El veneno de la serpiente despertó algo en mí
Siempre soñé con tomar los hábitos, y desde la mañana en que pronuncié mis votos sentí que ya no caminaba: flotaba. Vivir en el convento de Santa Brígida, a las afueras del pueblo, era una paz que jamás había conocido. A mis veinte años me había casado con mi mejor amigo, con Dios, y nada en el mundo me parecía más limpio que eso.
De adolescente tuve un novio, aunque siempre supe que no llegaríamos a ningún lado. Yo me reservaba para algo más grande. Cuando él quiso que lo nuestro pasara de unas caricias torpes por encima de la ropa, lo dejé. No por falta de ganas, sino porque temía no aguantar la tentación, y esa duda ya me parecía pecado suficiente.
Mi padre y mis hermanos se opusieron a que entrara al convento. Mi madre, en cambio, no cabía de orgullo. Con el tiempo todos se rindieron a mi felicidad, porque me veían serena por primera vez en años, libre al fin de las miradas del pueblo.
Porque mi cuerpo, decían, estaba hecho para el pecado. No por mi pelo largo ni por mis labios, sino por un pecho demasiado generoso y unas caderas que ni el hábito lograba disimular. Mi familia se había cansado de espantar hombres de nuestra puerta. Desde que tomé los votos, ninguno volvió a acercarse: supongo que por temor a Dios, o por la tela que me cubría de los tobillos al cuello.
La vida en Santa Brígida tenía un ritmo de reloj. Rezábamos al alba, ayudábamos en el pueblo, volvíamos a rezar, comíamos, hacíamos nuestras labores y rezábamos otra vez. Cenábamos y, antes de dormir, rezábamos una última vez. Compartía celda con otras tres hermanas, y mi único ajuar eran un par de juegos de ropa interior que iba lavando a mano. Por eso, en las noches de calor, dormía sin nada debajo del camisón blanco de manga larga, símbolo de pulcritud que me tapaba del cuello a los pies.
Las pesadillas empezaron esa primavera. Fuego, hombres sin rostro que intentaban poseerme, sudor y gemidos que no eran míos y que sin embargo salían de mi garganta. Despertaba con la vergüenza húmeda entre las piernas y la culpa pesándome en el pecho.
***
Aquella noche de luna llena no pude más. Me deslicé descalza fuera de la celda para no despertar a mis hermanas y bajé a la capilla, buscando consuelo. Encendí tres velas, me arrodillé ante el crucifijo y empecé a pedir perdón por mis impulsos mundanos.
Entonces lo oí. Un siseo bajo y paciente que venía de detrás del aparador donde guardábamos los cirios. Aparté el mueble para ver qué había, y algo frío se enredó de golpe en mi tobillo y trepó hasta la rodilla.
Quise apartarme y caí de espaldas sobre las losas. La cosa aprovechó para reptar por mi muslo, apretándome la pierna como una soga viva. Alcancé a incorporarme lo justo para distinguir, al borde de mi camisón, el cascabel de una serpiente. Sentí su lengua tantear la entrada de mi sexo todavía intacto, y luego los colmillos clavándose en el centro mismo de mi pudor.
Miré el crucifijo mientras las piernas me temblaban entre el dolor y algo que no me atrevía a nombrar. El veneno corrió por mis venas como fuego líquido. Un grito mudo se me quedó atascado en la garganta y, antes de desmayarme, la noté subir por mi vientre y enroscarse en mi cuello.
***
Desperté en mi cama, rodeada de susurros, desnuda y empapada en el sudor de la fiebre. Ni siquiera reparé en que mi pecho y mi sexo quedaban expuestos ante medio convento. Solo me retorcía entre visiones de un caballo negro, de una puerta retumbando, de llamas y de gritos.
Lo que sí sentía con una claridad insoportable eran las manos. Una de mis hermanas presionaba con fuerza sobre mi clítoris, convencida de que así sacaría el veneno. Apretaba, soltaba, frotaba en círculos, buscando expulsar lo que me consumía.
—Hay que sacárselo —murmuró otra voz, y unas segundas manos se unieron a las primeras.
Dos hermanas me sujetaron las piernas para mantenerlas abiertas y facilitar la tarea. Otra, mi amiga más cercana entre las novicias, me abrazó por los hombros para consolarme. Apenas la veía, pero reconocí su olor. Me besó la mejilla y yo giré la cara, ardiendo de pudor y de algo peor.
Me tocaban cada vez más rápido y, para mi horror, yo me resistía cada vez menos. En el delirio, alguien embestía un portón a lomos del caballo negro, y los golpes se acompasaban con los que recibía mi sexo. Mi amiga me besó en la boca, como si supiera que estaba a punto de perder el conocimiento y que tal vez no volvería en mí.
Y mi cuerpo me traicionó. Pensé en Dios, grité su nombre y exploté delante de todas. Fue mi primer orgasmo, arrancado por las manos de mis propias hermanas. Me deshice en gemidos contra los labios de mi amiga, y en el instante exacto en que el último espasmo me recorría, oí ceder el portón del convento y volví a desmayarme.
***
Dijo que era curandero. Que había sentido un peligro entre nosotras, que venía a salvarme y que sabía cómo extraer el veneno. Aseguró haber tenido visiones de mi tormento, igual que yo había soñado con su llegada. Era altísimo, fuerte, de rasgos extraños, el primer hombre sin sotana que cruzaba aquellas puertas.
Algunas hermanas se opusieron. Decían que sus artes venían del diablo, que yo ya estaba poseída por haberme dejado llevar. Pero el resto de las novicias suplicó por mi vida, y aceptaron que me llevara con la condición de no dejarme ir sola.
Me montó en su caballo sin cubrirme, completamente desnuda, mi sexo sensible apoyado contra el lomo del animal negro. Él se acomodó a mi espalda, una mano firme en mi cintura, susurrándome al oído que todo saldría bien si me dejaba llevar. Pedí perdón a Dios y me encomendé al curandero, esperando un milagro.
Mientras recorríamos el patio, mis hermanas nos seguían corriendo, y tuve la certeza de que era la última vez que las veía así. El lomo del caballo se clavaba en mi entrepierna a cada paso, una fricción que me aliviaba y me encendía al mismo tiempo.
En cuanto salimos al camino, el curandero cambió. Agarró las crines del caballo y mi pelo con el mismo puño, como si el animal y yo fuéramos una sola bestia que dominar. Dijo que necesitaba comprobar si yo era la indicada. Me dobló contra el lomo, mis pechos colgando a cada lado y rebotando con el galope, mi cuerpo expuesto.
Apretó su sexo, aún cubierto, contra el mío empapado, y a cada salto del caballo sentí que despertaba a algo que el convento jamás había tocado. Me tiraba del pelo, me arañaba la espalda de arriba abajo, y yo, delirante por la fiebre, nunca me había sentido tratada con semejante crudeza. Estaba a punto de correrme otra vez.
A lo lejos vi a mis hermanas corriendo hacia nosotros, y una hoguera enorme ardiendo dentro de un círculo extraño. Pero me olvidé de todo cuando él me azotó con fuerza y el caballo se irguió sobre las patas traseras, relinchando, mezclando su grito con mis gemidos. Cuando volvió a posarse, el segundo orgasmo me arrasó y me dejó temblando contra el animal.
El curandero me sacó del trance tirándome del pelo y susurró:
—Eres lo que buscaba. Serás monja, pero hay algo salvaje en ti. Perfecta para el señor.
Sus palabras me erizaron la piel. Me tomó en brazos y me bajó del caballo.
***
Me llevó junto a la hoguera. Mis hermanas ya estaban allí, mirando horrorizadas, sin entender lo que acababa de pasar. Él me abrió las piernas con la suya y me sujetó las muñecas por encima de la cabeza. Por un instante creí que iba a arrojarme al fuego.
Entonces volví a oírlo. El siseo. El mismo siseo que había desatado todo aquel suplicio. Y en lugar de salvarme, el curandero me ofreció a la serpiente.
El animal reptó por mi pierna, conociendo ya el camino, y pasó por mi sexo torturándome con lentitud. Subió por mi vientre hasta el pecho, lo rodeó dibujando un ocho con su cuerpo, y siguió hasta mi cuello, apretando, hasta quedar con la cabeza frente a la mía. Me miraba a los ojos y me sacaba la lengua. Lo peor era su cascabel: caía justo sobre mi clítoris y vibraba sin descanso, manteniéndome al borde del abismo.
El curandero recitó algo que no comprendí, una letanía sobre ofrecer a la novicia virgen al señor de las sombras. Me dibujó símbolos en la espalda con la yema de los dedos. No me dio tiempo de tener miedo, solo de sentir.
Me poseyó por detrás de una sola embestida, brutal, sujetándome de los pezones como quien gobierna a un animal. Yo veía a mis hermanas a través de las llamas, arrodilladas, rezando por mi alma. Pero entre él y la serpiente apenas podía pensar. Solo deseaba más, y como si lo adivinara, el cascabel vibró aún más fuerte.
El placer me partió en dos. Sentí un orgasmo tras otro, mientras me movía al compás de los dos, dejándome estrangular y poseer al mismo ritmo. Mi cuerpo entero ardía igual que la hoguera, y el fuego pareció crecer alimentado por mi entrega.
Cuando el último espasmo me dejó en un estado de trance perpetuo, la serpiente descendió al suelo y esperó. El curandero llamó a mis hermanas, que rodearon el fuego temblando, y me tumbó en el centro, desnuda, jadeante. Abrió mi sexo y comprobó, satisfecho, que mi virginidad seguía intacta.
Apoyó la punta de su miembro en mi entrada, sin penetrarme, respetando aquel último umbral. En ese instante la serpiente me mordió en el cuello, y una visión me atravesó: un parto doloroso en aquella misma capilla, una criatura que no debía nacer. Me miró casi con compasión antes de deslizarse hacia el fuego, y algo en mi interior ardió con ella.
Miré hacia abajo y vi cómo él se derramaba sobre mi vientre, llenándome sin romper mi sello, como si tuviera la potencia del caballo negro que ya se perdía entre las sombras. Sentí una gloria oscura inundarme mientras convulsionaba en agradecimiento. El veneno salió por fin de mi cuerpo a la vez que un nuevo orgasmo me sacudía.
Me besó en la frente y se dirigió a mis hermanas con voz grave:
—Dadle todo el placer que pida y sujetadla cuando la persiga la locura. Obedecedla, atendedla en el parto y que nadie de fuera os vea hasta que nazca. Hasta ese día, ella debe permanecer virgen.
Y desapareció en la oscuridad de la noche.
***
Desperté sola en mi cama. Habían pasado dos semanas y ya no compartía celda con nadie. Me miré al espejo: mi hábito colgaba intacto de la pared, y supe que ese día tampoco me vestiría. El cuello me ardía donde la serpiente me había marcado, la noche antes de que las hermanas decidieran aislarme y convertir Santa Brígida en convento de clausura.
Entró mi amiga más cercana y me calmó con la lengua, como cada mañana. Al principio yo aceptaba con miedo, temiendo que las demás se enteraran. Ahora se turnaban para hacerlo, porque me había vuelto insaciable y nadie sabía calmar de otro modo el incendio que vivía dentro de mí.
Vino otra hermana a relevarla, trayendo el desayuno. Pero apenas me acerqué a la comida, las náuseas se apoderaron de mi vientre. Me tumbaron, me acariciaron hasta arrancarme otro de mis incontables orgasmos, y entonces posaron las manos sobre mi vientre y se miraron entre ellas.
—Estás encinta, hermana —dijeron en voz baja—. Tal como él lo quiso.
Salieron corriendo a buscar a las demás. Cuando todas se reunieron en la capilla, tocaron mi vientre una por una para confirmar lo que ya sabíamos. La criatura prometida crecía en mis entrañas, y mientras yo flotaba entre el horror y un placer que ya no me abandonaba, sus voces se alzaron al unísono en una oración que sonaba a condena.