Lo que haría contigo en ese aparcamiento vacío
Déjame que te lo cuente despacio, como me gusta a mí, con la boca pegada a tu oído y mi mano descansando en tu rodilla mientras conduzco. No es un sueño cualquiera. Es algo que repito en mi cabeza desde hace semanas, cada vez que paso por ese sitio y me imagino que vienes conmigo.
En mi ciudad hay un centro comercial enorme, uno de esos que tienen tres plantas de tiendas y dos aparcamientos subterráneos. El de abajo del todo casi nadie lo usa. La gente prefiere quedarse cerca de la salida, así que el último nivel siempre está a media luz, con filas y filas de plazas vacías y ese eco raro que tienen los garajes grandes cuando no hay nadie.
Al fondo, pasada la columna donde se acaban las cámaras, hay un baño pequeño. Uno para personas con movilidad reducida, con la puerta ancha y el pestillo que cierra de verdad. Lo descubrí por casualidad un día que bajé a buscar el coche. Nadie entra ahí. Y desde entonces no he dejado de pensar en lo que pasaría si entraras tú conmigo.
***
Quiero que vengas con un vestido de esos que se mueven solos. Uno de tela ligera, con vuelo, que se levante sin esfuerzo, que baste con tirar un poco de la tela para subirla hasta donde yo quiera. Nada de pantalones esa tarde. Quiero poder llegar a ti sin pelearme con cremalleras ni botones.
Y debajo, lo que te pida. Si decides venir, te escribo por la mañana y te digo qué ponerte. Un sujetador de encaje fino, del que se transparenta un poco. Una braga mínima, de esas que apenas cubren y que se apartan con un dedo. Medias hasta el muslo, sujetas con un liguero a juego. Cuando subas al coche no te voy a tocar todavía. Solo voy a saber que llevas todo eso debajo del vestido, y eso ya me va a tener al límite durante todo el trayecto.
—¿Lo llevas puesto? —te preguntaría sin mirarte, con los ojos en la carretera.
—Lo llevo —dirías tú, y se te escaparía media sonrisa.
No haría falta nada más. Bajaríamos por la rampa en silencio, dando vueltas hasta el último nivel, y aparcaría el coche en el rincón más oscuro, lejos de la luz del ascensor. Te tomaría de la mano y caminaríamos hasta esa puerta del fondo como si lo hubiéramos hecho mil veces.
Y todo el camino, en el coche, yo pensaría en eso. En el trayecto no te tocaría más que la rodilla, como te dije. Pero tú notarías cómo cambia mi respiración cada vez que paramos en un semáforo, cómo te miro de reojo, cómo aprieto el volante. Tú me dejarías sufrir. Cruzarías las piernas despacio, dejando que el vestido se te subiera un poco, y mirarías por la ventanilla fingiendo que no sabes lo que me estás haciendo. Para cuando llegáramos al centro comercial, los dos estaríamos al borde.
***
Dentro huele a limpio y a frío. Echo el pestillo. Se enciende esa luz blanca y un poco fea que tienen estos sitios, y el único ruido es el zumbido del fluorescente. Tú me miras, esperando. Yo no digo nada todavía.
Te beso. Pero no un beso suave de los de buenas noches. Te beso como si quisiera robarte el aire, con la lengua, con las dos manos sujetándote la cara, empujándote despacio hasta que tu espalda toca la pared de azulejos. Cuando me separo, tienes los labios entreabiertos y respiras por la boca. Esa imagen es la que llevo semanas guardando.
Te giro. Te pongo de cara al espejo grande que hay sobre el lavabo, con mis manos en tus caderas, y me coloco detrás de ti. Quiero que te veas. Quiero que veas tu propia cara mientras te toco, porque sé que eso te pone más que cualquier otra cosa.
Subo el vestido despacio. Lo arrugo en mis manos hasta que se queda recogido a la altura de tu cintura, y ahí aparece todo lo que me imaginé: el liguero, las medias, esa braga que no cubre nada. Te miro en el reflejo y tú me sostienes la mirada.
—No te muevas —te digo al oído.
Subo las manos por tu vientre hasta los pechos. Te bajo un poco las copas del sujetador y te los sostengo con las dos manos, sopesándolos, jugando con tus pezones entre los dedos hasta que se ponen duros. Tú aprietas los labios para no hacer ruido, porque sabes que estamos en un sitio donde no deberíamos, y eso lo hace todo mejor.
Mi boca baja a tu cuello, justo debajo de la oreja, ese punto que te vuelve loca. Te muerdo el lóbulo, despacio, y noto cómo se te corta la respiración. Una de mis manos abandona tu pecho y empieza a bajar. Por el vientre, por encima del ombligo, hasta el borde de la goma de tu braga.
***
No tengo prisa. Quiero que la tengas tú.
Cuelo los dedos por debajo de la tela y llego a tu sexo, que ya está caliente y resbaladizo. Encuentro tu clítoris y empiezo a dibujar círculos lentos, en el sentido de las agujas del reloj, sin parar, con una presión constante que sé que te gusta. Tú abres un poco más las piernas, buscando mi mano, y en el espejo veo cómo cierras los ojos.
—Mírame —te digo—. Abre los ojos y mírame.
Los abres. Y en ese reflejo, con mi mano entre tus piernas y mi boca en tu cuello, mueves los labios sin apenas voz.
—Fóllame.
—¿Qué? —pregunto, aunque te he oído perfectamente.
—Fóllame —repites, un poco más alto.
—Dímelo otra vez. Más fuerte.
—Fóllame. Ya. Por favor.
Eso es todo lo que necesito. Me bajo los pantalones lo justo. Tú te llevas una mano atrás y te apartas la braga a un lado, sin sacártela, porque no hay tiempo y porque así me gusta más. Te inclinas un poco hacia delante, las manos apoyadas en el borde del lavabo, y me ofreces todo.
Entro despacio. Al principio cuesta, porque estás muy estrecha y yo no soy precisamente pequeño, así que voy de a poco, ganando terreno con cada empuje, dejándote sentir cada centímetro. Y cuando por fin entro del todo, sueltas un gemido largo que rebota contra los azulejos, y noto cómo me aprietas por dentro como si no quisieras dejarme salir.
***
Me quedo quieto un segundo, solo para sentirte. Después empiezo a moverme.
Al ritmo que vamos cogiendo, el silencio del baño se llena de otros ruidos: el golpe de mi cuerpo contra el tuyo, tu respiración entrecortada, algún jadeo que se te escapa a pesar de que intentas tragártelo. Te sujeto de las caderas y voy más profundo, una y otra vez, hasta el fondo, y tú echas la cabeza hacia atrás y la apoyas en mi hombro.
—Así —te susurro—. Justo así.
Una de mis manos vuelve a bajar y sigue trabajando tu clítoris mientras te embisto, las dos cosas a la vez, y eso te desarma. Empiezas a temblar. Empiezas a decir cosas sin terminarlas, palabras a medias, y yo sé lo que viene porque te conozco.
—Me corro —dices—. Me voy a correr.
—Córrete —te respondo al oído—. Córrete para mí. No te aguantes.
Y te corres. Te corres tan fuerte que te convulsionas entera, que me aprietas hasta dejarme sin aire, que tienes que morderte el dorso de la mano para no gritar. Verte y sentirte así, en ese sitio prohibido, con el riesgo de que alguien pudiera bajar en cualquier momento, es lo que me termina a mí. Te sujeto fuerte contra mi cuerpo y me vacío dentro de ti, en oleadas, mientras tú sigues temblando con los últimos espasmos.
Nos quedamos así, encajados, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. La luz blanca sigue zumbando. En el espejo, tu cara está roja y tienes el pelo pegado a la frente, y me sonríes con una mezcla de cansancio y de no me lo puedo creer.
***
Te ayudo a recolocarte el vestido. Te subo las copas del sujetador, te acomodo la braga, te bajo la tela hasta las rodillas como si no hubiera pasado nada. Tú te lavas las manos, te miras un momento al espejo, te recompones. Antes de abrir el pestillo, te giro la cara hacia mí y te doy un último beso, este sí, suave y lento.
—Repetimos —te digo, no como pregunta, sino como promesa.
Salimos del baño como dos desconocidos que se cruzan por casualidad. Caminamos hasta el coche sin tocarnos, guardando las apariencias para nadie, porque no hay nadie. Y mientras subo la rampa hacia la salida, tú me pones la mano en la pierna y la dejas ahí, y yo sé que la próxima vez no vas a esperar a que te lo proponga.
Esto es lo que llevo semanas imaginando. Esto es lo que quiero hacer contigo. Y si te ha gustado escucharlo, si has notado el mismo calor que noto yo cada vez que lo cuento, todavía me queda mucho más por contarte. Solo tienes que decírmelo al oído, igual que yo te lo he dicho a ti.