Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La paciente que se desnudó en mi consulta

Hay pacientes que se quedan a vivir en la memoria mucho después de cerrar su expediente. A veces es por lo que cuentan, otras por cómo lo cuentan, y unas pocas, las menos, por lo que hacen sin avisar. Mariela pertenecía a ese último grupo, y todavía hoy, años después, no sabría decir si la recuerdo por lo que ocurrió aquella tarde o por la forma en que me obligó a mirarme a mí misma.

Tenía treinta y cuatro años cuando llegó a mi consulta. Yo llevaba poco tiempo ejerciendo como psicóloga, lo suficiente para creer que tenía el control de cada sesión y demasiado poco para saber que algunas personas no vienen a curarse, sino a mostrarte algo que tú aún no sabes de ti.

Era morena, de pelo largo y rizado que se echaba siempre hacia un lado con un gesto despreocupado. Un cabello negrísimo atravesado por brillos que aparecían y desaparecían según la luz de la tarde entraba por la ventana. Tenía las cejas marcadas sobre unos ojos finos, ligeramente rasgados, que parecían a punto de pedir perdón por algo.

Unos ojos que habrían despertado ternura en cualquiera si no fuera porque siempre los acompañaba una sonrisa que no terminaba de encajar con la pena que fingían.

Llevaba unas gafas de pasta gruesa que le daban un aire estudioso, casi tímido. Y, sin embargo, detrás de esos cristales había algo que no era timidez en absoluto.

Tenía un par de lunares a los lados de la boca, justo sobre los hoyuelos que se le marcaban al hablar, y una voz susurrada, suave, que pronunciaba cada frase con una dulzura desarmante.

No era una mujer profunda. No tejía sus ideas con grandes discursos ni buscaba impresionarme con su inteligencia. Era sencilla, directa, casi infantil en su manera de exponer lo que sentía. Y esa misma sencillez la volvía imposible de descifrar.

Durante las primeras sesiones hablamos de lo de siempre. Una relación que se había roto, un trabajo que la aburría, la sensación de no encajar en ningún sitio. Yo tomaba notas, asentía, hacía las preguntas correctas. Todo dentro del guion.

Pero había algo en la forma en que cruzaba las piernas, en cómo dejaba que la falda subiera un centímetro de más, en la manera en que se mordía el labio antes de responder, que me obligaba a esforzarme por mantener la mirada en mi cuaderno. Alguna vez, incluso, había alcanzado a ver el borde de sus bragas cuando descruzaba las piernas sin pudor, un triángulo de tela clara ceñido a un coño que ya me había imaginado sin querer más de una noche, tumbada en mi cama, con la mano metida entre las piernas y los ojos cerrados.

Concéntrate. Es tu paciente. Es solo eso.

Me repetía esa frase como un conjuro, sesión tras sesión, sin sospechar lo poco que iba a servirme.

***

Fue una tarde de finales de otoño. La consulta estaba en penumbra, con esa luz dorada y cansada que entra cuando el día se acaba. Mariela llegó más callada de lo habitual, se sentó en el sofá frente a mí y, durante un buen rato, no dijo nada.

—¿Hay algo que quieras contarme hoy? —pregunté, intentando sonar profesional.

Ella me miró. Y entonces vi cómo su expresión inocente se quebraba por dentro y dejaba paso a otra cosa. Un brillo distinto, decidido, casi travieso, que le cambió la cara entera.

—Quiero enseñarle algo —dijo en voz baja.

No me dio tiempo a responder. Se llevó las manos al primer botón de la blusa y empezó a desabrochárselo con una calma que me heló la respiración. Botón a botón, sin prisa, sin apartar los ojos de los míos.

—Mariela —dije, y mi propia voz me sonó lejana—. No deberíamos…

—Solo mire —murmuró—. No tiene que hacer nada. Mire cómo me pongo por usted, doctora. Mire lo mojada que estoy desde que crucé la puerta.

Debí levantarme. Debí decirle que parara, que aquello rompía todas las normas, que yo era su terapeuta. Lo sabía. Lo sé. Pero me quedé clavada en la silla, con el cuaderno olvidado sobre las rodillas y el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir.

La blusa cayó al suelo. Después se quitó el sostén con un movimiento perezoso, y sus pechos pequeños quedaron al descubierto, con unos pezones oscuros, duros, apuntando hacia mí como si me estuvieran señalando. Se los rozó ella misma con la yema de los dedos, apenas un segundo, y los pezones se le arrugaron todavía más, tensos, casi dolorosos de mirar.

Se incorporó apenas para deslizarse la falda y las bragas por las caderas. Las bragas eran blancas, sencillas, y cuando las bajó por los muslos alcancé a ver una mancha oscura de humedad justo en el centro. Las dejó caer al suelo con un gesto casi ceremonial, y volvió a recostarse en el sofá completamente desnuda, con las piernas estiradas y los pies juntos, como si el tiempo entero estuviera de su parte.

Su vientre era firme, terso, y descendía hacia un vello oscuro y rizado que no intentaba esconder. Entre ese vello se adivinaban ya los labios de su coño, hinchados, brillantes, entreabiertos por un hilillo transparente que le corría muslo abajo. Todo en ella era a la vez inocente y perverso, como si no terminara de saber lo que estaba provocando y lo supiera demasiado bien.

—¿Le gusta mi coño, doctora? —preguntó, ladeando la cabeza como una niña que pregunta algo prohibido—. Dígamelo. Dígame si le gusta.

No respondí. No podía. Pero sentí, con una claridad brutal, cómo mis propias bragas se pegaban ya a mi sexo empapado, y cómo cada latido me golpeaba entre las piernas como un tambor.

***

Se llevó dos dedos de la mano derecha a la boca y los humedeció despacio, chupándolos con la lengua a la vista, sacándolos brillantes de saliva, sin dejar de mirarme ni un segundo. Había en esa mirada una seguridad desconcertante, esa certeza absoluta de quien ha decidido que va a hacer algo y no le importa nada más.

Confieso que, por un instante, sentí miedo. No de ella, sino de mí, de lo que estaba dispuesta a permitir que ocurriera en aquella habitación.

Bajó la mano entre las piernas. Las flexionó lentamente, abriéndolas ante mí, y con dos dedos se separó los labios del coño para que yo lo viera todo, absolutamente todo: la carne rosada, tensa, brillante de flujo, el clítoris asomando ya, hinchado como una perla oscura, la entrada de su vagina contrayéndose sola, hambrienta, vacía.

—A mí sí me gusta —susurró, cerrando los ojos a medias, aunque sin dejar de buscarme con la mirada por debajo de las pestañas—. Mire cómo palpito, doctora. Mire cómo me chorrea el coño solo porque usted me está mirando.

Empezó a frotarse el clítoris con círculos pequeños, apretados, la yema del dedo corazón dando vueltas sobre esa carne endurecida hasta que se le escapó un jadeo largo, ronco, que no encajaba con la voz de niña buena con la que hablaba en las sesiones. Luego bajó los dedos y se los metió dentro, dos a la vez, hasta los nudillos, con un sonido húmedo, obsceno, que retumbó en la consulta como si alguien hubiera subido el volumen al silencio.

Se retorcía en el sofá con la elegancia de una serpiente segura de sí misma. Cada movimiento de sus caderas era una pregunta dirigida a mí, una invitación a romper la última línea que aún nos separaba. Sacaba los dedos empapados, los subía hasta el clítoris, los volvía a hundir, y cada vez que los metía el coño le hacía un ruidito líquido que me erizaba la nuca.

Yo apreté el cuaderno con las dos manos. Sentía el calor subiéndome por el cuello, las mejillas ardiendo, la garganta seca. Mi cuerpo respondía por su cuenta, traicionando años de disciplina y de distancia profesional. Bajo la falda ajustada de la consulta, mis muslos se apretaron el uno contra el otro, buscando un roce que no me atrevía a darme. Los pezones se me habían endurecido dentro del sujetador y rozaban la tela con cada respiración, y en las bragas ya sentía la humedad extenderse en un círculo tibio.

Levántate. Sal de aquí. Hazlo ahora.

No me moví.

***

Mariela suspiraba, gemía, se follaba a sí misma con los dedos con una entrega adictiva, casi inconsciente. Parecía arrastrada por unas manos invisibles que la empujaban hacia un lugar al que solo ella podía llegar. Su pelo rizado se agitaba sobre el cojín, denso, revuelto, como si su cabeza no pudiera contener todo lo que sentía.

Sus dedos se movían cada vez más rápido, entrando y saliendo con un chasquido húmedo, sacándose flujo hasta el pubis, embadurnándose el clítoris con su propia lubricación. La otra mano subió hasta uno de sus pechos, lo apretó, se pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar, lo retorció con fuerza, y de su boca entreabierta escaparon gemidos que llenaron toda la consulta.

—Métaselos usted —jadeó de pronto, mirándome de frente con los ojos vidriosos—. Mire, doctora, mire cómo entran. Dos dedos, tres, los que quiera. Este coño es suyo esta tarde.

Y como si respondiera a su propia orden, se metió tres dedos hasta el fondo, hizo una mueca de placer y empezó a bombeárselos con la mano entera, la muñeca girando, los dedos brillantes, el ruido de la penetración cada vez más obsceno, más líquido, más imposible de ignorar.

Me fijé en sus pies, pequeños, que se torcían de un lado a otro al ritmo de sus embestidas, tensándose y relajándose como los de alguien que ya no controla nada de lo que su cuerpo hace. Sus dedos del pie se encogían cada vez que se hundía los tres dedos hasta el nudillo.

Segundo a segundo se perdía en un mundo propio. La excitación se adueñaba de cada poro de su piel, le enrojecía el pecho, le tensaba el cuello, le arqueaba la espalda contra el respaldo del sofá. Con la mano que le quedaba libre se llevaba dos dedos a la boca, se los chupaba, los sacaba brillantes y los bajaba hasta el clítoris para castigárselo con más saliva encima del flujo. Ya no sabía dónde acababa un placer y dónde empezaba el siguiente.

Y yo seguía allí, inmóvil, convertida en la única testigo de aquel espectáculo que nunca había pedido y del que ya no podía apartarme. Era voyerista a mi pesar, prisionera de su deseo, incapaz de hacer otra cosa que mirar y sentir cómo mi propia respiración se volvía pesada, cómo el coño se me apretaba solo, cómo por debajo de la falda una gota tibia me resbalaba ya por dentro del muslo.

—Míreme —pidió entre jadeos, con la voz rota—. No deje de mirarme, por favor. Míreme el coño, doctora. Míreme correrme para usted.

Y la miré. La miré como nunca había mirado a nadie en aquella consulta, sin notas, sin diagnóstico, sin la coraza del título colgado en la pared. Le miré los tres dedos entrando y saliendo, el clítoris hinchado y rojo bajo el otro pulgar, los labios de su coño chupándose los dedos cada vez que se los hundía, el ojete apretado un poco más abajo, tenso, contrayéndose al mismo ritmo que la vagina.

***

El final llegó como una ola. Gimió, gritó, pareció pedir auxilio para escapar de esos segundos suspendidos entre el infierno y el placer más animal. Su cuerpo entero se tensó, la espalda se le arqueó del sofá, las tetas apuntando al techo, los dedos enterrados hasta el fondo mientras el coño se le cerraba a espasmos alrededor de su propia mano. Un chorro caliente le empapó los dedos, la muñeca, el sofá, y siguió corriéndose durante varios segundos con la boca abierta, la lengua fuera, como si no le llegara el aire.

Después se quedó quieta, deshecha sobre el sofá, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad, los dedos aún dentro, el flujo brillándole en el pubis, en los muslos, en la tela oscurecida bajo su culo.

Durante un rato largo ninguna de las dos dijo nada. Solo se oía su respiración recuperándose poco a poco y, debajo, la mía, igual de agitada aunque yo no hubiera movido un solo músculo. Bajo el cuaderno, mis muslos apretaban un secreto vergonzoso: yo también me había corrido, en silencio, con las piernas cruzadas, sin haberme tocado una sola vez.

Mariela abrió los ojos y me sonrió. No fue una sonrisa de triunfo ni de vergüenza. Fue una sonrisa tranquila, casi agradecida, como si acabara de quitarse un peso enorme de encima. Sacó los dedos despacio del coño, con un último chasquido húmedo, se los llevó a la boca y los chupó uno a uno, mirándome, como quien saborea un postre.

—Necesitaba que alguien me viera —dijo en voz muy baja—. Solo eso. Que alguien me viera de verdad.

Se vistió despacio, sin pudor, recogiendo cada prenda del suelo con la misma calma con la que se las había quitado. Se puso las bragas manchadas, la falda, la blusa por encima de los pezones aún hinchados. Yo seguía sin encontrar las palabras. Toda mi formación, todos los protocolos, todas las frases que sabía decir en cualquier situación, se habían evaporado.

Cuando terminó de abrocharse la blusa, se acercó a la puerta, se ajustó las gafas de pasta sobre la nariz y me dedicó una última mirada por encima del hombro.

—Hasta la semana que viene, doctora —dijo—. Y gracias por no apartar la vista.

Y salió, dejándome sola con el cuaderno en blanco, el sofá manchado de su corrida y la certeza de que algo dentro de mí había cambiado para siempre.

***

No volvió a la semana siguiente. Ni a la otra. Llamé a su número y no contestó. Su expediente se quedó abierto durante meses, esperando una sesión que nunca llegó, hasta que terminé archivándolo como tantos otros.

Pero Mariela no se archivó conmigo. Durante mucho tiempo me pregunté qué había buscado realmente aquella tarde, si había venido a provocarme, a ponerme a prueba o, simplemente, a encontrar unos ojos que la miraran sin juzgarla.

Tardé en admitir que, en el fondo, daba igual. Lo importante no era lo que ella había querido, sino lo que yo había descubierto sobre mí misma al permitir que ocurriera. La fantasía que llevaba años negándome, el deseo escondido bajo capas de profesionalismo, la mujer que existía detrás de la psicóloga. Aquella noche, en mi cama, me toqué pensando en ella, con dos dedos dentro y el pulgar en el clítoris, imitando exactamente lo que le había visto hacer, y me corrí llamándola por su nombre contra la almohada.

A veces, en tardes de otoño como aquella, cuando la luz dorada entra por la ventana y la consulta se queda en penumbra, vuelvo a verla recostada en el sofá, retorciéndose despacio, susurrando mi nombre con esa voz inocente que nunca lo fue, los dedos hundidos en el coño hasta el fondo.

Y entonces entiendo, otra vez, por qué hay pacientes que no se olvidan jamás.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(9)

Lautaro22

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

curiosa87

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo eso entre ellos

MedicoLector

La tension que genera desde el primer parrafo te atrapa y no te suelta. Me gusto que no sea burdo, va subiendo de a poco y eso lo hace mucho mas intenso. Esperando el proximo sin falta.

Marco_uy

eso fue real o ficcion? porque se siente muy verdadero jaja

Marce_cba

me dejo sin palabras. excelente!!

Juanchi_Cba

me recordo algo que imagine mil veces pero nunca me paso jajaja. muy bueno el relato, saludos

NocheBA

La forma en que describe ese momento de tension es increible, se siente el nerviosismo del protagonista. Bien escrito.

oficinista23

buenisimo!!! sigue subiendo mas de estos

GatoNegro_mdp

me encontre este relato por casualidad y la verdad que vale la pena leerlo. muy entretenido, distinto a los tipicos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.