La tarde que me dejé llevar por mi fantasía
Tengo veintisiete años, trabajo en un estudio de arquitectura y hasta hace unos meses creía que podía administrar el deseo a mi antojo: controlarlo, aplazarlo, ignorarlo cuando convenía. Soy buena en eso de ignorar cosas. En el trabajo, en casa, con mi familia que lleva años preguntándome cuándo voy a «sentar la cabeza». Pero hay ciertos deseos que no admiten aplazamiento. Tarde o temprano se acumulan hasta que ya no caben, y entonces no te piden permiso. Simplemente, salen.
Todo empezó en la clase de spinning del miércoles. El instructor habitual había pedido una baja por lesión y para sustituirlo mandaron a Marcos. Entró diez minutos antes que el resto, revisó los ajustes de todas las bicis con la concentración de quien hace las cosas bien o no las hace, y cuando nos saludó al entrar lo hizo con una voz que sonaba a whisky añejo y a problemas. Alto, con los hombros de alguien que carga peso de verdad y los antebrazos cubiertos de un vello oscuro y apretado que yo, no sé por qué, no podía dejar de mirar. Me quedé quieta en mi bicicleta durante casi treinta segundos mientras el resto de la sala ya pedaleaba.
Volvió el miércoles siguiente. Y el otro. Y el otro. Al mes, tenía su horario memorizado sin habérmelo propuesto. Sabía que llegaba siempre diez minutos antes, que se ataba los cordones de derecha a izquierda, que sudaba por la nuca antes que por ningún otro sitio. También sabía que tenía novia: la había visto esperarlo en la puerta un par de veces. Una chica morena con cara de no sospechar nada, lo cual era razonable, porque yo no había hecho nada todavía. Solo mirar. Solo acumular.
Soy virgen. A los veintisiete años. Por decisión propia algunos días, por circunstancias otros, según cómo me lo pregunten y cómo esté yo cuando me lo pregunten. Nunca hubo nadie con quien quisiera cruzar ese umbral, nadie que me generara suficiente deseo como para querer dar ese paso. Nadie hasta que apareció Marcos, y eso tampoco iba a ningún lado porque él tenía pareja y yo no era de esas. Pero el deseo no distingue entre lo que eres y lo que no eres. El deseo hace lo que quiere, y tú te limitas a gestionarlo como puedes.
Lo que sí podía controlar era la forma de gestionarlo.
***
Un martes de abril —siempre el martes era el peor, el día antes de su clase, cuando el ciclo estaba en su punto más alto— cogí la bicicleta después de salir del trabajo y pedaleé durante cuarenta minutos hasta el claro del río que conocía de cuando era pequeña. Un recodo entre sauces y álamos, apartado del camino principal, donde el agua bajaba lenta y el suelo era tierra blanda cubierta de hierba fina. Había ido de picnic allí con mis padres algún verano de la infancia y luego no había vuelto. No se me había ocurrido volver hasta esa mañana, cuando me desperté con la imagen de Marcos tan clara en la cabeza que tardé varios segundos en separar el sueño de la vigilia.
Pedaleé con el corazón más alto de lo que justificaba el esfuerzo. El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién cortada en algún campo cercano. En los últimos kilómetros, el camino se fue estrechando hasta que las ramas me rozaban los hombros a cada lado, y supe que estaba llegando.
Aparqué la bici apoyada contra un sauce y me quedé un momento parada escuchando. Solo el agua, los pájaros, el ruido seco del viento entre las ramas. Ningún otro ser humano en kilómetros. El sol de media tarde daba desde un ángulo bajo que lo teñía todo de una luz anaranjada y densa.
Me quité la camiseta. Luego el sujetador deportivo. El aire de abril me erizó los brazos y los pechos, y respiré hondo, con los pulmones llenos, como si estuviera liberando algo que llevaba meses comprimido.
Me tumbé sobre la hierba con la mochila enrollada bajo la nuca. Saqué lo que había traído: un vibrador que compré hace tiempo en un momento de valentía pasajera y que nunca había usado con tanta intención, con tanta claridad de propósito. Lo dejé a mi lado, todavía apagado, y cerré los ojos.
Lo vi llegar a la sala de spinning. Vi cómo ajustaba el micrófono de cuello antes de subirse a la bicicleta. Vi cómo me buscaba con la vista entre el grupo y, cuando me encontraba, apartaba los ojos justo un segundo después de lo necesario. Siempre ese segundo de más. En mi cabeza, la escena continuaba de otra forma.
La clase terminaba y todos se iban menos yo. Marcos cruzaba la sala vacía, me decía que llevaba semanas mirándome de una manera que no podía seguir ignorando, y yo no negaba nada porque para qué. Me tocaba la mandíbula con los dedos —esos dedos con el vello oscuro en los nudillos y la palma ancha y caliente— y me preguntaba si quería que parara. Y yo le decía que no.
Me deslicé los pantalones junto con la ropa interior y quedé desnuda bajo el atardecer. La brisa me recorrió los muslos, la cadera, el vientre. Me pasé las yemas de los dedos por la piel despacio, sin prisa, dejando que el tacto fuera antes que cualquier otra cosa.
Estaba mojada. No desde ese momento, sino desde mucho antes: desde que me duché por la mañana y lo imaginé, desde que decidí adónde iría esa tarde, desde que pedaleé los primeros kilómetros con el estómago tenso y la cabeza llena de imágenes que no pedían permiso para aparecer.
Puse el vibrador en marcha al nivel más bajo y lo apoyé contra mi muslo antes de llevarlo adonde lo necesitaba. El zumbido suave contra la piel fue suficiente para que se me cortara la respiración. Lo deslicé hacia arriba despacio, y cuando llegó donde llegó, arqueé la espalda sin proponérmelo.
—Marcos —susurré, sin dirigirme a nadie, solo para sentir el nombre en la boca. Para darle un nombre a lo que estaba haciendo.
Sus manos en mis caderas. Su peso encima, controlado, sin prisa. Me pregunta si es la primera vez y yo asiento, y en lugar de retroceder aminora el ritmo, me mira de frente, hace las cosas despacio, como si eso importara. Como si yo importara más que cualquier otra cosa en ese momento.
Aumenté la intensidad. La cadera se me fue hacia arriba sola, los pies apoyados en la hierba para dar mejor ángulo, la espalda separada del suelo. Sentí la tensión acumularse desde el centro hacia las piernas, desde las piernas hacia la columna. El primer orgasmo llegó sin construcción aparente, sin aviso, como llegan las cosas cuando llevas demasiado tiempo esperándolas: de golpe y completamente, y duró bastante más de lo que esperaba.
Grité. El sonido se fue entre los sauces y no le importó a nadie.
No paré. La sensibilidad después de correrse puede convertirse en dolor o en otra cosa, dependiendo del estado de ánimo y de cuánto tiempo llevas aguantando lo que llevas aguantando. Esa tarde decidió convertirse en otra cosa.
Me giré boca abajo con el vibrador debajo y la cadera presionada contra él. Retomé la fantasía donde la había dejado.
Marcos me dice que lleva pensando en esto desde el primer miércoles. Que cuando me ve en la tercera fila le cuesta concentrarse en la coreografía. Que no había planeado nada de esto. Y yo pienso: yo tampoco. Yo tampoco. Pero aquí estamos, y ninguno de los dos se mueve.
El segundo orgasmo fue más largo y más hondo. Sentí la contracción desde dentro hacia afuera, en oleadas lentas, y mordí la hierba entre los dientes para no gritar de nuevo. Cuando terminó, me quedé completamente quieta sobre el suelo, con el oído pegado a la tierra, escuchando mi propio corazón apaciguarse poco a poco.
Estuve así varios minutos. El sol había bajado otro tramo. Los pájaros seguían igual. El agua del río sonaba igual. El mundo entero había seguido funcionando sin enterarse de nada.
Me incorporé despacio y me senté en la hierba con las piernas cruzadas. Tenía la piel cubierta de marcas verdes de la hierba y la cabeza completamente vacía, de la misma manera que queda una habitación cuando la ventilan por primera vez en meses: diferente. Más limpia. Con más espacio.
Todavía soy virgen, pensé, quitándome una brizna de hierba del hombro.
Pero hay cosas que pueden suceder por dentro sin que nadie te toque. Cosas que cambian algo sin dejar marca visible. Cosas que no necesitan testigos para ser completamente reales.
Me vestí despacio, bebí el agua que me quedaba en el bidón y monté en la bicicleta. El camino de vuelta se hizo más corto, como siempre pasa cuando ya no vas hacia algo sino que simplemente vuelves.
Al miércoles siguiente entré a la sala de spinning cinco minutos antes de lo habitual. Marcos estaba ajustando el micrófono de cuello frente al espejo. Levantó la vista cuando me oyó llegar.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí.
Tomé mi sitio en la tercera fila. El corazón estable. La cabeza fría. Sabiendo que seguía siendo la misma de siempre. Sabiendo también, con una claridad que no me había tenido antes, que ya no era exactamente la misma de antes. Que algo había salido. Que algo había cambiado. Y que eso, fuera lo que fuera, era completamente mío.