La fantasía de mi primera vez en la oficina
Llevaba tres semanas como pasante en la consultora cuando empecé a notar a Rodrigo.
No era el director general ni el más joven del equipo, pero tenía esa clase de presencia que llena una sala antes de que la persona entre en ella. Debía andar por los treinta y tantos, con la voz pausada de quien está acostumbrado a que lo escuchen y una manera de mirarte que te hacía sentir que eras la única persona en el edificio. Vestía bien sin que pareciera esfuerzo. Hablaba poco en las reuniones grandes y mucho en los pasillos.
Yo me sentaba en el último escritorio de la hilera, el más cerca de la fotocopiadora y el menos interesante del piso. Mis tareas eran archivar, revisar tablas de cálculo y llevar documentos de una planta a otra. Nada que requiriera pensar demasiado. Pero cada vez que Rodrigo pasaba por el corredor y me dedicaba uno de esos gestos mínimos con la cabeza —un saludo casi imperceptible, como si supiera que yo no esperaba más— el día entero adquiría un color distinto.
Me imaginaba cosas. Era imposible no hacerlo.
Me imaginaba que un día se detenía junto a mi escritorio y me preguntaba algo que no tenía que ver con el trabajo. Me imaginaba que la conversación se extendía más de lo normal, que encontrábamos algún punto en común, que en algún momento sus ojos bajaban un instante y luego volvían a mi cara con esa fracción de segundo de demora que lo dice todo sin decir nada. Me imaginaba muchas cosas mientras ordenaba carpetas que nadie iba a revisar en semanas.
Era solo eso: imaginación. O al menos eso me repetía a mí misma cada vez que volvía a casa con esa tensión rara instalada en algún lugar entre el estómago y el pecho.
***
Ese martes llegué a la oficina con la cabeza a medias. Había dormido mal, pensando en cosas que no tenían solución inmediata, y llevaba horas con el mismo trabajo mecánico de siempre. Cuando sonó el teléfono de mi extensión cerca de las seis de la tarde, no esperaba que fuera su voz.
—¿Puedes pasar por mi despacho antes de irte? —dijo—. Cuando termines lo que estés haciendo.
No era exactamente una pregunta. Tampoco era una orden. Era algo intermedio que me dejó mirando el auricular un segundo después de que cortara la llamada.
—Claro —había respondido yo, demasiado tarde para que lo escuchara.
Me tomé diez minutos que no necesitaba. Terminé de ordenar lo que tenía sobre la mesa, guardé el bolso en el cajón, me lavé las manos en el baño del piso. En el espejo me quedé más tiempo del necesario. No era que esperara que pasara nada. Era solo que quería llegar entera.
Cuando entré a su despacho, él estaba de pie junto al ventanal con la corbata ya aflojada y el primer botón de la camisa abierto. La luz de final del día lo iluminaba de costado.
—Siéntate —dijo, señalando la silla frente a su escritorio, y se sentó a su vez.
Al principio fue una conversación sin sorpresas. Me preguntó cómo estaba encontrando la pasantía, si el equipo me había tratado bien, si la carga de trabajo me parecía razonable para alguien en mi situación. Yo respondí con cuidado, usando palabras precisas, intentando sonar como alguien que tiene las cosas claras, aunque por dentro el corazón me latía un poco más rápido de lo normal.
Luego la conversación giró, sin que pudiera identificar con exactitud el momento en que lo hizo.
Empezó a hablarme de cuando él estaba empezando. De errores que había cometido a mi edad y que tardó años en entender. De que había cosas que nadie te enseña en la facultad y que solo se aprenden de cierta manera. Y de pronto, con la misma naturalidad con que había preguntado sobre el horario de trabajo, me preguntó si tenía pareja.
—No —respondí.
—¿Tuviste alguna vez?
—Nada serio.
Asintió despacio, sin apartar la vista de mí. En su expresión había algo que no era exactamente amabilidad. Era más antiguo que eso.
—¿Las primeras veces te dan miedo? —preguntó.
Tardé un momento en responder, evaluando exactamente a qué se refería.
—Depende de cuáles —dije al final.
Una sonrisa breve cruzó su cara. Se levantó de la silla. Rodeó el escritorio con paso tranquilo, sin ningún apuro, como alguien que no tiene intención de correr. El sonido del cerrojo fue seco y claro en el silencio del despacho.
Clic.
Me giré hacia la puerta y luego volví a mirarlo. Estaba a menos de un metro de mí. Su expresión no había cambiado, pero algo en el ambiente sí: algo se había comprimido entre los dos, como cuando baja la presión antes de una tormenta.
—Hay cosas que es mejor aprender con alguien que sabe cómo hacerlo —dijo—. Sin presión. Sin que nadie te juzgue después.
Apoyó una mano sobre el borde del escritorio, junto a mi silla.
—¿Qué tipo de cosas? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.
—Las que no se explican bien con palabras.
***
Me besó despacio al principio.
Una mano en mi mejilla, la otra apoyada en el respaldo de la silla, sin tocarme más que eso. Sus labios eran directos, sin titubeo, y olía a algo que no pude identificar del todo pero que me resultó familiar de una manera que no tenía explicación lógica. Cuando se separó, se quedó a pocos centímetros y me miró con los ojos entrecerrados.
—Abre la boca —dijo en voz baja.
Lo hice sin pensarlo. Y entonces el beso fue diferente: más hondo, con una intención precisa, su lengua buscando la mía con una lentitud que me hizo cerrar los ojos y aferrar los apoyabrazos de la silla. Cuando nos separamos, los dos respirábamos de otra manera.
—No sabes el esfuerzo que me cuesta —murmuró cerca de mi oído— quedarme quieto.
—Entonces no lo hagas —dije.
Hubo una pausa. Me estudió como si acabara de cambiar las reglas de algo.
—¿Estás segura?
—Nunca estuve tan segura de nada.
Algo en su expresión se relajó y se endureció al mismo tiempo. Me sacó la blusa por encima de la cabeza con movimientos precisos y bajó el cierre de la falda hasta que cayó al suelo. Yo intenté desabrochar su cinturón, pero los dedos apenas me obedecían. Él lo observó un momento con una media sonrisa y tomó el cinturón de cuero de mis manos antes de que terminara.
—Crees que puedes llevar el ritmo —dijo—. A veces eso tiene consecuencias.
Me indicó con un gesto que alzara las muñecas. Las ató al respaldo de la silla con un nudo que no apretaba en exceso pero del que era imposible escapar sin ayuda. Sentí el primer vértigo real.
No era miedo exactamente. Era algo más complejo: una mezcla de nervios y de anticipación y de la conciencia de que ahora la situación no dependía de mí. De que podía simplemente estar.
—Si quieres parar —dijo—, lo dices.
Asentí.
—Con palabras —insistió.
—Lo digo con palabras —repetí.
Asintió. Y entonces empezó de verdad.
***
Bajó por mi cuello, por la clavícula, por la curva de los hombros. Sus labios se tomaban su tiempo en cada lugar, sin prisa, como memorizando algo. Yo intentaba no hacer demasiado ruido aunque el despacho estuviera cerrado con llave.
Su mano recorrió el interior de mi muslo hasta el borde de la ropa interior. No entró. Solo rozó el tejido, arriba y abajo, una y otra vez, hasta que me escuché pedir en voz alta lo que no había planeado pedir.
—Por favor.
—¿Por favor qué? —preguntó sin levantar la vista.
—Por favor, entra.
Introdujo dos dedos despacio, observando mi cara mientras lo hacía. Mi cuerpo quiso doblarse hacia adelante, pero el cinturón me mantenía en su lugar. Añadió un tercero y estudió mi reacción con una atención que tenía algo de implacable.
—Estás lista —dijo—. Pero todavía no te lo doy.
—Rodrigo.
—Dímelo bien.
—Que entres dentro de mí —dije, y el sonido de mis propias palabras me sorprendió—. Te lo pido. Por favor.
Se puso de pie. Se quitó el resto de la ropa con la eficiencia de alguien que no tiene tiempo que perder. Me alzó hasta el escritorio sin esfuerzo aparente, con mis muñecas todavía atadas, y separó mis muslos con las palmas de las manos.
Entró despacio.
Sentí cada centímetro. Un primer dolor breve y sordo que se convirtió casi de inmediato en otra cosa, en algo que quería más de lo que me esperaba. Mis piernas buscaron donde apoyarse y no encontraron nada: solo él, el borde del escritorio y el cuero del cinturón en las muñecas.
—¿Bien? —preguntó, quieto.
—Sigue —respondí.
Empezó a moverse. Lento al principio, midiendo, leyendo cada reacción. Luego más profundo y con más empuje, hasta que el choque de nuestros cuerpos era lo único que existía en ese despacho con las persianas a medio bajar y la luz de la tarde filtrándose en tiras oblicuas sobre el suelo.
Yo pedía más. No sabía que era capaz de pedirlo con esa claridad, pero lo pedía.
—Termina dentro —murmuré cuando lo sentí cerca del límite.
—¿Segura?
—Sí. Sí.
Lo que vino después fue calor: denso, desde adentro hacia afuera, extendiéndose por todo el cuerpo. Él hundió la cara en mi cuello mientras terminaba, con las manos aferradas a mis caderas como si yo pudiera desaparecer si las soltaba.
Luego hubo silencio. El tipo de silencio que ocupa espacio.
***
Abrí los ojos.
El techo de mi habitación. La lámpara del escritorio encendida todavía. La pantalla de la laptop parpadeando en modo ahorro, con el informe a medias abierto.
Me quedé unos segundos mirando hacia arriba, con la respiración todavía agitada y una especie de zumbido suave en todo el cuerpo.
Las sábanas estaban revueltas. Mis dedos, húmedos.
Me senté despacio en la cama y miré la hora en el teléfono. Eran las once de la noche. En menos de nueve horas tenía que volver a la consultora, sentarme en el último escritorio de la hilera, archivar carpetas que nadie revisaría en semanas. En algún momento del día, Rodrigo iba a pasar por el corredor y hacer ese gesto mínimo con la cabeza, ese saludo casi imperceptible.
Y yo iba a responder como siempre.
Como si nada.
Como si todo lo que acababa de pasar existiera solo aquí, en esta habitación, con las persianas cerradas y las manos que no podía parar de mirar.