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Relatos Ardientes

Lo que imaginábamos en la planta catorce

Elena bajaba de su coche negro y cruzaba el aparcamiento con la barbilla en alto, como si el suelo de hormigón le debiera una disculpa por existir. Caminaba sobre tacones finos, plantando un pie casi delante del otro, y cada paso resonaba bajo el techo del garaje. Llevaba un traje gris de chaqueta, las mangas remangadas hasta el codo, varias pulseras anchas tintineando en la muñeca. Del antebrazo le colgaba un bolso de piel que costaba más que mi alquiler. Gafas de sol enormes, flequillo cayendo sobre ellas, el pelo recogido en una coleta tirante. Rondaba los cuarenta y muchos, tenía dos hijos y un marido que salía en las revistas del sector. Y caminaba con un aire de suficiencia que a mí me secaba la boca.

Yo bajaba del autobús con una camiseta de tres euros y un pantalón de lino arrugado. Treinta años, sin hijos, una novia que tampoco hablaba de bodas. Llevaba las manos en los bolsillos y una barba de cinco días que, según mi compañero de mesa, era lo único decente que tenía. La mochila a la espalda me levantaba la tela de la camiseta al andar, y supongo que enseñaba más de lo que yo creía.

Compartíamos planta en la torre de oficinas, la catorce, esa donde el aire acondicionado siempre estaba dos grados demasiado frío. Apenas sabíamos el nombre del otro. Un «buenos días» en el ascensor, un «hasta mañana» junto a la fotocopiadora. Nada más. Y sin embargo, ese «nada más» ocupaba una cantidad indecente de mi cabeza.

***

Elena no tenía ni idea de lo que pasaba en mi cuerpo cuando la veía atravesar el pasillo. La espiaba entre los monitores, perdido en la caída de su blusa de satén, en el balanceo de su pantalón de vestir, mientras lo mío se iba poniendo cada vez más incómodo bajo la mesa. Había días en que solo la buscaba con la mirada para encontrarla hablando con alguien, el peso apoyado en una sola cadera, y entonces empezaba a recorrerla: los botones del escote, la curva ancha de mujer que llenaba el pantalón. Yo nunca había estado con una mujer así, madura, con esa seguridad de quien ya no le pide permiso a nadie, y me preguntaba a qué sabría.

Lo que no sospechaba era que ella hacía exactamente lo mismo. Que sus ojos, normalmente cargados de ironía, se quedaban pegados a mí cuando yo me alejaba por el pasillo con las manos en los bolsillos. Me lo contó mucho después, riéndose: que imaginaba clavarme las uñas, dejarme marcas rojas en la piel, comprobar con los dientes si yo era tan firme como parecía. Que cuando doblaba la esquina ella se miraba la manicura impecable y pensaba en para qué podría usarla.

***

Yo, mientras tanto, perdía la compostura solo de verla discutir un informe. Tenía cara de villana de película antigua, altiva, capaz de envenenar manzanas y dormir tranquila después. Y yo me sofocaba pensando en lo que esa mujer podría hacerme si quisiera. Me habría dejado pisar la espalda con esos tacones. Habría renunciado a media vida por que aquel mujerón me marcara a fuego su desprecio elegante.

Ella, por su parte, estudiaba los ángulos de mi cara, la barba corta, los hoyuelos cuando sonreía. Se removía en su silla cuando me veía reír con alguien. Se preguntaba —me confesó— adónde iba ese revuelto que sentía en el estómago al volver a casa y ver a su marido en el sofá. A qué olería un cuerpo joven y tenso. Cómo se sentiría esa barba contra la cara interna de sus muslos, esos muslos que se cuidaba con aceites cada noche sin saber muy bien para quién. Decía que con ningún otro hombre, nunca, había pensado cosas así. Que su educación de colegio caro no se lo permitía. Y que conmigo, sin embargo, se imaginaba arrastrada, despeinada, el maquillaje corrido, pidiendo más.

***

Nos cruzamos un martes en la sala de fotocopias. Dos máquinas en cinco metros cuadrados. No había forma de no rozarse.

—Perdona —dije, apartándome.

—No te disculpes —contestó ella, y no se movió.

Olí su perfume caro, vi de cerca la textura de su maquillaje, el contorno exacto de su boca. Algo en mí se rompió. Le eché mano al cinturón ancho que se había puesto esa mañana y la atraje hacia mí de un tirón. Nuestros vientres quedaron pegados. Hundí la nariz detrás de su oreja, por encima de la blusa, y respiré hondo, como queriendo guardarla entera dentro de mí.

Ella se dejó hacer. Lo único que atinó fue a agarrarme con las dos manos por detrás, una mano por cada lado, como una creyente que por fin toca la reliquia. La besé en el cuello, bajé hasta el escote, volví a respirar. Y con un gesto mínimo de los dedos le solté el cierre del sujetador bajo la tela. Sentí cómo se liberaba, cómo se le aflojaba el cuerpo entero.

—Aquí no —susurró, sin convicción.

—Aquí —dije yo.

Con solo apretarle el hombro, lo entendió. Se agachó frente a mí y en su mirada no quedaba ni rastro de la altanería del pasillo. Se quedó ahí, esperando, mansa, convertida de pronto en otra cosa. La ejecutiva que asustaba a media planta, de rodillas sobre la moqueta, mirándome hacia arriba.

Le sostuve la barbilla con una mano, le acaricié el pómulo con el pulgar. Ella entreabrió la boca sola, echó la cabeza hacia atrás. Y entonces, durante un instante, le devolví el control: dejé que fuera ella quien marcara el ritmo, que recuperara el dominio, que la madre exigente volviera a mandar aunque estuviera de rodillas.

Pero solo un instante. Porque me di cuenta de que ahí, en esa esquina sin ventanas, el que mandaba era yo. Para algo se le enrojecían las rodillas contra la moqueta. La levanté de un brazo. Ella protestó con un gesto, quería más. Le tocaba esperar.

***

La giré hacia la fotocopiadora. Las nalgas hacia atrás, redondeándose bajo la tela del pantalón. Le bajé la cintura de un tirón, aparté lo que había que apartar, y me agaché. Quería esa noche entera de su cuerpo sobre mi cara. La agarré de las caderas y la empujé contra mí, comiéndome aquel sexo despacio, sintiendo cómo se le doblaban las piernas y se recostaba sobre la máquina, que zumbaba absurdamente a nuestro lado.

Cuando tuve la cara empapada, cuando ya la había desarmado por completo, pensé una sola cosa: a esta mujer que asusta a todo el edificio me la voy a tirar como nunca la han tirado.

La incorporé tirándole del pelo, con suavidad, agarrándole por fuera el cuello, esa misma garganta que un minuto antes me llenaba la boca de sus jadeos.

—¿Dónde está tu cara de jefa ahora? —le dije al oído.

Y la tomé. Sin avisar, sin contemplaciones, una y otra vez, los cuerpos sonando en golpes secos, húmedos de sudor. Perdí los papeles. Miré al techo, apreté los dientes, embestí más fuerte hasta que un temblor me recorrió de arriba abajo. Creí que aguantaría poco —lo cachondo que me ponía verla caminar por el pasillo me tenía al límite desde hacía meses—, pero no fue así. Cuando por fin me solté dentro de ella, tardé en vaciarme, varias embestidas más, agarrado a sus caderas como quien no quiere que termine. Ella seguía plegada sobre la máquina, exhausta, reluciente, completamente entregada.

***

Eso fue lo que imaginé yo, mil veces, entre informe e informe.

Lo que imaginaba ella era distinto. Y un viernes, en la sala del café, decidió contármelo a su manera.

Estaba apoyada en la encimera. Me cogió de la mano, me atrajo hacia ella y empezó a besarme. Frente a la barriga blanda de su marido, me dijo, mi abdomen terso era el paraíso, no un cuerpo de gimnasio pero firme, con los oblicuos dibujándose cuando me movía. Tenía estudiado mi cuerpo de espaldas, pero hasta esa tarde no había reparado en los hombros, en la espalda ancha que me recorría con las palmas mientras me metía la lengua en la boca. Estaba, dijo, como una niña con zapatos nuevos.

Me quitó la camiseta. Siguió con los dedos la línea de los hombros, el contorno duro de la espalda. Me clavó las uñas, me arañó, me apretó contra ella, como si necesitara comprobar que yo era real y no una de las cosas que se inventaba a solas en su despacho.

—¿Dónde está tu aire de indiferencia ahora? —me preguntó, repitiendo sin saberlo lo que yo le había dicho a ella en mi cabeza.

Me desnudó del todo y me hizo desfilar para ella, como un muñeco. Quería reñirme, dijo, como una profesora.

—Así no vas a llegar a ningún lado —murmuró, mordiéndose el labio.

Me recorrió entero con esa manicura de salón. El torso, el vientre, la espalda. Probó la dureza de mi cuerpo con los dientes, me dejó una marca roja y redonda en la piel, y se quedó mirándola satisfecha, como una geóloga que acaba de identificar un mineral. Cuando llegó a lo demás, me rodeó con sus dedos finos de niña bien y notó cómo crecía en su mano. Estaba detrás de mí, pegada a mi espalda, y se reía bajito de su propia sorpresa.

—Voy a dejarte seco —dijo—. Voy a enseñarte lo que es una mujer.

Pero por un segundo le volvió la cordura. Hacía mucho que no hacía el amor, me confesó, y cuando lo hacía ya casi no llegaba. Tuvo miedo de no poder con aquello, de romperse. Luego volvió el deseo y el miedo se le borró de la cara.

Me hizo sentarme en una de las sillas. Se subió la falda, pasó una pierna por encima con una agilidad que no le suponía, apartó la ropa interior empapada y se dejó caer sobre mí despacio, hasta el fondo. Soltó un gemido, casi pierde el equilibrio. Se agarró a mi pelo corto como quien se aferra a un salvavidas y empezó a moverse, las caderas, el culo, los tacones finos clavados en la moqueta, cabalgándome con una furia que no le conocía nadie en esa planta. Se le arqueó la espalda, brilló de sudor el surco de la columna, miró al techo y gritó. Había demostrado quién mandaba. Lo que era una mujer de verdad. Me había hecho suyo como, según ella, no se había hecho con nadie en mucho tiempo.

***

Nada de esto pasó. Ni la sala de fotocopias, ni la del café, ni una sola palabra de más en el ascensor. Seguimos cruzándonos en el pasillo con nuestro «buenos días» y nuestro «hasta mañana», ajenos en apariencia, ardiendo por dentro. Yo no sabía lo que ella imaginaba. Ella no sabía lo que imaginaba yo.

Y a veces pienso que lo mejor de todo era precisamente eso: que la fantasía vivía intacta, sin que la realidad la estropeara. Que cada uno tenía al otro entero, a su medida, en la planta catorce de su propia cabeza. Algún día, quizá, pensaba yo cuando la veía alejarse. Y estoy casi seguro de que ella, mirándome la espalda, pensaba exactamente lo mismo.

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Comentarios (5)

SoledadM

que buen relato!!! me encanto

FanNocturno

La tension entre los dos personajes esta perfecta. Muy bueno.

Maxi_Ofi

Me recordo a un compañero que tuve en la oficina hace años jaja. Exactamente eso, el silencio y las miradas de costado. Muy real todo.

LunaPlata

Necesito saber que pasa despues!!! Por favor una segunda parte, no nos dejes asi

GaboMdp

Y al final se animaron o no? jaja tremendo como nos dejaste con las ganas. Muy buen relato.

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