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Relatos Ardientes

Probé mi nuevo juguete en pleno supermercado

Eran las dos de la madrugada y acababa de cerrar el último apunte para el final de la semana. No tenía sueño, solo el cansancio raro de quien estudió demasiadas horas seguidas y necesita desconectar antes de poder dormir. Me tiré en la cama, esperé a que el cuerpo entibiara las sábanas y me quedé ahí, cómoda, con una remera ancha sin nada debajo y un short negro que era prácticamente lo único que tenía puesto.

Aburrida, pasaba videos en el teléfono sin prestar demasiada atención. Hasta que apareció uno que sí me la robó. Una pareja en la calle, ella caminando entre la gente con una sonrisa tensa, él mirando la pantalla de su celular con cara de travesura. En algún momento él subió algo en una aplicación y a ella se le aflojaron las rodillas en plena vereda. Tuvo que apoyarse en una pared para no caer.

No sé explicar bien qué me pasó. Se me erizó la piel de los brazos y volví a reproducir el video dos, tres veces. Él controlaba un pequeño juguete que ella llevaba puesto, y lo hacía desde la distancia, como si tuviera un interruptor secreto sobre su cuerpo. Me quedé mirando el techo un largo rato con una idea nueva instalándose en algún lugar de mi cabeza.

Quiero sentir eso.

Sin darme cuenta, la mano ya se me había metido debajo del short. Encontré el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris palpitando como si tuviera latido propio. Deslicé dos dedos hacia adentro, despacio, y ahogué un gemido contra la almohada. Me follé con la mano imaginando ese interruptor invisible, imaginando la vibración subiendo de golpe en medio de una calle llena de gente. Me corrí en menos de dos minutos, mordiendo la tela, con los dedos enterrados hasta los nudillos y los muslos apretándome la muñeca. Cuando saqué la mano estaba brillante de flujo hasta la palma. Me la chupé sin pensarlo. Y entonces supe que lo iba a comprar.

***

Unos días después lo compré. No lo hice enviar a casa: pedí retirarlo en un punto de entrega para que mi madre no lo encontrara antes que yo y se armara el sermón conservador de siempre. Las fantasías son de una y no se le deben explicaciones a nadie. Aun así, mientras iba a buscar el paquete, los nervios me subían por el estómago como si fuera a retirar algo ilegal y no un juguete del tamaño de mi pulgar.

Era una mezcla de miedo y entusiasmo, un sabor agridulce que me aceleraba el pulso y que, para mi sorpresa, me encantaba. Me senté sola en un banco de la plaza y, después de mirar a los costados por puro reflejo, abrí la caja. Ahí estaba. Pequeño, de una forma suave y agradable, hasta el color me gustó. Sentí algo parecido a la emoción de la infancia cuando estrenaba un juguete nuevo, solo que esta vez la emoción era de otro tipo y me bajaba directo entre las piernas.

Volví a casa casi corriendo. Entré derecho al baño, me bajé la bombacha y me la saqué de una patada. Estaba tan mojada que sentí un hilo tibio bajarme por la cara interna del muslo apenas me abrí de piernas frente al espejo. Me pasé el juguete por los labios del coño, de arriba abajo, embarrándolo en mi propio flujo antes de metérmelo. Entró sin resistencia, resbaladizo, y solté un suspiro largo al sentirlo acomodarse contra las paredes de adentro. No era nada del otro mundo todavía, apenas una presencia, una sensación apenas más intensa que la de un dedo. Lo divertido, supuse, vendría después. Vinculé el juguete con la aplicación del teléfono, probé que respondiera —un latigazo corto que me hizo apretar los muslos— y sonreí frente al espejo, con las mejillas rojas y el coño empapado. Lo tenía bajo control. O eso creía.

***

Me vestí para salir. Una pollera holgada, sandalias, el pelo recogido. Debajo, nada: la bombacha limpia había quedado sobre la cama porque quería sentir el juguete sin capas, sin filtro, y de paso porque cualquier tela iba a terminar arruinada en diez minutos. Quería revivir aquel video, aunque me faltara el novio que manejara la pantalla. Tampoco lo necesitaba: el teléfono era mío, la decisión era mía, y esa parte me gustaba todavía más. Elegí el supermercado grande del centro, el de pasillos largos y luces blancas, donde una podía dar vueltas sin que nadie te registrara.

Ya adentro, con el carrito vacío por delante, abrí la aplicación. Configuré el nivel más bajo y lo encendí. Un cosquilleo tibio empezó a subir, agradable, lejano, un ronroneo que se me apoyaba justo contra las paredes internas y me hacía apretar el culo sin querer. Caminé entre las góndolas fingiendo interés en cosas que no pensaba comprar. Diez minutos así, y la verdad es que empecé a sentirme un poco decepcionada. Otra vez la publicidad engañosa, pensé. En el video la chica se deshacía; yo apenas notaba un hormigueo simpático y los pezones un poco duros contra la tela de la remera, nada más.

Había algo, sin embargo, en saber que lo llevaba puesto. Cada persona con la que me cruzaba ignoraba por completo mi secreto. La mujer que comparaba precios de yerba no sabía que yo tenía un juguete metido hasta el fondo del coño. El señor de delantal reponiendo botellas no sabía que debajo de la pollera holgada estaba desnuda, sin bombacha, con los muslos ya resbaladizos. El chico que arrastraba los pies detrás de su madre no sabía que la chica que le pasó por al lado escondía un interruptor entre las piernas y podía hacérselo latir con un dedo. Esa idea, más que la vibración en sí, era la que me tenía el pulso acelerado y el coño chorreando de a poquito, marcando un caminito tibio muslo abajo.

Justo antes de apagarlo y dar media vuelta hacia la salida, hice algo que no había planeado. Abrí la aplicación de nuevo y, casi como un capricho, deslicé el control hasta el máximo. Total, me dije, un par de minutos más y me voy.

Fue un error de cálculo.

Estaba parada frente a un estante de cremas para la piel, leyendo etiquetas sin leer nada, cuando una oleada de humedad apareció de golpe entre mis muslos. El cosquilleo dejó de ser cosquilleo. Era una vibración profunda, constante, que me golpeaba el punto exacto por dentro y no me daba ni un segundo de respiro, como si fueran mis propios dedos hurgándome sin la piedad de detenerse jamás. Sentí el juguete latir contra la pared frontal del coño, ese lugar que siempre me hacía correrme rápido cuando me tocaba sola, y supe enseguida que estaba en problemas.

Me agaché un poco, fingiendo mirar los productos de los estantes más bajos. En realidad estaba tratando de disimular las piernas, que empezaban a temblarme solas, y de esconder el hilo grueso de flujo que ya me corría abierto por el muslo derecho hasta casi la rodilla. Un calor abrasador me subía desde la pelvis, me quemaba el abdomen, me trazaba los pechos con pellizcos eléctricos que me dejaban los pezones tan duros que se marcaban a través de la remera, y terminaba erizándome el cuello. Apreté los labios. Cerré los muslos con fuerza, apretando el juguete adentro, y eso empeoró todo: sentí la vibración multiplicarse contra mis propias paredes, rebotarme en el clítoris desde adentro. Respiré por la nariz, despacio, contando.

—¿Estás bien? —dijo una voz a mi lado.

Una señora me observaba con la cabeza ligeramente inclinada, el ceño preocupado. Junté toda la compostura que me quedaba y le contesté en un susurro que sí, que solo se me había bajado un poco la presión. No me animaba a hablar más fuerte. Tenía miedo de que, si soltaba la voz, mi propia boca me traicionara y dejara escapar el gemido que llevaba atragantado. Sentía el coño contraerse en oleadas cortas alrededor del juguete, ensayando el orgasmo, cada apretón mandándome más flujo por dentro del muslo.

—Tomá asiento un ratito, si querés —insistió ella.

—Ya estoy mejor, gracias —mentí, y le sonreí de costado.

La señora dudó, pero finalmente se alejó con su carrito. No supe ni me importó si se había dado cuenta de lo que de verdad me pasaba. Estaba demasiado ocupada nadando en mi propia fantasía hecha realidad, con el corazón golpeándome el pecho y el juguete latiendo sin tregua adentro del coño, empujándome más y más cerca de una corrida que no iba a poder disimular.

***

Tenía que pagar antes de que fuera tarde. Nunca aguanté demasiado bien los orgasmos, y mucho menos podía imaginar tenerlos de pie, en público, frente a desconocidos. Cada paso hacia las cajas me arrancaba un escalofrío. Sentía hilos tibios escapándoseme, la cara interna de los muslos empapada y pegajosa, las rodillas flojas. Al caminar el juguete se movía apenas adentro y ese apenas era suficiente para que se me cortara el aire en cada zancada. Caminaba con una elegancia falsa, la espalda recta, mientras por dentro todo se me desarmaba, con el clítoris palpitando tan fuerte que juraba que se veía a través de la pollera.

Llegué a la fila. Puse en la cinta dos o tres cosas que había agarrado al azar, sin mirarlas siquiera. Me dije que era cuestión de un minuto, de bajar el nivel y salir caminando como si nada. Saqué el teléfono con la mano temblándome, abrí la aplicación y fui a cerrar el control.

La pantalla se congeló.

La aplicación quedó tildada, el deslizador clavado en el máximo, y la vibración no cedió ni un poco. Apreté el botón de apagado del teléfono, lo volví a prender, nada. El juguete seguía devorándome desde adentro, sin la menor intención de parar, martillándome ese punto exacto que ya no aguantaba más. Mis uñas se hundieron en la tela de la pollera buscando algo a lo que aferrarme. Las piernas casi no me sostenían. Sentí una nueva descarga de flujo salírseme, tibio, y bajarme abierto por los dos muslos a la vez. Estaba a segundos de correrme frente a la caja.

—Buenas, ¿es todo? —preguntó la cajera, una chica joven, mientras pasaba los códigos.

Quise responder. Abrí la boca y lo que salió no fue una palabra. Fue un gemido corto, ahogado, justo frente a ella, imposible de disfrazar como otra cosa. Sentí la cara arderme entera y las paredes del coño apretar el juguete con tanta fuerza que casi me lo escupen.

La cajera levantó la vista. Me recorrió con los ojos de arriba abajo, se detuvo en mis piernas, que tenía prácticamente cruzadas una contra la otra, hechas un nudo tembloroso, y siguió bajando hasta el brillo húmedo que me marcaba la cara interna del muslo por debajo del ruedo de la pollera. Vi el momento exacto en que entendió. No dijo nada. Apenas dibujó una sonrisa pequeña, cómplice, y me alcanzó la bolsa.

—Andá tranquila —murmuró, casi con dulzura, y me pareció que se mordía el labio.

***

Caminé hacia la salida apretando la bolsa contra el pecho. No llegué muy lejos. A pocos metros de las puertas, el cuerpo dijo basta. Me agaché junto a una columna, fingiendo acomodarme una sandalia, y entonces llegó. El clímax me partió en dos.

Cerré los ojos con fuerza y grité en silencio, sin que saliera un solo sonido. Fue como si el tiempo se congelara un segundo entero. El coño se me cerró en espasmos brutales alrededor del juguete, una contracción tras otra, tan seguidas que no había hueco entre una y la siguiente. Sentí una corrida caliente escapárseme de adentro, un chorro tibio que me mojó el juguete, los labios, los muslos, y siguió cayendo en gotas gruesas sobre las baldosas entre mis sandalias. El cuerpo entero me temblaba, se entumecía y volvía a temblar en milésimas, una y otra vez, una ola encima de la otra. Los pezones me raspaban contra la remera con cada respiración y el clítoris seguía latiéndome como un segundo corazón entre las piernas. Una parte de mí quería que parara; la otra rezaba para que no terminara nunca. Y encima de todo eso, la conciencia de estar ahí, en público, corriéndome a chorros junto a una columna, con desconocidos pasando a un metro sin darse cuenta, lo llevaba a una intensidad que no tengo palabras para describir.

Cuando volví al mundo, agitada y vacía de fuerzas, con el coño todavía palpitándome alrededor del juguete y los muslos brillantes de mi propia corrida, levanté la cabeza esperando encontrarme con decenas de miradas acusadoras. No había ninguna. Cada quien iba en lo suyo, empujando carritos, mirando ofertas, ajenos por completo a lo que acababa de pasarme a un metro de distancia. La satisfacción fue doble: por el placer y por el secreto intacto.

Recién entonces, con dedos torpes, conseguí apagar el juguete. La vibración murió de golpe y un alivio enorme me recorrió el cuerpo, aunque las paredes de adentro seguían apretando en réplicas cada tantos segundos, expulsando el juguete un poco más abajo. Me lo acomodé disimuladamente apretando los muslos, me incorporé despacio, me acomodé la pollera empapada contra la piel, respiré hondo y volví a ser, por fuera, una chica común saliendo del supermercado un día cualquiera.

Por dentro era otra cosa. Caminé hacia la puerta semiempapada de mi propia fantasía, con una sonrisa que no podía borrar y el flujo mezclado con la corrida bajándome despacio por las piernas a cada paso. Antes de cruzar el umbral me pasé un dedo entre los labios del coño, por debajo de la pollera, lo saqué embarrado y pegajoso y me lo llevé a la boca, despacio, chupándomelo entero, saboreando el gusto salado de mi propia corrida como el resultado de mi capricho.

La próxima vez, pensé, voy a dejar que dure un poco más. Y me voy a hacer coger por alguien mientras la aplicación decide por mí.

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Comentarios(8)

Rodri_77

increible relato, me quedé sin palabras jajaja!!!

MilagrosDBA

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber qué pasó después de llegar a la caja

LectorMorbo

Eso requiere mucho valor o mucha adrenalina jaja. Me gustó muchísimo como lo escribiste, se siente genuino

PatriciaCba_

Qué manera de describir esa tensión entre lo cotidiano y lo prohibido! Se lee de un tirón y te deja con ganas de más. Espero que sigas publicando relatos así

Santi_CR

tremendo!!!

DiegoNochero

la idea del supermercado me pareció muy original, no había leído algo así antes. Bien ahí

CamiTDF

Muy bien escrito, se siente autentico sin ser burdo. Seguí así!!

BrunoLect

Jajaja me imaginé la cara de la cajera. Brillante el final

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