La bruja del pantano me marcó esa noche en el bosque
Adrián era el típico chico de biblioteca: delgado, callado, de esos que prefieren mil veces una novela vieja a una fiesta con desconocidos. Por eso, cuando sus supuestos amigos lo convencieron de ir a un campamento en la sierra de Valduerna, debió sospechar algo. No lo hizo. Confió, como siempre.
Lo dejaron en mitad del bosque, riéndose por la ventanilla mientras el coche se alejaba entre el polvo. Le habían dado una dirección escrita en un papel arrugado. Una dirección que no existía.
—Tranquilo, ¡es solo una aventura! —le habían dicho.
Adrián pateó una piedra y maldijo entre dientes.
Estúpidos. ¿Cómo pude creerles otra vez?
El sol caía despacio y el bosque se llenaba de sombras alargadas. Sabía que estaba perdido, pero lo que de verdad le erizaba la piel era el silencio. Un silencio demasiado espeso, como si los árboles contuvieran la respiración a la vez.
Entonces la vio. Entre la maleza, una figura se movía con una agilidad que no parecía humana. Estaba arrodillada junto a un parche de hongos que despedían una luz tenue, arrancando hierbas con dedos largos y precisos. Su cabello negro, enredado como raíces, le caía sobre los hombros, y su piel tenía un brillo verdoso, débil, bajo el último resplandor del atardecer.
Adrián contuvo el aliento. Era real.
Ella levantó la cabeza, como si hubiera olido su miedo. Sus ojos dorados lo atravesaron y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios oscuros.
—Vaya… ¿un regalito del bosque? —murmuró, incorporándose con un solo movimiento fluido.
Adrián retrocedió, pero tropezó con una raíz. Antes de que pudiera levantarse, ella ya estaba sobre él, su falda de musgo y telarañas rozándole las piernas.
—Quieto, pequeño —susurró, inclinándose hasta que su aliento, cálido y con un dejo a hierbas amargas, le acarició la cara—. Solo estaba recogiendo ingredientes. Pero parece que acabo de encontrar algo mucho más interesante.
Una mano de uñas largas, manchadas de tierra, le rozó la mejilla. Adrián sintió un escalofrío que no era del todo de miedo.
—¿Q-qué quieres? —logró balbucear.
Ella rió, un sonido grave y húmedo.
—Llámame Nerith. Y por ahora no quiero nada terrible. —Sus dedos bajaron hasta el cuello del chico y se detuvieron sobre el pulso acelerado—. Pero el bosque es peligroso de noche, y yo soy mucho más amable que las otras cosas que merodean por aquí.
Adrián tragó saliva. Sabía que debía huir. Algo en esos ojos lo mantenía clavado al suelo.
—Ven —dijo ella, tirando de él con una fuerza imposible para su figura—. Mi cabaña está cerca. Podemos negociar tu regreso a casa.
No estaba seguro de qué clase de negociación implicaba aquello, pero el brillo hambriento de su mirada le dijo que no se pagaría con dinero.
***
El grito de Adrián se ahogó en el aire cuando Nerith, con una fuerza que no concordaba con sus curvas, lo cargó al hombro como si fuera un saco de paja. Su piel fría y ligeramente húmeda se pegaba a la de él mientras avanzaba a pasos firmes, indiferente a sus débiles forcejeos.
—¡Suéltame, maldita bruja! —protestó él, golpeándole la espalda con los puños.
Ella solo soltó una risa burlona que resonó entre los troncos.
—Qué tierno. Crees que eso me duele.
La cabaña era más alta de lo que parecía desde fuera, con paredes torcidas cubiertas de musgo brillante y enredaderas que latían como venas. La puerta se abrió sola con un chirrido y dejó ver un interior iluminado por velas de sebo verdoso. Olía a tierra mojada, a hierbas fermentadas y a algo más, algo casi animal.
Sin ceremonia, Nerith lo dejó caer sobre una mesa de madera carcomida. Del suelo brotaron unas raíces gruesas que se enroscaron alrededor de sus muñecas, apretando.
—No te muevas, ratoncito. No querrás que se ajusten más —advirtió, pasándose una lengua oscura por los labios.
Adrián jadeó al sentir las ataduras tensarse contra su piel.
Ella se inclinó sobre él. Sus pechos, apenas contenidos por un corsé de corteza y telaraña, le rozaron el torso. Su respiración olía a vino de moras.
—Ahora… ¿qué hago contigo? —murmuró, deslizando una mano por su pecho hasta detenerse sobre el corazón desbocado—. Podría quedarme con tu miedo. O quizá prefieras darme algo por tu propia voluntad.
—¿Q-qué cosa? —tartamudeó él.
Nerith sonrió, mostrando dientes afilados.
—Eso lo decides tú, humano. Tu sangre… o tu obediencia.
***
La chimenea cobró vida con un rugido y bañó la cabaña en un resplandor rojizo que bailaba sobre las paredes retorcidas. Nerith desató los cordones de su vestido de musgo y lo dejó caer al suelo con un susurro húmedo.
Su cuerpo era una mezcla de amenaza y tentación. Piel verdosa como musgo viejo, pero suave, cruzada por cicatrices antiguas que brillaban con marcas que él no supo descifrar. Caderas anchas que se balanceaban con cada paso. Pechos pesados que oscilaban sobre su torso, coronados por pezones oscuros. Adrián, todavía atado, tragó saliva. El miedo y el deseo peleaban dentro de él, pero su cuerpo ya había tomado partido: su sexo latía, traicionero, bajo la ropa.
—Parece que algo sí quiere jugar —dijo ella, y le desgarró la ropa de un solo zarpazo.
El aire frío le rozó la piel desnuda, pero el verdadero escalofrío llegó cuando la boca de la bruja descendió sobre él. Nerith no lo chupaba como una mujer. Lo devoraba. Su lengua, más larga de lo normal y áspera como la de un gato, lo envolvía con movimientos serpenteantes. Sus labios fríos creaban un contraste eléctrico contra su piel ardiente, y cuando Adrián gimió, ella le clavó apenas los colmillos en el muslo, saboreando ese cruce de miedo y placer.
—Mmm… dulce —murmuró, mientras una de sus manos le arañaba el vientre y dejaba marcas rojas que brillaban débilmente.
Adrián arqueó la espalda, atrapado entre el terror y el éxtasis. Sabía que aquello era peligroso. Sabía que ella podía destrozarlo. Pero cuando lo miró con esos ojos dorados llenos de promesas oscuras, entendió que ya no había vuelta atrás.
Las raíces lo soltaron y ella lo arrastró hasta un lecho de musgo y pieles que crujió bajo sus cuerpos. Nerith se acomodó sobre su rostro, las caderas pesadas, exigiendo.
—Lame, humano —ordenó, la voz cargada de amenaza—. O te arrepentirás.
Al principio él obedeció con asco, la punta de la lengua apenas rozando aquella piel que olía a tierra y a salvia. Pero entonces un sabor dulce, como miel mezclada con vino especiado, le inundó la boca. Era adictivo. Demasiado adictivo. Adrián gimió contra ella, hundiéndose más, sus manos antes temblorosas aferrándose ahora a sus caderas mientras la servía con una devoción que no se reconocía.
Nerith no perdía el tiempo. Con dedos y lengua expertos torturaba su sexo: lamía, mordisqueaba, sellaba la boca a su alrededor y sorbía con fuerza, como si quisiera arrancarle el alma por ahí.
—Así… buen humano —susurró entre caricias, hundiéndole las uñas en los muslos para mantenerlo quieto.
Adrián ya no pensaba en escapar. Su cuerpo ardía y solo pedía más.
—P-por favor… —gimió, ebrio de aquel dulce tormento.
Ella rió, oscura y satisfecha.
—¿Por favor qué? —preguntó, apretándole la garganta con una mano mientras con la otra aceleraba el ritmo sobre él.
***
Con un gruñido, Nerith se escupió en la palma y se preparó antes de cernirse sobre él. Las caderas monumentales bajaron de golpe y se ensartaron por completo.
—¡Aah! —El grito de Adrián se quebró en un quejido ahogado, las uñas clavadas en las pieles del lecho. Era demasiado. Demasiado estrecho, demasiado caliente.
Ella no esperó a que se adaptara. Sus caderas chocaban contra él con un ritmo feroz, cada embestida acompañada de un sonido húmedo y obsceno. Por dentro lo apretaba con una precisión imposible, ordeñándolo sin piedad. Sus pechos oscilaban en el aire mientras se inclinaba a clavarle los colmillos en el hombro.
—Maldita… bruja… —jadeó él, pero su cuerpo no mentía: alzaba las caderas para encontrarse con las de ella, desesperado por más.
—Sí… admítelo —gruñó Nerith, hundiéndose más hondo—. Nunca habías sentido nada así, ¿verdad?
No podía negarlo. Nada en sus libros lo había preparado para aquello. Cada vez que ella bajaba hasta el fondo, una oleada de calor lo envolvía, como si mil lenguas lo lamieran por dentro. Cuando subía, su cuerpo se negaba a soltarlo. Y entonces lo sintió: una presión que no era natural, creciendo, arrastrándolo hacia el borde.
—Vas a venir, humano… ¡y lo harás para mí! —rugió ella, apretándole la garganta.
Adrián no tuvo opción. Con un gemido roto explotó dentro de ella, cada espasmo más intenso que el anterior, mientras la bruja reía y seguía cabalgándolo, prolongando su agonía.
—Mmm… delicioso —murmuró, frotándose contra él para sacarle hasta la última gota.
Pero cuando Adrián, jadeante, creyó que todo había terminado, ella sonrió mostrando todos los dientes.
***
Nerith se levantó y caminó hasta un rincón lleno de frascos y manojos colgantes. Arrancó un puñado de plantas: una raíz que parecía gemir al tocarla, pétalos que brillaban con un resplandor púrpura, algo blando que latía en su mano. Lo masticó con deleite, los jugos verdes escurriéndole por la barbilla mientras él la observaba, aterrado e hipnotizado.
—No… espera —intentó protestar, pero ella ya estaba sobre él, sujetándole la mandíbula con fuerza.
Le pasó la mezcla con la lengua y lo obligó a tragar. El sabor era amargo, picante, eléctrico. Adrián tosió, sintiendo arder el brebaje en su garganta.
Y entonces su cuerpo reaccionó. Un fuego líquido le corrió por las venas. Su sexo, que apenas empezaba a relajarse, se endureció de nuevo, pero esta vez distinto: más sensible, palpitando con una necesidad casi dolorosa.
—Ahora, mi pequeño juguete —susurró ella, cerrando la mano sobre él—, vamos a ver cuánto aguantas.
Esta vez no hubo preámbulos. Se empaló de un salto, su interior aún más cálido que antes, como si se hubiera moldeado a su forma. Cada movimiento estaba calculado para torturarlo: lento hasta la agonía, rápido hasta el vértigo. Cuando él cerró los ojos, ella le clavó las uñas en el pecho para obligarlo a mirar.
—Mírame cuando te rompo, humano —rugió, acelerando hasta que el lecho crujió bajo ellos.
Adrián no podía más. El brebaje le había multiplicado el placer, pero también el límite. Cada embestida lo empujaba al borde, y ella no lo dejaba caer. Todavía no.
—P-por favor… no puedo —suplicó, las lágrimas mezclándose con el sudor.
Nerith sonrió, malvada.
—Claro que puedes. Y lo harás.
***
Las horas, o quizá los días, pasaron en un torbellino de carne, magia y éxtasis forzado. Cuando el sol filtró sus primeros rayos por las grietas de la cabaña, Adrián despertó solo. El cuerpo le dolía, pero no sangraba. La boca le sabía a hierbas y a leche agria. Y en el pecho, una marca negra latía suavemente, en sincronía con su corazón. No recordaba todo, pero algo en su interior lo sabía: Nerith lo había dejado marchar. Por ahora.
Días después logró encontrar el camino de regreso a la civilización. A pesar de su aspecto demacrado y de los moretones mal disimulados bajo la ropa, denunció a sus amigos por haberlo abandonado.
—¡Fue solo una broma! Mira, ni siquiera te pasó nada —se defendieron, riendo incómodos mientras él los observaba con ojos fríos.
Pero él sabía la verdad. No podía explicarlo, aunque algo en su interior había cambiado. Las noches se le hacían eternas y su mente no dejaba de vagar hacia el bosque, hacia la cabaña oculta, hacia ella.
Cuando llegaron las vacaciones, Adrián preparó una mochila con lo básico: una linterna, una navaja, comida enlatada. No le dijo a nadie adónde iba. El bosque lo recibió como a un viejo conocido, los árboles inclinándose como cómplices mientras avanzaba, el corazón entre el nervio y el anhelo. Aquella marca negra lo guiaba como un imán hacia el único lugar donde ya no era el ratón de biblioteca, sino algo más.
Entre la neblina apareció la cabaña. Nerith estaba allí, colgando conejos recién cazados de una viga, las garras manchadas de sangre seca. No se volvió cuando él se acercó. Solo sonrió.
—Más lento de lo que esperaba —murmuró, mientras las manos temblorosas de Adrián se cerraban alrededor de su cintura y su rostro se hundía contra su cuerpo, que aún olía a hierbas, a sudor y a poder.
Ella rió, un sonido grave que hizo vibrar el aire, y le acarició el pelo con dedos ensangrentados.
—Te gustó mi regalito, ¿verdad? —susurró, refiriéndose a la marca que ardía en su piel.
Adrián no respondió con palabras. Cerró los dientes con suavidad sobre su carne, un gesto a medio camino entre la sumisión y el desafío. La bruja gruñó, satisfecha.
—Bien. Ahora ven. Tengo cosas que mostrarte.
Vuelve cuando quieras… o cuando no puedas evitarlo. Eso le había susurrado ella una noche, pasándole un dedo por los labios hinchados. Y Adrián siempre volvía. Porque el bosque ya no era su huida, sino su casa.