Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que jugamos a ser mirados

Llegamos al motel pasadas las diez de la noche, después de cuarenta minutos de carretera que valieron cada kilómetro. Habíamos elegido ese lugar a propósito: lejos de la ciudad, sin posibilidad de cruzarnos con conocidos, con ese anonimato que uno necesita cuando finalmente decide hacer lo que lleva meses imaginando en voz baja.

Nadia entró primero al cuarto. Dio una vuelta lenta, evaluando la habitación como si fuera un escenario, y luego me miró con esa sonrisa que conozco bien. La que significa que ya no hay vuelta atrás.

—¿Trajiste el cuaderno? —preguntó.

Lo saqué del bolsillo trasero de la mochila. Un cuaderno de tapas negras con unas páginas que habíamos llenado durante semanas de mensajes tardíos y confesiones susurradas. Cada página, un reto. Cada reto, una fantasía que los dos queríamos cruzar. Llevábamos meses hablando de esa posibilidad en abstracto, envolviéndola en bromas y preguntas hipotéticas, hasta que una noche ella simplemente dijo: «Lo que queremos es que alguien nos vea. Hay que decirlo así.» Y lo dijimos así.

Ella tomó el cuaderno, lo abrió en la primera página y lo dejó sobre la cama sin leerlo. Ya sabíamos lo que decía.

***

Reto uno: desnudarse despacio frente a la ventana, con las cortinas abiertas, sabiendo que alguien podría estar mirando desde afuera.

Nadia no necesitó que yo dijera nada. Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas con un movimiento tranquilo, y se quedó parada ahí, con la luz del cuarto iluminándola desde atrás. El exterior estaba oscuro. El estacionamiento a medias vacío, unos pocos coches, ninguna silueta visible. Tal vez nadie miraba. Tal vez sí. Esa incertidumbre era exactamente el punto: la posibilidad, no la certeza.

Empezó a quitarse la camisa con una lentitud calculada. Primero los botones, uno por uno, dejando que la tela se fuera abriendo poco a poco. Luego la dejó caer al suelo sin apresurarse. Su sujetador era negro, con encaje fino, algo que ya conocía bien, pero verla así —iluminada, expuesta hacia la noche— hacía que todo pareciera nuevo y peligroso al mismo tiempo.

—¿Y si alguien nos ve? —susurró sin voltearse.

—Eso es lo que queremos —respondí.

Ella sonrió de frente al cristal. Desabrochó el sujetador con la misma calma y lo sostuvo unos segundos antes de soltarlo. Sus pechos pequeños quedaron visibles. Sus pezones estaban duros, y no era solo por la temperatura del cuarto. Siguió con los jeans, bajándolos despacio por sus caderas, y después la ropa interior, en un movimiento casi clínico por lo deliberado que era. Cuando quedó completamente desnuda frente a la ventana, soltó el aire que había retenido y se dio vuelta para mirarme.

—¿Cuál sigue? —preguntó con voz tranquila, aunque sus mejillas estaban coloradas.

***

Reto dos: caminar desnuda por el pasillo exterior del motel durante al menos diez segundos.

Esto la hizo reír. Una carcajada corta y nerviosa que terminó en un suspiro largo.

—Eres un perverso —dijo.

—Lo escribimos los dos.

Se quedó un momento quieta, valorando si de verdad iba a hacerlo. Yo sabía que sí. Lo vi en la forma en que se acercó a la puerta, en cómo puso la mano en la llave y esperó con los ojos cerrados, respirando despacio como alguien que prepara un salto.

—Si alguien sale de una habitación, me quedo quieta y no corro —dijo.

—Como quieras.

Giró la llave. Abrió la puerta apenas un centímetro primero, como para confirmar que el pasillo existía. Luego, de un movimiento limpio, salió.

El aire frío de la noche entró al cuarto en cuanto la puerta se abrió del todo. Nadia estaba en el corredor exterior, desnuda, con el pelo suelto y las manos a los lados del cuerpo. Contó diez segundos en voz baja, con los ojos abiertos y la mirada fija hacia adelante, como si concentrarse en un punto al frente la ayudara a no pensar en lo que estaba haciendo. Pero lo pensaba. Lo estaba sintiendo en cada segundo.

Cuando entró de nuevo, cerró la puerta con el mismo movimiento con que alguien cierra un capítulo. Se recostó contra la madera y respiró hondo varias veces.

—Eso fue —empezó, buscando la palabra— demasiado real.

No dijo nada más. No hacía falta.

***

Reto tres: masturbarse frente al espejo del baño con la puerta abierta, mientras el otro graba.

Nadia entró al baño sin que yo tuviera que pedirle nada. Se plantó frente al espejo, se miró un momento, y entonces algo en su postura cambió. Se irguió, separó levemente los pies, y levantó los ojos hacia su propio reflejo como si viera a otra persona.

Encendí la cámara del teléfono.

Ella lo supo en el instante en que escuchó el sonido del enfoque. No miró hacia mí, sino hacia el espejo, directo al objetivo a través de él. Sus manos empezaron a moverse solas: primero por los costados del cuello, luego hacia abajo, rozando sus propios pechos con las yemas de los dedos.

—¿Estás grabando? —preguntó al reflejo.

—Sí.

—Bien —dijo, y cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, ya no había timidez. Sus dedos bajaron por su abdomen con una lentitud deliberada, y cuando llegaron entre sus piernas se detuvo apenas un instante, como si marcara el momento, antes de empezar a tocarse. Gemía en voz baja, más para sí misma que para la cámara. Pero la cámara lo recogía todo: la curvatura de su espalda, el movimiento de su mano, la expresión de su cara cuando el placer empezó a acumularse. No fingía nada. Eso era lo que hacía imposible apartar la vista.

Se detuvo antes de llegar al final. Abrió los ojos, me miró a través del espejo con una sonrisa que mezclaba satisfacción y desafío, y preguntó:

—¿Cuántos retos quedan?

—Uno.

***

Reto cuatro: ir desnuda a la recepción a pedir hielo.

Nadia leyó la página ella misma esta vez. La leyó, la volvió a leer, y puso el cuaderno sobre la cama con cuidado, como si depositara algo frágil.

—¿Sabes que esto es distinto a todo lo anterior? —dijo.

—Lo sé.

—Los otros eran posibilidades. Esto es certeza. Hay alguien en recepción.

—Sí.

Hubo un silencio largo. No el silencio de alguien que duda, sino el de alguien que ya decidió y está organizando sus pensamientos antes de actuar. La vi apretar levemente la mandíbula, soltar los hombros, y después mirarme con una expresión que no tenía nombre exacto.

—Me vas a ver desde la puerta —dijo finalmente.

—Desde aquí no me muevo.

Abrió la puerta del cuarto y salió sin correr, sin apresurarse. Eso me sorprendió más que nada: la calma. Caminaba como si el corredor fuera suyo, desnuda bajo las luces del pasillo, con los hombros rectos y la barbilla levantada. No era arrogancia. Era algo más difícil de sostener: presencia pura en un momento que podría haberse roto de mil maneras distintas.

La observé desde la puerta entreabierta mientras se alejaba. El empleado de recepción, un chico que tendría poco más de veinte años, estaba mirando su teléfono cuando ella entró. Tardó exactamente un segundo en levantar la vista, y cuando lo hizo, se quedó quieto con la mirada fija en ella, como alguien que no está seguro de lo que está viendo.

No pude escuchar lo que Nadia le dijo desde donde estaba. Sí vi al chico asentir, moverse hacia un costado, volver con una cubeta pequeña entre las manos. Vi la forma en que la miró cuando se la entregó: sin saber muy bien dónde poner los ojos, sin saber tampoco si apartar la vista era la respuesta correcta o incorrecta.

Nadia tomó los hielos, dijo algo más —algo breve, amable—, y se dio vuelta para volver. Caminó de regreso con el mismo paso tranquilo. Cuando entró al cuarto y cerré la puerta detrás de ella, soltó el aire de golpe y empezó a reír.

—Me tiemblan las piernas —dijo entre risas.

—¿Lo harías de nuevo?

Se lo pensó un segundo real, no de cortesía.

—Ahora mismo, sí.

***

Los retos habían terminado, pero la noche no.

Nadia abrió la pequeña maleta que había dejado sobre la silla y sacó la lencería que había traído para la segunda parte del plan: un conjunto negro de encaje, semitransparente, que cubría lo necesario y resaltaba el resto. Cuando se lo puso y se recostó sobre la cama, había algo diferente en su postura respecto a cómo había entrado al cuarto dos horas antes. Estaba más suelta. Como si los retos hubieran ido quitando capas de algo que no era ropa.

—¿Empezamos con las fotos? —preguntó.

Tomé el teléfono y empecé. Primero desde lejos, donde el encaje todavía sugería más de lo que mostraba. Luego más cerca, más explícito. Ella se movía con naturalidad, ajustando la postura casi sin que yo tuviera que pedir nada. Cuando tuvimos suficiente, abrí el foro que habíamos encontrado juntos unas semanas antes: un espacio para parejas que querían compartir ese tipo de material con desconocidos. Subí las primeras fotos con un texto simple: «Primera vez que hacemos esto. Opiniones.»

Los comentarios empezaron a llegar en menos de dos minutos.

Nadia leía por encima de mi hombro, apoyada contra mí, con los ojos moviéndose rápido por la pantalla.

—«Increíble. ¿Se animan a subir algo más?» —leyó en voz baja.

—«Ese encaje no le hace justicia. Queremos verla sin nada.»

Subimos más fotos. Las respuestas fueron más directas. Ella respondió a algunos comentarios ella misma, con una calma que me sorprendió, eligiendo qué decir y qué ignorar. Luego apareció un mensaje de un usuario llamado Rodrigo_V: «¿Hacen videollamadas?»

Nadia lo leyó dos veces, levantó la vista, y me miró.

—¿Qué piensas? —preguntó.

—Pienso que es tu decisión.

Ella tomó el teléfono y respondió: «Depende de quién pregunte.»

Rodrigo_V contestó en menos de un minuto. Tenía foto de perfil: treinta y tantos, cara tranquila. No escribía con urgencia ni con groserías. Le dijo que llevaba un rato en el foro, que nunca había contactado a nadie antes, y que si no querían hacerlo lo entendía perfectamente. Sin presión. Sin insistencia.

Nadia leyó cada mensaje con atención. Esperó. Luego escribió: «Diez minutos. Sin promesas de nada más.»

***

La videollamada entró a la hora exacta.

Rodrigo era como aparecía en la foto: sin urgencia aparente, con una calma que no encajaba del todo con lo que estaba a punto de pasar. Saludó simplemente. Nadia respondió de la misma manera. Hubo un segundo de silencio donde ninguno de los tres supo bien cómo empezar, y entonces él preguntó:

—¿Primera vez que hacen algo así?

—Primera vez —confirmó Nadia.

—¿Cómo se sienten?

Ella pensó un momento real antes de responder.

—Como cuando estás en el borde de algo y decides saltar de todas formas.

Rodrigo asintió despacio. Luego le pidió, con una voz que no era una orden sino una invitación, que se quitara el encaje.

Nadia lo hizo. Primero el sujetador, luego la parte de abajo. Se quedó completamente desnuda frente a la cámara sin cubrirse, con los brazos a los lados y la mirada fija en la pantalla, dejándose mirar de la misma forma en que había dejado que la mirara el empleado de recepción, pero con una carga diferente: ese hombre la estaba buscando a ella específicamente, y ella había elegido dejarse encontrar.

Lo que siguió no tenía prisa. Rodrigo pedía. Nadia decidía si hacerlo o no, y en la mayoría de los casos lo hacía: tocarse, moverse, abrir las piernas frente a la cámara con una naturalidad que ella misma no esperaba encontrar en sí misma esa noche. Cuando llegó al orgasmo, llegó de verdad, sin actuación, con un gemido que no era para la pantalla sino para ella.

Rodrigo agradeció antes de que ella cortara la llamada. Sin drama. Sin pedir más.

***

Después de todo, Nadia se quedó quieta un momento mirando el techo del cuarto. Yo me recosté a su lado y esperé.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Muy bien. —Hizo una pausa—. ¿Sabes qué fue lo más raro de todo esto?

—¿Qué?

—Que en ningún momento quise parar.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro y nos quedamos en silencio. Afuera seguía la misma noche tranquila de cuando llegamos. El cuaderno de tapas negras estaba cerrado sobre la cama, con todos sus retos cumplidos.

—¿Le ponemos una segunda parte? —preguntó.

—Dale —respondí.

Y ambos nos quedamos callados, pensando en qué podría ir escrito en la primera página de la siguiente vez.

Valora este relato

Comentarios (5)

Tuki_87

me tuvo pegado de principio a fin, que buena tension logra generar. bravo!!!

MaiteNocturna

Hace tiempo que no leia algo de esta categoria que me pareciera tan real. Espero segunda parte!

Marcos91

La idea del juego con reglas le da otro nivel a la historia. No es el tipico relato de voyerismo, este tiene algo distinto. Muy bien.

NachoCba

corto pero deja con ganas de mas, eso es buena señal :)

SilviaCba33

Me encanto como plantearon la fantasía como un juego con acuerdo previo, eso lo hace mas creible y excitante a la vez. Que sigan escribiendo asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.