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Relatos Ardientes

Ella sabía que yo la miraba y lo disfrutaba

La conocí hace dos años, una noche de esas que empiezan sin promesa y terminan cambiando la forma en que ves el mundo. Marcos me la presentó con esa sonrisa suya de quien ya sabe que va a ganar: «Te presento a Natalia». Ella me dio la mano, me miró un segundo más de lo necesario, y siguió con su conversación como si nada hubiera ocurrido.

Eso fue todo. Y fue suficiente.

Natalia no es el tipo de mujer que necesita hacer nada en particular para llamar la atención. Tiene esa clase de presencia que reorganiza el espacio a su alrededor sin que ella lo intente. Es morena, de caderas amplias y hombros redondos, con el tipo de cuerpo que se mueve como si supiera exactamente lo que provoca. Siempre vestida con faldas por encima de la rodilla o blusas que dejaban entrever más de lo que prometían. Nunca era descuido. Eso lo entendí después.

Durante meses me limité a observarla en las reuniones de amigos. Era lo único que podía hacer sin cruzar una línea que no me correspondía cruzar. Marcos era mi mejor amigo desde los veinte años, y yo no soy de los que traicionan eso. Pero mirar no cuesta nada, y ella lo sabía.

Lo supe la tercera o cuarta vez que nos vimos, en un asado en lo de Ramiro. Yo estaba apoyado contra la pared del fondo con una cerveza fría en la mano, siguiéndola con los ojos mientras ella hablaba con las chicas. En un momento dado, sin que nadie le dijera nada, giró la cabeza hacia mí. Me sostuvo la mirada tres segundos exactos. Luego sonrió apenas de lado y volvió a su conversación como si tal cosa.

Eso fue lo más erótico que me había pasado en meses.

A partir de ahí el juego quedó establecido entre los dos sin que mediara una sola palabra. Yo la miraba. Ella lo sabía. Y de vez en cuando me lo confirmaba con un gesto calculado que podría haberle pasado desapercibido a cualquiera: un cruce de piernas lento, una postura que tensaba la tela de la blusa en el lugar justo, una vez incluso se inclinó hacia la mesita de centro justo cuando yo estaba mirando en esa dirección. Lo hacía con una naturalidad que me resultaba más excitante que cualquier cosa obvia.

Era un voyeur de la peor clase: adicto a los detalles.

Sus piernas eran lo que más me obsesionaba. Torneadas, con esa textura de piel que en verano se ponía levemente dorada. Cuando se sentaba con las rodillas cruzadas y la falda le subía un par de centímetros, yo perdía el hilo de cualquier conversación en la que estuviera involucrado. Una noche Marcos me preguntó si me pasaba algo porque lo miraba con cara de ausente. No le respondí la verdad. Le dije que estaba cansado del trabajo y cambié de tema.

Con el tiempo empecé a notar otros detalles. Cómo se recogía el pelo cuando hacía calor, con ese gesto rápido que le dejaba el cuello al descubierto. Cómo elegía siempre sentarse donde hubiera luz, sin que pareciera premeditado. Cómo cuando reía de verdad se le formaban dos líneas junto a la boca que hacían que su cara fuera completamente diferente. Me había aprendido su manera de existir en los espacios sociales como quien estudia un mapa sin ninguna intención de hacer el viaje.

Pero los mapas son una invitación disfrazada de información.

La última semana de enero hubo una fiesta en un departamento del centro, algo que organizó una amiga de Natalia para celebrar no sé qué cumpleaños postergado. Éramos como veinte personas, había música a volumen medio, vino tinto barato y esa atmósfera particular de las noches de invierno en que el frío de afuera hace que todo lo de adentro se compacte y se caliente.

Natalia llegó con un vestido negro. Corto, ajustado en las caderas, con un escote que no era exactamente atrevido pero tampoco dejaba nada librado a la imaginación. Me saludó con un beso en la mejilla como siempre, pero esa vez su mano se apoyó un segundo en mi brazo antes de soltarse. Un segundo es muy poco tiempo. Alcanza para todo.

Pasé la primera hora observándola desde distintos ángulos de la sala. Es algo que hago casi sin esfuerzo: posicionarme para tener la mejor visual posible sin que resulte obvio. Esa noche me ubiqué cerca del aparador, desde donde podía seguirla mientras hablaba, reía, se movía entre la gente. Había algo hipnótico en cómo ella existía en los espacios sociales. Segura, presente, sin necesidad de buscar aprobación en ningún lado.

Marcos bebió más de la cuenta. A las once ya estaba sentado en el sofá con los ojos a medio cerrar, metido en una conversación interminable sobre algo que no me interesaba. Natalia, en cambio, seguía en movimiento. Bailaba un poco cuando la música lo pedía, hablaba con todos, llenaba los vasos ajenos. Me preguntaba si lo hacía siempre o si esa noche había algo diferente en cómo se movía.

Me crucé con ella en la cocina cuando fui por más hielo.

—¿Necesitás algo? —me preguntó, aunque era yo quien había entrado en su territorio.

—Hielo —dije.

—Está en el segundo cajón del freezer.

No me moví. Tampoco ella.

—¿Siempre te quedás mirando desde el rincón? —preguntó. No había acusación en su voz. Solo curiosidad, y tal vez algo más que prefiero no nombrar todavía.

—Solo cuando vale la pena —respondí.

Ella abrió el freezer, sacó el hielo, me lo puso en el vaso sin preguntarme. Sus dedos rozaron los míos un instante y ninguno de los dos lo señaló.

—Marcos se va a quedar dormido —dijo, con la vista puesta en algún punto neutro de la cocina—. Siempre hace lo mismo cuando toma de más.

No supe qué responder. Me quedé callado, que a veces es la respuesta más honesta que uno puede dar. Ella se fue a la sala. Yo me quedé un momento ahí, con el vaso frío en la mano y el corazón corriendo un poco más rápido de lo razonable.

***

A la medianoche, Marcos estaba dormido en el sofá. Alguien le había puesto una manta encima con cariño despreocupado, de esos gestos que solo ocurren entre personas que se conocen hace mucho. La fiesta había bajado de intensidad: quedaban ocho o diez personas, la música más suave, las conversaciones más lentas, los vasos ya casi vacíos.

Natalia desapareció en un momento dado. Lo noté porque llevo dos años notando cada cosa que hace.

Salí al pasillo sin pensarlo demasiado, con el vaso en la mano como pretexto para ir a ningún lado. Ella estaba apoyada contra la pared del corredor, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados, como si estuviera recuperando algo que la sala le había quitado.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Solo necesitaba un minuto sin ruido.

Me apoyé en la pared frente a ella. El pasillo era angosto y el murmullo de la sala llegaba amortiguado desde el otro lado de la puerta. Éramos dos personas paradas a un metro de distancia en un corredor con poca luz, y los dos sabíamos que no era accidente.

—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo? —preguntó sin abrir los ojos.

—¿Haciendo qué?

Abrió los ojos entonces. Me miró de frente, sin rodeos, con esa calma suya que siempre me había resultado más desconcertante que cualquier cosa obvia.

—Mirarme.

Pude haber negado. Pude haber dicho algo gracioso para aliviar la tensión. En cambio respondí la verdad:

—Desde la primera noche.

Ella asintió, despacio, como si fuera la confirmación de algo que ya sabía desde hace tiempo.

—Lo sé —dijo.

No sé cuál de los dos se movió primero. Sé que de repente la distancia entre nosotros era mucho menor que antes, y que el pasillo se había vuelto un lugar muy pequeño y muy privado. Su espalda seguía apoyada contra la pared. Yo tenía una mano en el muro junto a su cabeza, sin tocarla todavía, sosteniendo el espacio entre los dos como si fuera algo frágil que no había que apurar.

—No debería —dije. Y lo decía en serio.

—No —coincidió ella. Pero no se movió un centímetro.

Le rocé la mejilla con los nudillos primero. Ella no se apartó. Le pasé el pulgar despacio por el labio inferior y tampoco. Cuando finalmente la besé fue con la claridad de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y ha decidido hacerlo de todas formas, asumiendo lo que eso cuesta.

Ella correspondió. Sin dudar.

No voy a detallar todo lo que pasó en ese pasillo porque hay cosas que pierden algo cuando se cuentan demasiado. Lo que sí puedo decir es que durante los minutos siguientes confirmé todo lo que dos años de miradas me habían prometido: que Natalia era tan consciente de su cuerpo como siempre había parecido, que sus manos sabían lo que hacían, que su manera de estar presente en un momento era completa y sin fisuras. No había torpeza. No había urgencia nerviosa. Solo dos personas que habían estado llegando a ese punto durante mucho tiempo.

Cuando finalmente se separó de mí, lo hizo con la misma calma con la que había empezado todo.

Se alisó el vestido. Se pasó los dedos por el pelo. Me miró un segundo.

—Tengo que volver —dijo.

—Sí —dije yo.

—La próxima vez que me mires en una reunión —dijo en voz baja pero completamente clara— ya vas a saber lo que significa.

Y volvió a la sala sin apresurarse.

Yo me quedé en el pasillo un rato más, apoyado contra la pared con el corazón todavía acelerado y la certeza extraña de que el voyeur que había sido durante dos años acababa de volverse algo bastante más complicado. No sé si eso es bueno o malo. Sé que esa noche no pude dormir, y que cuando finalmente lo hice, los sueños no tuvieron nada de inocente.

Cuando volví a la sala, Marcos seguía dormido bajo su manta con la boca levemente abierta. Natalia estaba sentada al otro lado del cuarto, hablando con alguien, con el vaso lleno y la espalda recta. En ningún momento me miró.

Pero yo la miré a ella. Y esta vez fui yo quien sonrió de lado.

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Comentarios (6)

LectorSilencioso

que bueno!! me tenia en suspenso todo el tiempo, sin duda uno de los mejores de esta categoria

Roxana_Lee

Me encanto la dinamica entre ellos dos, esa tension que se va acumulando es adictiva. Esperando una segunda parte con ansias!

Felipe_Cba

Tremendo. Me recorde de una situacion similar hace años, ese juego de miradas que solo dos personas entienden... muy bien contado.

NachoRiv

Increible, se hizo cortisimo. Mas por favor!!

Carla_SFe

Muy bien escrito, la tension es palpable desde el principio. Como sigue esto? hay segunda parte?

MiradorFiel

jajaja me mato el titulo, es exactamente lo que pasa. Muy buen relato, sigue escribiendo!

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