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Relatos Ardientes

Me toqué en el auto antes de entrar a la oficina

Me llamo Renata y tengo treinta y tantos. Soy psicóloga, esposa y madre, y aprendí hace mucho a no pedirle disculpas a nadie por la forma en que disfruto mi cuerpo. Lo cuento así, de frente, porque lo que pasó esa mañana no fue un accidente ni un descuido. Fue deseo puro, del que no avisa y no espera.

Tengo el cabello castaño y rizado, la piel clara, las caderas anchas y una cintura que todavía se marca a pesar de los años y de los hijos. No soy delgada, pero hay algo en mi cuerpo que llena la mirada de quien lo observa. Esa mañana me vestí deprisa, sin pensar demasiado, todavía con el cuerpo blando y caliente de quien acaba de despertar de una noche que no debería contarse.

Era viernes. Me desperté tarde, desorientada, con la cabeza pesada y una sonrisa que no me cabía en la cara. No voy a dar detalles de esa madrugada; basta decir que cuando abrí los ojos seguía oliendo a piel ajena y a sudor, y que ese olor me acompañó mientras me lavaba la cara, me cepillaba los dientes y buscaba a tientas algo de ropa interior limpia en el cajón.

Me puse un vestido suelto, preparé un huevo tibio y un poco de avena para desayunar en el camino, y arranqué la camioneta con el maquillaje a medio hacer. Manejé rápido, terminándome la línea del ojo en cada semáforo en rojo, con la radio baja y la mente en cualquier parte menos en el tráfico.

Llegué cuarenta minutos antes de mi hora. Entré al parqueo subterráneo del edificio, bajé por la rampa hasta el nivel más vacío y me estacioné en un rincón, lejos del ascensor. Apagué el motor. La luz de los tubos fluorescentes zumbaba sobre el concreto y, salvo por dos o tres autos al fondo, estaba completamente sola.

Saqué el recipiente del huevo tibio, abrí las redes en el teléfono y empecé a comer sin prisa. Y ahí, con el tenedor a medio camino de la boca, todo cambió.

Una parte de la clara estaba demasiado blanda, con una consistencia mucosa, resbalosa entre los dientes del tenedor. La textura me golpeó antes que el pensamiento. Me quedé quieta, con esa cosa tibia en la lengua, y de pronto ya no estaba desayunando: estaba recordando.

Esto sabe igual.

El recuerdo llegó completo, sin pedir permiso. La madrugada, las sábanas revueltas, el peso de un cuerpo conocido sobre el mío. Bajé el tenedor y dejé el recipiente en el asiento del copiloto. El zumbido de los fluorescentes se volvió lejano. Solo escuchaba mi propia respiración, que de repente se había vuelto corta.

***

Me eché el asiento hacia atrás de un tirón. El respaldo cedió y quedé casi acostada, con el techo de la camioneta a un palmo de la cara. Me subí el vestido hasta la cadera, levanté las caderas del asiento y me bajé las bragas. Estaban húmedas mucho antes de lo que mi cabeza alcanzaba a justificar, empapadas de un modo que no concordaba con los pocos minutos que llevaba pensando en esto.

Me llevé la tela a la nariz casi sin decidirlo. El olor era inconfundible, mezcla de lo mío y de lo de él, el rastro de la madrugada todavía pegado a la prenda. Saqué la lengua y la pasé por el algodón, despacio, saboreando esa mezcla con los ojos cerrados. Saber de dónde venía me prendió de un modo que me dio vergüenza y al mismo tiempo me empujó a seguir.

Me desabroché el vestido dentro del espacio estrecho de la cabina, saqué los brazos de las mangas y dejé que cayera hasta la cintura. Mis pechos quedaron libres contra el aire fresco del parqueo. Empecé a acariciarlos, a apretarlos, a pellizcarme los pezones hasta que el filo del dolor se confundió con el placer. Me llevé uno a la boca, doblada sobre mí misma, y lo chupé como si fuera otra persona quien lo hiciera.

Con la otra mano busqué entre mis piernas. Estaba abierta, mojada, dilatada. Pasé dos dedos por encima del clítoris en círculos lentos y sentí cómo el cuerpo entero se me tensaba de anticipación. No tenía prisa. Tenía tiempo de sobra y un cuerpo que pedía con urgencia, esa combinación que rara vez se da.

Tomé la cuchara de la avena y la usé para recoger un poco de lo que ya me chorreaba por dentro de los muslos. La levanté a la luz, la olí, y me la llevé a la boca despacio, mezclando el sabor del recuerdo con el de mi propio deseo. El forro del asiento ya estaba manchado y no me importó nada. Nada en ese momento existía fuera de la cabina y de mis manos.

***

Metí el dedo medio primero, luego el anular, y empecé a moverlos hacia adentro mientras con el pulgar y el índice de la otra mano seguía trabajando el clítoris. El ritmo se aceleró solo. La camioneta empezó a moverse apenas, un balanceo mínimo sobre la suspensión, y ese pequeño temblor del metal me sumó a la cabeza la idea de estar a la vista de cualquiera, separada del mundo por un vidrio empañado y nada más.

Y entonces, un golpe seco en la ventanilla.

Pegué un brinco que me sacó el aire. El corazón se me disparó. Me bajé el vestido de un manotazo para cubrir los pechos, me sequé la cara y bajé apenas un tercio del vidrio, mostrando solo los ojos.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó un guardia de seguridad, inclinándose un poco para mirar hacia adentro.

—Sí, todo bien —dije, con una voz que me salió más ronca de lo que esperaba—. Solo estaba desayunando.

No mentía del todo. El hombre asintió, dudó un segundo, y se alejó arrastrando los pasos hacia la rampa. Lo vi desaparecer por el espejo retrovisor y, lejos de cortarme, el susto me dejó el cuerpo vibrando, con la adrenalina y el deseo trenzados en una sola cosa que no podía parar.

Subí el vidrio de nuevo. Me quedé un instante escuchando, atenta a cualquier paso, y al confirmar que estaba sola otra vez volví a echarme hacia atrás. El miedo había encendido todo. Lo prohibido tenía ahora dos capas: el recuerdo de la madrugada y la posibilidad de que cualquiera, en cualquier momento, golpeara otra vez el vidrio.

***

Recogí con la mano el resto del huevo que quedaba en el recipiente y lo pasé por mi sexo, dejando que se mezclara con todo lo que ya brotaba de mí. Me llevé los dedos a la boca, los chupé uno a uno, y volví a meterlos. Esta vez no había lentitud. Buscaba el final con la urgencia de quien sabe que no le queda tiempo, raspando hacia adentro mientras la otra mano no soltaba el clítoris.

Empecé a sudar. El vestido se me pegaba a la espalda. Sentí esa presión inconfundible en el bajo vientre, esa que confunde el placer con las ganas de orinar, y en lugar de frenarme me dejé caer en ella. Afuera, alguien arrancó un motor; el chirrido de unas llantas rebotó contra las paredes de concreto y ese ruido cualquiera, sumado a todo lo demás, me empujó por encima del borde.

Un chorro caliente me salió de golpe y un gemido se me escapó de la garganta sin que pudiera contenerlo, alto, descontrolado, perdido entre el eco de los motores. El cuerpo se me arqueó solo. Una corriente eléctrica me subió desde el sexo hasta la nuca, los ojos se me cerraron con fuerza y me quedé temblando, retorcida contra el respaldo, en uno de los orgasmos más largos de toda mi vida.

Tardé en volver. El zumbido de los fluorescentes regresó primero, después el frío del aire en la piel mojada, y por último la conciencia de dónde estaba y de lo que acababa de hacer. Los vidrios estaban completamente empañados. Me despegué del asiento poco a poco, con las piernas todavía flojas.

***

Abrí el bolso y saqué el paquete de toallitas que siempre cargo conmigo, como si una parte de mí supiera de antemano para qué iban a servir. Me limpié entre las piernas, los muslos, el asiento empapado. Como pude me pasé al lado del copiloto para acomodarme el vestido sin terminar de ensuciarlo, me abroché los botones con dedos torpes, y me bajé de la camioneta sin alcanzar a ventilarla.

Había llegado cuarenta minutos antes. Entré a la oficina quince minutos tarde, y no me importó en absoluto. Pasé el día con una calma rara, esa que deja el cuerpo cuando se le da exactamente lo que pide, y cada vez que cruzaba miradas con alguien sentía que llevaba un secreto tibio escondido bajo la ropa.

Cuando terminó la jornada y abrí la puerta de la camioneta, el olor a sexo seguía impregnado en el cuero y en el aire cerrado de la cabina. Tuve que llevarla a lavar antes de volver a casa. Pero eso fue más tarde. Primero, todavía en el parqueo, con el recuerdo fresco y el cuerpo encendido otra vez de solo pensarlo, me senté frente al volante, miré alrededor para asegurarme de estar sola, y dejé que el deseo me ganara una vez más.

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Comentarios (5)

LucasMar_88

increible, lo lei de una sola vez. Muy buen relato

NocheLectora22

Por favor una segunda parte! Quede con ganas de saber que paso despues. Excelente.

CorreoNocturno

Ese detalle del olor al principio te engancha de entrada y ya no podes soltar. Se nota que sabes escribir, muy bueno.

Silvia_Mdq

jaja lo del parqueo subterraneo me parecio muy creible, esas cosas pasan mas de lo que uno imagina xD

lector_pasional

Tremendo relato. La narracion en primera persona le da mucha intensidad, te metes en la historia sin darte cuenta.

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