El pacto que heredé la noche de luna llena
El viento arrastraba polvo seco entre los nogales cuando llegué a la hacienda de Las Ánimas. La madera de los corrales crujía igual que en mi infancia, y el aire seguía oliendo a tierra mojada y a sangre vieja, como si el tiempo no se hubiera atrevido a tocar el lugar.
Los peones me recibieron en silencio, con esa mirada gastada de quien guarda un secreto pesado. Sabían a qué venía. A vender. A escapar. Pero el testamento de mi abuela lo cambió todo.
Lo leí y lo releí apretando el papel entre los dedos, los bordes amarillentos cortándome la piel. Las palabras bailaban ante mis ojos, obscenas e imposibles: «Tu madre cumplió con el trato. Cada luna llena abría sus piernas para Él, y a cambio la tierra prosperó. La fortuna de esta familia se levantó sobre su entrega.»
Cipriano, el capataz más viejo, me lo explicó desde el umbral, con los ojos opacos cargados de cosas que prefería no nombrar. La suerte de la hacienda venía de un pacto con un Nahual: un brujo mitad hombre, mitad animal, que había visitado a mi madre hasta el último de sus días.
—Tu bisabuelo selló el trato hace casi un siglo —susurró, como si temiera que las paredes lo escucharan—. La Bestia no es un lobo cualquiera. Camina entre las sombras. Y ahora te toca a ti.
Solté una risa cortante.
—¿Mi madre? ¿En serio? Tan recatada, tan perfecta… —Sentí asco y algo más que no quise mirar de frente—. ¿Gimiendo bajo una criatura como un animal?
Cipriano no se inmutó. Bajó la vista hacia unos arañazos profundos marcados en el suelo de madera, surcos que yo no había visto al entrar.
—Ella entendió que Él no solo toma. También da. Dinero. Protección. Cosechas. Todo tiene su precio. —Me tendió tres cuadernos atados con cordel—. Aquí lo dejó escrito.
Sentí un escalofrío. No era miedo. No del todo.
***
Esa noche encendí la lámpara de aceite. Su luz temblorosa alumbraba las páginas manchadas de los diarios de mi madre, mientras la casa entera crujía a mi alrededor como si supiera lo que estaba por descubrir.
«3 de noviembre. Vino otra vez. Sus manos son garras, pero saben acariciar mejor que las de cualquier hombre.»
Sentí calor entre los muslos. No podía creerlo. Mi madre, la mujer que solo me había besado en la frente con labios fríos, describía con lujo de detalle cómo la Bestia la sujetaba contra la pared del establo, cómo le mordía los pechos mientras sus caderas la embestían sin tregua.
«20 de julio. Ya no soy joven. Mi cuerpo se marchita, pero a Él no le importa. Dice que mi piel sigue siendo dulce. Cuando me lame entre las piernas, vuelvo a sentirme una muchacha.»
Me mordí el labio. Las páginas olían a lavanda y a algo más oscuro, a sudor animal. Mi madre había escrito hasta el final, hasta aquel último encuentro en la cama matrimonial, los aullidos de ambos confundiéndose con el chirrido de los resortes.
No podía dejar de leer. El papel se me pegaba a los dedos, húmedos por mi propia excitación.
«12 de agosto. Hoy me tomó por detrás, como una fiera. Sus garras me marcaron las caderas mientras me llenaba. Después me obligó a arrodillarme y su lengua, larga, imposible, llegó hasta donde ningún hombre había llegado. Grité, pero no de dolor.»
Un gemido se me escapó. Llevé una mano entre las piernas y encontré la humedad que empapaba la tela. ¿Cómo era posible que la perfecta, la devota, hubiera sido esto para esa criatura?
«5 de enero. Mis pechos ya no son firmes, pero a Él le encanta chuparlos igual. Dice que mi carne madura es adictiva. Esta noche me hizo gritar cuando me mordió mientras me abría por detrás. El placer fue tan intenso que olvidé mi nombre.»
Cerré los cuadernos de golpe, pero ya era tarde. Mi cuerpo ardía.
De pronto, una ráfaga helada apagó la lámpara. En la oscuridad, algo respiró junto a mi oído.
—¿Te gusta lo que lees, pequeña heredera?
Contuve el aire cuando la sombra emergió de la negrura. La Bestia no era del todo animal ni del todo hombre. Su torso brillaba bajo la luna, cruzado de cicatrices rituales, y entre sus piernas el bulto de su deseo tensaba la piel curtida que apenas lo cubría. A la espalda llevaba un machete de filo hambriento.
Con un movimiento fluido arrojó algo a los pies de la cama: un chivo salvaje, la garganta recién abierta, todavía caliente.
—Para que recuerdes —su voz era áspera, como piedras arrastradas por un río subterráneo— que todo lo que comes, todo lo que tienes aquí, viene de lo que yo tomo.
Sentí su aliento en el cuello antes del susurro final.
—En dos noches, cuando la luna esté alta, vendré por lo que es mío. —Una garra rozó mi vientre, rasgando la tela sin tocar la piel—. Tus gritos. Tu entrega. Y hasta ese odio que ahora mismo te moja las manos.
Y entonces, como una pesadilla que se disuelve, desapareció. Solo quedó el chivo muerto y el ardor entre mis piernas, tan violento que casi me dobló sobre los diarios abiertos.
***
El humo de la barbacoa se enroscaba en el aire del atardecer mientras observaba a los peones devorar el chivo. Nadie preguntó. Nadie dudó. Era como si todos supieran que aquello era un tributo aceptado, un anticipo de lo que vendría.
Esa noche volví a los cuadernos. Las páginas ya no me parecían ajenas, sino íntimas, como si mi madre me murmurara al oído sus secretos más bajos.
«El Nahual no me poseyó hoy. Me adoró. Pasó horas lamiendo cada cicatriz, cada estría, como si mi cuerpo fuera un altar. Cuando por fin me penetró, me mordió la nuca y gruñó que era suya. Que Dios me perdone, pero lo creí.»
Cerré los ojos imaginando garras donde tenía dedos. Mi mano resbaló bajo el camisón y encontró el mismo calor que ella describía. Boca abajo en la cama que había sido suya, leí el pasaje más vergonzoso, el de sus últimos años, cuando juraba que el dolor se le convertía en algo dulce que la llenaba por dentro.
Gemí, empapando las sábanas, un dedo tanteando con torpeza un territorio que nunca había explorado, imitando lo que imaginaba que la Bestia le había hecho.
—Vieja loca… —murmuré, pero mi cuerpo ardía.
El cansancio me venció antes que la vergüenza. Y entonces soñé.
Mi madre estaba allí, pero joven, con un camisón transparente pegado a los pechos. No habló. Solo sonrió, tomó mi mano y me guio al establo. Dentro esperaba el Nahual. No era la bestia de las páginas, sino algo peor, o mejor: un dios de músculos oscuros y ojos como brasas.
—Mírame, hija —susurró ella mientras la criatura la empujaba sobre el heno.
Lo vi todo: las garras enroscándose en sus muslos, la lengua negra recorriéndola como si fuera seda, el miembro enorme abriéndola con una brutalidad casi tierna mientras ella gemía como una muchacha.
—Así se gobierna una hacienda —jadeó, clavándome los ojos.
Y en el sueño la Bestia giró la cabeza y me mostró, exactamente, dónde habría de morderme en dos noches.
***
Desperté jadeando, las sábanas enrolladas entre los muslos, pegajosas. La hacienda estaba inusualmente callada; hasta los grillos guardaban silencio. Al caer la tarde, los peones se marcharon sin mirarme. Solo Cipriano se detuvo en la puerta.
—Suerte, señorita —murmuró, y en su voz no había esperanza, solo resignación.
Volví a los cuadernos con los dedos temblorosos. Entre sus páginas finales encontré un mensaje distinto: «Querida hija, si lees esto es porque Él te ha elegido. En el cajón de mi mesita dejé lo que vas a necesitar.»
Con el corazón golpeándome las costillas, lo abrí. Dentro había un frasco de aceite oscuro que olía a hierbas y a algo rancio, y un collar de colmillos con una nota: «Úsalo todo. La primera vez duele menos si vas empapada de él.»
***
La última luz del día bañó mi cuerpo mientras me preparaba con una precisión casi ritual: eliminé todo vello, toda barrera. El agua resbalaba por mis pechos tensos, mezclándose con el aceite espeso que me había untado entre las piernas, un aroma a musgo y deseo antiguo que me hacía arder la piel.
La toalla cayó al suelo cuando entré al dormitorio. Sobre la cama me esperaban el frasco abierto, rezumando, y el collar brillando bajo la luna llena. Lo tomé con manos trémulas y, en cuanto lo cerré alrededor de mi cuello, las velas se apagaron solas.
El Nahual emergió de la oscuridad como un espectro hecho carne, su silueta desnuda y monumental recortada contra la ventana. Contuve el aliento, no por miedo, sino por asombro. Su cuerpo era una escultura de violencia y gracia, y entre sus piernas el miembro grueso, coronado por un abultamiento que ya palpitaba de hambre.
No habló. Se abalanzó. El beso fue una invasión: su lengua, demasiado larga, se enroscó dentro de mi boca robándome gemidos que no sabía que podía emitir. Sabía a sangre, a caza reciente, a hierbas amargas.
—Hueles a mí —rugió, olfateando el aceite en mi piel, mientras sus garras ajustaban el collar contra mi garganta—. Y ahora llevas mis marcas.
Sentí el pánico y el éxtasis estallar a la vez cuando me levantó como a un juguete y me arrojó boca abajo sobre la cama. Quedé con las caderas en alto, expuesta, temblando. Escuché entonces un sonido húmedo y obsceno: su saliva cayendo entre mis nalgas.
—Para que no sangres —gruñó.
Y entonces su dedo-garra entró. No fue un roce, fue una posesión. La punta me abrasó por dentro y arqueé la espalda con un grito entrecortado. Era dolor. Era placer. Era algo más hondo, que quemaba como licor sobre una herida abierta. La Bestia no se detuvo; me retorció por dentro mientras su otra mano me hundía la nuca contra el colchón.
—Esto no es nada —bufó—. Espera a sentir el resto.
Retiró la garra, brillante con mi humedad, y la lamió despacio frente a mis ojos.
No hubo más advertencia. Sus garras se clavaron en mis caderas para inmovilizarme y el collar de colmillos me mordió el cuello, cada punta perforando la piel, dibujando gotas escarlatas sobre las sábanas. Me penetró de un solo embate, abriéndome con un ardor tan brillante que vi estrellas. El nudo en la base de su miembro se hinchó al instante, atorándome contra él, asegurando que no escaparía aunque quisiera.
Mi grito se partió en dos, convertido en algo primitivo. El Nahual no esperó a que me adaptara. Empezó a jalar mis caderas contra las suyas, cada embestida más profunda, cada movimiento hundiendo más los colmillos del collar en mi piel.
—Sangras como ella —rugió, inclinándose para lamer el sudor de mi espalda—. Pero gritas mejor.
El éxtasis me trepó desde el vientre, una paradoja de agonía y placer que me hizo venir con un espasmo violento, apretándome alrededor de la criatura que me destrozaba y me consagraba al mismo tiempo.
El mundo se redujo a una sola presencia: ese nudo bestial latiendo dentro de mí como un segundo corazón, inflamado hasta un tamaño imposible. Cuando por fin la Bestia aulló, el sonido vibró en mis huesos.
—Ahora viene lo verdadero, heredera —gruñó, y sentí el primer espasmo en lo más profundo—. Mi entrega.
Explotó dentro de mí, espeso y ardiente. Grité como si me arrancaran las entrañas. Cada oleada me llenaba más, quemando y sanando a la vez, hasta sentirme pesada, grotescamente colmada. Después se arrancó de un movimiento brutal, y el nudo desgarró mis paredes al salir, dejándome convulsa sobre la cama, deshecha y temblando todavía de placer traidor.
Me observó, satisfecho, y lamió una lágrima de mi rostro.
—La primera noche siempre duele más —musitó—. La próxima me pedirás más. —Arrastró la punta de su miembro por mis labios hinchados—. Lame.
Aturdida por el dolor y la adrenalina, obedecí. El sabor fue salado, metálico, intoxicante. Limpié cada gota hasta que el último rastro del pacto estuvo dentro de mi boca. La Bestia sonrió, mostrando los colmillos.
—Bien, heredera. Ahora duerme.
Y como si sus palabras fueran un hechizo, caí inconsciente, desnuda, marcada, con su sabor en los labios.
***
El primer rayo de sol me encontró renacida. Cada músculo me gritaba, cada movimiento me recordaba la posesión de la noche anterior. Pero bajo el dolor ardía algo nuevo: una satisfacción profunda, primal. Recordé otra línea de los diarios —«usa el aceite y mantén su esencia dentro; te preparará para la próxima vez»— y por primera vez la entendí sin asco.
La hacienda, antes lúgubre, respiraba a mi alrededor. Los olores eran más vivos, la tierra más honda, la sangre seca del corral más dulce. Cuando cerré los ojos para dormir de nuevo, sonreí.
***
La noche olía a mezcal y deseo cuando recibí a mis amigas en la hacienda. Bruna y Carola reían entre copas, burlándose de mis «cuentos de lobos» mientras señalaban las vacas en la penumbra.
—¿En serio nos hiciste manejar hasta acá por una leyenda de pueblo? —Carola bebió, manchándose la blusa escotada.
Yo solo sonreí, ajustándome el collar de colmillos que ya nunca me quitaba.
Entonces llegó Él. El Nahual emergió de la oscuridad con un rugido que heló la sangre. Carola gritó, pero no de miedo, sino porque la criatura la señaló con una garra brillante.
—Esa —gruñó, olfateando el aire.
Asentí, emocionada.
—Carola… corre —susurré.
Intentó huir, pero tropezó con su propio vestido. La Bestia la atrapó por la cintura y rasgó la tela de un tirón. Su chillido se convirtió en gemido cuando dos garras se hundieron en ella, estirando con sadismo lo que jamás nadie había tocado. Carola se derrumbó sobre las tablas del porche, su cuerpo expulsando a chorros la esencia espesa de la criatura mezclada con hilos de su propia sangre.
—No puedo… ni sentarme —lloriqueó, pero sus ojos brillaban con una excitación que desmentía sus palabras.
Bruna, lejos de horrorizarse, se desabrochó los jeans con manos temblorosas.
—Yo quiero lo siguiente —jadeó, arqueando la espalda como una gata en celo—. No necesito que me persigan. Sé exactamente lo que quiero.
El Nahual rio, un sonido que hizo vibrar los vidrios de la casa, y la tomó por las caderas. No hubo preliminares. La penetración fue brutal, un solo movimiento que la hundió hasta el nudo. Bruna aulló, pero de triunfo, no de dolor, mientras Carola, todavía jadeando, se arrastraba para mirar cómo el vientre de su amiga se abultaba con cada embestida.
Yo observaba, orgullosa, acariciando el collar sobre mi piel.
***
Las semanas pasaron entre susurros y preparativos. Bruna y Carola se instalaron en la hacienda; ya no quisieron irse. Cada una llevaba en el cuerpo las marcas del pacto: Bruna lucía un colmillo solitario que le tallé yo misma; Carola, la más reticente al principio, ahora se le encendían los ojos con cada luna que se acercaba.
La siguiente luna llena, las tres esperábamos en el granero. La Bestia llegó como llegaba con mi madre, recostándose sobre un montón de heno, su miembro ya tenso entre las sombras.
—Limpien. Todas —ordenó.
Yo las guie en el ritual. Carola lamió primero, lenta y devota; Bruna siguió; y yo terminé, bebiendo directamente de la fuente mientras mis amigas me acariciaban los costados.
Al amanecer ya no éramos tres amigas. Éramos una manada. Y la hacienda de Las Ánimas siguió siendo tan próspera como siempre.