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Relatos Ardientes

La fantasía de mi esposa con su monitor del gimnasio

Hacía meses que Lucía y yo habíamos dejado atrás aquel juego con su amiga Patricia, el de imaginarla en su casa tocándose, el de sus braguitas tendidas en el baño. Lo habíamos vivido con un morbo enorme y, una vez pasado, ninguno de los dos volvió a nombrarlo. Patricia se distanció un poco de nosotros y se apuntó a un gimnasio para matar el tiempo y hacer amistades nuevas.

El problema fue que, sin ese juego, nuestros encuentros perdieron chispa. Follábamos bien, como siempre, pero faltaba esa tensión que nos volvía locos. Yo lo notaba y ella también, aunque ninguno lo decía en voz alta.

Entonces apareció Marcos.

Marcos era el monitor nuevo del gimnasio, y de un día para otro pasó a ser el tema de todas las comidas y todas las cenas. Que si Marcos le había corregido la postura. Que si Marcos decía que mejoraría más si entrenaba de otra forma. Que si Marcos, que si Marcos.

—Cualquiera diría que estás enamoradita de él —le decía yo, medio en broma.

—Estás loco. Es solo mi monitor, y aprendo muchísimo con él —respondía ella, restándole importancia.

No quería que pensara que estaba celoso, porque no lo estaba. Era otra cosa, una idea que empezaba a crecerme por dentro y que todavía no sabía nombrar.

***

Una tarde, paseando por el parque, vi cómo Lucía se quedaba mirando a un chico que hacía footing. La primera vez no le di importancia. Pero el tipo dio otra vuelta y, cuando volvió a pasar, ella dejó de hablarme a media frase, con los ojos clavados en él.

—Cariño, ¿te lo envuelvo en papel de regalo y nos lo llevamos a casa? —le solté, fingiendo total seriedad.

—Sí, dime... Digo, ¿qué? —contestó, confusa, sin haberme escuchado.

—¿En serio, Lucía? ¿No me escuchas?

—Perdón, perdón, dime —insistió, intentando mirarme pero con la vista perdida en la distancia.

—Que si te lo envuelvo y nos lo llevamos a casa.

—¡Qué bobo eres! Es que me pareció Marcos y me quedé mirando, a ver si era él, por la forma de correr, la postura...

—Sí, la postura. Y ya de paso el culo cuando corre —sonreí.

—Ay, ay, ¿se nos ha puesto celoso? —dijo, fijando por fin sus ojos en mí.

—Qué va. Solo digo que se te cae la baba.

La verdad es que me importaba bien poco. Me hacía gracia que ella jurara que nunca se fijaba en nadie, cuando yo veía perfectamente lo contrario. Y, en lugar de molestarme, esa idea me ponía.

***

Unos días después, sus amigas del gimnasio vinieron a casa, y cómo no, el tema acabó siendo Marcos: el cuerpo que tenía, el culo que se gastaba, lo simpático que era. Lucía se reía y participaba como una más.

Esa noche, cuando se fueron las amigas, yo tenía unas ganas tremendas. Ella se había tomado un par de copas y estaba suelta, risueña. La llevé al sofá del salón y empezamos despacio, un beso que llevó a otro, mis manos bajando por su cuerpo.

La tumbé sobre los cojines, le abrí las piernas y bajé hasta arrodillarme en el suelo. Le sujetaba los muslos con fuerza mientras la lamía, despacio primero, más insistente después. Ella se abría y se cerraba buscando contacto, apretándose los pechos con las dos manos.

Cuando me incorporé, ella vino conmigo. Me besó con rabia, me giró y me empujó contra el sillón. Caí sentado de golpe. Me bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón, me dejó expuesto, y con una mirada que no le conocía se humedeció la mano, me la pasó por encima y se sentó hasta el fondo de una sola vez.

—Fóllame como a una puta —me dijo, encendida.

—¿Eres mi puta? —le pregunté.

—Sí. Fóllame como tú sabes —jadeó, cabalgándome, con los pechos golpeándome la cara.

—Una buena puta hace lo que sea, sin rechistar. ¿Estás segura?

—Que sí, joder —contestó, ya desesperada, mordiéndome el cuello.

Le sujetaba las nalgas para guiarla, apretándoselas, y de vez en cuando le daba una palmada para que siguiera con energía. Luego llevé la mano más atrás, mojé los dedos y los apoyé en su ano. No ofreció ninguna resistencia.

—¿Qué haces? —preguntó, sorprendida.

—Shhh. Una putita se deja hacer —le dije, mientras la abría con cuidado.

—Me gusta... pero no te pases —gimió, arqueándose para sentirlo mejor.

—¿Y qué harías si ahora entrara un tío mientras te follo y te empujara? ¿Lo dejarías? —le pregunté, picándola.

—Ahora mismo me dejaría hacer lo que fuera —reconoció—. Pero es solo una fantasía.

—¿Llamamos a Marcos para que venga a darte?

—¿Qué dices, Diego? ¿Estás loco? —se puso nerviosa.

—Es solo un juego. Piensa en él.

Se resistió un segundo, pero se mojó todavía más. Empujó las caderas hacia atrás y soltó un grito.

—Pídeselo bien —le ordené.

—Fóllame, Marcos. Métemela toda —gimió, acelerando el ritmo.

No tardó nada en cerrar los ojos con fuerza, abrir la boca buscando aire y correrse con un temblor largo, apretándome por dentro. Después se desplomó sobre mi pecho, agitada.

—Eres un cabrón —me dijo al rato—. Me has hecho pensar en él y ahora me siento mal. Perdóname.

—¿De qué? A mí me ha gustado.

—¿En serio? —preguntó, tímida—. ¿Y ahora cómo lo miro mañana a la cara?

—Tranquila, nadie sabe nada —le dije, riéndome—. Solo lo sabemos tú y yo.

***

Durante días no quiso ni hablar del tema. Bajaba la mirada cada vez que se lo insinuaba. Y fue justo entonces cuando llegó el pedido que había hecho por internet: unas cámaras de seguridad para la piscina y el garaje.

Las instalé yo mismo aprovechando un día libre. Una en el garaje, otra en la parte trasera, otra junto a la piscina. La cuarta no me dio tiempo de colocarla bien y la dejé encima del armario del baño de la piscina, apoyada de lado, pero ya conectada.

Por la tarde fui probándolas desde el móvil, una a una. La del garaje, nada. La de la piscina, bien. La trasera, bien. Y entonces abrí la del baño, esa que ni siquiera había colocado. La imagen salía ladeada, pero se veía el baño entero. En ese momento la puerta se abrió y entró Lucía.

Había terminado de limpiar la piscina y venía a darse una ducha. Se quitó la ropa sin saber que la grababa. La resolución era sorprendentemente buena, y me quedé mirando cómo se desnudaba, cómo se metía bajo el agua de la ducha abierta.

Se enjabonaba despacio, con un cuidado que parecía un ritual. Y de pronto vi que se demoraba demasiado en los pechos, entre las piernas. Acerqué el móvil a la cara. Se estaba tocando, apoyada en la pared, con los pies algo separados, frotándose con una mano mientras con la otra se recorría los muslos. El agua le caía por encima hasta que se corrió, sola, sin saber que la miraba.

No le dije nada. Pero ya sabía dónde iba a poner esa cuarta cámara, mejor escondida. No era para descubrir un engaño; era porque me encantaba verla en esos momentos suyos, a solas, sin pose ninguna.

***

Para su cumpleaños le hice un regalo especial. Siempre le había dado curiosidad uno de esos consoladores de ventosa que se pegan a la pared. Y, como ya habíamos jugado con mis dedos por detrás, pensé que era el momento de ir un paso más allá: que probara dos a la vez, el juguete y yo.

Esa noche, mientras empezábamos, ella fue al cajón y sacó el regalo. Frente a mí se lo metió en la boca, simulando que la chupaba.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Tengo ganas de jugar —dijo, con una voz baja y pícara.

—¿Y qué te apetece?

—Hoy quiero que me llenéis los dos agujeros. Tú y tu amigo —contestó, señalando el juguete.

Fue hasta la pared de enfrente y lo pegó con la ventosa. Me hizo acercarme, me bajó el pantalón y se llevó mi polla a la boca. Cuando llevaba un rato, se levantó, escupió en la mano, mojó el consolador y, de espaldas a la pared, se inclinó y se lo clavó en el coño. Con la otra mano me guiaba de nuevo hacia su boca.

—Me encanta follaros a los dos a la vez —jadeaba, empujando las caderas contra la pared.

Me impresionó tanto verla así, tan desinhibida, que tuve que pedirle que parara o me correría enseguida. Ella sonrió y siguió chupando, cada vez más rápido, los jadeos subiendo de tono. Cuando me di cuenta estaba al límite. Ella lo notó, empezó a correrse al mismo tiempo y, sin soltarme, me dirigió hacia sus pechos para que terminara sobre ellos. El consolador golpeaba la pared con cada empujón. Luego nos metimos juntos en la ducha.

El regalo le gustó tanto que, durante varios días, visitaba el baño de la piscina más de la cuenta. Y yo, desde el dormitorio, la veía en la pantalla follarse el juguete bajo el agua mientras me tocaba. Pero algo me decía que ella, mientras tanto, seguía pensando en Marcos.

***

Unas semanas después, su amiga Sofía la invitó a una caminata por un sendero de la montaña, cerca de casa. Iba también Marcos. Lucía no tenía muchas ganas, pero al final decidimos ir todos y quedamos en terminar el día en casa, con una barbacoa y un baño en la piscina. Sofía estaba tonteando con Marcos, y mi mujer le hacía de celestina.

Salimos temprano. Durante el camino bromeamos y nos reímos mucho. Sofía se le insinuaba a Marcos sin disimulo, y él le seguía el juego. En un momento, los dos se quedaron rezagados, y aproveché para picar a Lucía.

—Llevas todo el día caminando detrás de él. Deja ya de mirarle el culo.

—Cállate, Diego, que nos van a oír —me reprendió.

—¿No te lo tirarías ahí, entre esos arbustos?

—¡Por eso mismo no me gusta jugar contigo! Para ya —dijo, enfadada.

Como los otros no aparecían, nos sentamos a esperar. Me apoyé en un tronco y ella se recostó a mi lado. Desde mi posición le veía los pechos por el escote. Bajé las manos y se las metí bajo la camisa.

—Estate quieto, que nos ven —susurró, nerviosa.

—Me encanta cuando te pones nerviosa —le dije—. Si no están ni cerca.

Le pasé la mano por el costado hasta llegar a su entrepierna, por encima del pantalón. Ella protestó —«para, cariño»— pero abrió un poco las piernas y se dejó hacer. Justo cuando la cosa se ponía mejor, aparecieron los otros dos.

—¡Uy, perdón! —dijo Sofía—. ¿Interrumpimos algo?

—No, no, os esperábamos —contestó Lucía, recolocándose y apartándome la mano con disimulo.

Nos levantamos y seguimos el camino.

***

En casa nos dimos un chapuzón rápido y comimos de la barbacoa que Marcos se ofreció a encender. Después, Sofía y Lucía volvieron al agua, y luego se tumbaron al sol. Por la tarde, Sofía quería secarse con los últimos rayos, pero mi mujer prefirió subir a darse una ducha caliente.

Marcos quería marcharse, pero olía a humo de la barbacoa, así que le dije que se duchara en el baño de la piscina. Fui a buscarle ropa para prestarle. Lucía ya había terminado en el dormitorio.

—¿Y esa ropa? —preguntó, secándose.

—Para Marcos, que se va a duchar abajo.

—¿Y Sofía?

—Sigue al sol. Me da que se ha quedado frita.

—Bajo en un rato a despertarla, que se va a quemar.

Le di a Marcos la ropa y subí al dormitorio: yo también quería una ducha caliente. Al entrar, encontré a Lucía con la toalla enrollada, inclinada, secándose los pies, con el culo en pompa.

Me acerqué por detrás y la sujeté de las caderas.

—¿Qué haces, loco? ¡Que me tiras! —rio.

—Quiero follarte. Y tú vas y te pones así...

Ella se giró y me besó. Dejó caer la toalla. Le agarré el culo con las dos manos.

—Llevo todo el día cachonda, y en el monte me dejaste a medias —reconoció.

La tumbé en la cama y empecé a comérsela. Y, mientras lo hacía, me acordé de la cámara del baño de la piscina.

***

Me levanté, cogí el móvil y la coloqué a cuatro patas, apoyada en la ventana que daba a la piscina. Saqué el consolador de su caja, lo dejé al alcance, y la penetré sujetándola por la cadera, con embestidas fuertes. Sus pechos rebotaban contra el cristal.

—¿Quieres jugar? —le pregunté—. ¿Eres mi puta?

—Sí, fóllame —jadeó—. ¿Qué quieres hacerme hoy?

—¿Te gustaría que Marcos subiera ahora a follarte conmigo?

—Jo, cariño, no me digas eso. Luego me dará mucha vergüenza.

—¿Quieres o no?

—Sí quiero, claro que quiero —admitió—. Él ahí abajo, desnudo, y yo aquí desesperada.

—¿Te gustaría verlo duchándose?

—Claro. Ver su polla y su culo —jadeó, llevándose una mano a la entrepierna.

Entonces abrí la aplicación, conecté la cámara del baño y le puse el móvil delante: Marcos, desnudo, metiéndose bajo el agua. Lucía se quedó muda, los ojos como platos.

—Piensa en él —le dije.

—¿Cuándo pusiste esa cámara? —preguntó, notando lo dura que la tenía.

—Calla y disfruta. Ahora no es momento de hablar de eso.

Siguió tocándose mientras yo la follaba, sin apartar la vista de la pantalla. Buscó el consolador con la boca y lo chupaba mirando cada movimiento de Marcos. Luego cogió el móvil y el juguete, me apartó, y se colocó en una esquina de la cama. Se metió el consolador en el coño y me pidió que la penetrara por detrás.

Nunca me había dejado.

—Solo por fuera, ¿vale? —dijo, sin dejar de mirar la cámara.

Apoyé la punta en su ano. No ofreció resistencia. Estaba tan concentrada en Marcos y en el juguete que apenas se dio cuenta de que entraba.

—¿Te gusta cómo te folla Marcos el coño y yo el culo? —le pregunté.

—Sí... —suspiraba—. ¡Sí! Qué polla tiene.

Se abría con cada empujón. Gemía y pedía más, sin dejar de mirarlo. Yo aguanté lo que pude hasta que empecé a correrme dentro.

—Ahora le toca a él —jadeó, llegando al clímax—. Quiero que se corra dentro de mí. ¿Puede, cariño?

—Fóllatelo como quieras —dije, exhausto—. Pero piensa en él.

—¡Marcos, lléname! Me corro... —gritó, sacudiéndose entera, con los ojos en blanco.

Después se relajó de golpe y cayó desplomada, soltando el móvil sobre la cama.

—Ahora tendré que ducharme otra vez —suspiró.

Los dos nos reímos.

***

Cuando recuperamos fuerzas, nos duchamos juntos y bajamos con los demás. Sofía ya estaba despierta, hablando con Marcos. Mi mujer los miraba avergonzada, y ellos, ajenos a todo. No tardaron en marcharse juntos.

Después de aquel día, ella me obligó a quitar la cámara del baño. Sabía lo que hacía allí cuando estaba sola y no quería que la descubrieran; al menos eso imaginaba, porque nunca le confesé que ya lo había visto.

Seguramente siguió pensando en Marcos, o en otro, no lo sé. Pero no hemos vuelto a jugar a esto. Le pasó igual que con Patricia: después del morbo, prefirió no repetir.

Supongo que le da miedo ir más allá. Aunque quién sabe si algún día volvemos a intentarlo, con los mismos o con otros. Al fin y al cabo, el juego es el juego.

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Comentarios (5)

Rodri_Mza

tremendo relato, no me lo esperaba para nada. Sigue escribiendo!!

CarlosLect_Sur

lo leí dos veces y la segunda me gusto más todavía. Esa broma inicial que después se convierte en realidad... muy bien construido.

LorenaBaires

Dios mio, que final. No lo vi venir para nada jajaja

Dani_mdp

Me quede con ganas de mas, por favor una segunda parte. Como termino todo eso???

PatoLect

Me recordo a algo que me paso a mi hace unos años con mi pareja, esas bromas que empiezan inocentes... bueno, mejor no cuento jajaja. Muy buen relato, felicitaciones.

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