La clase que encendió mi fantasía más prohibida
Soy Valeria, y si hay algo que aprendí sobre mí misma en estos últimos meses es que no tengo ningún problema con admitir lo que quiero. Siempre me gustaron los hombres mayores, los que entran a una habitación con calma, sin necesidad de hacer ruido para que los noten. Mis amigas se burlaban de eso, decían que era una rareza para alguien de mi edad, pero yo nunca les presté demasiada atención.
Ese lunes de marzo llegué al aula con esa conversación todavía dando vueltas en la cabeza. Antes de entrar, una de mis compañeras me dijo que teníamos profesor nuevo. Suplente. Que iba a quedarse un tiempo largo porque el titular pensaba renunciar antes de que terminara el año. No le di mucha importancia. Los suplentes solían ser aburridos, inseguros o demasiado jóvenes para tomárselos en serio.
El profesor entró diez minutos después de que sonara el timbre.
Cuando lo vi, entendí por qué mis compañeras se habían quedado calladas apenas cruzó la puerta.
Se llamaba Santiago. Lo primero que noté fue la camisa: blanca, con las mangas enrolladas hasta los codos, algo ajustada en los hombros. No de manera exagerada, sino de esa forma que indica que alguien hace ejercicio pero no necesita que se note. Sus antebrazos tenían venas visibles, las manos grandes, y cuando empezó a hablar, la voz era grave pero tranquila, sin ningún esfuerzo. Esa clase de voz que no necesita volumen para llenar un cuarto.
Mis compañeros le hicieron las preguntas de rigor: de dónde era, qué había estudiado, si tenía novia. Él respondió con una sonrisa breve y parcial, la clase que no da todo pero tampoco cierra la puerta del todo. Yo no pregunté nada. Me quedé mirándolo desde el tercer banco, con los codos sobre la mesa y la cabeza levemente inclinada.
No pensaba desperdiciar ese ángulo.
Los días siguientes fueron más o menos normales. Teníamos clases con él los lunes y los viernes. Los martes, los miércoles y los jueves empezaron a parecerme más largos de lo habitual. No lo notaba hasta que llegaba el jueves por la tarde y comenzaba a pensar en el viernes. Me descubría eligiendo ropa con más cuidado, ensayando respuestas para posibles preguntas de clase, imaginando pequeñas situaciones que en realidad nunca iban a pasar.
O eso creía yo.
El viernes siguiente me levanté temprano. Me duché despacio. Elegí la blusa azul oscuro, la que tiene el escote justo en el límite entre lo presentable y lo que hace que la gente mire. No exagerado. Solo suficiente para que quien prestara atención lo notara. Mis pechos son grandes y esa blusa no ayudaba a disimularlo, lo cual, seré honesta, era exactamente la idea.
Ese día presté atención en clase de verdad, no solo por él sino porque el tema resultó genuinamente interesante. Santiago explicaba con ejemplos concretos y sin esa tendencia que tienen algunos profesores de complicar lo simple para parecer importantes. Cuando me pidió que respondiera una pregunta, lo hice sin dudar. Vi cómo levantaba levemente una ceja.
—Bien —dijo.
Una sola palabra. Pero la forma en que me miró al decirla fue suficiente para que sintiera calor en el pecho y en otros lugares que no voy a mencionar todavía.
Después de eso me acerqué a su escritorio con el pretexto de una duda sobre la actividad. La duda era real, eso sí. Pero también sabía perfectamente cómo estaba parada cuando él empezó a explicar: inclinada levemente hacia adelante, con los codos sobre el borde del escritorio, la mirada en el papel. Santiago explicó. Sus ojos fueron al papel, luego a mi cara, luego bajaron un segundo antes de volver al papel. Rápido. Casi imperceptible. Pero no lo fue.
Dios.
Levanté la vista justo a tiempo para ver cómo dirigía los ojos hacia el frente, como si nada.
—¿Quedó claro? —preguntó.
—Perfectamente —dije.
Sonreí mientras volvía a mi banco.
***
En el recreo, a mis amigas y a mí nos dejaron quedarnos dentro del aula. Saqué el celular y aproveché para apoyarme en el escritorio del fondo, de cara a la pared con los mensajes. Sin pensarlo demasiado, me incliné sobre los antebrazos mientras leía la pantalla. Era una posición cómoda. El torso casi horizontal desde la cintura para arriba, el peso repartido en los codos, las piernas juntas y rectas.
No pensé demasiado en lo que parecía desde atrás.
O quizás sí lo pensé, un poco.
Escuché la puerta. Pasos. Santiago caminó directo hacia su escritorio, sin apuro, con esa calma que tenía para todo. Se agachó, buscó algo en el cajón inferior, lo encontró. Y antes de darse vuelta, me miró.
No apartó los ojos de inmediato.
Yo tampoco.
Hubo exactamente dos o tres segundos en los que ninguno de los dos hizo nada. Después él sonrió de esa manera que tenía, esa sonrisa que era casi una pregunta sin terminar, y salió del aula sin decir nada.
Me quedé quieta un momento.
Dios mío.
***
Esa tarde llegué a casa y estaba sola. Mis padres no iban a volver hasta la noche. Me saqué los zapatos en la entrada, dejé la mochila en la silla del escritorio y me tiré en la cama boca arriba con el techo como único punto de foco.
Dos segundos. Esa sonrisa.
Me pasé la mano por el cuello despacio. No porque tuviera frío. Cerré los ojos, y ahí estaba él.
En la fantasía que empecé a construir, Santiago no sonreía. Me miraba de frente, serio, con esa calma que mantenía incluso cuando decía algo que te descolocaba. Estábamos en el aula vacía. Era tarde. La luz del pasillo se colaba por la rendija de la puerta cerrada.
—Sabía que ibas a quedarte —decía.
Yo no respondía. Me acercaba despacio, con el corazón en la garganta, y él no se movía. Solo esperaba. Cuando estaba a un paso de distancia, levantaba una mano y me tomaba del mentón, levantándome la cara.
—¿Qué creías que ibas a conseguir con eso? —preguntaba en voz baja.
Tragaba saliva.
—No sé de qué me hablás.
Una pausa larga.
—Claro que sí.
Me giraba despacio, sin brusquedad pero sin margen de duda. Las manos grandes en mis hombros, mi espalda contra su pecho. Podía sentir el calor de su cuerpo antes de que me tocara del todo. Me colocaba de frente al escritorio y se pegaba a mí desde atrás, firme, sin prisa.
Sus manos bajaban por mis brazos, llegaban a mis caderas, me sostenían ahí un momento como evaluando algo que solo él sabía.
—Toda la semana provocándome —decía contra mi oído. La voz más grave todavía, más cerca—. Pensaste que no me daba cuenta.
—Me daba cuenta de que te dabas cuenta —respondía yo.
Sentía cómo se reía en voz muy baja. No una carcajada. Solo ese rumor grave en el pecho que vibraba contra mi espalda.
Entonces sus manos se movían. Una bajaba por mi vientre, lenta, deliberada, y se colaba bajo la cintura del pantalón. No apurada. Como alguien que sabe exactamente lo que va a encontrar y no necesita confirmación. Yo apoyaba las palmas abiertas sobre el escritorio y cerraba los ojos.
Sus dedos llegaron primero al borde de la ropa interior y luego por debajo. Cuando me tocó directamente, mordí el labio para no hacer ruido. Estaba completamente húmeda y él lo sabía sin necesidad de decirlo.
—Qué niña traviesa —murmuró—. Y esto es solo el comienzo.
Empezó a moverse despacio, con precisión, sin prisa. La otra mano tapaba mi boca suavemente. No para callarme por la fuerza, sino como una advertencia clara. Todavía no hagas ruido. Todavía no.
En mi cama, yo ya tenía los dedos donde los tenía él en la imagen que construía. Los ojos cerrados. La respiración entrecortada. Seguí.
En la fantasía, Santiago me desabrochaba el pantalón con una sola mano y lo bajaba despacio. Después hacía lo mismo con la ropa interior. Me dejaba así, de cintura para abajo, con el torso apoyado sobre el escritorio frío. El contraste entre la madera fría bajo mis pechos y el calor de su cuerpo detrás de mí era tan concreto que casi podía sentirlo de verdad.
—Las manos quietas —decía.
—Sí.
—¿Sí qué.
Una pausa.
—Sí... señor.
Sentí cómo se tensaba a mi espalda. Como si esas dos palabras hubieran cambiado algo en el aire entre los dos.
—Bien.
Lo que vino después fue lento al principio. Cada golpe de su mano abierta contra mi trasero era preciso, controlado. Uno. Pausa larga. Otro. Pausa. Yo apretaba los dientes y me aferraba al borde del escritorio, concentrada en no dejar escapar ningún sonido. Cada vez que lo conseguía, el siguiente llegaba un poco más fuerte, como si estuviera midiendo el límite. Buscándolo.
No tengo límite para esto, pensé en algún punto, con los nudillos blancos y la frente apoyada contra la madera.
Cuando terminó, me tomó de las caderas y me sostuvo un segundo. Podía sentir lo que quería, apoyado contra mí sin disimulo.
—¿Todavía querés que te dé clase? —preguntó.
Me giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
—Más que nunca.
Se movió sin más aviso. La sensación fue tan intensa que abrí la boca sin sonido, los ojos apretados. Él tapó mi boca con la palma, firme pero sin apretar, y empezó a moverse despacio primero, con el peso de alguien que sabe exactamente lo que hace. Cada movimiento calculado, profundo, con esa paciencia que tenía para todo y que en ese contexto resultaba casi insoportable.
Yo me derretía contra el escritorio.
Después la cadencia cambió. Las manos en mis caderas apretaron más. El ritmo se volvió más directo, menos paciente, con algo urgente mezclado en lo que antes era pura calma. Podía sentir cómo llegaba al límite de lo que podía mantener controlado, y ese detalle era suficiente para llevarme a mí también al borde.
Llegó antes que yo. Me sostuvo con fuerza mientras terminaba, los dedos clavados en mis caderas, la respiración al fin irregular, al fin humana.
Yo llegué un segundo después, con la mejilla apoyada sobre el escritorio frío de la fantasía y los ojos apretados en la oscuridad de mi cuarto real.
***
Abrí los ojos.
El techo de mi cuarto. La luz de la tarde filtrándose por las persianas. Las piernas me temblaban. Me quedé quieta un momento, recuperando el aire, sintiendo cómo volvía el sonido del mundo real: el tráfico afuera, el ventilador girar, mi propio corazón latir más rápido de lo que debería.
Me limpié los dedos con el borde de la sábana y me quedé boca arriba, mirando el techo durante un rato largo.
El lunes teníamos clase con él otra vez.
No podía esperar.