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Relatos Ardientes

El sueño con mi madre que no me atreví a contar

Adrián se despertó de golpe en plena madrugada, con el corazón golpeándole las costillas y el pene tan duro que le dolía. La habitación estaba helada, apenas siete grados marcaba el termómetro de la mesita, y sin embargo él sudaba como si hubiera corrido kilómetros. Se incorporó despacio, se sentó en el borde del colchón y se llevó las dos manos a la cabeza, frotándose las sienes como si así pudiera borrar lo que acababa de pasar por su mente.

No era la primera vez que un sueño lo despertaba así. Ya entrado en la madurez, había aprendido a convivir con sus sueños húmedos, incluso a disfrutarlos. Algunos los había contado entre risas en la cama, con alguna pareja; otros se los había guardado para sus noches en soledad, acariciándose despacio mientras dejaba que las imágenes corrieran solas detrás de sus párpados. Nunca le habían parecido un problema. Eran suyos, eran inofensivos, eran parte del juego.

Pero este era distinto. Este le dejaba un nudo raro en el estómago, una mezcla de excitación y culpa que no sabía dónde poner.

Era con ella. Con mi madre.

Se quedó mirando la oscuridad, intentando convencerse de que lo había inventado el cerebro al azar, que no significaba nada. Y aun así, contra su voluntad, repasó la escena entera, fotograma a fotograma, como quien aprieta una herida para comprobar si todavía duele.

En el sueño, ella llevaba puesto un short suelto, de esos de andar por casa, y nada debajo. Estaba de pie, distraída, y cuando notó que él la miraba desde la puerta no se asustó ni se cubrió. Al contrario. Con dos dedos apartó la tela hacia un costado, apenas un poco, lo justo para que él alcanzara a ver. Tenía el clítoris hinchado, brillante, ofrecido sin una sola palabra.

Adrián, en el sueño, no se resistió. Cruzó la habitación, se arrodilló frente a ella y hundió la boca entre sus piernas. La escuchó respirar más fuerte, sintió cómo se aferraba al borde del mueble, cómo las rodillas le temblaban hasta que todo su cuerpo se sacudió en un orgasmo largo. Y justo en ese momento, como un cable que se corta, despertó.

***

Encendió la lámpara. La luz amarillenta le devolvió la habitación de siempre: la ropa colgada en la silla, el vaso de agua a medias, la realidad ordinaria. Nada de eso lo calmó. Seguía duro, seguía con la imagen pegada detrás de los ojos, y por más que se repetía que era absurdo, su cuerpo no estaba de acuerdo con su conciencia.

Decidió hacer lo que hacía siempre que algo se le metía en la cabeza: buscar el origen. Algo tenía que haber detonado ese sueño. Uno no fantasea de la nada con alguien tan prohibido sin que exista una grieta, un recuerdo enterrado que el subconsciente fue a desempolvar precisamente esa noche.

Cerró los ojos y escarbó. Estuvo un buen rato así, descartando imágenes sueltas, hasta que de pronto apareció una con una nitidez que lo dejó sin aliento.

Aquella tarde. La película.

Debía tener quince o dieciséis años. Una tarde cualquiera, los dos viendo televisión en el living. Ella estaba sentada en el sillón grande y él en el piso, recostado contra la base del mueble, lo bastante cerca como para percibir cada movimiento que ella hiciera, pero en un ángulo en el que —supuso entonces y confirmaba ahora— ella no veía bien lo que hacía él. Probablemente lo creía dormido o absorto en la pantalla.

La película era larga y aburrida. Los dos en silencio, cada uno en su mundo. Y en algún momento, cuando giró la cabeza por puro reflejo para mirarla, la vio. Tenía la mano metida por dentro del short, por encima de la ropa interior, rozándose con una lentitud apenas perceptible. Al principio pensó que se había equivocado, que estaba viendo cosas. Volvió a mirar. Y otra vez. No había error.

Podría haber tosido. Podría haber hecho cualquier ruido para avisarle que estaba despierto, que estaba mirando, que aquello debía parar. No lo hizo. Eligió quedarse quieto, conteniendo hasta la respiración, mientras la observaba de reojo. La cara de ella había cambiado: los labios entreabiertos, los párpados pesados, una concentración que no tenía nada que ver con la película. Sus dedos seguían moviéndose bajo la tela del short, despacio, y Adrián los miraba como hipnotizado, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía sin permiso.

El sexo se le había puesto durísimo dentro del pantalón. El morbo de estar viendo lo que no debía, de ser el testigo invisible de algo absolutamente íntimo, lo excitaba mucho más que cualquier revista escondida bajo el colchón. Esperó. La vio tensarse, contener un suspiro, quedarse muy quieta unos segundos. Después, con una calma total, acomodarse en el sillón, sacar la mano, limpiarse los dedos en la manta que tenía sobre las piernas y volver a sentarse erguida, plácida, como si nada hubiera ocurrido.

Ninguno de los dos dijo una palabra. Él había perdido por completo el hilo de la película, y dudaba que ella lo hubiera seguido tampoco. Tampoco le preguntó nada. Esa tarde quedó sellada en un silencio que duró años, hasta esa madrugada en que su mente decidió, por su cuenta, ir a buscarla.

***

Adrián abrió los ojos. Ahí estaba, entonces. El detonante. No era tan misterioso después de todo. Su cabeza había tomado un recuerdo viejo, cargado de ese morbo prohibido que nunca se había animado a nombrar, y lo había transformado en un sueño donde la frontera por fin se cruzaba.

Porque, si era honesto consigo mismo, esa no había sido la única vez que su deseo se había alimentado mirando a escondidas. Desde muy chico fue un observador. En el patio de la casa donde creció había una pared vieja que daba al fondo de los vecinos. Con paciencia de hormiga le había hecho un agujero pequeño, disimulado entre las grietas, y desde ahí espiaba a las chicas de al lado cuando se bañaban. Recordaba el corazón disparado, el miedo a que lo descubrieran, el placer eléctrico de ver lo que se suponía que no debía ver.

Y estaban las clases de natación. Mientras el resto de los chicos peleaba por mantenerse a flote y entender las instrucciones, él se sumergía y miraba hacia arriba. La instructora se acomodaba cada tanto la malla con un gesto rápido, y de vez en cuando, bajo el agua, él alcanzaba a distinguir un mechón de vello asomando por el borde de la tela. Esos segundos robados le duraban toda la semana. Aprendió a nadar tarde y mal, pero aprendió otra cosa mucho antes que el resto.

Toda su vida, comprendió ahora, había sido la de un coleccionista silencioso. Iba juntando imágenes, gestos, descuidos ajenos, y los guardaba en algún rincón de la memoria del que tiraban después sus noches solitarias. El subconsciente no inventa: recicla. Reordena lo que uno le da. Y él le había dado, durante décadas, un archivo entero de miradas furtivas.

Lo que lo descolocaba no era el mecanismo, que entendía bien. Era el material elegido esa noche. De toda su colección, el sueño había ido a sacar la pieza más incómoda, la que tenía guardada con doble llave, y la había puesto en primer plano sin pedirle permiso.

***

Se quedó sentado un rato largo, con la lámpara encendida y la respiración ya más calmada. Pensó en levantarse, tomar agua, distraerse con cualquier cosa hasta que la imagen se diluyera y pudiera volver a dormir como si nada.

Pero no lo hizo. Su cuerpo seguía firme, insistente, y la culpa, lejos de apagar el deseo, parecía avivarlo. Había algo en lo prohibido que tiraba de él como siempre lo había hecho: el agujero en la pared, el agua de la pileta, el sillón de aquella tarde. Toda su vida erótica había orbitado alrededor de eso que no debía mirar y miraba igual.

Apagó la luz. Se recostó otra vez bajo las mantas, en la habitación helada, y dejó que las dos escenas se mezclaran: la real, la del sillón y los dedos moviéndose bajo el short, y la inventada, la del sueño que el frío de la madrugada había interrumpido. Se acarició despacio, sin prisa, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo y eligiendo no detenerse.

No iba a contárselo a nadie. Esto no era una anécdota para compartir entre risas en la cama. Era suyo y nada más que suyo, una de esas verdades que uno se guarda en el lugar más oscuro y al que solo vuelve a oscuras. Dejó que el deseo lo llevara, con la imagen de ella ofreciéndose en el umbral grabada a fuego, y se entregó a ella sin más juicios, hasta que el calor le ganó por fin al frío y el cuerpo se le aflojó contra las sábanas húmedas.

Cuando volvió a abrir los ojos ya entraba algo de luz gris por la persiana. El sueño se había ido difuminando, como se van todos, pero el recuerdo del sillón seguía intacto, nítido, esperando paciente la próxima madrugada en que su mente decidiera ir a buscarlo de nuevo.

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Comentarios (4)

NachoK

no me esperaba ese final, me quedo pensando toda la tarde. buenisimo

MartinaOK

tremendo!! la forma en que lo describis te mete dentro del sueño, se siente muy real. espero que sigas escribiendo mas asi

ElCorrente44

me paso algo parecido una vez y nunca me anime a contarlo jajaja gracias por la valentía de publicarlo

Raul_lector

Muy bien escrito, se nota que lo trabajaste. El titulo prometia mucho y el relato no decepciona para nada.

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