruzando una línea que llevaba semanas rondándome la cabeza. Lo mejor de todo es que no había dolido nada. Al revés. Ahora sabía que aquello que solo me atrevía a leer era apenas el principio.
***
Cerré el grifo cuando escuché el motor del coche en la entrada. El corazón se me disparó, pero esta vez de otra manera. Me envolví en la toalla, me miré al espejo empañado y dibujé con el dedo una rayita sobre el vaho, como una firma de complicidad conmigo misma. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes, ese aspecto de quien guarda un secreto recién estrenado.
Salí del baño justo cuando mi madre dejaba las llaves en la mesa del recibidor. Me preguntó qué tal el día, y yo le respondí que largo, agotador, lo de siempre. No mentí del todo. Lo que no le conté fue cómo había decidido cerrarlo, ni que ya estaba pensando en la próxima vez, ni en todo lo que todavía me faltaba por probar.
Es la primera vez que me animo a escribir algo así, a poner en palabras lo que normalmente solo me guardo. No seáis muy duros conmigo. Me encantaría saber qué os parece, si os ha gustado, si os habéis imaginado conmigo bajo el agua. Os escribo esto todavía con un dedo entre los labios, alargando un poco más el momento. Un beso, Bombón.