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Relatos Ardientes

La envidia no me dejaba dormir esa noche

El crujido de unas maderas chirriando me despertó de golpe. Al principio pensé que era el viento contra la ventana, o la vieja calefacción del edificio. Tardé unos segundos en ubicar el sonido, en entender que venía de la pared que separaba mi cuarto del de Marina.

Unos golpes acompasados contra el yeso captaron toda mi atención.

Unos gruñidos ahogados de esfuerzo despertaron mi curiosidad más morbosa.

Pero fueron sus grititos de placer los que de verdad me jodieron.

Me enfadé. No conmigo, no con ella, no con nadie en concreto. Me enfadé con el aire. Y supe enseguida que lo que no me dejaba dormir no era el ruido. Era la envidia.

Me habría gustado ser yo la que estaba abriéndose de piernas en ese cuarto. Me habría gustado ser yo la que clavaba las uñas en una espalda ancha y mordía un cuello para soportar el escozor entre las ingles. Me habría gustado ser yo la que arqueaba la espalda hasta hacer crujir el somier.

Pero no era yo. Era mi compañera de piso.

Lo único que no envidiaba era la humedad que ya sentía bajar entre mis muslos. Nunca se envidia lo que una ya tiene.

Rabia. Rabia por no haber dicho que sí.

Esa misma tarde, los dos me habían invitado a salir. Marina y el chico que había conocido en el gimnasio, un tal Damián al que yo solo había visto de refilón en una foto. Preferí quedarme. Un día largo de trabajo, los pies hinchados, las ganas de no hacer absolutamente nada. Y mientras yo elegía el sofá y una manta, ella se llevaba el premio a casa. O la polla a la entrepierna, por lo que se oía a través de la pared.

Ni siquiera le había visto bien, pero estaba convencida de que era el mejor amante del mundo. La verga más larga, más gruesa, y encima sabiendo usarla como nadie en mi triste historial.

La palabra «Dios» retumbando en la habitación de al lado me hizo replantearme mi agnosticismo de toda la vida. Mientras tanto, mi mano —muerta de frío— se deslizaba hacia el lugar más caliente en kilómetros a la redonda, sin importarle nada de lo que cualquiera pudiera opinar al respecto.

Solo quería apagar ese fuego que me reconcomía por dentro.

Solo quería comprobar si estaba tan mojada como creía.

Solo quería sentir, por un momento, lo que sentía ella.

Comprobarlo y, después, a dormir.

***

Noté un dedo cruzando el vello de mi pubis. Otra vez me repetí la mentira piadosa: solo estoy mirando cuánto me he mojado, nada más.

El ritmo de los golpes en la pared se aceleró, y mis dedos cobraron vida propia. Ya estaban dentro de la ropa, ya habían decidido por mí. Definitivamente lo de dormir quedaba aplazado.

Los dedos siempre superan, de manera empírica, lo que la mente había imaginado. Un calor infinito los rodeó mientras rozaban el clítoris. Conocedores de mi cuerpo mejor que yo misma, sabían que aún era pronto para eso. Con sigilo bajaron más, hasta encontrar ese hueco ansioso de ser llenado.

Se hundieron despacio, abriéndose paso en la humedad.

Arqueé un poco la espalda.

Abrí la boca apenas.

Apreté los músculos para abrazar, con sincero cariño, a esos dos útiles apéndices que me hacían compañía en la oscuridad.

A medida que el dedo se hundía, intenté ahogar el jadeo que nacía en mi garganta, como si el silencio fuera una forma de respeto hacia ellos dos, los del otro cuarto. Solo lo intenté. No lo conseguí.

El sexo está tan lleno de buenas intenciones que casi nunca se cumplen.

El jadeo fue creciendo conforme el dedo llegaba lo más hondo que podía, separando las paredes, reconociendo cada pliegue, untándose con todo. Lo habría mantenido ahí una eternidad, con la palma presionando el clítoris. En ese momento no encontraba ninguna explicación para no estar siempre así, con un dedo dentro de mí, incluso en el trabajo, incluso comiendo en casa de mis padres.

El dedo entraba y salía al ritmo de mis tonterías mentales, que a su vez iban al ritmo de los golpes en la pared.

***

Mi otra mano, envidiosa por naturaleza, empezó a buscarse ocupaciones. Comenzó recogiendo la camiseta hacia arriba, pasando sobre el ombligo —el único agujero al que todavía no le había encontrado utilidad— y recorriendo las costillas una a una, como una cuenta atrás.

Contando costillas, el dedo medio se había unido al índice dentro de mí.

Sabedores de mis dimensiones, se limitaban a entrar y salir sin forzar. Los dos en paralelo me abrían en canal, mientras la mano libre ya frotaba un pecho. Grandes círculos suaves despertaron un pezón adormecido que pronto presionaba contra la palma.

Los golpes de la pared desaparecieron tan de repente como habían empezado.

Tirando de la imaginación, vi al chico tumbado boca arriba, pidiendo un cambio de postura.

Y a ella accediendo, poniéndose encima.

Marina gritó su nombre.

El golpeteo de antes dio paso a un «ñiqui-ñiqui» de colchón maltratado. Estaba clarísimo el cambio de dirección: del adelante-atrás habían pasado al arriba-abajo.

Me la imaginé aferrada a él, pasando las manos por su pecho. Me la imaginé desbocada, como una amazona sobre un caballo fuera de control. Me la imaginé con el pelo bailando sin orden ni compás, los pechos subiendo y bajando libres, apretando el colchón con las rodillas y el techo con su orgasmo.

Aprieta más. Quiero sentir lo que ella siente. Llega más al fondo. Quiero gritar como ella grita.

Sentí mis pechos bambolear como los de ella, sin freno, los pezones mareados de tanto vaivén. Cerré las piernas, como debía estar haciendo ella, aprisionando al intruso. Moví la cadera de adelante hacia atrás sobre mis propios muslos, encontrando rincones nuevos.

El ruido cesó en la otra habitación.

Mi cama, en cambio, seguía gimiendo, y más cuando dejé caer todo el peso sobre la mano, los dedos entrando casi hasta los nudillos. Volví a gemir al sentir cómo se separaban dentro de mí.

Un grito me respondió desde el otro lado del tabique.

***

Mi curiosidad morbosa me hizo parar en seco.

Dos golpes seguidos contra la pared.

Un grito anunció a todo el vecindario el cambio de rumbo, el nuevo destino de la noche de Marina. Con esa visión de rayos X que solo tiene el cerebro a las tres de la mañana, la vi con las palmas apoyadas en el yeso, intentando atravesarlo para huir del destino inevitable que se acercaba a su espalda.

Me la imaginé de lleno en esa incertidumbre que precede a cualquier primera vez por detrás. Por un lado, las ganas de salir corriendo y pedir auxilio. Por el otro, la oferta irresistible de lo más guarro y sucio que alguien puede ofrecerte.

Mi cadera seguía subiendo y bajando sobre mis dedos inertes, que se iban empapando de mí. Algo de lo que, a juzgar por los gritos, carecía el camino que Damián había elegido en la otra habitación.

Por mi propia muñeca —que de seguir así no aguantaría dos minutos sin partirse— decidí imitar a mi amiga. Me incorporé, dejando los dedos agitándose como culebras sobre la colcha, y me puse de rodillas.

Envidiosa como soy, me la imaginé a cuatro patas, agarrada al cabecero, los puños cerrados, mientras todo crujía a la vez: la cama, la pared, ella.

Por los ruidos, no sabría decir qué se rompería antes.

Me la imaginé frotándose el clítoris para contrarrestar ese ardor que parece no acabar nunca. Me la imaginé con el pelo yendo y viniendo, la cara estampándose una y otra vez contra el tabique.

De rodillas, con la cara enterrada en la almohada, mi mano se perdió muy abajo, entre las piernas, subiendo y bajando a lo largo de toda mi raja. Las embestidas que imaginaba me llevaron más lejos de lo que pensaba.

***

Y entonces, con las manos perdidas en mis bajos, me acordé de mi primera vez anal.

Recordé la primera punzada de dolor en el recto, y la pregunta que me hice en ese instante: por qué había accedido a algo semejante. Quizá por las ganas de probar algo nuevo. Quizá porque después ya nadie podría decir que era virgen de algo. Quizá por hacer, por fin, lo que mis amigas me habían contado entre risas que ellas ya habían hecho.

Lo que más recuerdo es esa mezcla del terror más absoluto con una excitación que no podía controlar. Un cóctel del que sabía, ya entonces, que no había marcha atrás.

Recuerdo que mis propios gritos no me dejaban oír mis pensamientos. Pensaba en lo sucio del agujero que estaban penetrando, en si él vería algo que solo yo y mi inodoro habíamos visto, en si no le daría asco.

Y, al mismo tiempo, me moría de ganas de sentirlo terminar dentro y lanzarme sobre él como una posesa, comprobar a qué sabía después de salir de mi rincón más prohibido.

Soy una chica limpia, lo sé. Pero también sé que hay cosas que no se pueden controlar del todo.

Con la imagen de Damián deformando a mi compañera, los temblores de mi sexo se fueron diluyendo, convirtiéndose en un sopor imposible de vencer. El cansancio se apoderó de mí, la oscuridad creció, me abrazó, me rodeó una vez, y otra, y otra, y…

***

A la mañana siguiente me desperté como nueva.

Con brío y energías renovadas, me dirigí al baño. Necesitaba una ducha con urgencia: en mis dedos había una fina capa seca que debía eliminar antes de que su olor me delatara.

Al llegar a la puerta, esta se abrió y salió Marina. Iba en albornoz, secándose el pelo con una toalla. Nos saludamos con un escueto «buenos días».

No le dije nada más. Me sentía incomodísima delante de ella. Traidora por haberla estado escuchando. Despreciable por haber necesitado del placer ajeno para calmar el mío.

Ella tampoco me dijo nada. Y eso me extrañó. Ni una sonrisa cómplice, ni el alarde de la mejor noche en años.

La miré caminar de vuelta a su cuarto. Todavía anda bastante normal. No la debe de tener tan grande el tal Damián, pensé, con una mezquindad muy mía, mientras cerraba la puerta del baño.

Si en ese momento me hubiera asomado a su habitación, la habría encontrado guardando algo en el armario.

Algo que nunca llegaré a ver.

Algo que, como ya os he confesado, echo de menos en ciertas noches.

Algo que se «extravió» durante mi última mudanza.

Algo que se la folló anoche, mientras yo creía estar muriéndome de envidia por un hombre que jamás existió.

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Comentarios (5)

Analia79

increible!!! me dejo sin palabras

lector_nocturno99

El titulo ya me atrapo antes de empezar a leer, y el relato no defraudo. Muy bueno

ClaraVientos

La envidia como motor del deseo... que descripcion tan acertada. Me quede pensando bastante rato despues de leerlo

Pablito_83

me recordo a una situacion parecida que yo vivi, esa sensacion de arrepentirte de algo que vos mismo rechazaste es terrible jajaja. Muy real

Nadia_BA

Como termina?? necesito saber que paso al dia siguiente, por favor seguí escribiendo!

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