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Relatos Ardientes

Lo que hicimos por teléfono fue mi primera vez

Hoy quiero contarles la primera vez que perdí la cabeza con una simple llamada. Ni siquiera lo planeamos. Sucedió una tarde cualquiera, de esas en las que no tienes nada que hacer y el aburrimiento se mezcla con las ganas.

Tenía veinte años y llevaba apenas unas semanas conociendo a Adrián. Poco tiempo, sí, pero desde el primer mensaje hubo una química que no sabía explicar. Hablábamos durante horas y, casi sin darnos cuenta, las conversaciones siempre terminaban subiendo de tono. Coqueteo, indirectas, frases que dejaban más preguntas que respuestas. Nada más. Hasta ese día.

Hasta entonces, todo lo nuestro había vivido en la pantalla. Mensajes a medianoche, audios que escuchaba tres veces antes de dormir, fotos que borraba al rato por miedo a que alguien las viera. Yo era curiosa, pero también cuidadosa. Nunca había cruzado la línea de decir en voz alta lo que pensaba cuando estaba sola en mi cama. Esa tarde, sin proponérmelo, esa línea se borró por completo.

Estaba en mi cuarto, en el segundo piso. Mi familia andaba abajo, en la sala, con la televisión encendida. Yo tirada en la cama, mirando el techo y jugando con el celular, cuando vibró con un mensaje suyo.

—Hola, nena. ¿Cómo estás? —escribió.

—Bien, ¿y tú? —respondí con una sonrisa tonta que apareció sola.

—Bien. Pensándote.

—¿Ah, sí?

—Sí, nena. ¿Qué llevas puesto?

Me mordí el labio antes de contestar. Sabía exactamente hacia dónde iba esto y no hice nada por frenarlo.

—Un top negro, una falda corta y nada más que una tanga blanca debajo.

—Déjame verte.

Me acomodé en la cama, estiré el brazo y le mandé una foto. Acostada, la falda subida apenas lo suficiente, la mirada directa a la cámara. La envié antes de arrepentirme.

—Uff. Qué ganas de levantarte esa falda ahora mismo.

—Mmm, me encanta cuando te pones así —respondí, y noté cómo mis pezones empezaban a endurecerse contra la tela.

—Me estás poniendo durísimo. Quiero verte.

Sabía que se refería a una videollamada. Y por mucho que quisiera, no podía. Solo de imaginar que mi papá abriera la puerta y me encontrara con la cámara encendida se me revolvía el estómago.

—No puedo. Mis papás están en casa.

—Entonces déjame escucharte.

Esas tres palabras me aceleraron el corazón. Me gustaba su voz, grave, tranquila, y la idea de tenerla en mi oído me ganó. Le escribí que me llamara. Segundos después el teléfono sonó y contesté nerviosa, casi en un susurro.

Al principio hablamos de cosas sin importancia. Me contó que iba en el coche, de camino a una reunión a quince minutos de su casa. Su voz sonaba relajada, pero yo ya tenía el cuerpo encendido.

—¿Sigues duro? —pregunté, imaginándomelo marcando el pantalón mientras conducía.

—Escuchar tu voz me pone así. No ayudas.

Apreté las piernas. Mi tanga ya estaba húmeda y él ni siquiera había empezado.

—Yo estoy mojada —confesé, y mi respiración se delató sola.

—Súbete el top. Tócate las tetas para mí.

Obedecí. Apenas rocé mi pecho dejé escapar un gemido bajo. Estaba tan sensible que el simple contacto me hizo arquear un poco la espalda. Mis pezones estaban duros, suplicando atención.

—Los tengo durísimos —murmuré, sin dejar de gemir, mientras mis caderas empezaban a moverse solas.

—Si estuviera ahí te los mordería despacio, uno por uno.

Tuve que clavarme los dientes en el labio inferior para no hacer ruido. La casa estaba en silencio y cualquier gemido habría viajado por las escaleras.

—Te necesito dentro de mí —solté en voz baja—. Me duele de las ganas que te tengo.

—Abre las piernas. Hazte a un lado la tanga y métete dos dedos.

Lo hice y casi grito. Estaba empapada, tanto que podía escuchar mis propios dedos resbalando al entrar. Llevaba días sin tocarme y lo sentí de inmediato: lo apretada que estaba, esa mezcla rara de molestia y placer que me recorrió entera.

—Estoy tan mojada que voy a terminar empapando la cama —dije agitada, metiendo y sacando los dedos con un ritmo lento.

Sabía que el coche tenía el altavoz puesto, que mi voz llenaba ese espacio cerrado mientras él manejaba. Esa idea, no sé por qué, me excitaba todavía más.

—Quiero que lo hagas duro. No pares.

Su orden me llegó junto con el sonido de su respiración, cada vez más pesada. Me di cuenta de que nunca había hecho algo así, dejar que alguien me guiara con palabras, obedecer una voz sin verla. Y descubrí que me gustaba. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Volví la cabeza hacia la puerta entreabierta. Por el resquicio se colaba el murmullo lejano de la televisión, las voces de mi familia mezcladas con la risa de algún programa. Saber que estaban tan cerca, que solo unas escaleras nos separaban, me erizaba la piel. Era una mezcla de pánico y excitación que jamás había sentido y que, lejos de frenarme, me empujaba a continuar.

—Se siente increíble —jadeé—. Estoy tan apretada.

Mis piernas no podían abrirse más. La falda arrugada en la cintura, las tetas al aire, la tanga corrida hacia un lado mientras frotaba el clítoris con la palma de la mano y seguía hundiendo los dedos.

—Mete otro. Quiero oírte sentirlo todo.

Gemía mientras hablaba, y supe que él también se estaba tocando al volante. Por un instante deseé estar en ese coche, arrodillada en el asiento, haciéndole lo que su voz me describía.

—Ah, duele un poco —dije al añadir el tercer dedo.

Era la primera vez que llegaba a tres. Si con dos ya me costaba, con el tercero sentí cómo me abría de más, ese ardor nuevo que nunca había probado. Podía oír sus gemidos al otro lado, y saber que me escuchaba me mojaba aún más. Cuando por fin lo metí, dejé de pensar en el dolor y empecé a moverme con fuerza. Una mezcla extraña y adictiva de molestia y satisfacción.

—Ya está dentro —jadeé—. Duele, pero me gusta.

—Ponte en cuatro y sigue.

Me gustaba escucharlo darme órdenes. No protesté. Me quité la tanga para estar más cómoda, me di la vuelta y apoyé la cara contra la almohada. Ya no gemía: gritaba contra la tela, ahogando cada sonido. En esa posición los dedos llegaban más profundo y el placer se multiplicaba.

El culo en alto, la espalda arqueada, completamente expuesta en mi propia cama. Sabía que cualquiera podía abrir esa puerta y aun así no paré. Mis muslos estaban húmedos, mi cuerpo entero temblaba y yo solo quería más.

—Más adentro —pedí como pude—. Se siente mejor así.

—No pares, nena. Quiero que te vengas para mí. Imagina que son mis dedos, que te tengo contra el colchón, que te agarro del pelo mientras te embisto sin parar.

Sus palabras me hicieron acelerar. Cerré los ojos y me lo imaginé encima de mí, y solo con eso mi cuerpo se apretó alrededor de mis dedos como si fuera real.

—Más, sí, así —gemía, y él respondía con jadeos cada vez más rápidos.

Lo notaba al borde. Yo también lo estaba. Las piernas me temblaban, una corriente subía desde el vientre y sentía que algo estaba a punto de estallar.

—Creo que… creo que me voy a venir. Ya no aguanto —dije entre gemidos entrecortados.

—Hazlo. Córrete para mí. Yo también estoy a punto.

Fue como si estuviéramos conectados por algo más que una llamada. Sentí la explosión recorrerme entera y grité con todas mis fuerzas, aunque la almohada se tragó cada sonido. El cuerpo se me sacudió varias veces, incapaz de detenerse.

***

Me quedé tirada boca abajo, la espalda perlada de sudor, respirando como si hubiera corrido una maratón. Saqué los dedos despacio y un escalofrío me recorrió de lo sensible que estaba. Solté las piernas y me dejé caer de costado, mirando el techo con una sonrisa que no me cabía en la cara.

—Tenemos que repetir estas llamadas —dije con la voz todavía agitada—, si siempre van a terminar así.

—Lámete los dedos —respondió él—. No quiero que dejes ni una gota.

Lo hice. Pasé la lengua despacio y probé mi propio sabor, dulce y un poco amargo a la vez. Le describí cómo sabía y lo escuché gemir solo de imaginarlo. Entonces me confesó que él también había terminado, ahí, en pleno coche, y me sentí poderosa de saber que era yo quien provocaba todo eso en él.

Después se le hizo tarde para la reunión y tuvimos que despedirnos casi a regañadientes.

Las piernas todavía me temblaban cuando me incorporé. Tenía que arreglarme rápido o me descubrirían. Me limpié como pude y dejé la tanga hecha un desastre a un lado; bajé sin nada debajo de la falda. Nadie, en toda la casa, sospechó que minutos antes había estado semidesnuda, en cuatro, perdida en una fantasía que jamás creí que me atrevería a vivir.

Esa tarde descubrí algo de mí que no conocía. Que no necesitaba que me tocaran para entregarme por completo. Que a veces, una voz al otro lado del teléfono basta para encenderlo todo. Y desde entonces, cada vez que veo su nombre en la pantalla, sé que cualquier llamada puede convertirse en mucho más.

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Comentarios (6)

Tatianita97

increible, no podia dejar de leer!!! de esos relatos que te enganchan desde la primera linea

DiegoCba92

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Muy bien escrito

GabiK_77

Me recuerda a algo que me paso hace tiempo... esas primeras veces son unicas. Muy bueno el relato!

ClaraVillar_23

excelente!! sigue publicando mas cosas asi

HoracioLector

Lo que mas valoro es la tension que lograste crear. Eso de saber que la familia esta cerca le da una intensidad especial que pocas veces vi tan bien lograda. Felicitaciones, de verdad.

Caro_sin_filtros

me pregunto si fue real o solo fantasia... de cualquier forma esta contado tan bien que parece que si paso. muy bueno

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