Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hago cuando tengo la casa para mí

4 (3)

Hay tardes que esperas sin decirte a ti misma que las estás esperando. Llevas semanas calculando, sin querer admitirlo, cuándo volvería a quedarte sola. No una hora o dos de prisa, con el oído puesto en la puerta. Sola de verdad: esa soledad que te pertenece entera, donde nada interrumpe y nadie llama ni pregunta ni necesita nada de ti.

Ese miércoles llegó.

Cuando escuché cerrarse la puerta principal y el ruido del coche alejarse por la calle, permanecí un momento sentada en el sofá sin hacer nada. Solo escuchando el silencio de la casa. Es un silencio distinto al nocturno, más denso, más tuyo. Me quedé ahí unos minutos antes de moverme, saboreando la anticipación como si fuera la mejor parte de lo que estaba por venir.

Y en cierto modo lo es.

Me levanté despacio, cerré el pestillo de la puerta principal, bajé las persianas de la sala y coloqué una sábana fina sobre la ventana que da a la calle. No por miedo a que me vieran. Sino porque esa tarde era completamente mía y de nadie más, y quería que el espacio lo supiera también.

Fui al dormitorio.

Del fondo del armario saqué la bolsa de tela donde guardo las cosas que no necesitan explicación: el body rojo de encaje con los corchetes en la entrepierna, las medias negras de autosostén que llegan hasta el muslo, el consolador de silicona que compré hace un par de años y que sigue siendo una de las mejores decisiones que he tomado. Lo coloqué todo sobre la cama con calma, como quien prepara una mesa para una cena importante.

Me desvestí sin prisa.

Me puse las medias primero, estirándolas con cuidado para que no se corrieran, luego el body. Me abroché los corchetes y me miré en el espejo pequeño del dormitorio. No era suficiente para lo que tenía en mente. Descolgué el espejo grande que está colgado detrás de la puerta —ese que pesa demasiado pero que nunca he querido cambiar de sitio— y lo apoyé contra la pared de la sala, frente al sofá. Eso sí que era mejor.

De paso, en la cocina, serví un vaso de tequila. No lo medí. Solo llené hasta donde me pareció razonable y lo bebí de un trago antes de servir otro. El calor bajó por la garganta y se instaló en el pecho como una bienvenida. Encendí un cigarrillo —algo que solo hago dentro de casa cuando no hay nadie— y me senté en el sofá con las piernas cruzadas, sintiéndome exactamente como quería sentirme: un poco prohibida, un poco desvergonzada, completamente libre.

Me fumé el cigarrillo despacio, acariciándome las piernas con la palma de la mano libre. Por encima del encaje me toqué los pechos, solo rozando, sin apuro. El tequila ya hacía efecto: ese mareo suave y cálido que no te marea del todo, que solo afloja las cosas que tienes tensas sin que te des cuenta.

Apagué la música y puse una película.

La elegí yo misma, de una carpeta que conozco bien. En la pantalla, una mujer morena con vestido ajustado entraba a una habitación amplia y luminosa. Se sentaba en un sillón blanco, cruzaba las piernas, respondía preguntas a la cámara con esa mezcla de timidez fingida y descaro real que a mí siempre me funciona. El hombre que la entrevistaba se fue acercando poco a poco. Ella lo miraba desde abajo con una sonrisa que no pretendía ser inocente. Cuando él se sacó la polla, ella la tomó con las dos manos y se la llevó a la boca sin dramatismo, como si fuera exactamente lo que había ido a hacer ahí.

Que lo era, pensé.

Me toqué por encima del body. La tela estaba húmeda ya, caliente contra las yemas de los dedos. Seguí mirando la pantalla mientras me acariciaba, sin meterme todavía, solo sintiendo la presión y el calor acumularse. La morena de la película ahora tenía las rodillas en el suelo y el hombre le sujetaba la cabeza con una mano, despacio, sin forzar. A mí me gusta esa escena en particular. Siempre me ha gustado.

Cuando terminó ese segmento me levanté.

Fui por otro tequila y otro cigarrillo. Ya sentía la cabeza un poco más liviana, los bordes de las cosas un poco más blandos, el cuerpo más disponible a sí mismo. Me paré frente al espejo grande con el vaso en la mano y me miré. El body rojo, las medias negras, las zapatillas de tacón bajo que me había puesto en algún momento sin haberlo planeado. Me desabroché los corchetes y lo dejé abierto. Mi sexo rasurado, la piel más oscura alrededor, la humedad ya visible si se miraba bien.

Me senté en la silla que había acercado al espejo.

Abrí las piernas.

Hay algo que cambia cuando te ves. No es lo mismo tocar a ciegas que mirarte mientras lo haces. El espejo convierte todo en algo más real y más irreal al mismo tiempo: eres tú, pero también eres algo que estás observando desde afuera. Esa tensión extraña y deliciosa de ser al mismo tiempo la que mira y la que es mirada.

Me pasé los dedos de arriba abajo, despacio. El clítoris respondió de inmediato, hinchado y sensible bajo la yema. Lo acaricié en círculos pequeños mientras miraba mi reflejo: los labios entreabiertos, la respiración más corta, el pecho subiéndome y bajándome. Me mojé los dedos adentro y me los llevé a la boca. El sabor es algo que no se puede describir del todo: salado, cálido, íntimo. Me los chupé despacio, sin apartar los ojos del espejo.

Qué rica me sé.

Lo repetí varias veces, moviéndome entre el tacto y el sabor, construyendo la excitación sin llegar todavía a ningún sitio concreto. En algún momento recordé una tarde con Rodrigo, un hombre que conocí en un viaje hace tres años, que tenía la paciencia poco común de lamer sin querer terminar pronto. Recordé su boca exactamente donde mis dedos estaban ahora. La imagen me apretó el estómago.

Cambié de postura.

Me subí al sofá de rodillas, dándole la espalda al espejo. Me abrí y me miré por encima del hombro: las nalgas, el ano rosado y pequeño, la hendidura brillante de la humedad entre los labios. Me pasé el dedo por encima del orificio trasero, despacio. Solo sintiendo. Tibio, suave, apretado. Me lo lamí y lo volví a poner, con un poco más de presión esta vez. Cedió apenas. Seguí así unos minutos, alternando entre tocarme adelante y atrás, mirándome en el espejo desde esa postura que lo muestra todo.

***

Bajé del sofá y fui al baño. Me puse de pie en la base de la ducha y oriné así, parada, solo porque podía y la casa entera era mía para hacer lo que me diera la gana en ella. Quedé más liviana, más presente. Me quité el body y las medias pero me dejé las zapatillas. Caminé así por la casa, desnuda excepto por eso, encendiendo el último cigarrillo del paquete, deteniéndome cada tanto a tocarme donde me apetecía sin apuro ni destino concreto.

Cuando volví al sofá, agarré el consolador.

Lo sostuve un momento. Después de dos años tiene algo casi familiar, ese peso específico, esa textura que ya conozco bien. Lo llevé a la boca y lo mojé con cuidado, cubriéndolo de saliva desde la punta hasta casi la base. Me senté frente al espejo, levanté las piernas y lo posicioné en la entrada.

Entró despacio.

Lo metí poco a poco, sin apuro, mirándome todo el tiempo en el espejo. Las piernas abiertas, el juguete desapareciendo adentro centímetro a centímetro. Cuando lo tuve todo dentro me quedé quieta un momento, simplemente sintiéndolo: llena, apretada, caliente. Luego empecé a moverlo.

Lo saqué y lo metí encontrando el ritmo. Con la mano libre me pellizqué un pezón, luego me lo humedecí con saliva y lo volví a pellizcar más fuerte. Subí la velocidad. Bajé. Subí otra vez. El orgasmo empezaba a asomarse como algo inevitable pero que todavía podía posponer, y eso fue lo que hice: lo posponé adrede, retirando la mano, respirando, esperando que la ola bajara un poco antes de volver a subirla.

Luego cambié de idea.

Saqué el consolador y lo coloqué vertical sobre el cojín del sofá, apuntando hacia arriba. Fui al dormitorio a buscar la crema humectante y volví. Embadurné el juguete bien, con generosidad. Me posicioné encima de espaldas, con las piernas a los lados del sofá, mirando el espejo desde esa nueva perspectiva.

Bajé despacio.

Sentí la punta en el lugar equivocado, me ajusté, lo encontré. La presión fue inmediata: diferente a la otra entrada, más intensa, más extraña, no exactamente placer al principio sino esa sensación de ocupación que, con calma y sin forzar, se convierte en algo extraordinario. Me detuve cuando ya tenía la mitad adentro.

Respiré.

Volví a bajar.

Lo sentí avanzar lentamente por el recto, ese peso interno que me hace cerrar los ojos aunque quiera mantenerlos abiertos para verme en el espejo. Me miré: estaba de pie, o casi, el consolador completamente adentro, las manos en los muslos para sostener el equilibrio. Verme así, con toda esa cosa dentro de mí y la expresión que tenía, me apretó el pecho de puro morbo.

Empecé a moverme.

Subí y bajé con mis propias piernas, despacio primero, más rápido después. Una mano se fue sola hacia el clítoris. Me lo froté con tres dedos en círculos rápidos, sin dejar de moverme. Las dos sensaciones juntas eran demasiado: el recto lleno, el clítoris ardiendo, y mi imagen en el espejo haciendo todo eso sin vergüenza y sin testigos.

Qué puta me veo, pensé, y lo dije también en voz alta, solo para oírlo en el silencio de la sala.

Cambié una vez más de postura. Me saqué el consolador con cuidado, lo volví a embadurnar y me puse a cuatro patas sobre el sofá. Lo metí yo misma desde atrás, sin titubear, sin pausas. Entró todo de una sola vez, suave, y me aferré al respaldo con las dos manos para no perder el equilibrio.

Permanecí así varios minutos, moviéndome sola, mirando mi propio reflejo por encima del hombro: el culo en alto, la espalda arqueada, el juguete entrando y saliendo con un ritmo que encontré sin pensar. Luego me senté otra vez de frente al espejo, lo saqué del orificio trasero y esta vez lo metí en el otro. La mano derecha al clítoris. Velocidad alta. Sin más rodeos.

El orgasmo llegó sin avisar demasiado, como suelen llegar los buenos: una ola que se acumula y de pronto rompe sola. Gemí fuerte, sin cuidarme. La casa era mía. El sonido también lo era. Seguí frotando el clítoris mientras los espasmos duraron, apretando el juguete adentro, sintiendo cada contracción como si todo el cuerpo hubiera estado esperando exactamente eso durante semanas.

Tardé varios minutos en volver.

Me quedé recostada en el sofá, mirando el techo, con la sensación de que cada músculo había decidido por fin descansar al mismo tiempo. El sexo palpitaba suave, hipersensible, de esa manera que hace que no quieras tocarte más pero tampoco quieres que nadie te toque porque ya estás perfectamente satisfecha y completa.

Miré el reloj. Habían pasado casi dos horas.

Me duché despacio, dejé que el agua caliente terminara de bajarme la tensión de los hombros. Guardé el consolador, doblé la lencería, colgué el espejo de vuelta en su sitio. Abrí las persianas, quité la sábana de la ventana. Salí a la calle poco después con la ropa de siempre, entre la gente de siempre, con ese hormigueo leve que dura horas y que nadie puede ver pero que yo siento en cada paso.

Si supieran.

Valora este relato

4 (3)

Comentarios (9)

Rosario_BA

excelentee!!! me encanto como lo planteaste desde el principio

Patri77

Ay que ganas de que haya segunda parte, dejo con ganas de mas!

koque56

se me hizo corto, muy pero muy bueno

LaFiesta99

jajaja el tequila y el espejo, que imagen mas grafica. tremendo relato

NatyRBsAs

Buenisimo, me recordo a esas tardes en que uno aprovecha la soledad para reencontrarse con uno mismo. Segui asi!

Carolina_M

Por favor mas relatos de este estilo, son los que mas disfruto leer

SandraMorales

Excelente relato, espero ansiosamente el proximo. Saludos!

Rulox88

me pregunto si vas a contar la proxima vez que la casa quede sola jeje. espero que si!!!

Marcos_BA

Leido de un tiron sin pausas. Gracias por compartir

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.