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Relatos Ardientes

Lo que dejé que pasara en el autobús y después

Esa tarde volvía a casa en el autobús de siempre, con las bolsas del mercado colgándome de los brazos y el cuerpo pidiéndome a gritos sentarme. Lo hago cada semana, pero esta vez el calor era distinto, más pesado, y yo lo arrastraba conmigo desde que me bajé de la cama.

Con veinticuatro años y embarazada de siete meses, una se cansa el doble. El problema era que el autobús venía repleto, sin un solo asiento libre, así que me quedé de pie, sujeta a la barra, esperando a que alguien se levantara.

Y mientras esperaba, empezaron las manos.

No sé si fue el vaivén del autobús o las ganas de aprovecharse, pero los cuerpos a mi alrededor se fueron acercando más de la cuenta. Yo no tenía a dónde apartarme. La gente apretada, el aire caliente, y yo en medio, notando cómo me rozaban sin disimulo. Lo peor de todo es que, en lugar de molestarme, me estaba poniendo a mil.

Un hombre mayor, de barba canosa y mirada tranquila, me rozaba un pecho con el brazo cada vez que el autobús frenaba. Lo hacía despacio, fingiendo que era el movimiento, pero los dos sabíamos que no. Otro, a mi espalda, fue más atrevido: me subió un poco la falda, que de por sí era corta, y me acarició las nalgas con una lentitud que me hizo morderme el labio.

No deberías estar disfrutando esto.

Pero lo disfrutaba. Nunca entendí por qué el embarazo me ponía así, con la piel encendida y el cuerpo dispuesto a casi cualquier cosa. Me hice la distraída, miré por la ventanilla y los dejé hacer.

Cuando por fin se desocupó un asiento, me dejé caer en él con un suspiro. Los dos hombres quedaron sentados justo enfrente de mí, y desde ahí me devoraban con los ojos. Con la barriga me costaba cerrar las piernas, y cada bache del camino me las abría un poco más. Ellos no perdían detalle. Yo tampoco hacía mucho por evitarlo.

Al llegar a mi parada, los muy descarados se levantaron antes que yo. Uno me sostuvo del brazo para ayudarme a bajar, el otro cargó mis bolsas sin que se lo pidiera. Cuando les dije que vivía a un par de calles, se ofrecieron a acompañarme, y yo no encontré ninguna razón para decir que no.

***

Llegamos a mi casa entre risas y comentarios tontos sobre el calor. Les ofrecí pasar a tomar algo fresco, para agradecerles la ayuda, y aceptaron sin hacerse de rogar.

—Oye, preciosa, ¿no se va a molestar tu marido? —preguntó el de la barba, mirando de reojo el pasillo.

—No se preocupen, vivo sola —respondí, sirviendo dos vasos con una sonrisa que no era tan inocente como mi cara.

—¿Sola? ¿Y eso? —dijo el otro, acomodándose en el sillón.

—Desde que me quedé embarazada de mi suegro y su mujer me pidió que me fuera —solté, fingiendo un poco de pena.

Los dos se quedaron de piedra, los vasos a medio camino de la boca.

—¿De tu… suegro? —repitió el de la barba, incrédulo.

—Mi esposo no me atendía como debía, y su padre se ocupó de mí hasta dejarme así —dije, acariciándome la barriga—. Tuve que salir de esa casa.

—¿Y no te sientes sola? —preguntó el otro, bajando la voz.

—Muchísimo —murmuré, y dejé escapar un suspiro que sonó más a invitación que a tristeza.

Nos sentamos en el sillón, yo en medio. El de la barba pasó un brazo por detrás de mis hombros, como para consolarme, y así estuvimos un buen rato. Bebían, hablaban de cualquier cosa, y con cada trago se ponían más sueltos, más atrevidos en lo que decían y en cómo me miraban.

En algún momento giré la cara para mirarlo, y él me tomó del mentón y me besó. Despacio al principio, casi con cuidado. Yo le respondí con timidez, y sin pensarlo demasiado dejé caer una mano sobre su pierna, justo encima del bulto que ya empezaba a notársele.

Eso fue suficiente. El beso se volvió hambriento, su mano se coló dentro de mi blusa y me apretó un pecho con la urgencia de quien lleva rato aguantándose. Sentí cómo se endurecía bajo mis dedos, y apreté un poco más solo para escucharlo gemir.

El otro no aguantó quedarse mirando. Me separó las piernas con cuidado, me bajó la ropa interior y me recostó de lado sobre el sillón. Antes de que pudiera decir nada, ya tenía su boca entre mis muslos, lamiéndome con una paciencia que me hizo arquear la espalda.

Le agarré la cabeza y lo guié contra mí, sin disimulo, ya completamente entregada. El de la barba se puso de pie, se desabrochó el pantalón y me ofreció su sexo. Lo recibí en la boca despacio, saboreándolo, mientras el otro seguía trabajando abajo.

Vaya par de hombres. Ninguno de los dos tenía prisa, y los dos sabían exactamente dónde tocar. Me hicieron terminar una vez con la lengua, otra con los dedos, y para cuando me penetraron yo ya estaba más allá de cualquier vergüenza. Pasamos así buena parte de la tarde, cambiando de posición, de turno, hasta que me dejaron tendida en el sillón, deshecha y sin fuerzas, con una sonrisa estúpida que no se me borraba.

***

Cuando salí a despedirlos, llevaba puesta apenas una bata corta y transparente que no escondía gran cosa. Y fue entonces cuando lo vi.

Del otro lado de la calle, recargado en la puerta de su taller, estaba Aníbal, el mecánico del barrio. Nos observaba con disimulo, pero no hacía falta ser muy listo para atar cabos: dos hombres mayores saliendo de la casa de la vecina que vive sola, ella en bata a media tarde. Le sonreí coqueta, a modo de saludo, y al darme la vuelta para entrar dejé que viera un poco más de la cuenta.

Unos días después, las ganas volvieron. Esta vez con nombre y apellido: Aníbal. Era un hombre grande, fornido de tanto cargar piezas y empujar autos, con unas manos enormes que llevaba días imaginando sobre mi cuerpo. No sé bien por qué se me había metido en la cabeza, pero ahí estaba.

Así que me puse una falda corta, una blusa escotada, tomé una tacita vacía de la alacena y crucé la calle hacia el taller.

Toqué la puerta y, al abrir, Aníbal se quedó mirándome embobado. Se me veía más de medio pecho, y mi cara de niña buena junto a esa sonrisa terminaron de descolocarlo. Sin esperar a que reaccionara, me metí en su casa enseñándole la tacita.

—Aníbal, vengo a ver si me regala un poco de leche —dije, mordiéndome el labio.

Fue entonces cuando noté que no estaba solo. Dos hombres más conversaban con él, asuntos de trabajo, según parecía.

—Perdón, quise decir un poco de azúcar —corregí, pero ya era tarde. Estaba clarísimo a lo que había ido.

Los dos desconocidos se miraron entre ellos y luego me miraron a mí, como si se les hiciera agua la boca. Por sus caras, deduje que habían estado hablando de mí justo antes de que llegara.

—Les estaba contando que el otro día metiste a dos tipos a tu casa, pero no me creían —confesó Aníbal, deseando que yo lo confirmara para quedar bien.

—Por algo será que no le creyeron —respondí, encogiéndome de hombros con una sonrisa—. No sé cómo les cuenta esas cosas. ¿Qué van a pensar de mí estos caballeros?

—No se preocupe, guapa, venga a sentarse con nosotros —dijo uno, haciéndome lugar en el sofá, entre los tres.

Al sentarme, el escote se me abrió lo suficiente para que notaran que no llevaba sostén.

—Por Dios, no trae nada debajo —murmuró el de mi izquierda, sin apartar la vista.

El de enfrente bajó la mirada hacia mis piernas y exclamó en voz baja, casi escandalizado:

—Tampoco lleva ropa interior.

—Esta mujer ya vino preparada —dijo el tercero, nervioso y excitado a partes iguales.

—Ay, no piensen mal —protesté, fingiéndome ofendida—. Es que me iba a bañar, solo quería un poco de leche para el café.

Nadie me creyó, por supuesto. Y ese era justamente el plan.

—No te preocupes, guapa —dijo Aníbal, ya sin disimulo—. Entre los tres te vamos a dar toda la leche que necesites.

Me pusieron de pie y empezaron a desnudarme entre los tres, despacio, con las manos por todas partes. No opuse resistencia. Al contrario: les dejé hacer, les permití tomarse todas las libertades que quisieran conmigo.

Uno me besaba los pechos mientras otro se arrodillaba y me lamía hasta hacerme ver las estrellas. Aníbal, detrás de mí, me acariciaba las nalgas y jugaba con el ensalivado de sus dedos en mi entrada trasera, uno primero, luego otro, hasta que sentí toda esa mano enorme entreteniéndose conmigo. Estaba en la gloria. Los tres sabían perfectamente cómo encenderme.

Me tendieron sobre la mesa del taller, entre olor a aceite y metal, y Aníbal me penetró con una embestida que me arrancó un gemido largo. Mientras uno me llenaba la boca y el otro me frotaba el clítoris y me mordía los pechos, yo solo podía pensar que jamás me había sentido tan deseada, tan completamente entregada.

Terminaron uno tras otro, y yo con ellos, más veces de las que pude contar. Cuando volví a casa, ya entrada la noche, con la tacita todavía vacía, me reí sola frente al espejo. Nunca conseguí la leche para el café. Pero, la verdad, había ido por otra cosa, y de eso volví más que satisfecha.

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Comentarios (5)

karina_bsas

Ay dios mio, que relato!!! Me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin. Tremendo.

Rolando_Uru

Hay algo en como esta narrado que se siente muy real, muy creible. No es facil lograr eso. Felicitaciones.

PaulaM_93

Por favor necesito una segunda parte!!! Quede con muchas ganas de saber que pasa despues 😅

Rebe_MdP

Me encanto el detalle del autobus, esa tension previa es lo mejor del relato. Muy bien escrito.

lucasrv88

jajaja ese titulo lo dice todo. Se hizo corto, queria mas!

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