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Relatos Ardientes

Me masturbé en silencio con mi compañera durmiendo al lado

Sé que llevo tiempo sin aparecer por aquí, y lo siento de verdad por quienes esperan mis relatos con la misma ansia con la que yo los escribo. La excusa es buena, lo prometo: me mudé de país hace unos meses y mi vida entera se dio vuelta. Lo único que no cambió, o que quizá creció, es el calor que me vive por dentro y que ningún cambio de dirección logra apagar.

Lo que sí cambió, y bastante, fue mi intimidad. Después de años viviendo sola, dueña de cada rincón y de cada silencio, ahora comparto un piso con otras cinco mujeres. Y no solo el piso: comparto cuarto. Para alguien acostumbrada a desnudarse a cualquier hora y a hacer ruido cuando le da la gana, esto es un desafío diario.

El departamento es amplio, eso debo reconocerlo. Techos altos, una cocina enorme donde siempre hay alguien, un balcón que da a una calle estrecha y empedrada. Pero seis mujeres bajo el mismo techo son seis horarios distintos, seis rutinas, seis cuerpos cruzándose en el pasillo a medio vestir. No descarto que en algún momento termine enredada con alguna de ellas. Por ahora, lo que más me pesa es la falta de privacidad.

Mi compañera de cuarto se llama Niels. Es del norte, alta, de hombros anchos y una calma escandinava que a veces envidio. Dormimos en dos camas separadas por una mesita de noche y poco más de un metro de distancia. Un metro. Esa es toda la frontera que me queda.

***

Aquella noche había sido tranquila. Pedimos pizza entre todas, abrimos un par de botellas de vino tinto barato y nos quedamos un rato largo en la cocina, riéndonos de cosas que al día siguiente nadie recordaría. Casi todas madrugaban, así que pronto el piso se fue apagando, puerta por puerta, luz por luz, hasta quedar en ese silencio espeso que solo tienen las casas llenas de gente dormida.

Me gustaría contarte que me metí en la cama con una lencería de encaje, algo digno de un relato. La verdad es mucho menos glamorosa: hacía un frío de mil demonios, así que llevaba puesto un pijama viejo, holgado y francamente feo. Sin corpiño, eso sí. Mis pezones, duros como piedras por el clima de este país, eran la única prueba de que algo en mí seguía despierto.

Estuve un rato tonteando con el teléfono, dejando que la pantalla me quemara los ojos en la oscuridad. Después lo apoyé en la mesita e intenté dormir. Imposible. Daba vueltas, acomodaba la almohada, cambiaba de lado. Nada. Mi cabeza no paraba y mi cuerpo, por debajo, tampoco.

Al final saqué los auriculares, los encajé en mis oídos y puse una lista de música suave, esas melodías lentas que supuestamente relajan. Cerré los ojos. Respiré hondo. Y la música empezó a hacer lo suyo: mis hombros se aflojaron, mi respiración se volvió más lenta, mi cuerpo se hundió en el colchón.

Casi sin darme cuenta, mi mano empezó a moverse. Primero solo acariciaba mi vientre por encima de la tela, en círculos perezosos, sin intención. O eso me dije. Pero el roce despertó algo que llevaba demasiado tiempo en pausa. De pronto sentí cómo mi sexo se contraía solo, latiendo despacio, recordándome cuántos meses llevaba sin un buen revolcón. Y sin tocarme siquiera, todavía más.

Giré la cabeza hacia la derecha. Niels era un bulto inmóvil bajo el edredón, su respiración profunda y regular. Dormía. Y esa certeza, en lugar de frenarme, fue exactamente el empujón que necesitaba.

***

No lo pensé dos veces. Metí la mano dentro del pantalón del pijama y me rocé por encima de la ropa interior. La tela ya estaba húmeda, traicionera, delatando lo que mi cuerpo quería mucho antes que mi cabeza. Tiré de la tanga hacia un lado, de modo que mis labios quedaran libres y mi clítoris atrapado contra la costura. Dios, qué bien se sintió.

Empecé a tirar de esa tela una y otra vez, marcando un ritmo lento, dejando que la presión subiera de a poco. Una vez, dos, tres. Para la décima ya estaba mordiéndome el labio. Y entonces, sin querer, se me escapó un gemido. Bajo, pero gemido al fin.

Niels se removió. La oí balbucear algo, una queja sin palabras, el sonido de alguien a quien acaban de molestar en mitad del sueño. Me quedé congelada, la mano quieta, el corazón golpeándome las costillas. Esperé. Diez segundos, veinte. Su respiración volvió a su ritmo profundo.

Ahí entendí las reglas del juego: tenía que ser absolutamente silenciosa. Y no porque me aterrara que ella se enterara, no era pudor lo que me frenaba. Era algo mucho más egoísta. El verdadero miedo era que se despertara, que rompiera el hechizo, que me obligara a parar justo cuando mi cuerpo entero pedía a gritos un final. Llegar al orgasmo se había vuelto una misión, y nada iba a interponerse.

El problema era el equipamiento. No tenía nada a mano, ningún juguete, nada que me ayudara, y desde luego no podía levantarme a buscar entre mis cosas y arriesgarme a que el ruido la despabilara. Solo me tenía a mí, a mi imaginación y a lo que llevaba puesto.

***

Decidí improvisar. Me bajé el pantalón del pijama y la tanga con cuidado, milímetro a milímetro, hasta sacármelos por debajo del edredón sin que la tela hiciera un solo ruido. Quedé desnuda de la cintura para abajo bajo las sábanas, con el aire frío del cuarto rozándome los muslos y poniéndome la piel de gallina.

Pasé los dedos entre mis labios y casi me asusté de lo mojada que estaba. Se deslizaban solos, sin esfuerzo, como si mi cuerpo llevara horas preparándose para este momento mientras yo fingía buscar el sueño. Tomé la tanga, esa que acababa de quitarme, y empecé a empujarla despacio dentro de mí. La metí casi por completo.

La textura era extraña, la tela arrugada y húmeda llenando un espacio que pedía algo más firme. No era ni de lejos suficiente, pero era todo lo que tenía, y la sensación de tener algo dentro, cualquier cosa, ya me tensaba el vientre de pura anticipación.

Seguí jugando con mis dedos, subiendo y bajando, recorriéndome entera. Llevé un poco de mi propia humedad hacia atrás, hasta mi entrada más estrecha, lubricándola con paciencia. Y entonces deslicé un dedo hasta el fondo, despacio, conteniendo el aire. Lo moví dentro de todas las maneras que se me ocurrieron, en círculos, hacia los lados, descubriendo una presión nueva que me nublaba la vista.

Me era imposible no gemir, así que enterré la cara en la almohada y mordí la funda con fuerza. Me retorcía bajo el edredón intentando no mover el colchón, conteniendo cada sonido en la garganta, y eso, lejos de calmarme, lo volvía todo más intenso. El silencio obligado era su propio tipo de tortura deliciosa.

Quería más. Por supuesto que quería más. Lo necesitaba.

***

Dejé el dedo trabajando ahí atrás y llevé la otra mano a mi clítoris, ese punto hinchado y latiente que llevaba todo el rato reclamando atención. No fui delicada. Fui directa, rápida, bruta, justo a la manera que me vuelve loca y que conozco de memoria. No había tiempo para la sutileza ni ganas de tenerlo.

Mi cuerpo se convirtió en un cable tenso a punto de cortarse. Estaba en éxtasis y necesitaba gritar, gemir, soltar todo el aire de golpe, y no podía hacer absolutamente nada de eso. Tenía las dos manos ocupadas, cada terminación nerviosa encendida, la tanga llenándome por delante, mi dedo moviéndose detrás y mis yemas haciendo magia sobre el clítoris. Placer y electricidad recorriéndome de la nuca a los pies.

Sinceramente no sé cuánto duró. Poco, creo. Llevaba tanto tiempo sin un orgasmo que llegó casi de golpe, sin previo aviso. Empecé a sentir los primeros espasmos, pequeños, y seguí tocándome a pesar de ellos, exprimiéndolos, hasta que la ola se hizo enorme y me dobló sobre mí misma. Llegó tan fuerte que durante unos segundos no pude ni moverme, atrapada entre el placer y el esfuerzo titánico de no hacer ruido.

Me quedé inmóvil, temblando bajo las sábanas, con la boca abierta contra la almohada y los ojos cerrados con fuerza. Ni un sonido. Solo mi respiración entrecortada, que intenté disimular fingiendo el ritmo de alguien que duerme.

***

Cuando por fin logré calmarme, saqué el dedo de mi entrada trasera y retiré la tanga, completamente empapada, inservible por esa noche. Estaba tan acalorada, con el cuerpo todavía vibrando, que terminé quitándome también la remera del pijama por debajo del edredón. Quedé totalmente desnuda entre las sábanas frías, y juro que pocas veces dormí tan bien.

Giré una última vez la cabeza hacia la derecha. Ni se había movido. Su respiración seguía profunda, ajena por completo a lo que acababa de pasar a un metro de su almohada. Y esa idea, la de haberlo hecho ahí, en silencio, robándole un orgasmo a la oscuridad mientras alguien dormía al lado, me hizo sonreír en lo oscuro como una adolescente que acaba de salirse con la suya.

Espero de corazón que hayas disfrutado tanto como yo de este relato. Te confieso un secreto que ya conocen quienes me leen hace tiempo: cada vez que termino de escribir, acabo mojada y con la mano metida un buen rato. Hoy, por supuesto, no va a ser la excepción.

Y ya que el morbo está servido, me ronda una idea. Como disfruto tanto tocándome, y sé que a ustedes les gusta tanto leerme, he pensado en empezar a transmitir en las cámaras del sitio. ¿Qué dicen, mis fieles lectores? ¿Les gustaría verme en vivo y que nos corriéramos juntos, al otro lado de la pantalla? Los leo, como siempre. Hasta la próxima travesura.

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Comentarios (6)

Vecino_ansioso

jaja el titulo me enganchó de entrada. Buenisimo el relato!!

lectorx77

Me quedé con ganas de más, muy bien narrado. Segunda parte?

SilentReader22

Increible, se me hizo demasiado corto. Mas por favor!!

MarcelaMdq

Me recordó a una situacion parecida de cuando vivia con compañeras. Esas cosas que uno guarda para si tienen algo especial. Muy bien escrito.

RupertoCBAS

Narrativa muy buena, fluye solo. Uno siente que esta ahi en la escena. Ojalá haya continuación, porque asi termina dan ganas de saber que pasó después.

BenjaRosario

buenisimo!!! se hizo corto

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