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Relatos Ardientes

La pelirroja de la webcam que obedecía a todos

Hay noches en las que no busco nada en concreto. Solo abro el portátil, me sirvo algo de beber y empiezo a saltar entre las páginas de cams que tengo guardadas desde hace meses. Las conozco casi todas. Sé quién emite a estas horas, qué chicas repiten siempre el mismo guion, cuáles fingen y cuáles no. A veces incluso emito yo, aunque esa noche no tenía ganas. Era más curiosidad que otra cosa, ese aburrimiento espeso de la madrugada que te empuja a mirar pantallas sin saber muy bien qué esperas encontrar.

Entonces apareció ella.

Era una cuenta nueva, alguien que no había visto antes. El nombre me hizo gracia y entré casi por inercia: Llama Dócil. La miniatura ya prometía, pero cuando se abrió la transmisión me quedé clavado en la silla. Una pelirroja de pelo rizado, de esos rizos que parecen tener vida propia, semidesnuda sobre una cama deshecha. Cuerpo de los que te obligan a respirar despacio: caderas anchas, cintura estrecha, pezones rosados que se le marcaban bajo la luz tibia de una lámpara. El pelo rojo siempre ha sido mi debilidad, y aquella chica lo sabía explotar como nadie.

Mientras la observaba, fui curioseando su perfil. No era solo una cam. En la misma plataforma tenía publicados varios relatos firmados con su nombre de usuario, textos que ella misma escribía. Eso me enganchó todavía más. Mientras en el chat decenas de desconocidos le lanzaban monedas para terminar de desnudarla, yo abrí en otra pestaña el más antiguo de sus relatos y empecé a leer.

***

El texto hablaba de una primera vez. De una chica joven y nerviosa que se entrega a un hombre por segunda vez en su vida, todavía aprendiendo, todavía descubriendo hasta dónde quería llegar. Estaba escrito sin prisa, con un detalle casi inocente al principio que se iba volviendo más descarado párrafo a párrafo. Se notaba que disfrutaba contándolo, que cada frase la había escrito imaginándose mirada. Lanzada, dispuesta, obediente. Como su propio nombre indicaba.

Leía una línea y levantaba la vista a la transmisión. Leía otra y volvía a mirar. Las dos cosas empezaron a mezclarse en mi cabeza. La voz que imaginaba en el relato era la misma que ahora escuchaba en directo, ronca, suplicante, pidiendo más.

Lo curioso era el contraste. En el texto se mostraba tímida, casi pidiendo perdón por desear, midiendo cada paso como quien entra en agua fría. En la pantalla, en cambio, ya no quedaba ni rastro de aquella vergüenza. Era como ver a la misma mujer separada por años, una versión que apenas se atrevía a nombrar lo que quería y otra que lo gritaba sin pudor ante una multitud de extraños. Y yo, en la madrugada de mi salón, era el único testigo de las dos al mismo tiempo.

Me serví otro trago sin apartar la vista de la pantalla. El hielo tintineó en el vaso y aquel sonido tan cotidiano me devolvió por un segundo a la realidad: estaba a oscuras, solo, mirando a una desconocida que jamás sabría que yo existía. La idea, lejos de incomodarme, me encendió todavía más.

En el chat, los hombres no paraban de mandar propinas. Cada propina hacía vibrar el juguete que llevaba dentro, y cada vibración la hacía retorcerse y soltar un gemido largo. Ella miraba a la cámara, se mordía el labio y pedía permiso para correrse delante de todos. Abría las piernas sin pudor, ofreciendo a la pantalla todo lo que tenía, como si cada uno de nosotros estuviera a un palmo de su piel y no al otro lado de una conexión anónima.

—Por favor —decía mirando al objetivo—, dejadme acabar. Os lo pido bien.

Como si me lo pidiera solo a mí.

***

El relato que estaba leyendo subía de intensidad a la vez que ella en pantalla, y la coincidencia me parecía casi obscena. En el texto, el chico se la había llevado a su piso y la tenía a cuatro patas sobre la alfombra, desnuda, esperando órdenes. La describía húmeda, impaciente, deseando que la usaran. Y en directo, sobre la cama, la pelirroja adoptaba exactamente esa misma postura, como si estuviera representando lo que había escrito tiempo atrás, como si las dos versiones de ella se hubieran encontrado esa noche solo para mí.

No fui capaz de seguir conteniéndome.

Me había puesto duro hacía rato, sin darme cuenta del todo. Me bajé el pantalón y empecé a tocarme, despacio al principio, con la mano apenas cerrada. No quería terminar pronto. Quería estirar aquello todo lo posible, leer una frase más, escuchar un gemido más, ver una postura nueva antes de dejarme ir. Así que me masturbaba a tirones, parando cada vez que sentía que la cosa se aceleraba demasiado, retomando cuando la urgencia bajaba un poco.

Leía y escuchaba al mismo tiempo. Sus palabras escritas en una pestaña, su voz real en la otra. Y mi mano marcando el ritmo entre las dos.

***

La imagen en pantalla era difícil de describir sin quedarme corto. Ella estaba descontrolada, fuera de sí, con los dedos clavados entre las piernas y la otra mano jugando por detrás. No paraba de tocarse. Sabía perfectamente que cientos de hombres la estábamos mirando en ese instante, y eso era justo lo que la encendía. La idea de ser observada, de ser deseada por una multitud invisible, parecía importarle más que el placer mismo.

El chat se había convertido en un río de mensajes y propinas. Cada pocos segundos el juguete volvía a vibrar y ella daba un respingo, soltaba una carcajada nerviosa y volvía a suplicar. Yo no podía dejar de mirar. No podía apartar los ojos de aquella boca entreabierta que susurraba al objetivo, de aquellos rizos rojos pegados a la frente por el sudor, de aquel cuerpo que se ofrecía sin guardarse nada.

—Soy vuestra —decía entre jadeos—. Haced conmigo lo que queráis.

Pensé en mil cosas a la vez. En lo que haría si la tuviera delante. En cómo la agarraría del pelo, en lo que le pediría que dijera, en todas las maneras de usar ese cuerpo que se mostraba tan dispuesto. Eran fantasías imposibles, y precisamente por eso eran tan intensas. La distancia las volvía más afiladas.

Volví un momento al relato. El chico de la historia le hablaba al oído, le decía exactamente lo que iba a hacerle antes de hacerlo, y ella respondía que sí a todo, en voz baja, temblando. Levanté la vista justo a tiempo para ver cómo la pelirroja de la pantalla asentía hacia la cámara mientras alguien le ordenaba por escrito que no parara. La coincidencia me puso la piel de gallina. Era imposible que estuviera leyendo lo mismo que yo, y sin embargo todo encajaba como si alguien lo hubiera ensayado.

***

Entonces ella se corrió por primera vez.

No fue un orgasmo discreto. Se arqueó entera, gritó sin importarle nada y un chorro lo empapó todo: las sábanas, sus muslos, el borde del colchón. Squirt en directo, sin filtros, sin cortes. El chat enloqueció. Las propinas se dispararon como si todos hubieran estado esperando ese instante para premiarla, y ella, lejos de parar, volvió a colocarse, jadeando, buscando el siguiente.

Yo estaba al límite. Tuve que soltarme un segundo para no terminar antes de tiempo. Respiré hondo, leí un par de líneas más del relato —el chico de la historia la tenía ahora boca abajo, dándole órdenes que ella obedecía sin rechistar— y volví a la transmisión justo cuando ella anunciaba que se venía otra vez.

Esa chica era insaciable. Una vez tras otra, sin descanso, encadenando orgasmos como si tuviera algo que demostrar. Y a cada uno, me arrastraba un poco más cerca del borde.

***

Mi mano había dejado de hacer pausas. Ya no quería frenar. El cuerpo se me tensaba, los músculos del vientre se me contraían y notaba ese cosquilleo que avisa de que queda poco. Miraba la pantalla con la respiración entrecortada, atrapado entre la voz que salía de los altavoces y las palabras que se me amontonaban en la cabeza, mías y suyas a la vez.

Ella volvió a mirar a la cámara. Por un instante tuve la sensación absurda de que me miraba a mí, solo a mí, entre todos los nombres del chat. Sonrió, se mordió el labio y dijo en voz baja, casi un secreto:

—Venid conmigo.

No necesité más.

Su cuerpo se sacudió en otro orgasmo, otro chorro que reventó la escena, y yo me dejé ir al mismo tiempo, con los dientes apretados para no hacer ruido, sintiendo cómo se me iba toda la tensión acumulada de la noche. Fueron unos segundos largos, intensos, en los que el relato, la voz y la imagen se fundieron en una sola cosa.

Después me quedé quieto, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad y la pantalla todavía encendida. Ella se reía, agotada, dando las gracias a su público anónimo mientras se apartaba los rizos de la cara.

***

Aquella fue la primera vez que vi y leí a la Llama Dócil, o como se llamara en cada una de las páginas donde aparecía, porque cambiaba de nombre según el sitio. Y os aseguro que lo que he contado es apenas una pequeña parte de lo que pasó esa madrugada. Hubo más relatos, más transmisiones, más noches en las que volví a buscarla sin admitirlo del todo.

Lo que tenía de especial no era solo el cuerpo, ni los rizos rojos, ni siquiera el descaro con el que se ofrecía. Era esa mezcla rara de exhibición y escritura, de mostrarse en directo y al mismo tiempo dejar por escrito sus fantasías para quien quisiera leerlas. Como si necesitara ser mirada de las dos maneras a la vez: por los ojos y por la imaginación.

Yo caí en las dos. Y, sinceramente, no me arrepiento de ninguna de aquellas noches en vela frente a la pantalla. Espero que, si alguna vez os la cruzáis por ahí, la disfrutéis tanto como la disfruté yo.

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Comentarios (6)

EstebanQ

Increible relato, de los mejores que lei por aca. Se hizo muy corto!!

NocheConectado

Me quede con ganas de saber que paso despues. Por favor necesito una segunda parte!

luciab_reads

El concepto me atrapo desde el principio, muy original. No habia leido nada parecido en este sitio y eso ya es mucho decir.

Santi_BsAs

jajaja me imaginé la situacion perfectamente. Tremendo, que manera de contar

ViajeroRio

Me recordo a una noche que entre por curiosidad a algo similar y me sorprendio lo que encontre. Esas cosas no se olvidan facil.

FernandoT_77

Hubo alguna otra noche de esas? Jaja la pregunta era inevitable. Muy buen relato, saludos

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