Mi marido me observó follar con otro hombre
La pregunta llevaba semanas flotando entre nosotros, pero esa noche Marcos la hizo real.
—¿Estás totalmente segura? —dijo, mirándome desde el borde de la cama con las manos sobre las rodillas.
—Eres tú quien debería responder eso —le dije—. Fue tu idea.
Asintió despacio. Tenía esa expresión que le salía cuando algo le importaba de verdad pero no sabía cómo decirlo: mandíbula apretada, ojos fijos en mí. Llevábamos tres semanas preparando esta noche y ahora que el momento era real, se le notaba nervioso. A mí, en cambio, me sorprendió descubrir que no.
Me llamo Valeria. Tengo veintiséis años y estoy casada con Marcos, que tiene cuarenta y uno. Nos conocimos cuando yo era su asistente personal en la empresa donde él dirigía el área financiera. La historia no fue más complicada que eso: nos acostamos, nos gustamos, y cuando me propuso formalizar la relación, dije que sí. No voy a mentir sobre los motivos.
Con Marcos vivo en un piso en el centro que tiene más metros que el apartamento donde crecí. Tengo un coche que nunca hubiera podido comprar sola, una tarjeta sin límite y la libertad de no tener que preocuparme por el precio de las cosas. Cuando me apetece escaparme con mis amigas, me voy a las Maldivas o a Dubái. ¿Le quiero? Es una pregunta que aprendí a no hacerme demasiado seguido.
A él ya se le nota la edad: la calva que avanza lentamente, las primeras líneas alrededor de los ojos, el cuerpo que acusa los años de estrés. Yo, en cambio, me mantengo. Metro setenta y dos, pelo castaño largo, piel clara y unas piernas que Marcos siempre ha llamado «escandalosas» cuando las llevo bien trabajadas.
La fantasía me la confesó una noche, después de dos copas de whisky, con la misma vergüenza que uno confiesa algo que lleva años callando. Quería verme con otro hombre. No participar, solo observar. Lo describió con cuidado, eligiendo las palabras como si las estuviera examinando antes de soltarlas. Cuando terminó de hablar, yo no dije nada durante un buen rato.
Me sorprendió que me lo dijera. Marcos no compartía sus cosas fácilmente. El hecho de que me lo contara era, a su manera, un gesto de confianza. Tardé tres semanas en darle una respuesta, y cuando lo hice, fue con condiciones: él no participaría activamente, yo elegiría cuándo parar, y no hablaríamos del tema durante días si yo no sacaba el asunto primero.
Acordó todo sin rechistar.
***
Esa noche me puse el conjunto de lencería negra que me había comprado en un viaje a París: sujetador de encaje de escote pronunciado, tanga a juego y unas medias con liguero que Marcos me había regalado en nuestro aniversario. Los labios pintados de rojo oscuro, el pelo suelto sobre los hombros. Y en la mano izquierda, el anillo de compromiso. Lo llevé puesto adrede. Era un detalle que Marcos me había pedido sin pedirlo, solo con una mirada, dos días antes cuando repasamos los últimos detalles.
—Está subiendo —dijo él, mirando el teléfono.
—Entonces ve a abrirle.
Me besó en la mejilla y salió al pasillo. Me quedé sentada en el borde de la cama mientras escuchaba el clic de la puerta del piso, pasos, y luego el murmullo de dos voces masculinas hablando en voz baja. Respiré despacio. Noté que tenía el estómago tranquilo, que no había nervios, solo una especie de curiosidad fría y concentrada.
Cuando la puerta del dormitorio se abrió, el hombre que entró llenó el marco. Era muy alto, de piel oscura, con unos hombros que tensaban la camiseta blanca como si la tela estuviera a punto de rendirse. Tenía el pelo muy corto, la mandíbula marcada y una expresión de quien sabe exactamente dónde está y por qué.
Se llamaba Damián. Marcos nos presentó con la torpeza incómoda de quien no ha practicado esa situación. Hubo un momento de silencio en el que los tres nos miramos sin saber muy bien quién debía hablar primero. Luego Damián me miró directamente, sin rodeos.
—¿Cómo quieres empezar? —preguntó.
Me gustó que lo preguntara así. Sin preámbulos, sin fingir que la situación era normal o cotidiana.
—Como tú prefieras —dije, y me puse de pie.
***
Marcos se sentó en el sillón del rincón, encarando la cama. Se lo veía tenso, las manos apoyadas en los muslos, los hombros algo encogidos. Damián se quitó la camiseta con un movimiento tranquilo y la dejó caer al suelo. Tenía el torso trabajado, cada músculo definido sin artificios. Me arrodillé frente a él y le desabroché el cinturón con calma.
Cuando le bajé el pantalón y luego el calzoncillo, su erección rebotó hacia arriba y su glande quedó apuntando directamente a mi cara. Era grande: gruesa, bien formada, con las venas marcadas a lo largo. Me quedé mirándola un momento antes de agarrarla con la mano.
No me la esperaba así.
Empecé despacio. Pasé la lengua por el glande, bajé hasta la base y volví a subir. Lo noté estremecerse levemente. Fui metiéndomelo cada vez más adentro, lubricándolo con saliva, hasta que sentí que rozaba el fondo de mi garganta. Me encantaba hacer esto bien: notar la textura, la presión, la dureza cambiando con cada movimiento. Con Marcos podía meterlo entero sin dificultad, pero con Damián era distinto. El grosor me obligaba a abrirme más, a ir más despacio, a prestar atención a cada centímetro.
De reojo vi que Marcos tenía una mano sobre el muslo, apretándoselo lentamente. Todavía no se había quitado nada. Solo miraba, con una expresión que yo nunca le había visto en todos los años que llevábamos juntos.
Damián me agarró del pelo con una mano firme pero sin brusquedad, solo apartándolo para verme mejor. Luego empujó suavemente mi cabeza hacia él. Acepté. Sus caderas se movieron un poco y su polla llegó más profundo de donde yo había llegado sola. Contuve la respiración, me retiré, volví a bajar. Una y otra vez, con un ritmo que él marcaba con esa mano en mi pelo. Cuando por fin me aparté, el hilo de saliva que quedó entre mi boca y su glande era obsceno. Tenía los ojos húmedos, no de tristeza sino de esfuerzo, y algo más que no supe identificar del todo.
Damián hizo un gesto hacia la cama y yo obedecí sin pensarlo demasiado. Me puse a cuatro patas y él me giró suavemente hasta que quedé encarada a Marcos. Mi marido me miraba a los ojos. Yo le sostuve la mirada.
Damián apartó el tanga hacia un lado con dos dedos y empezó a lamerme. Era paciente y metódico, sin ninguna prisa. No era el tipo de oral que se hace para cumplir: era el de alguien que sabe lo que está haciendo y disfruta haciéndolo. Sentí la tensión acumularse despacio en el vientre. Me mordí el labio inferior para no gemir demasiado alto, pero fue inútil.
Marcos se había bajado la cremallera.
Cuando Damián acercó su glande a mi entrada y empezó a presionar despacio, lo sentí abrirse camino milímetro a milímetro. La anchura me obligó a respirar hondo, a relajarme, a concentrarme en recibirlo. Cuando llegó al fondo solté un sonido largo que no era exactamente un gemido.
Empezó a moverse. Primero despacio, midiendo el ritmo. Luego con más fuerza. Sus manos me agarraron las caderas con firmeza y sus embestidas me empujaban hacia adelante con cada golpe. Tuve que apoyar bien los brazos para no perder el equilibrio. El sonido de los cuerpos chocando, el crujido de la cama, la respiración entrecortada de Marcos desde su sillón: todo eso formaba parte del escenario, y me resultó más excitante de lo que había anticipado.
Giré la cabeza hacia mi marido. Marcos tenía el teléfono en una mano y con la otra se masturbaba lentamente. Nos miramos. Fue un momento extraño: él me estaba viendo follar con otro hombre a menos de dos metros, y yo me dejaba ver con total deliberación. No sentí vergüenza. Sentí algo que se parecía más al poder.
Damián me agarró del pelo, tiró suavemente hacia atrás y quedé con el cuello arqueado y la cara expuesta hacia Marcos. Mi marido enfocó el teléfono. Solté un grito corto y agudo.
***
Damián me hizo señas de tumbarme boca arriba. Me abrí de piernas y lo recibí en misionero. Puse las rodillas casi a la altura del pecho. Sus embestidas empujaban todo mi cuerpo contra la cama con cada golpe y el sonido húmedo que salía de mí con cada penetración no me avergonzó en absoluto.
Bajó los labios hasta los míos. Le besé. No había planeado hacerlo, pero lo hice, y fue un beso largo y sin prisas mientras sus caderas seguían moviéndose. Tenía todo su peso sobre mí. Su pecho aplastaba mis pechos, sus pezones contra los míos. Su respiración acelerada se mezclaba con la mía. Marcos se había acercado un par de pasos para grabar desde más cerca.
Luego me puse encima. Agarré su polla con la mano y me la fui metiendo despacio, quedando sentada sobre él de cara a Marcos. Empecé a moverme. Primero lento, midiendo la sensación, encontrando el ángulo. Luego más rápido, apoyando las manos en su pecho para tener control. Mis glúteos golpeaban sus caderas con cada bajada y mis pechos rebotaban con el movimiento.
Marcos me filmaba. Le miré a los ojos mientras cabalgaba a otro hombre, y eso, más que cualquier otra cosa en toda esa noche, fue lo que me empujó al orgasmo. Lo sentí acumularse en el vientre y desbordarse hacia afuera en un chorro que me dejó temblando con las piernas. Damián emitió un sonido de sorpresa. Marcos soltó un «dios mío» en voz baja, casi para sí mismo.
Tampoco yo lo había esperado.
Me tumbé a su lado, agotada. Damián se puso de pie junto a la cama. Yo me giré hacia él, lo volví a meter en la boca y trabajé con la lengua mientras le sujetaba los testículos con una mano y él me dedeaba despacio. Su polla estaba aún más hinchada que antes, todavía mojada. El sabor mezclado de su piel y mis propios fluidos me resultó irresistible. Le llevé al límite sin prisa, disfrutando de cada segundo.
Cuando anunció que estaba cerca, me arrodillé en el suelo frente a él. Lo masturbé los últimos segundos con las dos manos y recibí su semen en la cara con los ojos abiertos y la boca entreabierta. Fue caliente y abundante. Me quedé quieta un momento, dejando que resbalara por mi mentón y mi cuello.
Me acerqué a Marcos sin limpiarme. Todavía tenía el semen de Damián en los labios cuando empecé a chupársela a mi marido, mirándole a los ojos desde abajo. Él tenía una mano sobre mi cabeza pero no empujaba, solo descansaba ahí, como si no supiera qué hacer con ella. No tardó ni dos minutos. Su orgasmo fue silencioso, como él: solo un ligero temblor de las manos y luego el calor sobre mi cara.
Marcos y Damián intercambiaron algunas palabras mientras yo buscaba una toalla en el baño. Escuché algo sobre dinero y sobre repetirlo otro día, pero no les presté demasiada atención. Llené la bañera y me metí dentro.
***
Marcos apareció en el marco de la puerta unos minutos después, con ese gesto suyo de apoyar el hombro en el quicio como si el mundo entero pudiera esperar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy bien —dije—. Mejor de lo que esperaba, la verdad.
Hubo un silencio corto. Me miró desde ahí, evaluando algo que yo no sabía exactamente qué era.
—¿Podrías repetirlo alguna vez?
Cerré los ojos y me recliné en el agua caliente.
—Pídeme el vídeo primero.