El desconocido del parque puso precio a esa noche
Me llamo Camila y aquel domingo había salido a correr sin ninguna intención más que sudar el aburrimiento de la tarde. Llevaba un top negro, un short ajustado que no dejaba demasiado a la imaginación y unas zapatillas azules gastadas de tanto uso. El parque cerca de mi casa es grande, ovalado, con mucha vegetación y algunos senderos donde casi nunca me cruzo con nadie. Por eso me gusta correr ahí.
Volvía hacia casa con la cara roja y la respiración entrecortada cuando lo vi. Un hombre alto, de buen porte, vestido de manera demasiado casual para estar haciendo ejercicio. Pasé a su lado sin mirarlo más de la cuenta. No me dijo nada. Avancé unos metros y entonces escuché su voz a mi espalda.
—Señorita, qué linda se ve.
Me giré apenas. Me estaba examinando de arriba abajo, sin disimulo.
—Gracias —respondí, y seguí caminando.
—Disculpe mi atrevimiento —insistió, acercándose—. La vi correr y quise acercarme. No quiero incomodarla, pero me gustó apenas la vi. Vivo cerca de aquí. Me encantaría invitarla a cenar, si le parece.
En ese momento entendí por dónde venía la cosa. Y, para mi sorpresa, no me molestó. Sonreí, todavía agitada por la carrera, el sudor brillándome sobre la piel y bajando entre los pechos. Me detuve, me giré para quedar frente a él y me acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Así, de repente, sin conocernos, quieres invitarme a cenar? Ni siquiera sé tu nombre.
Me devolvió una sonrisa segura, de alguien acostumbrado a controlar la situación. Dio un paso más, sin invadirme, lo justo para que me llegara su perfume. Era dulce, agradable.
—Adrián —dijo, extendiéndome la mano—. Mucho gusto. ¿Y tú eres…?
—Camila.
Le di la mano y sentí su agarre firme, la diferencia de tamaño entre su palma y la mía.
—Lindo nombre. Te queda bien —bajó la voz—. No te voy a mentir, Camila. Desde que te vi no solo me pareciste linda. Tienes un cuerpo que no se ve todos los días. Y se te nota una energía, así, sudada, natural. Me dije que tenía que conocerte.
Me mordí el labio inferior sin querer. No era la primera vez que me halagaban por mi cuerpo, pero me gustaba escucharlo. Y ese «tenía que conocerte» tenía un tono que me confirmó la sospecha.
—Se nota que tienes buen gusto —le respondí.
Él seguía comiéndome con la mirada, deteniéndose en mis muslos, en mis pechos. Dio otro paso. Ahora tenía que levantar un poco la vista para mirarlo. Casi susurrando, como si me confiara un secreto, siguió.
—No quiero sonar creído, pero si te soy sincero, no pensaba solo en la cena. Pensaba en ofrecerte una ducha caliente, algo más cómodo, y pasar una buena noche juntos.
Hizo una pausa, mirándome directo a los ojos.
—Soy un hombre que valora a quien le hace sentir algo así de inmediato. Y si te interesa, estoy dispuesto a que valga la pena. No solo por el placer.
Le sostuve la mirada, esperando a ver con qué me salía. Lo vi sacar la billetera del bolsillo del pantalón.
—Por ser tú, por ese cuerpo que no puedo dejar pasar, te ofrezco ciento cincuenta dólares. Solo por esta noche.
Mantuve la calma. No demostré interés, ni rechazo, nada.
—¿Qué dices, Camila? ¿Te animas a divertirte conmigo? La vamos a pasar muy bien.
El aire del parque seguía tibio, pero sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta los dedos de los pies. No es mala cantidad, me dije. Y, sobre todo, sentía el morbo agitándome el cuerpo: los pezones se me endurecían contra la tela húmeda del top, y no estaba mojada solo por el sudor.
—Ciento cincuenta solo por esta noche —repetí en voz baja, acercándome un paso. Me ajusté el top con las manos, un gesto que le mejoró la vista de mis pechos.
—Así es. Solo por esta noche —contestó, perdido en mi movimiento.
Sonreí con malicia.
—Quizás lo considere si son doscientos. Ya que te parezco tan única, sé que voy a valer la pena.
Acomodé el short, marcándome todo otra vez. Retrocedí un par de pasos.
—Y si quieres que suba contigo sudada y todo, tendrás que quitarme las zapatillas a mordidas. La ropa también. ¿Qué dices, Adrián?
—Acepto —dijo, con la voz segura del que cree que ya ganó.
—Vamos, entonces.
***
Me puso la mano en la cintura y me llevó hasta su auto, estacionado a un costado del parque. Me abrió la puerta, todo un caballero. En unos diez minutos llegamos a su hotel. Me contó que estaba de viaje por trabajo, que en dos días se iba y que encontrarme había sido pura casualidad. Curiosamente, en el camino no intentó nada, salvo dejar la mano apoyada sobre mi muslo.
El lobby era bonito, lujoso. Fuimos directos al ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, sentí sus manos en mi cintura y, como si nada, me levantó. Instintivamente lo rodeé con las piernas, sujetándome bien, mientras me apretaba contra la pared y me besaba sin contención. Su lengua recorría cada rincón de mi boca, jugando con la mía.
Cada segundo me ponía más mojada. Después de no hacer absolutamente nada en el auto, ahora pasaba a la acción. Entre la excitación del beso y la posibilidad de que las puertas se abrieran y alguien nos viera así, sentí su bulto duro presionando contra mi sexo. Se sentía enorme, y eso me encendió todavía más.
La habitación estaba en un piso alto. No me fijé en cuál, pero por lo que tardamos en subir y por la vista, debía serlo. Se veía toda la ciudad encendida. No me dio tiempo de apreciarla: me tiró sobre el sofá.
—Ahora sí, Camila. Esta noche eres completamente mía —me dijo con la voz ronca, una seguridad que me hizo mojar más.
Siguiéndome el juego, levantó una de mis piernas y empezó a besarla, a lamerla, bajando poco a poco hasta deshacer con la boca los cordones de la zapatilla. Me la quitó, también la media, y entonces me dio una lamida en todo el pie.
—Adrián, no hagas eso. Estoy toda sudada —le dije.
—No me importa. Quiero probarte completa. Que valga la pena lo que pagué.
Me había gustado esa idea de que me deseara entera, sin reparos. Repitió el mismo ritual con la otra pierna, arrancándome pequeños gemidos. Subió hasta el short y de un tirón me lo quitó.
—Qué vista tengo de ti. Estás riquísima.
Con la mano empezó a estimularme el clítoris, y los gemidos se me escaparon sin permiso. Bajó la cabeza y siguió con la lengua, lamiendo despacio alrededor, hasta que ya no pude controlarme. Primero metió un dedo. Después dos. Por último, tres, mientras la lengua seguía trabajando, una doble estimulación que no tardó en arrancarme el primer orgasmo de la noche. Las piernas me temblaban, y él seguía lamiendo, terco, a pesar de lo sensible que estaba.
—Qué rico te vienes, Camila. Me encanta cómo sabes —dijo, levantándose y quitándose la ropa.
Yo me saqué el top. Tenía los pezones tan duros que dolían.
—Chúpame los pechos —le pedí.
No tardó ni un segundo. Succionaba fuerte, y los gemidos volvieron a salirme solos. Mientras tanto, lo busqué con la mano y empecé a masturbarlo. Me dejó algún chupetón en el camino, pero no me importó: lo que sentía valía cada marca. Hasta que se detuvo, me levantó otra vez y me llevó a la cama, una cama enorme en medio de la habitación.
—Ahora pasamos a la parte más divertida —dijo, con una sonrisa que prometía cosas.
Sacó unas cintas y me ató las manos a la espalda, para que no pudiera usarlas, y me colocó un antifaz. Dejar de verlo me excitó muchísimo. No sabía qué iba a hacerme, y la incertidumbre era parte del juego.
—Levanta bien ese culo y abre las piernas. Quiero la cabeza pegada al colchón —me ordenó.
Le hice caso. Boca abajo, levanté el trasero y abrí las piernas, completamente expuesta. Sentí que me sujetaba los tobillos a las esquinas de la cama, para que no pudiera cerrarlas. Quedé inmovilizada, ofrecida del todo.
Por un momento no hizo nada. Lo sentí bajarse de la cama. Lo escuché buscar algo, pero no podía ver qué. Entonces llegó la primera nalgada, que me arrancó un grito: me tomó desprevenida. Después otra, en la otra nalga, que me hizo gemir. Luego sentí algo frío y húmedo presionando contra mi trasero.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—No hables. Solo puedes gemir y gritar. Si hablas, hay castigo —dijo, mientras empujaba de un solo movimiento algo redondo dentro de mí. Gemí más fuerte.
Vinieron tres nalgadas más en cada lado, que me hicieron soltar unas lágrimas. La piel me ardía, me quemaba después de cada golpe. El aire frío de la habitación chocaba contra mi cuerpo caliente y me generaba escalofríos. Estaba expuesta, inmovilizada, dolorida, y aun así quería más.
Sentí su aliento en el oído.
—Así te gusta estar, ¿verdad?
Me tiró del pelo hacia atrás, obligándome a curvar la espalda al máximo, y me penetró de una sola embestida. Solté un gemido largo. Con una mano me agarraba la cintura mientras aumentaba el ritmo. Se sentía grueso, grande, como si me partiera en dos, y cada empuje movía el objeto dentro de mi trasero, presionándome cada vez más. Me soltó el pelo y caí hundiéndome en el colchón. Otra nalgada me hizo gritar.
—Eso, grita. Así me gusta —dijo, sin bajar el ritmo.
Lo sentía palpitar dentro de mí, crecer todavía más, la respiración entrecortada. Me sujetó con fuerza por la cintura y empujó más profundo, hasta que soltó un gemido ronco y se derramó caliente dentro de mí. Eso bastó para llevarme a un segundo orgasmo que me dejó temblando, agitada, con el corazón a mil y más sudada de lo que ya estaba.
***
Después de unos minutos salió de mí y me soltó las piernas. Inocente, pensé que habíamos terminado. Estaba muy equivocada. Me pasó las manos atadas hacia adelante, me dejó boca arriba y se colocó encima. Sin dejarme respirar del todo, me llenó la boca.
—Límpialo bien. Que no se desperdicie ni una gota.
Lo escuchaba gemir mientras me usaba la boca con calma, sin prisa. Hasta que volvió a detenerse, me levantó y me llevó a otro lado de la habitación, todavía con el antifaz y atada. El suelo se sentía helado bajo mis rodillas.
—Arrodíllate y abre bien la boca —me dijo.
Obedecí. Me arrodillé, abrí la boca, y sentí un líquido tibio caer sobre mi cara y mi lengua. Tardé un segundo en entender que no era agua.
—Así me encantas. Vales cada dólar. No cierres la boca —murmuró, usándome a su antojo.
Al amanecer me desperté tirada en la cama, despeinada, el cuerpo dolorido, las sábanas revueltas. Sobre la mesa de noche había un sobre y una nota: «Te dejo un extra por lo bien que me hiciste sentir anoche». Conté el dinero. Eran trescientos. Cien más de lo acordado.
Me quedé un rato sentada, mirando la ciudad despertar por el ventanal, todavía con el ardor de la noche en la piel. No volvería a verlo, pensé. Y, sin embargo, ya sabía que esa fantasía iba a perseguirme mucho tiempo.