La fantasía que no le conté a mi mujer
A veces me pregunto si hay algo roto dentro de mí.
Estoy encima de Valeria, moviéndome despacio, sintiendo su calor y la presión familiar de su cuerpo contra el mío. Sus piernas me rodean la cintura. Sus manos buscan mi espalda y me aprietan con una urgencia que conozco bien, que me gusta, que me importa. Ella gime bajito, de esa forma suave y real que no tiene nada de actuación. Debería estar completamente aquí, pensando solo en ella, en nosotros, en este momento.
Pero mi mente ya se fue. Otra vez.
¿Por qué siempre pasa lo mismo?
La imagen aparece sola: otro hombre encima de ella. Más grande que yo, con las manos apoyadas a los lados de su cabeza, sujetándola contra la cama. Valeria arqueando la espalda de una manera que nunca he visto en la realidad, los ojos cerrados, la boca abierta, gimiendo más fuerte de lo que gime conmigo. Él gruñendo por lo bajo, la respiración cada vez más entrecortada, a punto de perder el control. Y ella lo lleva ahí, lo empuja hasta el límite con cada movimiento de sus caderas.
Yo me muevo más fuerte dentro de ella.
Sé que debería darme asco. Sé que esto no tiene sentido lógico. Pero cada vez que esa imagen aparece en mi cabeza, algo se enciende que no encuentro en ningún otro sitio, de ninguna otra forma.
Todo empezó de una manera casi inocente. Hace tres años, en una cena de empresa, un compañero de Valeria estuvo mirándola demasiado tiempo durante toda la noche. No hizo nada, no dijo nada. Solo miraba, con esa clase de atención que no pasa desapercibida. Yo lo vi desde el otro lado de la sala y sentí algo en el estómago que no era exactamente celos. Era algo más cálido, más turbio, algo para lo que no tenía nombre en ese momento.
Tardé semanas en aceptarlo.
Después llegaron otras cosas. Un tipo en un bar que le dejó su número escrito en una servilleta. Un mensaje de un exnovio que «solo quería saludar». Cada vez que algo de eso ocurría, yo llegaba a casa con unas ganas de follarla que no tenían explicación racional. Valeria lo notaba y lo disfrutaba, sin saber de dónde venía esa energía mía, sin sospechar que yo volvía encendido precisamente por la posibilidad de que otro la deseara.
Un día busqué el término. Cuckolding. Leí foros, artículos, testimonios de hombres en situaciones parecidas. Descubrí que no era tan raro. Que había comunidades enteras construidas alrededor de esta fantasía. Eso me tranquilizó un poco. Pero también me abrió una puerta que no debería haber cruzado.
Empecé con perfiles falsos. Creé cuentas en aplicaciones de citas usando fotos de Valeria, fotos normales, de cuando salíamos juntos, nada comprometedor. Los mensajes llegaron rápido. Demasiado rápido. Yo respondía haciéndome pasar por ella, solo para ver hasta dónde llegaban.
No funcionó. Sabía que no era real. Que detrás de cada mensaje estaba yo, no ella. Lo dejé al cabo de dos semanas sintiéndome más vacío que al empezar.
Lo que sí funcionó fue otra cosa completamente distinta.
Valeria duerme profundo. Siempre ha sido así. Una noche, mientras la miraba dormir a mi lado, tomé el teléfono casi sin pensarlo y le hice unas fotos. Solo para tenerlas, me dije. Solo para mí.
No eran explícitas. El camisón se le había subido un poco y con la poca luz que entraba por la persiana se le adivinaban las curvas, la línea de la cadera, la forma del cuerpo que conozco tan bien. Guardé el teléfono y traté de dormirme.
No pude.
A la semana siguiente las subí a un foro anónimo. Hubo algo casi automático en el gesto, como si una parte de mí supiera exactamente lo que iba a pasar y quisiera comprobarlo de todas formas.
Los comentarios llegaron en minutos.
«Qué cuerpazo. Comparte más.»
«Esa mujer tiene algo. Se le nota en la cara.»
«Si quieres que alguien le enseñe cómo se disfruta de verdad, aquí estoy.»
Leí cada comentario tres veces. Me temblaba la mano. No de vergüenza, aunque debería haberlo sido. De algo completamente distinto, algo que reconocí inmediatamente como la misma sensación que tenía cuando la miraba desde el otro lado de la sala en aquella cena de empresa.
Desde esa noche, la cosa escaló sin que yo pusiera demasiada resistencia.
Las fotos se volvieron más atrevidas. Aprendí a hacerlas con la luz justa, en el ángulo correcto, aprovechando los momentos en que ella dormía o estaba distraída. Las subía a distintos foros. Leía los comentarios una y otra vez, muchas veces con los auriculares puestos, tumbado a su lado mientras ella descansaba sin saber nada.
Los hombres que comentaban no tenían filtro. Se describían con detalle, se ofrecían directamente, decían que una mujer así merecía más de lo que yo podía darle. Y yo me masturbaba leyendo esas ofertas, imaginando a Valeria leyéndolas también, imaginando su cara al descubrir que cien desconocidos la deseaban y hablaban de ella sin conocer su nombre.
¿Qué estaba haciendo?
Lo sabía perfectamente. Y aun así no podía parar.
***
Hace unos meses intenté decirle algo. No todo. Solo una pequeña parte, la más presentable.
Estábamos tumbados después de follar. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo miraba el techo, buscando las palabras, ordenando cómo plantear algo que sabía que iba a sonar raro sin importar cómo lo dijera.
—¿Sabes qué me parece excitante a veces? —empecé.
—¿Qué? —dijo ella, adormilada.
—Imaginar que estás con otro hombre. Que yo lo veo.
Silencio. El tipo de silencio que lo dice todo antes de que lleguen las palabras.
—No —dijo finalmente—. Eso no va conmigo. Para nada.
Me besó en la mejilla y se dio la vuelta. En menos de diez minutos estaba dormida.
Yo me quedé despierto dos horas más, mirando el techo.
No le guardé rencor. Lo entendí. Valeria sabe lo que quiere y lo que no quiere, y no siente ninguna necesidad de justificarlo. Eso siempre me ha gustado de ella. Pero esa noche, tendido a oscuras, me di cuenta de que la fantasía no iba a desaparecer solo porque ella hubiera dicho que no. Si acaso, la negativa la hizo más intensa, más urgente, más difícil de ignorar.
Seguí subiéndolas. Seguí leyendo los comentarios.
***
Lo de las grabaciones llegó casi por accidente.
Una noche puse el teléfono en la mesita de noche antes de que empezáramos. Grabación de voz, pantalla apagada. Valeria no se fijó. Y yo follé con media cabeza puesta en lo que iba a escuchar después, en cómo iba a sonar todo desde fuera.
Al día siguiente me puse los auriculares y abrí el archivo.
Su voz. La suya de verdad. No la de una actriz cobrando por ello, no la de alguien fingiendo para la cámara. La respiración que conozco desde hace años pero que de repente sonaba completamente distinta porque yo no la estaba escuchando desde dentro de la escena, sino desde fuera. Como un voyeur. Como alguien que no debería estar ahí y que precisamente por eso no puede apartar el oído.
Eso lo cambió todo.
El porno siempre me había parecido falso. Demasiado iluminado, demasiado ruidoso, con esa perfección artificial que no existe en ninguna habitación real. Lo que tenía en esos audios era otra cosa: imperfecto, íntimo, verdadero. Y precisamente porque era verdadero, me afectaba de una manera que nada había logrado antes.
Me masturbé escuchando su voz mientras imaginaba que era otro el que estaba con ella. Un desconocido que ella no conocía, que le provocaba esos sonidos sin que yo tuviera nada que ver. Me corrí rápido y con una intensidad que me dejó temblando, tumbado a oscuras con el teléfono en la mano.
Pero las grabaciones de voz tampoco fueron suficiente durante mucho tiempo. Quería imágenes. Quería poner una cara real, un cuerpo real, a los sonidos reales.
***
Las cámaras llegaron después.
Las compré por internet: pequeñas, discretas, con visión nocturna y conexión inalámbrica. Tardé un fin de semana entero en instalarlas y ajustar los ángulos. Una en la lámpara del techo, apuntando a la cama desde arriba. Otra en el marco del espejo, para tener el ángulo frontal. Una tercera en una estantería al fondo de la habitación.
Valeria no sospecha nada.
El material que tengo ahora es diferente a todo lo anterior. Puedo ver su cara cuando se corre. Puedo ver exactamente cómo mueve las caderas, cómo agarra las sábanas, cómo levanta la cabeza hacia atrás justo antes. Y cuando veo esas grabaciones, me borro a mí mismo de la imagen. La veo a ella, solo a ella, con otro hombre que no existe pero que podría existir en cualquier momento. Alguien que le sacaría cosas de dentro que yo no he conseguido sacar nunca.
A veces la imagen sale perfecta: la luz bien, el sonido nítido, el enfoque sin fallar. En esos momentos la emoción es tan intensa que me cuesta sostenerla.
Otras veces falla algo. Ella cambia de posición, el enfoque se pierde, el sonido queda tapado por cualquier ruido exterior. Eso me frustra más de lo que debería. Quiero controlarlo todo. Quiero cada detalle.
***
Esta noche, mientras estoy dentro de ella, Valeria gime bajito. Ese gemido familiar que conozco bien. Pone una mano en mi espalda y me aprieta, pidiéndome que me mueva más rápido.
Yo lo hago.
Y mientras lo hago, la imagen aparece sola. Él gruñendo por lo bajo. Ella moviéndose de una manera que nunca he visto. Sus manos en la espalda de un desconocido que la tiene donde quiere. Su cara completamente entregada a algo que no soy yo.
Me corro con esa imagen en la cabeza. Con una intensidad que me deja sin respiración. Valeria dice «sí» bajito y se aferra a mí, creyendo que es lo que hicimos juntos lo que me llevó hasta ahí.
Y en cierta forma, lo es. Solo que no del modo que ella imagina.
Después me quedo quieto, escuchándola respirar mientras se duerme. La habitación está en silencio. La cámara de la lámpara parpadea una vez, tan discreta que nadie que no supiera que está ahí podría verla.
¿Hasta dónde voy a llegar con esto?
Sé que tengo material suficiente para subirlo todo. Para abrir hilos enteros en los foros y dejar que cientos de desconocidos vean a mi mujer y escriban sus comentarios y sus ofertas. Solo me falta un paso para cruzar esa línea.
Y ese paso cambia algo que no tiene vuelta atrás.
Por eso espero. Llevo meses esperando, con el dedo a un centímetro del botón, diciéndome que esta noche no, que mañana ya veré, que todavía quiero mantener esto del lado de la fantasía privada, del secreto que solo existe en mi cabeza.
Pero la línea se mueve sola. Cada semana está un poco más cerca.
Valeria respira profundo a mi lado. Duerme bien, tranquila, con esa confianza absoluta en mí que a veces pesa como una piedra en el pecho.
Apago la luz.
Y en la oscuridad, el siguiente paso ya está tomando forma.