La tarde que mi mujer volvió del masajista
Salí a la recepción y me vestí despacio, con movimientos que no eran del todo míos todavía. Cuando terminé, me asomé a la sala interior con cuidado de no hacer ruido. Marcos tenía las manos sobre los glúteos de Nadia, moviéndose con una lentitud que no era profesional en absoluto. La erección que llevaba encima descansaba contra la parte trasera de sus muslos. Entendí que ella iba a quedarse un rato más. Cerré la puerta sin hacer ruido y salí a la calle.
El aire de fuera me golpeó la cara. Caminé sin prisa, consciente de cada paso, de una molestia nueva y agradable que me recordaba lo que Marcos me había hecho mientras Nadia miraba. Había llegado a ese sitio pensando en ver a mi mujer con otro hombre, y había terminado siendo el otro también. O uno de los dos, dependiendo de desde dónde se mirara. El orden ya no importaba demasiado.
¿Hasta dónde podía llegar esto?
Me hice esa pregunta varias veces antes de doblar la primera esquina. No había confusión, eso me sorprendió. Había disfrutado de manera directa y sin matices. Lo que Marcos me había hecho lo había querido, y la mezcla de sentirme penetrado y de saber que mi mujer estaba mirando era algo que no tenía un nombre claro todavía. Solo sabía que quería repetirlo. Y que en ese momento, mientras yo seguía caminando, Nadia seguía en aquella sala con él.
El teléfono vibró en el bolsillo.
Abrí la imagen sin prepararme para lo que iba a ver. Nadia, boca abajo sobre el tatami, con un reguero de semen recorriéndole la espalda desde los omóplatos hasta la cintura. La foto tenía ese ángulo preciso que solo alguien muy seguro de lo que está haciendo puede elegir. Me detuve en mitad de la acera y la miré durante diez segundos sin pestañear.
Entré en el portal más cercano. Me apoyé contra la pared, bajé los pantalones lo justo y empecé a masturbarme con el teléfono en la otra mano. Llevaba un rato así, con la respiración cortada y los pies fríos sobre el suelo de mármol, cuando entró una videollamada.
Era Nadia.
Descolgué. Su cara llenó la pantalla. Tenía el pelo húmedo pegado a la frente y los ojos con ese brillo que reconocía perfectamente.
—¿Te ha gustado la foto? —preguntó.
—Me ha encantado. Mira cómo estoy. —Giré la cámara un momento.
—No acabes. Quiero llegar yo a tiempo.
—Eso va a costar —dije—. Me tienes a punto desde hace demasiado rato.
—Aguanta. —Una pausa—. Espera un segundo.
La imagen se movió. La cámara giró hacia el tatami y pude ver a Nadia tumbada, y a Marcos a su lado con la respiración todavía agitada. La cámara volvió al rostro de mi mujer.
—Nos volveremos a ver, ¿verdad? —le dije al masajista.
—Cuando queráis —respondió él, sin moverse—. Ha sido un placer teneros aquí.
—Llego en veinte minutos —dijo Nadia, mirándome de nuevo a mí. Me mandó un beso y cortó.
Me recompuse, salí del portal y llegué a casa. Preparé agua con hielo y me senté en el sofá con el teléfono sobre la rodilla, mirando la foto cada dos minutos.
***
Oí el portazo de un coche cuando empezaba a dudar de que pudiera aguantar mucho más. Me asomé a la ventana. Nadia cruzaba la calle desde un turismo particular, no un taxi. Me quedé mirando el coche un momento antes de ir a la puerta.
La abrí antes de que llamara.
—¿Qué tal mi hotwife? —dije.
—¿Qué tal mi cornudo? —respondió ella, con exactamente la misma calma.
Esa palabra bastó. Me endureció en segundos. Nadia vio mi reacción y sin añadir nada más me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Me empujó sobre la cama, tiró de mis pantalones y mis calzoncillos hasta dejarme desnudo de cintura para abajo, y se quedó de pie mirándome.
—Me ha encantado tenerlos a los dos. Primero juntos, después a uno solo, y ahora al último que falta. —Se quitó los tirantes del vestido. No llevaba nada debajo.
—A mí me encantó verte así —dije—. Era exactamente lo que habíamos imaginado.
Nadia se subió a la cama y se colocó encima de mí. La penetración fue inmediata, directa, sin preámbulos. El calor interno y la humedad de una vagina que llevaba horas siendo usada. Nuestras pelvis chocaron y el flujo que emanaba de ella empezó a resbalar por mis muslos casi de inmediato.
—Lo tienes muy abierto —dije—. Casi no noto las paredes.
—Entonces cambiamos de posición. Quiero que te corras dentro. —Nadia puso esa cara de niña traviesa que conocía desde los primeros meses.
Me besó con fuerza mientras me tiraba del miembro sin ninguna delicadeza. Luego fui yo quien la empujó contra el colchón. Cayó de frente, apoyó las palmas para amortiguar el golpe, e intentó ponerse a cuatro. Mis manos bajaron por su espalda hasta dejarla completamente tumbada. Ella entendió y levantó las caderas cruzando las piernas. Esa posición estrecha la fricción y profundiza el ángulo, y los dos lo sabíamos de sobra.
Me incliné sobre ella, puse las manos a ambos lados de su cabeza y empecé. Las primeras embestidas arrancaron un sonido que Nadia no pudo contener del todo.
—Joder qué bien me follas.
—¿Igual de bien que Marcos?
Ella giró la cabeza y me mordió la mano en el instante exacto en que se corría. Las paredes de su vagina se contrajeron y soltaron, contrajeron y soltaron. Eso fue lo único que necesité. Me vacié con una tensión que llevaba acumulada desde que había salido de la consulta.
Nos quedamos quietos un momento, respirando. Luego Nadia se giró boca arriba y se llevó las manos al pecho, jugando con los pezones con una lentitud deliberada.
—Me ha gustado Marcos —dijo—. Pero tú me lo haces mejor. Siempre. Mi semental. —Sonrió.
Me levanté a buscar agua. Cuando volví, nos tumbamos en silencio.
—Ha merecido la pena —dijo ella—. Los dos a la vez es otra cosa completamente.
—Para mí también. —Hice una pausa—. Aunque el culito me va a recordar la tarde durante un par de días. Aún noto sus embestidas.
Nadia soltó una carcajada y se acurrucó contra mí.
—¿Le has preguntado si viene a domicilio? —pregunté.
—Sí. No suele hacerlo, pero dijo que para una pareja como nosotros hace una excepción. —Se incorporó sobre el codo—. ¿Repetimos?
—Sin ninguna duda.
Lo que no le dije fue lo que seguía dándome vueltas en la cabeza: la posibilidad de tener a Marcos para mí solo, sin que Nadia estuviera en la sala. Solo para comprobar si lo que había sentido esa tarde tenía un nombre que yo pudiera pronunciar.
***
Los días que siguieron tuvieron esa textura extraña de cuando esperas algo que sabes que va a ser bueno. El trabajo, las cenas, las conversaciones de cada día. Y por debajo de todo eso, el recuerdo constante de la tarde en la consulta. Por las noches, antes de dormir, Nadia y yo hablábamos de ello como quien repasa una película buena. Repasábamos momentos concretos: el instante en que Marcos cambió el tipo de masaje, la primera mirada de los tres cuando nadie había hecho nada todavía pero todos sabíamos perfectamente lo que iba a pasar.
A los doce días, durante una sobremesa, surgió la idea de invitarlo a casa.
—El próximo sábado por la tarde —dijo Nadia.
—Yo le aviso —me ofrecí, probablemente demasiado rápido.
—Yo me encargo de la bebida y algo para picar. —Hizo una pausa—. Va a ser una tarde larga.
Lo dijo con esa voz que usaba cuando tenía las cosas perfectamente claras. Me fui a la cama con el sábado instalado en la cabeza como una cuenta atrás.
***
El viernes por la noche, Nadia me paró en cuanto me acerqué a ella.
—Esta noche no. Tienes que reservarte para mañana.
—Qué crueldad —dije.
—Tú no. Pero yo sí puedo. Soy multiorgásmica, correrme no me agota. —Señaló hacia abajo con una sonrisa—. Puedes trabajar aquí si quieres.
Sin réplica posible, me coloqué entre sus piernas. Empecé por las caras internas de los muslos, con presión suave y lenta, hasta que la musculatura cedió y ella los abrió del todo. Entonces me acerqué y comencé con la lengua. Movimientos largos de arriba a abajo para despertar la zona sin precipitarme.
Me entretuve en sus labios hasta notarlos hinchados y calientes. Después subí al clítoris: círculos lentos primero, luego toquecitos directos con la punta de la lengua. Nadia agarró las sábanas con las dos manos y cerró los ojos.
—Ahhh. Me voy a correr. Joder qué bueno.
El orgasmo llegó rápido y fuerte, con una sacudida de caderas que ella no pudo controlar. Sujeté el clítoris entre mis labios para prolongarlo todo lo posible. Cuando los movimientos pararon, continué.
—Me vas a matar algún día —dijo, todavía con la respiración cortada.
Sonreí contra su piel y seguí. Añadí un dedo, primero rozando el borde sin entrar del todo, dibujando círculos y presionando levemente, y después lo introduje despacio hasta alcanzar la zona rugosa del interior. Unas pocas caricias ahí bastaron para el segundo orgasmo. Esta vez el flujo fue tan abundante que escapó por los labios, se deslizó hasta las sábanas. A ese dedo sumé otro. La presión aumentó y con ella la cantidad de fluido que emanaba de ella.
Me puse de rodillas frente a ella. Puse una mano sobre su ingle para fijarla. Con la otra —los dedos índice y corazón curvados hacia arriba, la palma en tensión— empecé a moverme. Despacio al principio. Luego fui ganando velocidad hasta no poder ir más rápido.
—No pares. Joder, no pares.
El primer chorro salió con una fuerza que ninguno de los dos esperaba. Manchó las sábanas y llegó hasta el borde del colchón. Nadia se clavó las uñas en mi antebrazo y el orgasmo la sacudió de arriba a abajo. Esperé unos segundos. Luego volví a moverme.
El segundo chorro fue más largo. El tercero la hizo gritar de una forma que los vecinos habrán interpretado como mejor les pareciera.
—Ya. Para. No puedo más. Déjalo ya.
Retiré la mano despacio. Nadia tenía los ojos cerrados y la respiración completamente descontrolada. Me tumbé a su lado y esperé en silencio.
—Si mañana estás cansada, te lo tienes merecido —dije.
—Mañana estaré perfectamente. —Una pausa—. Y con ganas de más.
Se giró hacia mí y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Afuera, la calle estaba en silencio.
—Te quiero —dijo.
—Yo también te quiero.
Nadia se quedó dormida casi de inmediato. Yo no. Seguía excitado, aunque no era solo eso. Era la anticipación de lo que venía. El sábado. Marcos en casa. Los tres otra vez.
Y quizás, en algún momento, yo a solas con él. Para ver si lo que había sentido en la consulta tenía nombre.
Tardé mucho en dormirme.