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Relatos Ardientes

Le entregué la llave a mi mujer y ella eligió a otro

Por fin estaba ocurriendo. Después de tantas noches imaginándolo en voz baja, de tantas conversaciones a oscuras que terminaban en promesas, la escena se desplegaba frente a mí y yo apenas podía creerlo. Déjame que te ponga en situación, porque sin el contexto no se entiende nada. Estoy sentado a una mesa cualquiera, en la terraza de un hotel cualquiera, en una ciudad que prefiero no nombrar. Voy vestido como siempre: camisa de cuadros, vaqueros, botas marrones. Nada que llame la atención. Lo único distinto, lo que de verdad importa, es la jaula de metal que me aprisiona entre las piernas, esa con la que Marina y yo llevamos meses jugando.

Lo mejor de llevarla puesta es el roce. El roce de la tela contra la piel, el roce del filo metálico cada vez que cambio de postura en la silla. Cuando abro y cierro las piernas, una corriente sorda me recorre y me recuerda que no mando yo. Solo lo entiende quien ha llevado una. Es una incomodidad dulce, un recordatorio constante de que esta noche el placer no será mío, sino el de mirar.

A pesar de toda la gente que nos rodea —grupos ruidosos, otras parejas, cada uno a lo suyo—, yo no pierdo detalle de lo que tengo delante. Y lo que tengo delante es a mi mujer, Marina, bebiendo despacio de su copa mientras conversa con nuestro invitado. Un muchacho que podría ser cualquiera, salido de una página de contactos cualquiera. Dos cosas me importan esa noche, las dos por ser la primera vez. La primera: el chico, aunque nos lleva diez años de menos, tiene experiencia en este tipo de encuentros y se nota. La segunda: a Marina le ha gustado. Lo veo en cómo lo mira, en cómo se ríe, en cómo gira la copa entre los dedos sin necesidad de beber.

Cada uno conoce su papel desde el principio. El chico seduce a mi esposa. Mi esposa se deja seducir y, de vez en cuando, gira la cabeza hacia mí buscando mi aprobación. Y yo, callado, excitado, observo cómo la historia avanza hacia donde llevo semanas deseando que llegue.

—¿Y lleváis mucho tiempo con estos juegos? —pregunta el chico.

—Bueno… —Marina mira hacia arriba, pensativa—. Esta siempre fue la fantasía de mi marido, pero hemos hecho de todo en el ambiente. En lo de ser una hotwife, en lo del cornudo —pronuncia la palabra despacio, volviendo los ojos hacia mí, provocándome—, hemos tenido alguna que otra experiencia. A él le encanta y yo… yo me dejo llevar.

Le sonríe al muchacho y veo cómo el chaval cae rendido sin remedio.

—Pues qué suerte la suya, Marina —responde él—, porque eres una mujer muy, muy atractiva.

Apenas llevamos un par de copas. La cercanía entre los dos no ha tardado en aparecer. Ella lo desea, él la desea, y yo deseo verlo. Marina, dueña absoluta de la situación, le da un beso breve al chico delante de mis narices y luego se vuelve hacia mí.

—Paga la cuenta, encerradito. Me parece que vas a tener suerte esta noche.

Pido la cuenta, pago, nos levantamos. El muchacho está de paso por la ciudad y se aloja en ese mismo hotel cuyo bar nos ha servido las copas. En el ascensor, como si yo no existiera, se besan con un hambre que no disimulan: el deseo de la novedad para él, el de la juventud recuperada para ella. Aun así, Marina me busca con la mirada entre beso y beso, asegurándose de que no me pierdo nada.

Ya en la habitación, ocupo mi sitio. Un sillón colocado justo frente a la cama, el palco desde el que veré crecer mis cuernos. No es la primera vez que veo a mi mujer con otro, y créeme, hay que verla. Pero sí es la primera vez que lo hago con la jaula puesta, sin posibilidad alguna de desahogarme. Y eso lo cambia todo.

Marina se queda de pie frente a la cama, de espaldas al chico. Él le besa el cuello mientras sus manos recorren el vestido, dibujando el contorno de sus pechos por encima de la tela. Ella me mira. Nuestros ojos se encuentran y los suyos son puro deseo. La presión bajo el metal se vuelve casi insoportable. Trago saliva. El vestido le resbala por los hombros, sus pechos quedan al aire y el chico los abarca con las manos, ansioso. Marina cierra los ojos un instante, los vuelve a abrir, no deja de mirarme.

Se gira, se besan, y él desciende para morderle los pezones, esos que tantas veces he tenido en la boca y que esta noche pertenecen a otro. Ella no tarda en tomar la iniciativa. Empuja al muchacho contra la cama, le baja el pantalón mientras él se deja hacer, y aparece su erección, dura, levantada. Marina la sostiene en la mano y, por supuesto, me mira. Me mira y sonríe mientras empieza a subir y bajar la mano, despacio, arrancándole al chico un primer gemido contenido.

Y sin apartar los ojos de mí, se la lleva a la boca. La devora como solo ella sabe hacerlo. Yo lo imagino todo por el sonido que escapa de la garganta del muchacho, por cómo levanta la cabeza de la almohada para no perderse el espectáculo de mi esposa tragándolo una y otra vez. La jaula me aprieta hasta el límite.

Entonces ella separa la boca apenas unos centímetros, sin soltarlo, y escupe en la punta antes de extender la saliva por toda la longitud con la palma de la mano. Me mira de nuevo.

—Es más grande que la tuya, encerradito —dice—. Voy a disfrutar.

Sabe que esas palabras me enloquecen. La comparación no me duele; al contrario, me pone a mil. Le sonrío y no contesto, porque si abro la boca creo que se me escapa el corazón por ella.

—Uf… qué boca tienes —murmura el chico, sujetándole la cabeza, marcándole el ritmo.

—¿Te gusta cómo te la come mi mujer, eh? —me atrevo a decir.

—Me encanta. Eres un hombre afortunado.

Es la primera vez que un amante de Marina me habla así, reconociendo mi papel. Y me desarma. Sigo mirando cómo ella alterna: a veces lo traga entero con los ojos cerrados, a veces se separa para mirarlo a él, a veces se aparta del todo y me clava la mirada antes de volver a hundirse. Es una diosa, y esta noche es la diosa de otro.

El chico tira de ella hacia arriba. Se besan, ella de rodillas entre sus piernas, la mano de él rodeándole el cuello con suavidad.

—Quiero follarte —le susurra al oído.

Obediente, Marina se sube a la cama y se coloca a cuatro patas, de costado respecto a mí, lo bastante cerca como para tocarme. Por el camino se ha quitado el vestido; ahora está completamente desnuda salvo por la llave de mi candado, que cuelga de una cadena entre sus pechos. No deja de mirarme. El muchacho se desviste a toda prisa y se sitúa tras ella. Marina apoya una mano en mi rodilla y me dice al oído que le encanta, que desea sentirlo dentro.

Él se inclina y empuja. La penetra despacio, solo la punta al principio. Marina gime, abre la boca, sorprendida por su propio placer. Yo lo observo todo desde mi rincón, encerrado, mientras la llave se balancea bajo su rostro al ritmo de las primeras embestidas.

—Ah… joder… qué grande es, encerradito —jadea girándose hacia mí, mordiéndose el labio—. Me encanta.

Empuja las caderas hacia atrás, hundiéndoselo más, y el chico responde con un gruñido ronco. Yo tengo la polla a punto de reventar el metal, y eso me vuelve loco de un modo que no sabría explicar. Verla disfrutar, verla entregada, sabiendo que mi propio placer queda aplazado, encerrado, postergado para cuando ella decida.

—Ven —me dice de pronto, levantando la cabeza—. Sube a la cama. Deja que apoye la cabeza en tus piernas.

—Claro… —trago saliva—. Como quieras.

Me siento en el borde de la cama. Ella reposa la cabeza sobre mis muslos, muy cerca de la jaula, mientras el chico sigue embistiéndola desde atrás, ahora ya hasta el fondo. Sus gemidos son más hondos. En algún momento gira la cara y me muerde con suavidad por encima de la tela, ahí donde el metal me aprisiona, y la sensación me atraviesa entero.

—Quítate la ropa —me pide.

Lo hago mientras el muchacho sale de ella y, a petición de Marina, se sienta a mi lado. Mi esposa se monta sobre él. Empieza a cabalgarlo del modo en que solo ella sabe hacerlo, moviendo las caderas con una mezcla de control y abandono. Él le sujeta los pechos, luego se deja caer de espaldas. Marina, sin dejar de moverse, acerca la cara a la mía. Su mano me roza la jaula por encima.

—Ah… qué buena tiene, cariño… —jadea—. Me encanta.

—Disfrútalo —le digo, y la beso, excitado hasta el tuétano—. Gózalo, amor.

Sigue gimiendo a un palmo de mi boca, mirándome fijamente, tocándome el metal mientras sube y baja sobre el otro. Me levanto porque ya no aguanto la quietud. Desde atrás veo cómo se hunde una y otra vez, una imagen que no olvidaré. Me acaricio por encima de la jaula y noto un hilo de líquido resbalando por la punta, sin posibilidad de más.

Ella se incorpora, quedándose sentada con él dentro, y me tiende la mano. Se la doy. Vuelve a moverse, adelante y atrás, apretándome los dedos con fuerza, como si me hiciera partícipe a través del tacto. Me siento de nuevo a su lado sin soltarla, disfrutando del espectáculo, hasta que acelera el ritmo y arquea la espalda.

—Ah… joder… encerradito, me voy a correr… qué polla… —y se corre, con las caderas frenando poco a poco mientras el chico le clava los dedos en las caderas, satisfecho.

Pero no ha terminado. Se gira y vuelve a montarlo, esta vez de espaldas a él, dándole la cara al chico hacia el otro lado y a mí de frente. Me levanto para situarme delante, la beso, la sujeto del cuello.

—Me vuelves loco —le digo.

Ella apoya los pies y se reclina hacia atrás, subiendo y bajando, mirándome con los ojos perdidos. Me arrodillo. Mi boca busca su clítoris y empiezo a lamer; cuando ella sube, lamo también la base del chico, y así una y otra vez, perdido en sus gemidos. Una mano se me va a sostenerlo a él, sintiendo cómo el cuerpo de mi mujer choca contra mi cara en cada bajada. Lamo todo, porque me tienen al borde del delirio.

—Ah… eso es, lame, encerradito… qué rico —jadea Marina.

Tras un buen rato me aparto, con la boca empapada y la jaula húmeda, sin saber muy bien si me he corrido un poco bajo el metal o solo lo he soñado. Vuelvo al sillón. El chico la tumba boca abajo y se la clava desde atrás, llevando él ahora el ritmo, la mano en su nuca, su cuerpo entrando y saliendo sin tregua. Y yo miro, y alucino con lo bien que folla y con cuánto goza mi mujer.

—Ah… joder… no pares… me corro otra vez… —grita ella, más fuerte que nunca.

Y se corre, entregada, mirándome con los ojos muy abiertos. Después él se incorpora de rodillas, le levanta las caderas y la embiste hasta lo más hondo, una y otra vez, hasta que ella suelta un grito que no le había oído jamás. Entonces el chico se retira, se sujeta él mismo y, con las piernas de Marina temblando todavía, se vacía en chorros sobre su vientre, sobre sus pechos, empapándola. Ella vuelve a mirarme, sonriendo, saciada.

Y yo sigo encerrado.

Esperando mi turno.

Deseando comprobar, cuando todos se hayan ido, cómo le han dejado el cuerpo a mi mujer.

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Comentarios (6)

SebasH_Cba

increible, no me lo esperaba asi!! muy bueno

Florchi_BA

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo

Ruben_CF

Nunca pensé que este tipo de fantasias me iba a enganchar tanto. Lo lei de un tiron, muy bien escrito

Matias_RA

que morbo tan bien logrado. asi se escribe jaja

Belen_lectora

Me gusto mucho como esta narrado, se siente autentico sin caer en lo burdo. Espero que haya continuacion

nocheoscura99

al principio no sabia bien a donde iba la historia pero despues se puso muy interesante. me sorprendio bastante

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